Hacerse la vista gorda, nivel “Embajadas de Venezuela”

Una micro historia de lo que me pasó cuando me robaron en Mendoza, Argentina y sobre a ayuda que me dio la Embajada de Venezuela.

 

Les contaré una historia de otra venezolana (porque no creo que sea la única) que quedó sin respaldo por parte de una embajada que “se supone” debe Defender los derechos e intereses de sus conciudadanos (+ info acá).

No quiero que esto sea una excusa más para decir que “Venezuela es una mierda”, yo solo quiero sacarme de la garganta esta impotencia de haberme sentido desolada, y observarme a mí misma en esta situación para saber cuál es la postura que voy a tener de ahora en adelante.

Les haré la historia corta:

Viajé.

Me robaron hasta los documentos cuando llegué a Mendoza, Argentina.

Llamé a la embajada de Venezuela en Buenos Aires:

Me pasó esto, les dije.

Bueno, nosotros lo que podemos hacer es ofrecerte un “vale por un viaje” a Venezuela.

Yo no vivo en Venezuela desde hace 3 años, ¿pueden ayudarme a volver a Uruguay?

No, no podemos.

¿No me pueden dar un pasaporte temporal?

No, nosotros no hacemos eso. Si quieres el pasaporte, tendrías que esperar por lo menos 90 días. Y tampoco sacamos la cédula.

A ver, ¿no tienen alguna forma de ayudarme a volver?

No.

Y, a continuación, la frase más prepotente escuchada jamás:

Que resuelva Uruguay, ¿no vives allá pues?

Y con esa respuesta me fui al consulado de Uruguay en Mendoza. Allá, me dieron un papel que es SOLO PARA URUGUAYOS, pero como tengo residencia, decidieron intentarlo. Me atendió el mismo cónsul, me tomaron la foto tipo carné, se dieron el tiempo de escuchar mi historia y me dijeron que todo iba a estar bien. Me fui con un vale por un viaje de vuelta a al paisito.

Uruguay resolvió.

 

¿POR QUÉ CUENTO ESTO?

Porque me sentí MAL.

Mi familia entera está en Venezuela, vivo en Uruguay sola, me encontré en una situación bastante violenta, había perdido todo; con ayuda de mis amigos (a los cuales agradezco profundamente) pude sobrevivir y volví como una reina.

Pero quiero que analicen la situación de esta forma:

Estaba en medio de una tempestad. Mi casa estaba muy lejos así que decido ir a la casa de mis padres. Toqué el timbre, porque ya no tengo la llave para entrar. Me abren y siento el olor de un guisito con arroz blanco y arepitas. Muerta de frío, y con el estómago vacío, les digo que me dejen pasar la noche y me ayuden a volver a casa, porque perdí la cartera.

Y me dicen “dile a al que te alquiló la casa que te ayude, ¿No te fuiste a vivir sola pues? Resuelve” y me tiran la puerta en la cara.

Que resuelva el otro, que nada que ver.

 

Desde hace un mes tenía el sabor amargo de quien se toma un café recalentado de hace 3 días, tenía esta historia en la garganta como un nudo que me estaba atravesando hasta el corazón. Los detesté tanto y amé (y amo) tanto a Uruguay, que pienso que, en definitiva, el hogar está donde uno se siente mejor.

Venezuela no me ayuda sentirme mejor, por lo tanto no lo siento mi hogar, ni siquiera a distancia ¿Está mal que me sienta así?

Pero familia es familia, y cariño es cariño. Como dice la canción

Amor y control

Confío que un día esas voces de ministerio serán voces de verdad y justicia. Que ayuden, que funcionen y que hagan su trabajo con amor, porque me da la sensación de que eso es lo que les falta, amor.

Gracias Uruguay, por hacerte cargo. Gracias amigos por ayudarme. Gracias querida mujer con voz de ministerio, por ayudarme a ver lo que no quiero ser.

¿A qué casa vuelve un inmigrante viajero?

“Narrar un viaje de regreso”
Después de 6 meses en Brasil y uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

Tuve mucho tiempo desconectada de la escritura sentimental, esta que me mueve y que me lleva a hacer que tú/vos vibres y me cuentes qué sentiste con este montón de palabras que tiro acá en el blog.

Al menos es mi intensión.

