Y si llueve, ¿qué hago en Cabo Polonio?

Yo trabajaba casi todo el día y parte de la noche en Cabo Polonio, mis distracciones estaban enfocadas en lavar tazas, vasos, levantar desayuno tipo bufete, atender al público, limpiar, charlar, leer el horóscopo los lunes, tomar mis horas de descanso para dormir o leer y quizás, de noche, dependiendo de la lluvia, salir a tomar algo después del trabajo. Daba igual si era soleado, nublado o lluvioso.

Recuerdo charlar con varios clientes que, entre cara larga, me comentaban que habían escogido el peor día para visitar el lugar y me pedían recomendaciones para hacer “algo” entretenido a pesar de la lluvia, porque las opciones son pocas y la playa, para ellos, solo era posible con sol.

Sinceramente, nunca tuve una respuesta convincente ante las quejas, pero insisto, la lluvia es muy disfrutable.

  1. Razones banales: Te recuerdo que eres de los pocos que tienen el privilegio de estar en ese lugar (porque es caro e inaccesible para muchos), y además, te convertirás en alguien más exclusivo ¿Por qué? Porque a todos les tocó el sol… Pero tú, tú caminaste entre las dunas sin que se te hundiera el pie, te metiste en la playa y te mojaste el doble, ya  el mar alborotado de olas y no necesitaste de sombrilla y un bloqueador para disfrutar. A ti no se te quemó la piel del sol, ni te encandiló el brillo del mar.
  2. Razón verdadera: ¿Qué hay de malo con la lluvia? Al final, la idea de “vacacionar” es el descanso.

La magia de la lluvia, es que puedes tomar hábitos que tenías olvidados desde hace un tiempo, ¿desde cuándo tienes el libro dando vueltas en tu mochila sin leerlo? ¿Desde cuándo no te tomas un café o un té viendo el mar? ¿Desde cuándo no tienes una buena charla con el soundtrack de gotas de lluvia?

Olvidemos un poco ese ideal que nos fue impuesto, ese que tiene que ver con sombrilla, el bloqueador, sombrero, cerveza y lentes de sol, sugiero que los amoldes de acuerdo a la realidad. Y si llueve, sustituye la sombrilla por el living de casa, el sombrero por la ventana por la que verás el paisaje, la cerveza por un café o un vino y los lentes de sol por el libro que habíamos hablado, o mejor aún, ¿por qué no cerrar los ojos y soñar?

*Por cierto, ¿anotaste tu último sueño?*

Si vas por un día, puedes tomarte algo en Lo de Dany (aceptan tarjeta), a La Perla, si quieres comer algo increíble y tener una experiencia cómoda, o en Si Supieras, si quieres que te atiendan bien y comer comida casera, sana y deliciosa… No desperdicies las tardes de té.

Si te quedas en un hostel, aprovecha y conoce gente nueva, prende una estufa, conecta, colabora, pregunta las leyendas del lugar.

Si estás en un rancho solo, retoma y valora el tiempo contigo mismx, descansa, aprovecha el día libre.

Si estás acompañado por amigos, disfrútense. Rían, beban, coman y amen.

Si estás con tu pareja, practiquen para lograr la mejor cucharita que puedan.

Es simple:

No hagas nada.

¿Desde cuándo no lo haces?

Y si quieres hacer algo, te dejo esta frase del libro Voces del Desierto que dice:

La mayoría [de los humanos] se muere sin saber qué se siente al estar desnudo bajo la lluvia.

Cuando llovió, yo hice esto y sobreviví.

También puedes leer la historia completa sobre ese día.

 

P.D.: Si ya fuiste al cabo, deja un comentario y sugiérenos algo, ¿qué hiciste/harías en un día de lluvia? Me encantaría que compartiéramos sugerencias :)

¡Hasta luego, Cabo Polonio!

Me voy.

Justo cuando me estaba acostumbrando a despertarme con el trinar de los pájaros, los susurros del viento y los cantos de la mar; justo cuando los caballos ya empezaban a saludarme y los aullidos de los lobos eran el eco del viento; justo cuando empecé a conocer el ritmo del pueblo y la mano no paraba de saludar desde que salía hasta que llegaba a casa; justo cuando ya sentía el concepto “hogar”.

Ya había encontrado mi roca preferida y me estaba acostumbrando a mi propia compañía, sabía vestirme sin luz y a encontrar todas las cosas que necesitaba con tan solo tantear en el cajón las texturas; también encendía velas sin quemarme, aunque nunca pude evitar que se derramara el cebo al apagarlas.

