Responda bajo su propio riesgo

Mural por la inmigración. Realizado por los artistas “Pardos” para un proyecto de Global Shapers Montevideo

Un cuento que postulé para el concurso las personas migrantes y los derechos humanos, realizado por La Comisión Nacional para la Educación en Derechos Humanos (integrada por ANEP, UDELAR, y MEC, y con la participación permanente de la SDH de Presidencia de la República), junto a Plan Nacional de Lectura y Plan Ceibal.


Ahora me pregunto, ¿es un cuento o es la vida misma?

***

Existe un aproximado de noventa y un mil palabras que ofrece la RAE en el diccionario español, sin contar las que se forman cada año como consecuencia de la globalización. Y aún así, cuando eres de otro lugar, el número se reduce a tres para formar una frase que, desde que vivo acá, puedo interpretar como un “hola”, “chao”, “¿cómo estás?”, “¡qué bueno verte!”, “¡nos vemos pronto” o “che, qué frío que está, ¿no?”.

Creo que hay algo de mi aspecto, de mi acento, de mi forma de caminar, mi transpiración o mi mirada, que indica que no nací en este espacio geográfico, porque siempre es la misma pregunta: ¿de dónde sos?/¿De dónde eres?

Decir mi lugar de origen es una información que se espera con muchas ansias y expectativas, porque mi respuesta es el puntapié para que los receptores elijan cómo se van a comunicar conmigo.

Por ejemplo, podrían comenzar a hablar más lento o aprovechar para practicar su inglés, podrían ir a comprar limones e invitarme a beber caipirinhas para cantar bossa nova con mala pronunciación, me podrían comentar sobre la cosecha de Kiwis en su viaje de vacaciones o descartarme si les muestro el hiyab que llevo guardado, si es que antes podrían entender que estoy en mi año de vacaciones del servicio militar.

Y si le cuento que soy refugiada, ¿me ayudarían o le darían like en Facebook?

Quizás es mejor que les diga que acabo de llegar después de tener 24 horas de viaje en un avión, porque me arriesgué a dejar mi trabajo como ingeniera y soñaba… No, mejor digo que ANHELABA, venir a Latinoamérica para conocer la cultura ancestral.

Esa última nunca falla, es perfecta para captar el interés, generar conversaciones de horas y abrir debates entre la ayahuasca y la hoja de coca.

Tengo que pensar bien la respuesta, ¿qué les digo? Suena mejor que diga que vine en avión y no en balsa, ¿verdad? Les digo que soy graduada…¿De Business, Artista Visual o de Maestra de escuela?

Un señor me pregunta cuánto cobro. No, no cobro nada señor, ¿por qué le voy a cobrar? ¡Estoy esperando el autobús!

A veces pienso que debo tener algo en la transpiración que los llama, quizás son estos guantes azules que me compré para resistir mejor el frío, una lástima que se vean tan mal con este chaleco carmesí que rescaté en el suelo de Tristán Narvaja.

Trato de comunicarme lo más neutro posible, pero aún así la pregunta viene avasallante entre los lengüetazos soberbios del local que cree que por nacer dentro de la línea, puede hacer y deshacer a su antojo todo lo que la cruce, incluyéndome a mí y a mi historia.

Lo diría sin vergüenza alguna, pero no sé cuál va a ser la reacción. La respuesta correcta podría darme un trabajo, dejarme entrar al museo y alquilar un apartamento cómodo. La incorrecta, en cambio, me desplazaría a lugares lúgubres con techos imaginarios, sábanas de cartón y polvos mágicos que enseñan a olvidar.

¿En qué momento la nacionalidad se convirtió en un test de supervivencia?, me pregunto.

Me da miedo responder, no vaya a ser que la señora del kiosko deje de venderme maní o el vecino deje de sonreírme por las mañanas. Menos mal que no tengo parlante, porque acá hasta la música de las fiestas delatan el origen.

¿Y entonces, de dónde sos? Me dice la señora.

“Ella es de acá, pero nació en otro lugar, señora”. Respondió Kel, y antes de que yo pudiera reaccionar, me tomó del brazo dejando atrás la cara momificada de aquella señora, con su bolsito de lado, su gabardina impoluta y la sonrisa tiesa, recurso infalible de quienes quedan insatisfechos ante algún hecho que no pueden concretar o comprender.

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