El centro, el barrio, el miedo y las maravillas

La Plaza Francia de Altamira era mi destino predilecto para los encuentros. Recuerdo que mientras vivía en Caracas, iba desde Caricuao hasta Altamira en el metro, subía por las escaleras que dan a la plaza, y me sentaba siempre en el mismo banquito. El de la salida a mano derecha, bien cerca del heladero haitiano que siempre estaba sentadito guardándose un poco del sol. O de las señoras que venden tortas en las tardes.

Siempre había tráfico. También había gente esperando el Metrobús, adolescentes besándose, el grupo de obreros en medio de su tiempo libre viendo a las muchachas pasando, los dos restaurantes árabes, uno al lado del otro y algún que otro personaje bien al estilo Drag queen dando de qué hablar en entre esa sociedad machista.

Este banquito era importante. En él, se dio una historia de amor, me reí a carcajadas, conocí personas, me tomé fotos y también le tomé fotos a los demás, me encontré con amigos, también vi amigos durmiendo en otros banquitos, escribí, leí mi libro favorito -“La palabra más hermosa” de Margaret Mazzantini, por si les interesa- y me comí unos cuantos perros calientes.

Ahí sentada percibí que mi cuerpo se dividía entre El Ávila y La Av. Francisco de Miranda. Por tanto, la mitad de mi visión estaba destinada a admirar los verdes de la montaña que bordea toda Caracas, y que nos cuida de no ahogarnos con el Mar Caribe. Ahí también tenía el obelisco, la bandera ondeando a todo dar y el jardincito al fondo de la plaza. Esa mitad de mi cuerpo respiraba profundo, y siempre olía trópico, selva, naturaleza, a que lo bueno estaba por venir, a contentura, a calorcito.

Del otro lado, lo que respiraba era el humo de las camioneticas por puesto y los carros viejos y mal arreglados que pasaban por la avenida, el perfume de las mujeres de clase media que se sentaban a charlar por aquellos lados y el aroma del shawarma del restaurante árabe que les comenté. A veces pasaba algún pedido de Burger King y otras veces, olía a sudor de deportistas o skaters.

Y justo delante de mí, el Caracas Palace. Siempre resplandeciente, blanco como una perla en medio del caos y super chic. Siempre pensé que sólo los famosos se quedaban ahí, pero nunca reconocí a ninguna de las personas que llegaban o salían de ese lugar.

Volviendo al banquito, este era bien simple. Echo de cemento y piedritas color beige. Ahora que lo veo de lejos, me pregunto ¿Cuántas historias tendrá ese banquito? ¿Qué cosas vio que nunca se atrevió a decir? ¿Cuántas palabras de amor habrá escuchado? ¿Cuántas palabras hirientes se pronunciaron sobre él? ¿Cuántos reencuentros? ¿Cuántas botellas de Santa Teresa se bebió?

Ya quisiera averiguarlo.

Respiro profundo. A pesar del caos, yo sentía una tranquilidad inexplicable cuando me sentaba ahí. La montaña me lo permitía, me lo recordaba.

Inhala… Exhala.

¡Qué lugar! Cierro los ojos ahora y siento los rayos del sol cálido entre mis piernas… Siento la brisa fresca, casi imperceptible, las voces de los peatones que salen del metro y las risas de los hippies que venden a la salida de la estación.

El banquito también recopila horas de mi vida sentada esperando a J. para ir hasta su casa. En Palo Verde.

Voy a cambiar la vibra, ¿ok?

Palo verde, es la estación terminal de la línea 1 del Metro de Caracas, es bien cerca del barrio ( favela). Recuerdo que apenas ponía un pie fuera de la estación ya comenzaba a sentir el ambiente hostil. Recuerdo el olor del carrito de Perro Caliente (hot dog), recuerdo las decenas de personas vendiendo cosas en la acera, llena de basura y aceite. También recuerdo la señora decentísima que vendía cachapas de queso de telita y jamón; recuerdo las paradas de los carritos que suben hasta el barrio. Nosotros íbamos hasta la penúltima parada, la que tenía la menor cantidad de carritos y la mayor fila de personas. Evitábamos las horas pico, así que, por lo general llegábamos a las 10:00pm, cuando el peligro reinaba, la fila era más corta y casi no quedaban cachapas.