Justo cuando ya no me molestaba hablar conmigo, cuando entendí que los dolores duelen, y que es normal, y que debía acostumbrarme a que los estados de ánimo son extremos en ese lugar: si estas feliz, es MUY feliz, si estás triste, es casi una depresión… Aprendí la técnica de la”neutralidad”.

Justo cuando empezaba a acostumbrarme a las historias polonienses, al tono, a los colores, a los panes del Bunker, a los sábados de Estación Central, a las tardes de capuchino en Si Supieras, a las tortas fritas de Mary, al cafecito con Nela, a los gritos del Panky, los vinitos de Jhonny y a caminar a ciegas en noches de luna nueva sin caerme.

Justo cuando encontré la calma entre la espuma de las olas y descubrí el silencio entre los soplidos del viento. Justo, cuando ya le estaba tomando cariño a la gente, y haces amigxs que provoca tener cerca más que una temporada de verano.

Justo,

me voy.

Y me choqué contra el sonido del motor del bus durante 5 horas de viaje, contra las luces blancas del Terminal de Tres Cruces con música de fondo y miles de olores que te estimulaban entre el hambre, la sed, las ganas de comprar ropa y las de salir corriendo.

Y corrí. Y me choqué contra una muralla de autos, el sonido de sus frenos, del arranque, de la bocina, de la campanita de la bici que iban de costado y de la puteada del dueño del auto, que no le gustan las bicis.

Ahora entiendo a la gente del interior, cuando dice que Montevideo es rápido.

Rápido, pero necesario.

Porque del otro lado, hay un sol radiante, túneles de árboles que te arropan, una rambla te saluda, amigos que te reciben, un mate recién echo, un café, un amigo que tiene una muestra, una exposición, una palabra, arte. Un parte, una cerveza, un plan.

De la nada al todo… ¿O del todo, a la nada?

¿Cómo volvieron de cabo?

NOCTILUCAS en Cabo Polonio, uno de los tantos fenómenos que explican el #UruguayTeQuiero

Buen día,

Me gustaría hacer una reserva para una habitación doble, pero antes quería saber si es posible que me digan cuándo habrá noctilucas, pues mi novia nunca las ha visto y me gustaría darle la sorpresa.

Gracias,

Fulano de tal.


Después de haber hecho una caminata magistral desde la playa norte a la sur, atravesando las dunas y bordeando el bosque de Cabo Polonio, vuelvo al pueblo sobre el atardecer y,  justo cuando estaba entrando a la Av. Ppal, veo una figurita menuda girando la cabeza cual ventilador, con los ojos desorbitados y la sonrisa congelada… Era M. 

M., es un personaje menudo y fino como una varita de terciopelo que camina como flotando, siempre con una mochilita a la espalda.  De esas personas que cada vez que las vez tienen una nueva lista de reproducción de palabras suburbanas y cuentos increíbles. 

Era la primera vez venía al cabo y había comenzado con el pie derecho al haber tomado el mejor puesto de todos: arriba del camión, en la esquina. Le hago señas con la mano desde la colina del puente de los gemidos y sin más que un par de miradas a distancia ya nos habíamos ubicado.

¿Qué se podía hacer en Cabo Polonio a las 5.30pm con una persona que nunca había venido?

Ir al sillón de la sur.

El “Sillón de la Sur”, es una formación natural de rocas que para ser un sofá solo le falta el acolchado y un par de almohadones. Es el living natural de la playa, que cuenta con vista HD al atardecer más increíble, brillante y colorido que vas a ver alguna vez en la vida… También tiene otras funciones, algunos suelen sentarse a ver la puesta de sol, beber, charlar y, dependiendo de la hora, el tipo de charla y la bebida, se presta para encuentros más carnales.

Y si te invita un poloniense, es el truco para enamorar a cualquier turista.

En nuestro caso, solo íbamos a ver el atardecer.

Como guía turística me muero de hambre, pero me encanta hacer el show e intentarlo, aún cuando sé que siempre me olvido de cómo llegar al lugar o cómo se llama… Menos mal que entre la búsqueda del sillón, M. Linn, la autora de la foto de este post, escuchó mi voz y saltó de la nada con un “¡qué haces Sina!” y no quedé tan desubicada.

La tormenta del día anterior había dejado el mar impetuoso, fuerte. Me sorprendió la cantidad de agua que sostenían las olas para formarse y la espuma que soltaban al romper, que por cierto estaba blanquísima, y quedaba regada por toda la zona rocosa como dientes de león entre el barro.

El sol bajaba tranquilo, marcando el paso del tiempo sin apuros, perfecto para disfrutar a plenitud de su despedida. Vimos con claridad cómo esa bola de fuego inclemente, de repente perdía la intensidad, y el amarillo se tornaba naranja, y el naranja en rosa eléctrico -para ese punto podíamos ver la silueta del sol perfecta-, para luego desaparecer.

