Santiago de Chile, la cordillera, la costa, el weón y la weá

Todo lo que ven detrás de mí, es ciudad y montañas. Pero no lo vemos. Ni tú, ni yo que estaba en vivo.

¡Qué incertidumbre ante nuestros ojos!, ¿no? Debe ser extraño no saber nunca qué es lo que está frente a nosotros.

¿Y la montaña?

Sólo entendí qué era la humedad en mi viaje a Santiago de Chile, digo porque allá, no existe.

Ironía pura.

Tengo sed a cada rato y me olvidé del agua; sudo poco, el cabello no tiene frizz y cada vez

Templo entre montañas -Chile
Templo Bahá’í

tengo menos acné, tengo la piel agrietada. El horizonte del mar ahora tiene montañas borrosas, las casas ahora son edificios modernos y el cash, ahora es virtual.

Es evidente, ya no estoy en Uruguay.

Salgo de la casa de mis amigas queridas que me dieron alojamiento (Gracias), y veo cuerpos en automático, caminando con caras largas y cansadas. Dentro del metro no se escuchan risas, pero sí hay música y bebidas intermitentes que nacen como disparadas entre la necesidad, para cortar el hilo del silencio y de los rieles.

En Chile se trabaja 9 horas por día+ 2h aprox. en el transporte… Así a cualquiera se le quita la sonrisa.

Entre la ventanilla del tren, la cordillera se asoma tímida entre el smog. “Una lástima, pienso”, quizás si pudieran ver la montaña fresca, magestuosa, bien vestida y serena, habría un brillo en los ojos de estos transeúntes.

Mantengo la mirada fija al exterior, trato de enfocar bien e imaginarme la textura de cada cerro, soy la turista, ¿no? Quiero sorprenderme, pero a lo lejos, solo veo niebla.

Me llama la atención que pocos compañeros de vagón van acompañados, hay un par de chicas que hablan de la facultad, de los cursos, de las ideas y de las miles de opciones que han pensado para resolver un problema… Hacer dinero, siendo artista (suerte con eso, querida <3), el resto se acompaña con su celular y Spotify.

Van todos a paso rápido, no corren, pero sí muestran urgencia por llegar a algún lado… Pocos están como yo, yendo a ninguna parte.

NO, no insista

Salgo del andén, aguardo por el Free Walking Tour típico para conocer las ciudades a pie, infaltable en mis viajes. Andar por las ciudades y que alguien te cuente la historia de cada cosa, de forma pausada, sin apuros, es lo más lindo.

Lo gratis también :)

“Disculpe, ¿está esperando a alguien?”

Era un carabinero/ policía/milico. Me sentí desnuda, vigilada y sin respuesta… ¿Por qué, POR QUÉ le tengo que dar una respuesta sobre MI VIDA? Ante mi falta de rapidez, y mi mirada que ya se estaba tornando odiosa, continua ¿usted es de acá?

Con la vena del enojo trazada en medio de mi frente sonreí con un Espero un tour y chupé la bombilla del mate hasta que sonó de forma estruendosa.

Ya saben, ese sonido majestuoso de “no me rompas los ovarios, querido”.

“Perfecto”, me dijo, como chequeando su lista de “cómo romper los ovarios” y se fue a preguntarle al chico de al lado ¿tú a quién estai esperando? ¿Qué hacei acá? 

En un tacón y sin taquito me quedé ante el interrogatorio.

El chico rugió, gruñó un par de palabras que pude traducir como un “anda a cagar”, terminó de encender el cigarrillo y se fue.

Caras largas y tímidas del metro… Ya entiendo.


Calles de Santiago
Street Art en Santiago de Chile

Está lleno de venezolanos.

Yo, sola, creo que tengo unos 20 conocidos en la ciudad (sin mentir), no todos son amigos, pero existen, son 20 puntos en común que tengo yo, Sinay.

Gorras, suéters, rones, carcajadas a viva voz, salsa a todo volúmen, amarillo, azul y rojo, estrellas, vestidos pegaditos, uñas acrílicas, nojodas, guebones, chéveres, chamas, carajitos y maricas en todas las esquinas. Como si, de repente, se hubiese dividido la ciudad en dos, los chilenos y los nuevos residentes.

Entre medio: Haitianos, un “venga pues parce” y carritos de comida peruana.

“Y ¿desde cuándo estás acá?”. Desde hace un par de días. ¡Ah!, pero estás recién llegando, vale. Sí, vine por 15 días. ¡Ah! Pero no te quedas? No, yo vivo en Uruguay.

¡¿URUGUAY?!

Suena el intercomunicador.

Que bajemos la voz, los vecinos se están quejando.