Me recuerdo siempre medio asustada, llena de adrenalina, aprentando la mano de J., porque nunca se sabía lo que podía pasar, no sabías quién iba a estar al lado, no sabías si ibas a seguir viviendo, si te iban a robar, o si ibas a estar en medio de alguna plomamentazón.

Así que para olvidar el contexto, yo me sentaba siempre cerca de la ventana. Porque desde ahí podía ver los edificios de lujo, lindos, bien mantenidos de Palo Verde. También vi parte de Petare, el barrio más grande de Venezuela y el más peligroso. Curioso que desde esa zona hostil, veías la paz de Caracas a lo lejos, ella en todo su esplendor, como un pesebre a las faldas de la gran Ávila, como una caja de luces de navidad recién compradas.

El choque era inmediato, el barrio se te enfrentaba de pronto, con sus millones de casas, casitas, casotas, abastos, kioscos, licorerías, gente tomando la calle, música a todo volumen, motos, motos, MOTOS, mujeres en shorts bien apretados, hombres con bolsitos de lado y sin camisa, niños corriendo, niños abrazando las piernas de las madres que jugaban dominó y muchas cervezas en hombres, mujeres y niños.

“Salú, el mío”

Y yo, ahí sentada viendo a través del vidrio del carrito, como una niña que descubre algo nuevo. Nunca dejé de maravillarme por el contraste, nunca dejé de tener miedo, nunca dejé de mirar por la ventana.

A veces, de soundtrack había un reggaetón puyuo, otras veces salsa baúl, de esa bien lentica que te bailas arrecostándolo todo en la pareja, moviendo todo el cuerpo, mejilla con mejilla, cachete con cachete, boca con boca. Otras veces (raras) estaba el señor que escuchaba rock gringo, y te lanzaba un Aerosmith, Beatles y hasta The Doors.

Olía siempre a basura, recuerdo. Y me daba una mezcla de nostalgia y rabia que fuera así, porque no había saneamiento, porque a las personas no les importaba llenar de mierda los cantos de la montaña, porque nadie nos dijo que estaba mal, porque tampoco le puedes decir y así es el barrio.

Y entonces, después de 30 minutos de subidas y curvas, el carrito me dejaba justo en frente de la casa de J., ni siquiera era necesario cruzar.

“Pana, cóbrate dos ahí. Si va, gracias hermano, que tenga buenas noches. ¡Vayalo!”

Respiro. Me alivio. Llegué a casa.

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Libreta de viajes #1

Mientras me estoy tomando un café en el deck del hostel -con leche y poca azúcar- hubo un choque.

Una camioneta negra contra una ambulancia del hospital que está diagonal a mi ubicación. Se escuchó el golpe de quiebre seco, la vereda quedó en mute, los conductores se bajan y charlan.

Dos perritos sacan la cabeza por la ventana de la camioneta con la lengua afuera, graciosos.

Sonrío a los perros, como si ellos me vieran. Me tomo otro sorbo de café, sigo observando.

Dos hombres toman nota, fotos, charlan… La escena se difumina y mi atención se posa en aquel árbol del edificio de enfrente. Encerrado, entre rejas, con cables eléctricos a su alrededor, luces, ventanas, un edificio al lado. Y sus hojas, antes violetas, ahora son marrón.

Otro sorbo de café. Saco mi libretita, y lo dibujo.

Y sin darme cuenta, nos vi. A él, encerrado ahí. Y a mí, encerrada justo al frente, con un portón que me “asegura la vida”.

Naturaleza presa.

Veracidade o ver a cidade?