En contraste, el cielo pasaba de azul a violeta. Vimos el rayo verde de Cortázar, pero no nos enamoramos de nadie. Vimos las nubes naranjas nítidas navegando cual barcos flotantes. Y, de un momento a otro, ya veíamos chispear las primeras estrellas.

M., no había visto un atardecer en un par de meses así que en el proceso enmudeció y ahí nos quedamos en silencio, sentadas en el mejor lugar del Cabo, observando y apreciando el momento sin siquiera mover un dedo ¡qué lindo poder ver este fenómeno sin pensar en el celular, y qué importante que es vivirlo!

Quedamos ahí, mutando, quién sabe por cuánto tiempo, para cuando reaccionamos, Linn ya se había ido. 

De repente, un rayo flúo azul apareció entre la ola.

¡Marica, NOCTILUCAS! Grité. No, no. No puede ser, me respondí. Seguro es una linterna que justo hizo reflejo y se vió así.

1 min después. Otra chispa flúo.

M., dice ¿viste eso? ¿Esas son noctilucas?

No sé, le respondí. Ya había visto noctilucas, pero nunca las vi tan cerca, tan iluminadas, nítidas y tan sorpresivamente.

Observo directo al mar, justo donde se formaba la ola, me voy al detalle:

Vi cómo el agua se juntaba para formar una masa corpulenta, altísima y masisa. Minusiosamente detallé ese instante en que la gran masa, pasó a tener forma de ola y formaba un tunel de agua natural. (¿¡cómo me había perdido antes de este proceso tan hermoso!?) y ahí, entre medio del cuerpo de la ola y la cresta de espuma, allí entre la nada y el todo, apareció una serie de luces azul flujo que permanecieron prendidas hasta que la gravedad y la fuerza del mar hicieron que rompiera. 

¡SON NOCTULUCAS, SON NOCTILUCAS! gritábamos.

Las noctilucas son dinoflagelados (una especie de alga), organismos unicelulares que miden alrededor de un milímetro y que se alimentan de plancton vegetal. Como la mayoría de los organismos bioluminiscentes, emiten brillo como resultado de una reacción bioquímica: el oxígeno oxida una proteína llamada luciferina y el ATP (adenosín trifosfato) proporciona energía para una reacción que produce agua y luz.

Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no lloré. El impacto y la adrenalina  me provocaron dar un salto y junto a M., comenzamos a saltar sin parar abrazadas, girando sobre nuestro propio eje, riendo a carcajadas, felices, incrédulas.

Reparé que ni siquiera era totalmente de noche, la luna estaba creciente y con tanta luz que veíamos nuestra sombra,  y aún así seguíamos viendo aquellas lucecitas flúo nacer entre la cresta de la ola.

Para cuando volteo la mirada hacia la costa, las cientos de olas que iban a reventar a la orilla, iban cabalgando campantes con sus crestas azules en movimiento. 

¿Somos las únicas que estamos viendo esto? Preguntó M.

Algunas familias habían salido de sus ranchos para averiguar el por qué de los gritos, pero estaban tan encandilados por la luz de sus casas que los veíamos salir y entrar de nuevo sin entender nada de lo que estaba pasando.

Parece que sí, dije. 

El motivo por el que estos organismos gastan su energía en producir luz es aún desconocido. No poseen órganos sensibles a la luz, por lo que no pueden percibirla como una señal. Existe una hipótesis según la cual se iluminan para exponer a sus depredadores a la vista de peces más grandes y así deshacerse de ellos.

Foto de Guzman Infanzon.
Foto de Guzman Infanzon.

Estábamos en medio de un cuento de hadas, éramos las sirenas entre las rocas, rodeadas de un fenómeno que nunca se sabe cuándo va a pasar, que no está en cualquier parte del mundo y que, además estaba sucediendo con luna y al final del atardecer.

¡Nos sentimos tan afortunadas! ¿Sabes cuántas personas ni siquiera han visto el mar? Quienes lean este post seguro que hasta estarán aburridos de hacerlo, pero somos minoría. Y además, ver el mar junto con este fenómeno galáctico, es… Galáctico, mismo. 


El mail de Fulano de tal, llegó un día antes de que aparecieran las noctilucas. Cuando la recepcionista nos contó, reímos todos a carcajadas, ¡era imposible saber eso! 

Pudimos haberle mentido en juego diciéndole que al día siguiente iba a poder ver las noctilucas, pudimos haberle dicho que viniera igual, que nunca se sabe, si Fulano no hubiese dudado, pudo haberle dado la sorpresa a su novia.