Para reconectarme con esta maravilla que es el papel y el lápiz o el teclado y los dedos, revisé mi última lección del taller de escritura de viajes con Norte de Papel. En realidad, terminó hace unas semanas (me parece que un mes), pero yo no le quería dar fin. En mi escritorio de la computadora, veía el PDF pidiendo a gritos ser leído y yo lo ignoraba abriendo Google Chrome.

Hasta que en estos días, lo leí y ¿a que no saben de qué hablaba? 

“Narrar un viaje de regreso”

Vibré.

Ya sabía que había algo extraño en este nuevo regreso a Uruguay. Fueron 6 meses curtiendo otras tierras, masajeando otra moneda, oliendo otros vientos.

¿Cómo narramos un viaje de regreso? Dicen que el alma tarda muchos días en volver. El cuerpo llega a Estambul y siente una especie de delicia en las mezquitas y en las formas a contraluz pero el alma es rebelde. Ella sigue en el departamento de cortinas rojas en Roma(…)

Siento un cosquilleo desde los dedos hasta la punta del cabello. Y a medida de leía, me daba cuenta de que en realidad mi alma no había regresado del todo a Uruguay. Como que estaba llegando fragmentada.

Descubro.

¿Dónde está mi alma? ¿Cuándo regresé? ¿Qué siento?

***

Tengo un defecto: no hago planes. Puede ser que muchos lo vean como la mejor forma de vivir la vida y estar a plenitud, pero en realidad, esta fase solo funciona cuando perteneces a un país normal que te recibe con la casa de tus padres esperándote puertas abiertas con comida calentita.

Como soy inmigrante, me tocó volver a una casa que no es mía, a un país que tampoco es mío en un momento que quizás era -o no-el adecuado.

Después de 6 meses en Brasil y  uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

De Brasil a Venezuela, de Venezuela a Brasil

¡Puaj!

Tenía 2 años sin volver a Venezuela hice un post con todo el detalle de lo que sentí al volver, pero me parece necesario repasar esa emoción de nuevo.

Después de que te vas de tu país, dejas un poco de “ser” y te transformas de una mezcla entre lo que eras y tu nuevo yo. El proceso de adaptación te hace ver otras cosas. Cuando eres inmigrante y Venezolano la vida se pone un poco complicada, hermosa, tormentosa, dramática, nostálgica, increíble. Vives cada momento como algo totalmente nuevo, es un cambio radical de vida. En mi caso, lo mejor que puede pasar.

La nostalgia siempre está, el verbo extrañar se pasa de vez en cuando para sacarte algunas lágrimas. Y cuando llega el momento de volver a esa vida que dejaste…  resulta que es

in-cre-í-ble-men-te difícil.

Porque cuando lo enfrentas, la emoción del reencuentro dura unos pocos días. Después que pasa el furor de la fiesta de bienvenida y todos vuelven a sus vidas y tareas cotidianas, te despiertas de la realidad y observas que nada cambió.

Todos siguen haciendo lo mismo, tu “casa” está igual, tus padres, tus amigos, tus vecinos. Algún que otro cambio táctico de casamientos, hijos, etc., y tú ahí siendo testigo de este acontecimiento que es la nada. Con una mochila de historias, personajes, viajes, comidas, cuentos y sentimientos que quieres cantar a vox populi, pero no lo haces, porque: a nadie le importa, es delicado y, sobre todo ¿cómo lo explicas?

Tu casa, siempre va a ser tu casa. Pero cuando migras y vuelves te preguntas  ¿Dónde estoy? ¿Es esta mi casa de verdad? ¿Dónde esta Uruguay (mi caso)? ¿Dónde están las historias para contar? ¿Por qué no pasa nada nuevo?

Disfrutas a tu antiguo modo, cosntruyes lo que eras. Lo haces con amor y cariño y guardas las vivencias para cuando vuelvas ¿a casa?

***

Volví a São Paulo. Para el final de mi viaje en Caracas (léase que no había vuelto a casa, fue un viaje) ya estaba debatiéndome entre la dicha de la entrega familiar y la duda ante lo nuevo que me esperaba en Brasil.

¿Cuál es el polo opuesto de la zona de confort? Ahí estaba yo.

Volvía de un viaje sagrado, interno y lleno de amor familiar rumbo al desconocimiento.

Me arriesgué.

***

Salí un día nublado de Vila Mariana en São Paulo. Me despedí con una felicidad dudosa, como incompleta. Todavía no me había aburrido del “Bom dia” al levantarme; aún no me había cansado de ver la amplitud de la Av. Paulista, ni me había tapado las orejas al escuchar “Bom dia moça! Você precisa de alguma coisa? Todo a um real, todo a 1 real!!!” de los vendedores de la feria de los miércoles.