Se llama Mauro Neri da Silva. Es graffitero. No lo conocí en persona, pero conocí sus trazos, que dejan huella en todos los rincones de Sampa.
Veracidade y ver a cidade. Su invitación informal a la observción, a prestar atención y ser buenas personas, ¿volver a los valores?

Unas mujeres que yo llamo “sus negritas” acompañan su VER y su VERACIDAD. Ellas siempre con la mirada hacia arriba, ¿será que tenemos que comenzar a dejar de ver el suelo y comenzar a ver las caras, a dejar las pantallas por las bocas?

Quién sabe.

Mauro, ni siquiera me conoce, pero sin saberlo, ya me enseñó mucho.
Ver, verdad, veracidad, ver la ciudad. Amarla, cuidarla, valorarla y sentirla.

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Sweet Tobago

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Foto extraída de http://www.tobagobeachhouse.com

Lloré.
Mi papá dice que “La felicidad viene en pequeñas dosis”, si esta fue la dosis de felicidad que la vida me dio, tengo dudas. A veces pienso que tomé la dosis errada y abusé de la fortuna que me dió la vida aquel día.
Rentamos un auto para darle la vuelta a completa a Tobago y nos fuimos. “No hay viaje si no pasas roncha”, dirían en mi pueblo. La roncha, es el evento desafortunado, la piedrita que rompe el vidrio, la pierna mal hubicada que te hace tropezar, el cable de la computadora atravesado a mitad de la sala, el infortunio típico de algunos momentos del viaje.
En Trinidad y Tobago los autos son como en inglaterra, el puesto entre el copiloto y piloto están invertidos, por ende, las vías están hechas en sentido izquierdo. Mi amigo no estaba acostumbrado, yo tampoco, ¡Pum! chocamos.
¿Y ahora?
Perdimos más de medio día tratando de arreglar todo para que la empresa no se diera cuenta de lo que había pasado. Corrimos de acá para allá, hablando inglés, pensando en español, sudando lagota gorda en idioma universal y gastando un dinero que teníamos reservado para el placer.
Y llegó. El placer llegó cuando íbamos rodando por las venas artificiales de las montañas y vimos el Mar Caribe a sus pies. Sereno, infinito, poderoso, transparente, compartiendo su color azul turquesa, su virginidad, su magia, su olor a salitre.
Recuerdo que estábamos hablando a todo gañote, riendo, escuchando música a todo volumen, bebiendo cerveza y creyéndonos los dueños, hasta que el show del trópico subió el telón y nos presentó aquel paisaje.
Silencio. Estábamos percibiendo la unión de 3 elementos de la naturaleza, mar, tierra y aire. El corazón latía fuerte, con ganas, con la certeza de que había algo que estaba reconociendo, que amaba y que, probablemente, no vería más por un largo tiempo. Corazones pintándose de azul Caribe, corazones latiendo de amor, y Tobago introduciéndonos en nuestras vidas, para siempre.
Las lágrimas salieron, las palabras se hundieron en ellas y solo quedó espacio para la admiración.

Tobago, definitivamente, hay que llorarlo.

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Ya vengo, me voy a perder

¿Qué probabilidades tiene una venezolana común de estar São Paulo y tener una amiga de Curitiba?

¿Que probabilidades tiene esta venezolana de fumar con su amiga e ir a vender Palha Italiana y #Negritas en  la Av. Paulista?

¿Qué probabilidades hay de que la venezolana vaya hasta la Av. más importante de Brasil, se siente en el piso de la acera y dedique 3 horas de su día a estar ahí?

***

Debe haber más de 5000 filtros de cigarro en la Av. Paulista de SP. Pareciera que el mantenimiento gubernamental solo barriera las hojas de los árboles.
Así la ciudad se ve menos parque.
Con este sol, las medias azules con estrellas blancas de la Mishi me dan calor.


¡Y hambre! Aunque no tiene nada que ver. De todas formas ya me arrepentí de haberme puesto zapatos negros.


Dos chicos bien vestidos (y parecidos) se acaban de detener a pegar sus diseños en la pared de Bradesco justo en nuestra frente.


¡Dios, qué sol!