Pero Uruguay es así, una incertidumbre. Una caja de pandora que va revelando sus misterios cuando quiere, no cuando lo buscas. Por eso hay que tener los ojos abiertos, estar atentos y no esperar nada, porque las cosas increíbles de este paícito llegan solas.

Nunca duden. 

#GraciasUruguay, te quiero. 

Foto de Guzman. Cabo Polonio. Luces de mar, Valizas y Punta del Diablo.
Foto de Guzman Infanzon. Cabo Polonio.

* Los datos sobre las noctilucas los copié de acá

Una excusa para contarles sobre mi nuevo hogar

Quería instalarme, quería una vida normal. Después de mi viaje a Brasil volví a Uruguay con la intención de tener aquel trabajo anhelado de 8h, un cuarto para alquilar y mis vacaciones por 15 días anuales.

Y me llamaron para trabajar en Cabo Polonio.

***

Quién diría que iban a encontrarse un catalán, un mendocino, un cordobés, una argentina, una paraguaya-uruguaya, una venezolana y 4 uruguayos para compartir un mismo techo en el recóndito pueblo de Cabo Polonio.

Si no fuera porque Q, escuchó que una huésped del hostel donde trabajaba comentó que en el restaurante estaban buscando un ayudante de cocina,

Si no fuera porque J., un día vino al Polonio y se encontró con que su amigo era jefe del restaurante y justo necesitaban gente,

Si no fuera porque W. recomendó a A. para que viniera a trabajar,

Si no fuera porque la cocinera estrella no podía, y recomendó a un amigo y ese amigo tampoco podía,  y justo P. buscaba una aventura, 

Si no fuera porque T., recomendó a su amigo para que viniera,

Si no fuera porque E. dijo “eu fazo tudo”,

Si no fuera porque llamé a una amiga y le dije “Bo, ¿qué onda el Cabo? ¿Me das un mail para mandar mi CV y trabajar la temporada?

… El Poderoso sería otro.

***

Una vez, mientras me estaba cambiando de ropa en el rancho después de trabajar escuché que alguien le preguntaba a A.: Disculpá ¿vivís acá?, sí, respondió A. ¡Qué de más! ¡Está increíiiible este rancho! Parece uno de los castillos de Miyazaki, ¡En cualquier momento saca unos cohetes y despega, qué viaje!

En ese momento, me di cuenta en dónde estaba viviendo.


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El Poderoso es el único rancho en Cabo Polonio que tiene dibujitos hechos a mano por una brasilera, el único que se construyó teniendo como base un container que terminaron botando, pero que entre tabla y tabla, terminó siendo una obra de arte de muchas manos, muchos clavos y muchos tragos.

Durante el invierno se transforma en el bar de los amigos, un espacio recreativo que le permite al dueño y sus secuaces hacer lo que se les cante, por eso montan una barra para los tragos, ponen un cable de electricidad de 20 metros para poder escuchar música y se cubren del frío y la humedad.

Dice la leyenda, que las noches de invierno son tan agitadas en este lugar, que cuando se limpia la primera vez en verano puedes sacar de entre las paredes y tablas del suelo almas viejas, alcoholizadas y drogadas. Y si tienes suerte, hasta puede que resucite un panky.

Durante el verano es un hogar modesto de trabajadores, un lecho. Cuando hay viento, nos mece cual bebés en la cuna y cuando hay sol nos tuesta con su techo de zinc.

Si llueve, el metal del techo amplifica cada gota de agua en una batería moderna, si la lluvia es constante no podemos hablar entre nosotros,  porque hay tanto ruido que no nos escuchamos.

El Poderoso es la típica casa de cuentos de hadas: es madera oscura, tejado triangular, dos puertas de menos de 2 metros de altura, escaleras exteriores que te obligan a concentrarte bien después de una noche de copas y unas ventanitas de vidrio que permanecen siempre abiertas, no porque querramos, sino porque algunos cuadritos de vidrio están rotos.

¿Será por el bar?

No hay electricidad. Nos alumbran las velas ( cuando recordamos prenderlas) y un poco nuestras almas y las risas.

Huele a humedad de casa vieja con oleadas de perfumitos, desodorantes de aerosol y agua de mar. Sabe a café frío de la mañana.

No se puede estirar mucho los brazos cuando estás de pie. Se escucha todo, pero no se ve nada.

Vivimos a la antigua:

Lo niños duermen abajo y las niñas en el piso de arriba, pero nos escuchamos hasta los suspiros. Nos llamamos sin vernos, nos escuchamos mientras nos vestimos, dormimos mientras los otros caminan y si a las niñas se les ocurre barrer,  la arena cae entre la ranura del suelo de madera y abajo caen los restos de un día de playa.