¿Por qué me tenía que ir? Aún mi cuerpo no tenía tanta celulitis como para dejar de comer pastel  de feira ni pão de queijo; el

Polaroid CUBE
Sao Paulo vista desde el Edif. Italia

smog no había saturado tanto mi nariz ni mis ojos. ¿Y si se me olvida cómo se ve SP desde el Edif. Italia? Déjenme ver otra vez esa selva de cemento desde las alturas, al menos para reiterar por qué me voy.

 

Hasta hace unos días me ardía el cuerpo de aquellos domingos de Rodas do Samba en Vila Madalena, ahora que recuerdo, se me enfría la mano creyendo que aún sostengo la cerveza Original de medio litro, la que bebí de a pico un día y un señor me dijo que eso “estaba mal visto, porque solo lo hacían las personas ebrias o las putas”.

No me dijo “putas”, pero casi.

En mi pueblo, se toma de a pico ‘e botella, señor. Lo siento.

Camino por Palermo y aún siento la presencia de los edificios de 20 pisos de alto, a pesar de estar rodeada de casas viejas increíbles. A veces me asomo a la puerta de casa y siento que ahí va a estar el árbol de flores de primavera que tenía en mi “casa” en SP, el de flores moradas radiantes que estaba apresado entre una cerca, un cableado eléctrico que hacía arder la vista de solo mirar y el edificio de ventanas minúsculas.

Aún me pregunto por qué la gente vivía en aquel edificio nefasto, ni siquiera podían asomar la cabeza en la ventana.

Pero ese árbol, le daba vida a toda la calle.

A veces, me levanto y escucho la voz de An. hablándome de su hija, de su nieto que está criando, de su madre desaparecida, de ella, del café que había hecho R. “Nossa que ruim que esta este café!”

Ahora tengo la bici y tengo sed de recorrer el Ibirapuera, aunque lo hice a pie. Pero no es lo mismo.

¿Qué habrá sido de todas las caipirinhas que no me tomé? ¿Y de los millones de lugares que nunca visité? ¿Me estarán esperando? ¿Querré ir?

Ahora voy en el ómnibus vía La Unión en Montevideo. A través de la ventana veo la calle, toda gris, con los árboles secos y “palúos”, la gente con capas de abrigos, a pesar de que no hace tanto frío y la nadie misma en las aceras, porque somos 1 millón y medio en la ciudad.

Me da gracia, porque esta imagen también me lleva a mis días en el Metro de São Paulo, y me doy cuenta de que el metro no lo extraño ni un poco, qué triste ir de un lugar a otro sin poder ver por la ventana.

Lo que sí extraño es el contenido: el olor a café con leche y pão de queijo (tengo una obsesión), la diversidad de culturas, idiomas, colores de piel, de géneros, estilos y formas.

Me encantaba ver a las chicas con labial violeta, azul o verde a plena luz del día. Las cabezas con cortes radicales, rapados, diseños, y colores diversos. Pero sobre todo, me encantaba ver a la gente tocándose sin miedo. Amaba cuando los homosexuales se besaban y se arrecostaban todo en medio de las puertas de salida y ni una mirada extrañada subía la ceja.

Impensable en Caracas. Impensable en Montevideo.

Éramos todos fantasmas, en una sociedad de 20 millones de habitantes.

Polaroid CUBE
Fantasma de S. en Vila Madalena

Ahora que el bus pasa por un shopping, agradezco no haber invertido tiempo en los de SP. Era como entrar a una ciudad dentro de otra ciudad. Como matrioska.

¿A dónde se fueron los graffittis? ¿Dónde están esas tipografías valiosísimas que dan identidad a la ciudad? ¿Y la saturación de color? ¿Dónde está el arte abarrotado por todas las esquinas? ¿Y el amor?

Me levanto.

¿Por qué todos me ven? Y recuerdo haber atravesado mil almas apresuradas en aquella ciudad furiosa, sin mirarnos, sin sentir al otro, sin observar.

¿Extraño?

Recuerdo que mientras estaba en SP pasé horas, días, momentos, pensando en La Rambla, en mis amigos/familia, en CreativeMornings, en la tranquilidad, en la vida que había construido acá, en la naturaleza, en la magia de Montevideo.