Desde que nos sentamos en la acera, han pasado 635 personas. 325 están vistiendo jeans, 100 están de shorts y el resto creo que son menores de edad. Sin contar, lo bien vestidos que están los chicos que están pegando sus diseños en la pared, bonitos -los diseños-.


Del otro lado de la calle, una chica conecta un parlante y comienza a cantar What a wonderfull world acompañada de su guitarra y el pum pum del cajón peruano que está tocando su amiga ¿Serán amigas o novias? ¿Por qué dije amiga? ¡Yo qué sé!.


Mmm… Acaba de llegar un olor a pan con canela y azúcar que me levantó hasta lo que no fue. En mi pueblo, ese olor sería de Cinnamon o rollitos de canela.


Ahí van 2 hombres, 1 señora y 20 adolescentes jugando Pokemon Go. Lo sé, porque caminan guiados por el instinto automático y la mirada fija en la pantalladel celular. Casi se tropiezan entre ellos por intentar cazar uno.


También pasó una japonesa de lentes, y recuerdo la enseñanza de un amigo “São Paulo es la ciudad con la mayor colonia japonesa en Brasil”


Fumé marihuana hace un rato, estoy sensible. Escucho el taconeo de la señora, el “obrigado” de la cantante al otro lado de la acera, el sonido de la tapa de la alcantarilla que acaba de pisar el muchacho de camisa amarilla y las campanillas de las bicis que van por la ciclo vía.

¡Cuántas “illas” en un mismo párrafo”!


Hace 2 minutos, un vagabundo se detuvo frente a mí, supongo que le llamó la atención verme escribiendo en plena furia citadina, y preguntó “Cadê a caneta?”
Mi cara reflejó un perfecto “no entendí” y Mishi levanta su lápiz.


“Ah! Ai está a caneta!” . Suelta una carcajada, me ve, extiende la mano, yo le doy mi mano también, y dice “O cor, né?, somos do mesmo cor?”


Nos veo.

“Somos, sim”.

***

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De tarde el reencuentro es inminente.

El Ibirapuerra nos da la bienvenida con un árbol repleto de flores color rosa fuerte, casi con luminaria natural. Una muchacha con audífonos puestos coloca sus manos en el tronco del árbol, y como si lo estuviera empujando baja la cabeza entre los brazos, cierra los ojos y se queda ahí, quieta. Ni se inmuta ante nuestras miradas.

Ella es, junto con el árbol.

¡Ta lotado de pessoas! dice mi amigo.

Descubrimos el estado de tranquilidad de los patos recibiendo el atardecer nadando en el lago, y nuestra tranquilidad al verlos. También que el GPS interno de los chicos no estaba funcionando bien y dimos más vueltas de las necesarias para poder encontrar tomar un lugar para tomar café.

¡La música es tan necesaria en los espacios públicos! La diferencia entre caminar con música de ambiente en mute, y la transición emocional al escuchar una batería y un saxo en pleno camino, te cambia el tumba’o.Caminas con ritmo y hasta con sonrisa.

Pasamos por el puente sobre el lago y el sol nos bañó de amarillo, nos calentó y nos recargó.

¡Foto, foto!

Descubrimos que la chica que nos atendió, le encanta que le digan que su café es buenísimo y tengo la sensación de que va a lanzarse a un emprendimiento. Ella se lo cree, nosotros somos sinceros con ella.

Ya de noche las calles se nos perdieron y nos encontramos en las desconocidas… Ellos viejos encontrando lo nuevo en su propia ciudad, yo nueva, entre lo nuevo.

Callejones, arte, árboles de mora, casas de ensueño en alquiler, el Instituto de Biología y su arquitectura de terror, la calentura de la noche en pleno invierno, nosotros en la caminata, mi emoción, la emoción de ellos. Nuestro reencuentro, con nosotros y con la ciudad.

Compramos un vino, cocinamos burguis de lentejas “Não fale de burgui, Hamburguesa é uma palavra linda”, escuchamos música, mía y de ellos.