Si el día está gris, El Poderoso se transforma en nuestra guarida especial. Nos juntamos uno al lado del otro sentados en círculo, hacemos ronda de mate, contamos historias, leemos en voz alta y si estamos muy místicos, filosofamos.

Escuchamos la lluvia, nos inundamos (literalmente), secamos, invitamos al silencio a sentarse con nosotros a veces, sin incomodarnos, lo escuchamos y nos concentramos en el sonido del último sorbo del mate.

El sueño americano

El Poderoso, Cabo Polonio- Uruguay
El Poderoso, Cabo Polonio- Uruguay

Vivo en una casa de madera rústica, rodeada de pasto, caballos, sapos, hongos en la tierra, arena y mar; vivo en una cabaña que me mece, me acurruca y me regala ratos de silencio, en un hogar que ahora comparto con personas de distintas partes del mundo, personas a las que llamo, familia.

Vivo en un lugar que sabe a café (frío, pero café al fin), que tiene ventanas con mira al mar, al atardecer o a la galaxia, que se hizo a mano y que tiene un nombre enérgico: El Poderoso.

En cualquier momento, me voy volando. 

Pero, ¿cómo pude pensar que trabajar 8h era mejor que vivir en este lugar?

¡Que sigan los viajes!

¿Cómo le describirías a alguien que nunca pisó Uruguay, cómo es Cabo Polonio?  

Esta pregunta me la hizo un amigo después de haberle descrito a mi abuela cómo era el lugar donde estaba viviendo ahora.

Abuela, estoy en un pueblo que está como a 5 h en bus desde la capital de Uruguay. Es rústico, aislado de la rutina de ciudades. En invierno viven 70 personas nada más ¡imagínate!

No tiene electricidad, todo funciona con plantas eléctricas, paneles solares o candelabros y la oscuridad permite ver toda la galaxia. Estrellas al infinito, la noche más oscura o más clara dependiendo de la luna… Por cierto que ¡nunca vi tantas estrellas!  Tampoco vi tantos atardeceres tipo documental de África, ni salidas de la luna por el mar, ni puestas de luna… Es increíble.

Te encantaría estar aquí, hay gallinas, patos, gansos, botes pesqueros, caballos y lobos marinos. Está como para que te orilles* y te tomes algo tranquilita…es más, si vienes te veo viviendo acá, es todo rústico como te gusta, así como la señora del recorte de periódico que tienes en tus libros ¿sabes? la que tenía a sus gallinas y tu decías que algún día querías estar como ella, viviendo con lo que necesitas,  comiendo en platos de peltre y tus 10 gallinas.

Feliz.

“No me convence mucho tu explicación”, me interrumpió mi amigo cuando le conté.

Es que, estoy pensando que cuando vuelva a España, voy a tener que explicarles a todos mis amigos y a mi madre todas las cosas que vivo acá, y no quiero que me hagan preguntas o que me digan que soy un hippie, por las sensaciones que les voy a describir, ¿si me entiendes?  Por ejemplo, el día de la luna llena y vino el lobo marino y tal… ¿Cómo le digo a mi madre que fue mágico? Y que me entienda ¡esa es la parte difícil.

No hay descripción para las sensaciones del Cabo. Sí podes describir que hay noches de luna nueva que te paralizan de tanta oscuridad en la tierra y brillo de estrellas en el cielo. Puedes decirle que este lugar te permite aislarte y concentrarte más en el presente y en el valor que tiene la naturaleza. Puedes hablar sobre los personajes del Cabo, que acá viven solo 70 personas y que esto generó 70 personajes de película, que cada uno se hizo su casa, que tienen las manos grandes y con cayos de tanto trabajar,  que fruncen el ceño y tienen la boca doblada a un lado de tanto gruñir…

No. Porque me va a preguntar por qué la gente es así o que qué es eso de vivir el presente,  o cualquier otra cosa ¿sabes?  Y no quiero responder preguntas. No sé cómo explicarle eso…

Entonces, me parece que lo que tienes que hacer es buscar puntos de comparación con otros países o regiones que tu madre conozca y a partir de eso, empezar a contarle cosas, lugares o emociones con las que tu madre se sienta identificada. Por ejemplo, a mi abuela le gustan las gallinas y los animales, si yo no le digo eso, a ella no le hubiese emocionado el lugar.

Para generar una sensación, busca ese “algo” que le genere emoción al que escucha.

Imaginate un lugar aislado de la ciudad,  donde trabajas en lo que te gusta,  te pagan,  tienes casa y comida asegurada y además te desconectas del ritmo de la ciudad y te rodeas de naturaleza. 