Me fui de Brasil un día nublado y regreso a Uruguay un día de lluvia constante, la que limpia la tierra y el cuerpo. El paisaje de cemento ahora era un campo de futbol natural con vacas.

Vuelvo a un lugar que conozco bien, que siento mío, pero no lo es ¿o sí?

De nuevo, vuelvo a un país que no es mío, a una casa que no es mía, a una nueva vida inmigrante.

Siempre he sido inmigrante.

***

Regresé y veo aquellos restos de lo que fui, escucho las risas que compartí y seco lágrimas que derramé quién sabe por qué, por quién o cuándo.

Me observo en la ciudad, la siento y la saboreo.

Me gusta encontrarme en esas esquinas conocidas y tomar una pieza de lo que fui para juntarla con lo que soy para recordarme.

Como decía M., en Norte de Papel: cuando vuelves, hay que hacerlo despacio, hay que comer liviano y dejar que el cuerpo arranque cuando pueda. Sin forzar nada.

Hay que dejar que pasen algunos días, cerrar los ojos, respirar, sentir el aire y el nuevo lugar que ahora te rodea.

Yo sé que volví, pero no sé si volví a casa, no sé si tengo una o tengo muchas. No sé si algún día voy a regresar, porque en mi intento de “volver a casa”, siempre vuelvo a lugares ajenos. Conocidos, sí, pero ajenos.

Y cuando ya siento a MVD como mía, me toca irme de nuevo.

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Cabo Polonio, Uruguay

¿Será que algunos nacimos para ser eternos inmigrantes?

Quiero leer sus regresos.

 


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Emigrar también implica “estar hospitalizado”

Los inmigrantes también se enferman. Una historia real.

Esta vez no fui yo. Pero, lo viví de cerca con un gran amigo.

M., se sintió mal todos estos días, tenía el nervio ciatico inflamado y de un momento a otro, un nervio, paralizó su trabajo, su fin de semana, su en encuentros, su cuerpo, y lo tumbó en la cama.

Una semana de dolor intenso, de quejidos, gemidos, respiraciones, pastillas, ceño fruncido de rabia, de sábanas calentitas, de comida desparramada en la cama, vasos, platos, tabaco, humo.

Una semana de un cuerpo dolorido y muchos amigos que entre charla y charla, la única solución que veían para aliviarlo era la risa y un par de chismes.

Después de 8 días de dolor, M. va al hospital para revisión. Se le habían acabado los calmantes y debía resolver pronto. M., es extranjero, habla medio español, medio su idioma, su familia no está cerca, así que no tuvo “la sopita de mamá que todo lo alivia” ni la compañía de un familiar para apoyarlo. Fueron él, su nervio inflamado y su limitada capacidad de caminar.

***

Apenas me enteré que lo habían dejado internado, salí rápido hasta el lugar. Por suerte, este tipo de noticias corre rápido entre amigos, ni bien el había terminado de enviar el mensaje y ya unos cuantos amigos le hacían compañía.

Llegué y ahí estaba, con una sonrisa que le daba la vuelta a la cabeza, estaba contento porque al fin que no le dolía, el suero ya tenía calmantes y todo eso estaba entrando de una a la sangre.

A mitad de mi visita, lo trasladaron de hospital, y ahí estaba yo dando vueltas en una ambulancia, cagada de risa con M. y J., gozados.

“¿Cuántas veces tenemos la posibilidad de ir gozados en una ambulancia?”, pensé.

***

Ya van unos cuantos días que M., está internado. Es extranjero, le duele cada vez menos, sonríe cada vez más y come como un pozo sin fondo, su familia no está, él ni se inmuta “los únicos que deben estar en un hospital son los enfermos, aquí no permito que se quede nadie conmigo”. 

Hay varias postulaciones para quedarse acompañándolo, pero no quiere “hay muchas enfermeras lindas acá, ellas me ayudan a bañarme”, dice con picardía.

Su sentido del humor no pasa, traspasa. No me queda más que mirarlo y sonreír.

En mi ideal de emigrante, no tenía la hospitalización como una opción. Ahora sé que existe y que, si tienes amigos puedes llevar el tema con más tranquilidad.