Recordamos el pasado, agradecimos el presente y en el futuro quedamos para ir a costa paulista.

¿Recuerdas qué sentiste la última vez que te perdiste?

Cuando estoy aquí, estoy allá. Cuando estoy allá, estoy en Yacullá

¡Ya va!, así se escribe Yacuyá?

En mi curso de Escritura de Viajes, me llamó la atención un post de Marina Porquéno:

Paso a dejaros una cancioncita que en Quito me recordaba a Madrid y en Madrid siempre me recuerda a Quito.
¿Estamos escribiendo? ¿Estamos bailando? ¿Estamos queriendo?

Y entonces el cerebro me comienza a enviar mensajes de memorias escondidas que nunca revisé. ¿Acaso no les pasa que cuando están en un lugar, piensan en estar en otro, y cuando ya están en ese otro, quieren volver o cambiar?

Recordé todos mis viajes. Volví a los 18 años, cuando pasé unos meses en Trinidad y Tobago y escuchaba salsa trancada (salsa, genero musical. “Trancada” es un adjetivo personal, sinónimo de salsa dura) por causa de la extrañación. Después de vivir 3 meses allá, cuando volví a Venezuela, lo primero que hice fue un playlist de Socca T&T 2010. Me acuerdo que me reencontré con mis amigos y les regalé un CD de mis grandes éxitos, me parece que fue mi forma hacer que se empaparan del viaje. 

Creo que solo lo escucharon cuando estuvieron conmigo y luego se perdió… Es difícil pasar a otros nuestras experiencias.

¿Nunca escucharon Socca? Les dejo una muestra de ese poder caribeño (de mi época).

Ya para los 23 años, cuando dejé todo y me fui a Uruguay, en realidad quedé un poco en el limbo. Fue un golpe de transición fuerte, me mudé de país. Así que estuve entre lo nuevo y lo mío.  Entre 5 minutos y nada más y mi salsa, mi música de negros y la música de, para ese entonces, mi novio.

Luego, me empapé tanto de la música uruguaya que conocí el Candombe, el rock uruguayo, conocí las murgas, el hip hop y otros géneros que me hicieron amar tanto Uruguay, que se me fue de las manos mi cultura.

Para ese entonces me mudé, viví con 6 venezolanos y volví a entrar en mi tierra, me acurrucaron y me hicieron recordar. Volvieron el folclore, las danzas, el aguinaldo y hasta el reggaetón.

Entre la transición, un amigo me enseñó a escuchar música brasilera, y ahí me colé un tiempo.

Entonces, en Brasil ¡Hola São Paulo! ¿Cuál es mi playlist? Música uruguaya.

Reencuentro en Venezuela, ¿y qué escuchas? Música Brasilera.

Vuelvo a Brasil, ¿qué estás escuchando? Música venezolana.

Estoy aquí, y quiero estar allá, estoy allá, quiero estar aquí. Y no termino de estar en alguna parte.

***

Y así pasamos la vida, reconociéndonos en otros lugares, empapándonos de todo y buscándonos.

Queremos recordarnos, sentir lo mismo que sentimos en ese momento único que ya tuvimos. Nos gusta husmear en el pasado, y darle “play” tantas hasta gastar la aguja del disco.

Los sentidos tienen memoria, por eso cada vez que nos perdemos buscamos entre ellas algo que nos reencuentre: un olor, una canción, un sabor, una cosa, un color, un detalle que nos confirme ¡Sí! Sigues siendo tu, el de esa vez, y el de ahora.

¿Eras tú el mismo de aquella vez? ¿Seguro?

Y dejamos el presente, para después.

***

Dejo para ustedes una canción, linda, que me llenó de amor cuando estuve en Uruguay, que me recordó a Brasil cuando estuve en Venezuela y que, ahora que estoy en São Paulo, tengo tiempo sin escuchar.

¿Ya ustedes tienen la suya?

Las amas de casa

Tengo 3 días tratando de ver el documental completo de HUMAN.