Imaginate un lugar que veas por donde lo veas es playa, dunas, cielo azul saturado y zonas de pasto verde y que tengas acceso a infinitas salidas y puestas de sol y de luna. 

Imaginate, que como no hay electricidad (mejor dicho, hay acceso limitado) puedas mirar el cielo lleno de estrellas con colores y todo… Y que te acuestes en la arena mirándolo y se te acaben los deseos de tantas estrellas fugaces que vas a ver. 

Imaginate, un lugar en el que vives tranquilo, sin apuro y contento, como en un sueño. 

Y cierres los ojos y de noche escuches hasta tu respiración… Y te duermas con el aullido de los lobos marinos, el viento soplando y el mar. 

Como una mezcla entre los atardeceres en el malecón de Choroni, el silencio del Pico Naiguatá de El Ávila, las playas como maracas beach en Trinidad y Tobago y las dunas de Coro. 

Eso en un solo lugar. 

¿Ves? Eso es Cabo Polonio.



Pd. Quiero leer tu descripción. 

#TeCuento Sobre ver una tormenta eléctrica a orilla del mar

Seguro que entre la lista de cosas increíbles que me han pasado en la vida está el check de una tormenta eléctrica en Cabo Polonio.

Todo comenzó como de costumbre: lluvia, viento, el mar crecido, truenos y relámpagos. Los rayos caían al mar iluminando la penumbra y prendían la luz natural del pueblo por segundos.

Desde el balcón de la habitación, se divisaba la tormenta. E. y yo nos sentamos a la luz de la velita que habíamos agarrado del trabajo, allí nos quedamos en silencio viendo, a través de es de la reja de madera, la dinámica de los rayos. Bailaban al son de las olas y el tumbao del trueno, desplazándose entre las dunas de Valizas, el horizonte del mar y la orilla de la playa.

Nos hicieron un show casi íntimo, nos coquetearon en la cara. Nos dieron vuelta la mirada y nos enamoraron…

¿Querés dar una vuelta?, preguntó E.

La lluvia había parado, el viento dio un descanso. Agarramos los abrigos y nos adentramos en la penumbra.

Caminamos por la avenida principal del Cabo hasta el terminal de jeeps, con miedo y acompañadas de un espectáculo natural.

Como por inersia  nos detuvimos frente al mar y ahí, de nuevo en silencio, los rayos nos invitaron a danzar con la mirada y los seguimos por un rato, atónitas, enamoradas de lo que la naturaleza nos mostraba.

Cada rayo, hizo de la noche más oscura y tenebrosa, un día resplandeciente. Cuando caían, podíamos ver el azul del mar, el dorado de las dunas, los caracoles de la arena, el rojo de la chaqueta de E. y el cielo gris.

Impresionante todo lo que se puede ver en segundos. Impresionante que no llovía. Impresionante el miedo que teníamos y que, a pesar de todo, algo nos motivaba a estar ahí paradas.

De repente, un estruendo sacudió el cielo y vimos un rayo aparecer en el horizonte, corrió hasta nosotras y terminó su camino justo encima de donde estábamos. El estómago se me hizo un nudo y escupí un gemido que quedó entre la sorpresa y el miedo.

¿Sentiste eso?  Dice E.

Sí.

¿Nos vamos?

Sí.

¿A qué casa vuelve un inmigrante viajero?

Tuve mucho tiempo desconectada de la escritura sentimental, esta que me mueve y que me lleva a hacer que tú/vos vibres y me cuentes qué sentiste con este montón de palabras que tiro acá en el blog.

Al menos es mi intensión.

Para reconectarme con esta maravilla que es el papel y el lápiz o el teclado y los dedos, revisé mi última lección del taller de escritura de viajes con Norte de Papel. En realidad, terminó hace unas semanas (me parece que un mes), pero yo no le quería dar fin. En mi escritorio de la computadora, veía el PDF pidiendo a gritos ser leído y yo lo ignoraba abriendo Google Chrome.

Hasta que en estos días, lo leí y ¿a que no saben de qué hablaba? 

“Narrar un viaje de regreso”

Vibré.

Ya sabía que había algo extraño en este nuevo regreso a Uruguay. Fueron 6 meses curtiendo otras tierras, masajeando otra moneda, oliendo otros vientos.

¿Cómo narramos un viaje de regreso? Dicen que el alma tarda muchos días en volver. El cuerpo llega a Estambul y siente una especie de delicia en las mezquitas y en las formas a contraluz pero el alma es rebelde. Ella sigue en el departamento de cortinas rojas en Roma(…)

Siento un cosquilleo desde los dedos hasta la punta del cabello. Y a medida de leía, me daba cuenta de que en realidad mi alma no había regresado del todo a Uruguay. Como que estaba llegando fragmentada.

