El “piloto automático sensorial” que surge cuando paseas por La Rambla montevideana

Ya se escucha el rumor de la primavera entre el susurro del viento que viene del sur.

Tenía meses sin pedalear por La Rambla.

Salí al atardecer, el cielo vestía de naranja y se reflejaba por todos lados: en el horizonte del lado oeste, que esconde a la ciudad de Buenos Aires; en la piel de las enamoradas que se miran con complicidad, ausentes de todo a su alrededor; en el granito del piso que sostiene firme mi bici y los pasos sudados de los trotantes… ¿se dice trotantes?

Los que trotan, les deportistas, les saludables. Les amis.

El naranja era tan intenso, que se metía entre el pelaje de los perros que estaban jugando en la “playita” que se forma cuando hay marea baja en la Rambla Sur, se escurría el vidrio de los edificios de la Calle Paraguay, en las nubes color ámbar y en el avión que iba llegando al Aeropuerto de Carrasco.

¿De dónde vendría? ¿Cómo será tener esta primera impresión de Montevideo? Y se me ocurrió un mini discurso perfecto para el momento:

Si vas a venir a Montevideo por pocos días, la mejor recomendación que podría darte es que veas el atardecer sin cámaras, sin pensar en la foto, sin sentir que eres turista, porque en ese momento eres humano. La luz de Uruguay no puedes recordarla a través de una pantalla.

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Rambla Montevideana- Playa Ramirez

Como decía, el naranja reflectaba entre las bombillas de los cebadores de mate, y posaba para la cámara de los turistas. Me rozaba la espalda y se metía en mi nuca para romantiquearme. Yo iba en dirección opuesta a esa fantasía visual: al lado azul- Violeta del cielo. El este de la ciudad, rumbo a Punta Carretas.

En medio de ese cielo de colores, me acompañaba “la mar serena”. Las aguas del Río de La Plata, haciéndole honor a su nombre presentándose con su tono hierro fundido que hacía de espejo a los colores del cielo.

Mientras una pedalea, da la sensación de que Montevideo te abraza, a pesar de que no tiene montañas. Y en ese abrazo una se va… Y cierra los ojos… Y ya no estás.

Pero sigues pedaleando.

Es como estar en clases e irte a viajar por tus pensamientos, el cuerpo está presente, pero la mente ya vuela por los pasillos de la escuela y anda por la cafetería o la cantina pidiendo bizcochos y un cortado.

Acabo de inventar ese “Estado de piloto automático sensorial“, y lo puse como título, porque es mi definición de andar por La Rambla, porque una parte de nosotras se abstrae y se crea una burbuja de placer individual que nos permite disfrutar el aquí y ahora. Estás presente en cada movimiento, sin duda, pero te dejas conquistar por las maravillas del cielo uruguayo. Es ese el estado… Como de enamoramiento perpetuo. 

Entonces pedaleo, observando[¿me?] junto todo este despliegue de naranjas, violetas y azules que me regala el atardecer.

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¿Qué haría si no tuviera algo así en el lugar donde vivo?

Se debería exigir que las ciudades tuviesen un punto de fuga natural que le permitan a su población la oportunidad para olvidar el cemento, el trabajo, mostrar sus alegrías o sus penas… Es lamentable que algunas no tengan ese privilegio que les fue arrasado por construcciones amparadas en la excusa que llamamos “modernidad”.

Después del atardecer, me vi recordando todas las cosas que había hecho en La Rambla: Por acá vine con este, por allá estuve con no sé quién, acá me besé con tal, aquí caminé aquel día sin rumbo, aquí me sentaba cuando vivía en tal lugar, así estaba el mar cuando vi el atardecer con no sé quién… Recuerdos con amigues, con amores, compañeros de casa, extranjeros y conmigo misma.

Rincones, espacios, esquinas, rocas y banquitos que me contaban cosas que hice

DSC_2663Y me preguntaba ¿Cómo vivirá la rambla un uruguaye? ¿Recordará todo lo que hizo? ¿Habrá habitado todos los rincones? ¿Habrá conversado entre las rocas con el mar?

Ya va, que tengo que inflar a la rueda de la bici.

¡Bienvenida a la realidad!

 

 

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