Human, muestra una serie de testimonios que relatan vivencias con respecto al amor, felicidad, odio y violencia entre nosotros (seres humanos). Y nos hace cuestionarnos sobre nuestra existencia.

Todavía no lo he terminado, sin embargo, dos mujeres captaron mi atención:

Human

La mujer de rollos puede ser cualquier tía, abuela, amiga o madre de nosotros. La del hiyab (si es que esto se llama así en otras culturas, por favor disculpen mi ignorancia), problamente no sea ninguna de las anteriores, porque nuestro contexto cultural es otro.

 

Aún así, ambas son mujeres, que sufren, que aman, que luchan por sobrevivir y que simplemtente, quiere ser felices.

Este par de Negritas, surgen en honor a ellas. Por que, al final, si cerramos los ojos y buscamos bien en el corazón, nos daremos cuenta de que nuestra lucha y nuestra búsqueda terminan en el mismo punto.

Amor

 

Si vienes a restar, mejor que ni entres

Hoy tuve una charla de esas que te dejan con dolor de cuello y de corazón. De esas que por más azucar que agregues, no endulza la amargura ni la tristeza.

Empezamos a hablar de las cosas más divertidas de la vida de cada uno. Lo gracioso de aquel día cuando cuando una chica perdió el control en una fiesta; todo lo que reímos cuando nos dimos cuenta que gustaba la misma persona; cuando sentí que se me durmió el brazo después de fumar; las actuaciones de las frases célebres de madres y abuelas, etc.

Y en algún momento, los amigos llegaron a la charla, comenzamos por las cosas lindas y agradecimos a todos los que hoy son parte de ese círculo. Luego, esta persona hizo una pausa, se levantó, caminó, fue al baño, salió, buscó algo en la computadora.

Como dirían en mi pueblo, estaba pajareando.

En mi otro pueblo dirían, boludeando.

Algo se le estaba moviendo por dentro, yo lo percibí (Neptuno en piscis). Me quedé quieta, esperando, sentada en la mesa en silencio, tomándome los ultimos sorbos de mi taza de té.

(Cuando esté preparad@, hablará)

Dejó la computadora, envió el último mensaje del teléfono.

Tengo que comentarte algo que me pasó

***

Escuché cada palabra con detalle, cada silencio y cada suspiro. Escuché lo que dijo y lo que no dijo.

Mientras el otro hablaba, sentía que mi cuello se tensaba . Se creaba una conexión energética fuerte, no sé si es que la empatía se me fue de las manos o si soy vulnerable a las tristezas de los otros.

Me paré, tomé agua.

Qué hijos de puta, ¿cómo estabas con gente así?

Llené otro vaso de agua.

Escuché.

Bebí.

Y luego otro vaso.

¡Fa!, no puedo entenderlo.

***

Esta persona estaba débil de espíritu, se sentía mal. Consideraba que las cosas no le estaban saliendo como quería, sentía que no estaba actuando como en realidad debió actuar. Bebió mucho, fumó mucho y se rodeó de personas que, estando en condiciones mucho peores, detectaron su debilidad y la usaron.

…Para mal.

Persona 1

“Es que tú eres un@ borrach@. Mira cómo estás, gastas más en alcohol que en comida. ¿No te das cuenta?

Pero, yo como bien. Solo que hoy tomé.

¡Estoy cansado del olor a alcohól!, ¿no ves cómo estás? Qué verguenza….¿Y dices que comes? Claro, si te la pasas pidiendo comida.

(Llora, llora, llora)

Persona 2

Me encanta que seas nuestr@ amig@ pobre (risas)

No me gusta que se jueguen así, no me da risa.

Es joda, lo sabes.

(Llora, llora, llora)

Persona 3

Estoy super preocupada por ti (llora). Viste que yo soy tu única amiga. Los demás ni siquiera te valoran. Estoy preocupada, mira cómo estás.

¿Como?

¡Así, así!

Así cómo.

***

Estamos preocupados por ti.