Descubro.

¿Dónde está mi alma? ¿Cuándo regresé? ¿Qué siento?

***

Tengo un defecto: no hago planes. Puede ser que muchos lo vean como la mejor forma de vivir la vida y estar a plenitud, pero en realidad, esta fase solo funciona cuando perteneces a un país normal que te recibe con la casa de tus padres esperándote puertas abiertas con comida calentita.

Como soy inmigrante, me tocó volver a una casa que no es mía, a un país que tampoco es mío en un momento que quizás era -o no-el adecuado.

Después de 6 meses en Brasil y  uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

De Brasil a Venezuela, de Venezuela a Brasil

¡Puaj!

Tenía 2 años sin volver a Venezuela hice un post con todo el detalle de lo que sentí al volver, pero me parece necesario repasar esa emoción de nuevo.

Después de que te vas de tu país, dejas un poco de “ser” y te transformas de una mezcla entre lo que eras y tu nuevo yo. El proceso de adaptación te hace ver otras cosas. Cuando eres inmigrante y Venezolano la vida se pone un poco complicada, hermosa, tormentosa, dramática, nostálgica, increíble. Vives cada momento como algo totalmente nuevo, es un cambio radical de vida. En mi caso, lo mejor que puede pasar.

La nostalgia siempre está, el verbo extrañar se pasa de vez en cuando para sacarte algunas lágrimas. Y cuando llega el momento de volver a esa vida que dejaste…  resulta que es

in-cre-í-ble-men-te difícil.

Porque cuando lo enfrentas, la emoción del reencuentro dura unos pocos días. Después que pasa el furor de la fiesta de bienvenida y todos vuelven a sus vidas y tareas cotidianas, te despiertas de la realidad y observas que nada cambió.

Todos siguen haciendo lo mismo, tu “casa” está igual, tus padres, tus amigos, tus vecinos. Algún que otro cambio táctico de casamientos, hijos, etc., y tú ahí siendo testigo de este acontecimiento que es la nada. Con una mochila de historias, personajes, viajes, comidas, cuentos y sentimientos que quieres cantar a vox populi, pero no lo haces, porque: a nadie le importa, es delicado y, sobre todo ¿cómo lo explicas?

Tu casa, siempre va a ser tu casa. Pero cuando migras y vuelves te preguntas  ¿Dónde estoy? ¿Es esta mi casa de verdad? ¿Dónde esta Uruguay (mi caso)? ¿Dónde están las historias para contar? ¿Por qué no pasa nada nuevo?

Disfrutas a tu antiguo modo, cosntruyes lo que eras. Lo haces con amor y cariño y guardas las vivencias para cuando vuelvas ¿a casa?

***

Volví a São Paulo. Para el final de mi viaje en Caracas (léase que no había vuelto a casa, fue un viaje) ya estaba debatiéndome entre la dicha de la entrega familiar y la duda ante lo nuevo que me esperaba en Brasil.

¿Cuál es el polo opuesto de la zona de confort? Ahí estaba yo.

Volvía de un viaje sagrado, interno y lleno de amor familiar rumbo al desconocimiento.

Me arriesgué.

***

Salí un día nublado de Vila Mariana en São Paulo. Me despedí con una felicidad dudosa, como incompleta. Todavía no me había aburrido del “Bom dia” al levantarme; aún no me había cansado de ver la amplitud de la Av. Paulista, ni me había tapado las orejas al escuchar “Bom dia moça! Você precisa de alguma coisa? Todo a um real, todo a 1 real!!!” de los vendedores de la feria de los miércoles.

¿Por qué me tenía que ir? Aún mi cuerpo no tenía tanta celulitis como para dejar de comer pastel  de feira ni pão de queijo; el

Polaroid CUBE
Sao Paulo vista desde el Edif. Italia

smog no había saturado tanto mi nariz ni mis ojos. ¿Y si se me olvida cómo se ve SP desde el Edif. Italia? Déjenme ver otra vez esa selva de cemento desde las alturas, al menos para reiterar por qué me voy.

 

Hasta hace unos días me ardía el cuerpo de aquellos domingos de Rodas do Samba en Vila Madalena, ahora que recuerdo, se me enfría la mano creyendo que aún sostengo la cerveza Original de medio litro, la que bebí de a pico un día y un señor me dijo que eso “estaba mal visto, porque solo lo hacían las personas ebrias o las putas”.

No me dijo “putas”, pero casi.

En mi pueblo, se toma de a pico ‘e botella, señor. Lo siento.

