¿Dónde están los recuerdos del que emigra?

En algún momento de mi vida de inmigrante, alguien me enseñó fotos de su niñez. La conversación comenzó de forma natural, L. me mostraba las fotos, yo las veía, comentaba la historia detrás del momento y pasábamos la página. De repente, ¿Qué hacen chicxs? ¡Ah!, ¿le estás mostrando las fotos? ¡mirá qué lindx que eras! ¿te acordás de eso? ¡JUAN, VENÍ ACÁ! ¡Mirá esto! ¿te acordás de cuando fuimos a…?

Entonces, una reunión de amigxs, se convirtió en un evento para ver las fotos familiares.

No sé cuántos libros guardados, construían la historia de esas personas, pero allí estábamos todos, pasando una a una las fotos, ellos mostrando, con nostalgia, sus recuerdos, yo, escuchando fascinada, pensando en todos los álbumes de fotos que estaban guardados en mi cuarto, y trayendo flashes de imágenes de cuando era pequeña,  de cuando usaba hombreras, de la evolución de la casa que mis padres formaron con tanto amor, del nacimiento de mi hermana, de los perros que murieron, de las fiestas, salidas, parques.

¡Fa! Que viaje esto, ¿viste Manu? Cuando fuimos al campo del abuelo, ¿te acordás? Que la tía Delsy se cashó del cabasho del Nico

Ahí estaba, quietita, en medio de las historias de otros, tropezándome con los primeros pasos, saboreando la arena del primer día de playa y la emoción de andar a caballo, sintiendo la brisa del campo, las salidas, las juntadas, los amigos.

***

Hoy, compré la entrada al Cascanueces, una pieza de ballet surrealista basada en una historia de Navidad escrita por el ruso, Ernst Theodor Amadeus.  ¿Por qué cuento esto? Como te comenté en otro momento, mi padre es músico, y cada año, desde que tengo memoria (la poca que conservo), como un ritual familiar impoluto, iba con mi madre al Teatro Teresa Carreño en Caracas, a ver esta obra de arte y a gritarle a mi padre, desde lejos, lo mucho que lo amaba al final del espectáculo.

Era chica. Recuerdo mi vestidito con flores, los zapatos de charol (o de patente) negro y un moño bien apretado que me dejaba los ojos chinos. Me acuerdo el perfume de mi padre antes de salir, los tacones de mi madre entre idas y vueltas afinando los últimos detalles de su maquillaje, de que el afeitado de mi padre hubiera quedado parejo y de mis quejas de niña.

Foto de Wikipedia

Me acuerdo de las luces con aquellas esculturas que te daban la sensación de estar dentro de un mundo surreal, recuerdo a la gente haciendo fila para subir por las escaleras mecánicas y entrar a la sala, el olor a madera del salón,  a la señora que vendía golosinas afuera en la entrada, el cuidado de mi madre abriendo la golosina en pleno acto, haciendo esfuerzos galácticos para que la bolsita no sonara y yo dejara de pedir algo para comer.

Fue tan importante para mí el ritual, que recuerdo los momentos en los que no pude ir: la primera vez, por enfermedad de una abuela, otra por una pelea (de egos) con mi padre (adolescencia), y los últimos 3 años, porque no estoy en el país.

El recuerdo me pasa como una serie que va desde mis zapatos de charol, a las sandalias, los tacos, a las uñas largas, los vestidos cortos, el brillo y la boca roja.

Este año, podré asistir a la función,

Pero en Uruguay,

Iré, sí

A llorar.


Estar en casa de algún amigo uruguayo, implica toparme con recuerdos, fotos, historias.

Me encanta toparme con una infancia ajena a la mía, pero admito que, ese es el único momento en el que no me siento parte, porque cantan canciones que nunca escuché, recitan frases de publicidades que se convirtieron en hitos nacionales, buscan en Youtube canciones y artistas desconocidos para mí y, entre la euforia, me buscan la mirada de complicidad y no la tengo, buscan reírse conmigo y no me da risa, y pregunto qué era eso, quién, por qué.

Qué fastidio explicar todo el chiste, ¿no?

Mis compas uruguayos lo hacen, pero en el fondo sé que ya la magia de ese momento, se perdió.

… Ellos transmitiéndome la información, muertos de risa,  y yo pensando en que si les cuento la publicidad de limpiador MÁS, ni siquiera se imaginarán la boca roja del inodoro parlante.

Ni siquiera pensarán que es un inodoro.

Ni siquiera entenderían.

***

A pesar de que tenía la bici para volver a casa, pensé que lo mejor era caminar. Me encantan esos momentos de “pienso, conmigo, de mí”. No es lo mismo andar en bici, que caminar… La primera diferencia es que, mientras caminas ves la vida en modo slow motion. Comienzas a ver para arriba, escuchas un par de conversaciones, miras la cúpula de los edificios, descubres que hay más hojas verdes en los árboles, y que el kiosko de la plaza está recién pintado.

En fin, absorbes más información.

Me detuve frente a un lugar de impresiones, vi algunos porta retratos, cuadros, etc., y pensé “No tengo fotos de recuerdo”

No tengo fotos en mi cuarto.

¿Me traje fotos?

¿Cómo no tengo un espacio en casa que explique de dónde vengo?

¿Cómo construyo la historia?

Bueno, Facebook, será.

¡Qué fuerte!

Bienvenidos a la era digital

-aburrido-

Más que tristeza, me quedé perpleja. Sí, perpleja, porque ante mí comenzaron a desatarse una serie de respuestas que me hicieron despertar un poco de la situación de los inmigrantes.

Es que, irse, es también desprenderse de los recuerdos.

Te vas, y lo último que piensas llevar son álbumes de fotos, quizás tomas un par y las metes en algún libro, pero ¿fotos? ¿pa’ qué?

Llegué a casa con una emoción particular, buscando algo que pudiera mostrar mis orígenes. Me topé con una de mis concubinas de casa, también venezolana uruguayisada, charlamos y, de repente nos vi en cámara objetiva echadas en la cama reconstruyendo la historia de la vida de ella vía Facebook.

… Y estos son mis tíos.

Estas son mis tías, la tia Dilsa, Maritza, Marlene y Yumary.

Sus hijos

… Y un día pasamos un 31 juntos.

Mi padre siempre se ríe.

Y mi abuela…

Y acá (digo yo) es donde los inmigrantes buscamos la complicidad en nuestros semejantes. Para recordar, para mirarnos y reconocernos en una misma época.

***

Si vas al Cascanueces, acuérdate de mí.

Y tú ¿Dónde dejaste los recuerdos?

 

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