Mi primavera veraniega en Uruguay

Pocitos -Montevideo
Pocitos -Montevideo

Después de unos cuantos meses de frío intenso, llegó nuestra preciada y tan esperada amiga, la primavera. La excusa perfecta para comenzar a dejar los abrigos debajo de las camas y empezar a desempolvar nuestra ropa veraniega.

Durante los días de invierno, nuestra mente avistaba la primavera con días cálidos con viento frío, de modo que te imaginabas con un suéter de esos que disimulan tus ganas de andar en topless por la rambla, mientras disfrutas ese calorcito que te va alegrando el día.

Esta vez lo que pasó fue que la primavera no llegó sola, sino que se vino con el verano agarrada de la mano. Sin tarjeta de invitación previa y con un furor de días lindos que no para, este duo llegó para quedarse. En la realidad, cada estación se supone que debería asistir sola a los eventos; Primavera, rompió el pacto y llegó por dos.

La verdad es que después de andar a 7ºC no hay nada mejor que este calor de 30ºC para sacudirse el hielo de los huesos. Pero cuando no te lo esperas es como abrir la puerta de tu casa y de repente salir en el desierto del Sahara. Si estás preparado, lo afrontas con dignidad, si no, quedas con la cara derretida.

Esta será la historia de cómo vivo esta onda de calor y cómo percibo este paisito después de unos días fríos, largos y tristes -No, no fueron tristes, pero hay que exagerar-.

¡Aquí va!

Mi primavera en Montevideo

Desde que pasamos a la temporada de calor en el sur, no he dejado de ver sonrisas, abrazos, amapuches, chicos(as) ansiosos(as) de amores pasajeros, muchas piernas libres, muchas cervezas al aire y, por supuesto, mucho mate.

No les podría explicar todo el cambio que he visto en Montevideo y en su gente desde que el sol se convirtió en nuestro aliado. Si en algún momento les dije que en este lugar todo el mundo es amor puro, no les puedo contar cuánto amor veo en la calle en esta época del año. Ahora que el sol se puso de nuestro lado, la gente anda por allí tan amable como siempre con un extra recargado de color caribeño.

Uruguay está sacando ese lado latino que nunca vi en invierno, está escuchando esa música que nunca escuché y está invirtiendo esa energía que parece que no se detendrá por lo menos hasta la próxima helada.

Las bicis ya andan por ahí dando vueltas por las calles junto a sus queridos dueños sonrientes que viajan de un lado a otro sin costo, con poca ropa, mucha buena onda y una pequeña voz que piensa “en vez de gastarme el pasaje en ómnibus, me tomo algo” disfrazada de conciencia ecológica.

 

Rambla por Parque Rodó
Rambla por Parque Rodó

Los shorts muy muy cortos (valga la redundancia) ya se dejan ver por allí. Hay cierto orgullo en el cuerpo de mostrarse, estuvo mucho tiempo resguardado para la intimidad.

Mientras que en invierno todos peleábamos por sentarnos en un lugar donde el sol nos pegara directamente a los ojos, en primavera pasa que todos buscamos la sombra para que el sol no nos pegue directamente, irónico ¿no?

Algo muy particular del uruguayo es la necesidad de poner en contacto los pies con el suelo ¡Qué costumbre tan divina! La sensación que da poner los pies sobre la grama sin que nadie te juzgue o te etiquete te hippie es una conducta que ya se me había olvidado. No recordaba lo importante y relajante del acto hasta que lo viví aquí. Ese detalle que a veces pasa desapercibido porque no tenemos el tiempo o porque el país no es el indicado para eso,  dice mucho de nuestra forma de vivir.

Otro factor importante aquí es la música. La guitarra es como ese invitado que nunca puede faltar. Imposible estar en el parque o en La Rambla sin que alguien esté cantando. Yo pensaba que eso era cosa de hippies, pero Montevideo me reveló otra cosa y me dijo “Eso se llama felicidad”.

Ese instante de dedicarte a hacer exactamente lo que te gusta, mientras la brisa de la playa te pega en la cara y cantar sin que te importe quién está al lado, se llama ser feliz.

Rambla Punta Carretas. Atardecer divino
Rambla Punta Carretas. Atardecer divino

“Hacer lo que nos gusta” es la enseñanza de esta temporada. A veces, hace falta sentarse y disfrutar de un buen atardecer ( o amanecer); hace falta ver un poco más allá de nuestra satisfacción monetaria y empezar a andar por la vida como quieres vivirla. Yo no soy precisamente músico, pero me di cuenta que ahora cada vez que puedo me doy el lujo de hacer cosas que Caracas me había hecho olvidar hace tiempo.

La energía que trae consigo el sol y los días lindos es tanta, que es imposible que pasen cosas malas en primavera. Y es mi slogan de ahora: “tranquila nena, es primavera. Nada pasa por mal”. Así de hippie me puse en Uruguay, así de divino es Montevideo.

¡A gozar!

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