Huele a playa. Tenía mucho tiempo que no tenía la sensación de estar acercándome al mar, me recuerda a cuando iba a La Guaira y después que pasabas el segundo túnel, aparecía el horizonte, las ganas de comer pescado frito… Y con la primera cerveza.

Veo la costa de lejos, ya casi estamos en Viña del Mar. Me salió más barato hacer un tour que comprar un pasaje de ida. Así que tuve que pasar un poco de vergüenza haciendo de oveja en rebaño por todos lados.

Viña del Mar
Viña del mar, Chile

Está nublado, pero ya quiero meter los pies en la orilla del mar… ¡Qué diferente este mar! Se me vienen imágenes de todos los mares que he visitado y pienso que siempre me deslumbro al ver que cada uno tiene una belleza auténtica. Hay mucha espuma, el guía dice que tengamos cuidado, porque si humedecemos los zapatos con agua de este mar “Pacífico”, podríamos perderlos, porque la sal se los come.

¿Será verdad?

El agua está tibia y me quedo ahí paradita hasta que me llega el agua al medio de la pantorrilla. Agradezco de tener esta oportunidad y me presento ante el horizonte como si fuese los sueños de todas las personas que quisieran estar aquí en ese momento.

Cada vez que veo o voy a un lugar, pienso en la cantidad de personas que hubiesen o quisieran -tener esa oportunidad. Pienso en ellos, trato de que sientan mis sensaciones, como si tuviese una condición telepática.

Agradezco.

¿Nos tomamos la birra que compramos? Me dice Vane.

No se puede, coño. Le digo. Con cara de que se me estaba saltando la térmica. No por ella, si no por la impotencia de pensar que en Chile está prohibido tomar en la calle.

En realidad, está prohibido beber EN TODAS LAS PARTES que se consideren públicas. La playa está incluida.

¿Y qué importa? Me dice.

¿Tienes destapador?, le pregunté.

Sí.

¡Salú!

Está helaita

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“A ti que te encanta la naturaleza y eso, hoy te vamos a llevar a un lugar que te va a gustar”

¡Bienvenides a la Reserva Nacional Radal Siete Tazas!

Lo primero que debbo acotar es que los turistas pagan más que los residentes, no estuvo bueno para mi bolsillo, pero cómo me gustaría que estas cosas se repitieran en Uruguay, donde nosotros pagamos los impuestos y a los turistas se los descuentan.

En fin.

Pasé todo el camino de día pegada a la ventana, tratando de comparar mi visión con lentes vs. sin lentes de sol, por las dudas me estaba perdiendo de algún color del paisaje.

DSC_1299

Montañas de lado y lado, viñedos, manzaneros, oliveros (¿Se dice así a los que hacen Aceite de Oliva?), casitas, pasto.. Todo pasaba a través de esa ventana y la montañas seguían ahí, quietitas.

Dentro del parque, todo estaba debidamente super estructurado. Los caminos marcados y habilitados para personas con capacidad limitada, miradores en cada parada de atracción natural y mapas en cada punto.

Había mucha gente, así que abrí mis otros sentidos y comencé a prestarle atención a la respiración y al tacto.

Olía a tierra húmeda, a agua de manantial llena de hierro y nutrientes, olía a madera, a rocío de cuando recién te levantas de una siesta a mitad de la tarde.

El agua de las cascadas y los ríos era turquesa, como de película. Como cuando Leonardo Dicaprio en la película La Playa.

Esta se la dedico a Karen, por recibirme, por reírse conmigo y de mí. Y los invito a darle play mientras sigo contando:

Nos quedamos asombradas ante ese color inexplicable. Ese esmeralda virgen, impoluto e insistente que invitaba a zambullirse de pie a cabeza; esmeralda que te dilata la pupila, esmeralda de excusa para saltar.

Ese esmeralda fue el que vimos acá… Pero nos dijeron que el agua era helaita.

A lo que pensé en términos coloquiales:

“Helaita: marica, está di.vi.na. Métete que es tu oportunidad”.

Helaita, fue que se me durmieron los pies y me tuve que meter por tantas, fue que sentía agujas clavándose en mis piernas y mis pies, mientras mi sangre corría a toda velocidad para tratar de amortiguar el impacto.

Helaito fue un chico que se metió de una sola vez gritando mientras nadaba rumbo a la cascada, mientras el resto de los espectadores le aplaudía por su valentía. Helaita la chica de Islandia, que se metía como si estuviera entre aguas termales. Helaita yo, caribeña, que tuve que meterme varias veces para engañar al cuerpo, pa’ que creyera que estaba en Morrocoy o en Trinidad y Tobago.

Aunque después de eso, me dijeron que la cerveza estaba helaita y me dio a pensar que estábamos jugando al día de los inocentes, estaba tibia.

Luego les cuento más.

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