¡Hasta luego, Cabo Polonio!

Me voy.

Justo cuando me estaba acostumbrando a despertarme con el trinar de los pájaros, los susurros del viento y los cantos de la mar; justo cuando los caballos ya empezaban a saludarme y los aullidos de los lobos eran el eco del viento; justo cuando empecé a conocer el ritmo del pueblo y la mano no paraba de saludar desde que salía hasta que llegaba a casa; justo cuando ya sentía el concepto “hogar”.

Ya había encontrado mi roca preferida y me estaba acostumbrando a mi propia compañía, sabía vestirme sin luz y a encontrar todas las cosas que necesitaba con tan solo tantear en el cajón las texturas; también encendía velas sin quemarme, aunque nunca pude evitar que se derramara el cebo al apagarlas.

Justo cuando ya no me molestaba hablar conmigo, cuando entendí que los dolores duelen, y que es normal, y que debía acostumbrarme a que los estados de ánimo son extremos en ese lugar: si estas feliz, es MUY feliz, si estás triste, es casi una depresión… Aprendí la técnica de la”neutralidad”.

Justo cuando empezaba a acostumbrarme a las historias polonienses, al tono, a los colores, a los panes del Bunker, a los sábados de Estación Central, a las tardes de capuchino en Si Supieras, a las tortas fritas de Mary, al cafecito con Nela, a los gritos del Panky, los vinitos de Jhonny y a caminar a ciegas en noches de luna nueva sin caerme.

Justo cuando encontré la calma entre la espuma de las olas y descubrí el silencio entre los soplidos del viento. Justo, cuando ya le estaba tomando cariño a la gente, y haces amigxs que provoca tener cerca más que una temporada de verano.

Justo,

me voy.

Y me choqué contra el sonido del motor del bus durante 5 horas de viaje, contra las luces blancas del Terminal de Tres Cruces con música de fondo y miles de olores que te estimulaban entre el hambre, la sed, las ganas de comprar ropa y las de salir corriendo.

Y corrí. Y me choqué contra una muralla de autos, el sonido de sus frenos, del arranque, de la bocina, de la campanita de la bici que iban de costado y de la puteada del dueño del auto, que no le gustan las bicis.

Ahora entiendo a la gente del interior, cuando dice que Montevideo es rápido.

Rápido, pero necesario.

Porque del otro lado, hay un sol radiante, túneles de árboles que te arropan, una rambla te saluda, amigos que te reciben, un mate recién echo, un café, un amigo que tiene una muestra, una exposición, una palabra, arte. Un parte, una cerveza, un plan.

De la nada al todo… ¿O del todo, a la nada?

¿Cómo volvieron de cabo?

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