¿Por qué? ¿Por qué se tienen que preocupar por mí, si no pasa nada?

Es que a veces bebes.

Sí, bebo. Pero normal.

Pero es que bebes.

¿Y qué pasa?

***

Estaba bebiendo, es cierto, pero también comía, trabajaba y me gozaba la vida.

Me empecé a creer lo que me estaban diciendo. Lloraba todos los días. Me miraba al espejo y no me reconocía. Tenía miedo. ¡Pánico!

Te juro, lloraba mucho. Porque ellos estaban viendo un comportamiento en mí que yo no lograba ver. Me preguntaba qué era lo que estaba haciendo mal, me evaluaba, me estudiaba… No encontraba ese punto en común entre lo que ellos veían y yo.

Y seguía refugiándome en esas personas, porque entendía que estaban haciendo las cosas por mi bien.

¡DESPIERTA! ¿No te das cuenta?

Me estás contando que te sientes mal, que no te reconoces , pero ¿quiénes son los que te dicen eso?

Mirá bien:

Una frustrada que después que el novio la dejó terminó rogando amor a todo el mundo. Ella, que te imita, que te roba los pasos. Ella que quiere ser como tú, te juzga.

 Un tipo que tiene dinero de lugares oscuros, porque no trabaja, ni estudia, ni un carajo, pero tiene plata. Y un extranjero mantenido por sus padres, que se droga día y noche.

¿Esas son tus referencias?

Si no es por ese amigo, siento que me hubiese deprimido. Por él, recapacité.

Y te cuento esto, porque me acaba de llegar un mensaje de uno de ellos:

“¿Sabes qué pensé cuando se me perdió la plata aquella vez en la casa? Que tú me la habías robado”

***

Insisto, ¿por qué mantuviste a esas personas cerca de ti?

No lo sé. Los quiero eliminar.

(Léase bien “Los QUIERO eliminar”)

¿Y por qué coño no lo haces? Dame el teléfono.

ELIMINAR, BORRAR, EXCLUIR, BORRAR GRUPO, BLOQUEAR, ESTO ES SPAM.

***

No juzgo. A veces pasa que dejamos a las personas incorrectas entrar en casa. No es un pecado capital ni es para reprochar. Estamos para aprender.

Suele pasar que entregamos el corazón a personas que nos hacen daño, y lo sabemos, lo aceptamos y nos quedamos ahí asumiendo que MERECEMOS esos tratos.

Porque, así como la violencia doméstica, los culpables somos nosotros.

“Ahora que lo cuento y lo veo de lejos, no entiendo por qué son tan hijos de puta”, me decía.

No. Ellos son como son. Esa es su personalidad, esas son sus frustraciones, sus miedos, sus locuras. El error está en ti, en permitirlos y en dejarlos entrar a tu vida.

Cri cri, cri cri.

Un amigo me comentó, le dije, que el momento de más exposición de nuestro espíritu es cuando bebemos o nos drogamos. Y tú, entre las fiestas, las jodas y la vida loca expusiste mucho tu sensibilidad. Por eso, llegaron estas personas supieron cómo hacerte daño.

Tu sabes quiénes son tus amigos. Lo sabes y no los alimentas, no los conservas ni los mantienes. No distingues entre los panas de la joda, los de las birras, los que te ayudan, con los que lloras y así…

Tienes que respetarte, primero a tí y a tu cuerpo. Y valorar eso que eres.

Reconócete, mírate y escoge bien a las personas que quieres a tu alrededor. Y que vengan las que van a sumar y agregar valor, porque, como dice mi amiga Lucía, si vienen a restar, mejor que ni entren.

***

Le recordé, a él y a mí misma.

Cuando el éxito viste de segunda mano

Típico,

Crecemos con la idea de hacer las cosas por etapas: escuela, liceo, universidad, mención, trabajo, pareja, matrimonio, hijos, nietos, blah blah.

