Crónicas de muerte

Desde que decidí emprender mi viaje a Uruguay, comencé a ver a Venezuela de una manera diferente. No hablo de verla con cariño, ya eso va predeterminado en mí, yo hablo de la realidad, hablo de la calle.

Un Domingo cualquiera, mientras mi mamá y yo cocinábamos, llegó mi novio a la casa, tan arreglado estaba que todos decidimos dar un paseo por ahí, seguramente íbamos a terminar comiendo en La Guaira o en el cine viendo una película de niños, pero antes de que pudiéramos decidir, nos llamaron para informar que un tío había tenido un accidente.

Bueno, ahí comenzó la odisea. Todos corrimos sin sentido por la casa, buscando cualquier algo que nunca encontramos y nos fuimos hasta Guarenas. El camino fue largo, pero nada que no pudiéramos solucionar una conversación de esas que llevan dosis de críticas al gobierno, a la situación del país, a la comida de la calle y a mi desorden.

Llegamos al hospital, todo estaba normal. Mi tío estable, pero adolorido… Solo hubo unas 7 costillas rotas, un carro declarado pérdida total y un teléfono desaparecido, pero pudo ser peor. El punto es que él estaba vivo. Lo primero que debían hacerle eran unas tomografías, rayos X y ponerle tratamiento urgente, pero debíamos esperar.

Así nos mantuvieron los médicos desde las 11:00am que llegamos, hasta las 6:14pm. Pensamos en la posibilidad de llevar a mi tío a una clínica, pero se negaba, porque para él “los médicos lo estaban tratando muy bien”. Hay que entenderlo, él no sabía ni quién era

Apenas se hicieron las 6:16pm llegó el primer drama: un carro llegó ‘a toda mecha’ al estacionamiento del hospital con una muchacha gritando por la ventana “¡Auxilio, auxilio! ayúdenlo por favor. ¿DÓNDE ESTÁN LOS MÉDICOS? ¡NECESITA AYUDA! ¡AUXILIOOO POR FAVOOOR” [decía mientras lloraba], no había terminado de gritar cuando dos camilleros salieron corriendo en su búsqueda. Yo veía todo a metros de distancia, trataban de agarrarlo completamente, pero no pudieron, así que lo jalaron por la camisa y lo levantaron como un muñeco de trapo, pasaron justo a mi lado y pude ver tres tiros: dos en los costados [Ese chamo va muerto, me dije].

Inmediatamente llegaron tres carros más, supuse que eran sus familiares y amigos cercanos. Todos salieron corriendo hasta la entrada del hospital, preocupados, con caras de que sabían que lo habían perdido todo. Y efectivamente… No pasaron ni 5 minutos cuando lo primero que se escuchó fue un “¡NOOOOOOOOOOO! ¡MI HIJO, MI HIJO NOOOOOOOO! DÉJAME VERLO ¡Déjame! gritaba, mientras la agarraba el esposo, ¡ QUE ME DEJES! ¡SUÉLTAME! ¡DÉJENME VERLO POR FAVOR! Mi hijo, mi hijito…”

El llanto de esa mujer fue tan abrumador que todo el mundo quedó atónito. Pudo haber más ruido en un funeral que el que había en el hospital  en ese momento. Toda la familia comenzó a llorar. Terror absoluto en mi familia.

La jefa de seguridad salió al rato, como media hora después de que tuvo que evitar que la madre entrara a ver a su hijo, la mujer se recuesta de un muro, prende un cigarro y me acerco, quiero mantener una conversación con ella:

– Qué terrible lo que pasó, ¿no?

– No vale, he visto cosas peores…

– ¿Y todos los días es así?

– No, esto nada más pasa los vielnes y los sábados más que todo.

– ¡Qué mal por ese muchacho y su familia!

– ¿Qué mal por qué? Ese muchacho estaba en vainas… Ese chamo llego muelto. Ponte a creé que a la gente le dan 3 tiros pol gusto ¡ta bien pues! ese era malo… ¿No ves que tenía un tiro en la frente? Eso fue a quemaropa. Algo hizo.

– Bueno, pero igual qué chimbo. Esa gente está ahí toda triste

– ¡No vale ya! Esa gente me da ladilla. Que se vayan pal coño. Llevan mucho tiempo llorando.

– Jaja… Coño debes estar acostumbrada a esta vaina

– [Da un jalón al cigarro] Sí vale. Esto lo ve uno todo el tiempo. La semana pasada llegó un tipo too tirotiao, y también llegaron los que lo mataron pa ve si es que estaba bien muelto. Amenazaron al médico y todo [jaja] ¡senda coñaza se armó ese día oyó! Hasta tiroteo y todo aquí en el estacionamiento.

No supe qué decir.

– Mami esto es así todo el tiempo… Más bien cuando no pasa uno se ladilla, uno siempre quiere que llegue alguien tirotiao pa podé trabajá  ¿entiendes? Si no pasa, yo me voy y me acuesto en una camilla. Me ha pasado. Pero es una ladilla [Se hizo un silencio, todavía se escuchaba el llanto de la familia del muerto]- Pero también es una ladilla que esta gente esté llorando tanto ¡Es más! ¿Ves a la caraja de allá? La que tiene una braga amarilla… Esa bicha yo la conozco. Esa me dijo hace rato que tenía ganas de tomá en unos chinos [jaja] esa es una desgraciada chica, ¡hipócrita esa!. Se le acaba me morir un familiar y anda con esa paja…

– Jaja… Bueno, pero déjala que drene como quiere. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?

– Dos meses.

– ¿Y no te daba miedo cuando empezaste? Qué terror ver ese poco de gente muerta.

– No vale, eso no me da miedo… Aquí a la gente la matan cada rato. Dígame en ese barrio que está allá (señaló la montaña que estaba al frente) Eso es tiro todo el tiempo. Cada rato. A la gente de barrio no lo impolta mami, yo soy de barrio y yo me acostumbré a eso… ¡Mira ahí viene otro tiroteao más ve! Te lo dije… Eso es normal.

Después de eso… Me fui con mi familia.  Había visto y escuchado mucho por ese día.

 

Fecha: A dos meses de mi partida.

 

 

 
 

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