Camino por Palermo y aún siento la presencia de los edificios de 20 pisos de alto, a pesar de estar rodeada de casas viejas increíbles. A veces me asomo a la puerta de casa y siento que ahí va a estar el árbol de flores de primavera que tenía en mi “casa” en SP, el de flores moradas radiantes que estaba apresado entre una cerca, un cableado eléctrico que hacía arder la vista de solo mirar y el edificio de ventanas minúsculas.

Aún me pregunto por qué la gente vivía en aquel edificio nefasto, ni siquiera podían asomar la cabeza en la ventana.

Pero ese árbol, le daba vida a toda la calle.

A veces, me levanto y escucho la voz de An. hablándome de su hija, de su nieto que está criando, de su madre desaparecida, de ella, del café que había hecho R. “Nossa que ruim que esta este café!”

Ahora tengo la bici y tengo sed de recorrer el Ibirapuera, aunque lo hice a pie. Pero no es lo mismo.

¿Qué habrá sido de todas las caipirinhas que no me tomé? ¿Y de los millones de lugares que nunca visité? ¿Me estarán esperando? ¿Querré ir?

Ahora voy en el ómnibus vía La Unión en Montevideo. A través de la ventana veo la calle, toda gris, con los árboles secos y “palúos”, la gente con capas de abrigos, a pesar de que no hace tanto frío y la nadie misma en las aceras, porque somos 1 millón y medio en la ciudad.

Me da gracia, porque esta imagen también me lleva a mis días en el Metro de São Paulo, y me doy cuenta de que el metro no lo extraño ni un poco, qué triste ir de un lugar a otro sin poder ver por la ventana.

Lo que sí extraño es el contenido: el olor a café con leche y pão de queijo (tengo una obsesión), la diversidad de culturas, idiomas, colores de piel, de géneros, estilos y formas.

Me encantaba ver a las chicas con labial violeta, azul o verde a plena luz del día. Las cabezas con cortes radicales, rapados, diseños, y colores diversos. Pero sobre todo, me encantaba ver a la gente tocándose sin miedo. Amaba cuando los homosexuales se besaban y se arrecostaban todo en medio de las puertas de salida y ni una mirada extrañada subía la ceja.

Impensable en Caracas. Impensable en Montevideo.

Éramos todos fantasmas, en una sociedad de 20 millones de habitantes.

Polaroid CUBE
Fantasma de S. en Vila Madalena

Ahora que el bus pasa por un shopping, agradezco no haber invertido tiempo en los de SP. Era como entrar a una ciudad dentro de otra ciudad. Como matrioska.

¿A dónde se fueron los graffittis? ¿Dónde están esas tipografías valiosísimas que dan identidad a la ciudad? ¿Y la saturación de color? ¿Dónde está el arte abarrotado por todas las esquinas? ¿Y el amor?

Me levanto.

¿Por qué todos me ven? Y recuerdo haber atravesado mil almas apresuradas en aquella ciudad furiosa, sin mirarnos, sin sentir al otro, sin observar.

¿Extraño?

Recuerdo que mientras estaba en SP pasé horas, días, momentos, pensando en La Rambla, en mis amigos/familia, en CreativeMornings, en la tranquilidad, en la vida que había construido acá, en la naturaleza, en la magia de Montevideo.

Me fui de Brasil un día nublado y regreso a Uruguay un día de lluvia constante, la que limpia la tierra y el cuerpo. El paisaje de cemento ahora era un campo de futbol natural con vacas.

Vuelvo a un lugar que conozco bien, que siento mío, pero no lo es ¿o sí?

De nuevo, vuelvo a un país que no es mío, a una casa que no es mía, a una nueva vida inmigrante.

Siempre he sido inmigrante.

***

Regresé y veo aquellos restos de lo que fui, escucho las risas que compartí y seco lágrimas que derramé quién sabe por qué, por quién o cuándo.

Me observo en la ciudad, la siento y la saboreo.

Me gusta encontrarme en esas esquinas conocidas y tomar una pieza de lo que fui para juntarla con lo que soy para recordarme.

Como decía M., en Norte de Papel: cuando vuelves, hay que hacerlo despacio, hay que comer liviano y dejar que el cuerpo arranque cuando pueda. Sin forzar nada.

Hay que dejar que pasen algunos días, cerrar los ojos, respirar, sentir el aire y el nuevo lugar que ahora te rodea.

Yo sé que volví, pero no sé si volví a casa, no sé si tengo una o tengo muchas. No sé si algún día voy a regresar, porque en mi intento de “volver a casa”, siempre vuelvo a lugares ajenos. Conocidos, sí, pero ajenos.

Y cuando ya siento a MVD como mía, me toca irme de nuevo.

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Cabo Polonio, Uruguay

¿Será que algunos nacimos para ser eternos inmigrantes?

Quiero leer sus regresos.

 


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