Típico que durante la universidad nos imaginemos con ese trabajo estable, ganando mucho más de sueldo mínimo, con un esritorio propio, el portaretratos o el corcho con fotos de las personas que queremos, una ventana panorámica con la vista de la ciudad, café, reuniones con clientes, y la plantita… No olvidemos la plantita.

Y del otro lado, una familia orgullosa hablando de tus logros.

Si antes de la facultad te descarrilas un poco o te cuestionas, comienzan los comentarios sobre qué carrera vas estudiar, por qué esa y no otra, ¿Arte? ¡No vas a ganar nada con esa carrera! ¿Qué tal ingeniería en telecomunicaciones? ¡Con eso tienes el éxito garantizado!

No sabes qué es éxito, pero dices..¡Verdad!, tengo que ser exitosx.

Para muchos, el éxito es todo lo que describí antes y más, para otros, es solo una de esas cosas, y para otros ninguna de las anteriores.

… O quizás todas, pero con un camino distinto.

Los que se cuestionan, tienden a esperar un año para después entrar a la universidad, otros dejan la carrera a la mitad para viajar y retomar luego (o no). Están también los que solo trabajan, porque detestan estudiar, y los que se cuestionan tanto que se gradúan de magna cum laudes para marcar la diferencia.

Somos tan variados los que nos cuestionamos.

¡Pero,muchacho! ¿Cómo vas a dejar la carrera? ya es tarde. No pierdas tiempo, ¡te tienes que graduar!

Es que no sé qué voy a estudiar… ¿Cómo que no sabes? Inténtalo, tienes que estudiar ALGO.

Bueno, es que me gusta filosofía ¿Filosofía? Eso no da plata.

También me gusta letras, ¿letras? No conozco a nadie que se haya comprado una casa con eso.

Antropología, me llama la atención también, ¿sabes? Estudiar al ser humano en sí, debe ser muy interesan… ¡Antropología! puff… ¿Con qué se come eso?

Bueno, ya me gradué ¡Gracias familia, por todo! Les dejo el diploma, ahora me dedicaré a la música. ¡QUÉ! ¿Pero cómo? ¡¿De qué vas a vivir?!

La presión social y el miedo. Los ingredientes diarios para crecer sanos y fuertes. 

Nos rodeamos de personas que te dicen qué hacer, qué pensar, dónde trabajar, cuánto ganar y cómo vestirte.

Nos siembran la semilla del miedo y usan el fertilizante de acabar con tus pasiones. Así es como vas dejando atrás las ganas que tenías de cambiar el mundo, hacer algo por tus medios, y te dedicas a alimentar la pasión de conformidad, a aceptar que “debes” hacer algo que enorgullezca a todas aquellas almas frustradas que también quisieron hacer algo y se vieron presionados a dejarlo.

Aceptas. Aceptas el trabajo, tu escritorio, tus 8h al día, el crédito para el auto (porque bueno, EL AUTO), el traje, la plantita, el matrimonio.

Bueno, ya ganas bien, tienes un auto ¿Y para cuándo los nietos?.

Nunca es suficiente abono.

Menos mal que siempre hay “malas hierbas” que deciden mandarlo todo a la mierda y hacer lo que les da la gana. Hierbas que lo intentan, se caen, vuelven a intentarlo, se caen y siguen.

Malas hierbas que a pesar de los intentos de cortarlas, nacen con ganas de hacer cosas por su cuenta.

Malas hierbas, que a pesar de ser “malas”, quieren hacer las cosas bien.

Hasta que un día, estas hierbas se encuentran a sí mismas sentadas, comiéndose un bizcocho dulce con café después de haber pasado por una tienda de segunda mano y comprar algo increíble, sonriendo porque les acaba de llegar un mail aceptando una propuesta de un proyecto que las hizo sufrir, pero creyeron tanto en lo que están haciendo que ¡al fin sucederá!.

Contentas, porque sus madres no entienden a qué se dedican.

Contentas porque la última ropa formal que usaron fue para la primera comunión.

Contentas porque mañana empiezan a trabajar y van a estrenar su ropa usada.

¡Qué éxito!