El primer día que vi a M. sentado en la camilla, con una aguja en sus venas, drogas y enfermeras en medio de una habitación blanca y con olor a alcohol, me movió un montón de cosas ¿qué pasa con quienes están recién llegados a un país y les toca? ¿Qué pasa con la familia a distancia? ¿Qué pasa con la ayuda? ¿Qué pasa con nosotros cuando estamos solos en esas situaciones? ¿Qué pasa con “la sopita de mamá que todo lo alivia”, te la mandan por Skype?

Y entiendo que, enfermarse y estar hospitalizado, también le pasa a los inmigrantes.

13 años antes de irme a Uruguay

Cuando tenía 10 años, vi una noticia sobre Uruguay en la TV. “Papá, ¿qué es Uruguay?, ¿Quién va para allá?¿Qué país es ese? ¡No tiene nada! ¡Qué horror!”

En medio de mi ego, las palabras de mi padre llegaron, sin que yo supiera en ese momento, para quedarse: “Uruguay es un país al sur, bien cerca de Argentina. Tiene playas muy lindas. Es tremendo país”.

“Nunca va a ser como Venezuela”, respondí.

***

Cada vez que alguien me pregunta cómo hacer para irse de Venezuela, respondo que no es muy difícil. Solo hay que abrir el mapa mundi o “Googlemaps” y observar con detalle cada país, sus fronteras, sus límites y sus climas.

Comenzar a sentirse en el lugar, preguntárte qué climas estás buscando, qué aires quieres respirar, qué cosas te motivan de cada región, qué mares vas a admirar y qué comida quieres experimentar.

Mientras el cuerpo y la mente estén bien, la energía fluye y los portales se abren a nuevas oportunidades.

13 años después me encontraba tomando un avión que no solo me trasladaba a un nuevo destino, también iba rumbo a una nueva vida, casualmente, Uruguay iba a convertirse en mi hogar.

Qué ironía de la vida haberme burlado un día de un lugar que tiempo después me abriría las puertas para abrazarme, porque ya mi país no podía hacerlo más.

Entre burlas y burlas, se traga una el agua de nuestra propia tormenta.

¿Nunca les pasó?

Entrada también en Medium

Cuando estoy aquí, estoy allá. Cuando estoy allá, estoy en Yacullá

¡Ya va!, así se escribe Yacuyá?

En mi curso de Escritura de Viajes, me llamó la atención un post de Marina Porquéno:

Paso a dejaros una cancioncita que en Quito me recordaba a Madrid y en Madrid siempre me recuerda a Quito.
¿Estamos escribiendo? ¿Estamos bailando? ¿Estamos queriendo?

Y entonces el cerebro me comienza a enviar mensajes de memorias escondidas que nunca revisé. ¿Acaso no les pasa que cuando están en un lugar, piensan en estar en otro, y cuando ya están en ese otro, quieren volver o cambiar?

Recordé todos mis viajes. Volví a los 18 años, cuando pasé unos meses en Trinidad y Tobago y escuchaba salsa trancada (salsa, genero musical. “Trancada” es un adjetivo personal, sinónimo de salsa dura) por causa de la extrañación. Después de vivir 3 meses allá, cuando volví a Venezuela, lo primero que hice fue un playlist de Socca T&T 2010. Me acuerdo que me reencontré con mis amigos y les regalé un CD de mis grandes éxitos, me parece que fue mi forma hacer que se empaparan del viaje. 

Creo que solo lo escucharon cuando estuvieron conmigo y luego se perdió… Es difícil pasar a otros nuestras experiencias.

¿Nunca escucharon Socca? Les dejo una muestra de ese poder caribeño (de mi época).

Ya para los 23 años, cuando dejé todo y me fui a Uruguay, en realidad quedé un poco en el limbo. Fue un golpe de transición fuerte, me mudé de país. Así que estuve entre lo nuevo y lo mío.  Entre 5 minutos y nada más y mi salsa, mi música de negros y la música de, para ese entonces, mi novio.

Luego, me empapé tanto de la música uruguaya que conocí el Candombe, el rock uruguayo, conocí las murgas, el hip hop y otros géneros que me hicieron amar tanto Uruguay, que se me fue de las manos mi cultura.

Para ese entonces me mudé, viví con 6 venezolanos y volví a entrar en mi tierra, me acurrucaron y me hicieron recordar. Volvieron el folclore, las danzas, el aguinaldo y hasta el reggaetón.

Entre la transición, un amigo me enseñó a escuchar música brasilera, y ahí me colé un tiempo.

Entonces, en Brasil ¡Hola São Paulo! ¿Cuál es mi playlist? Música uruguaya.

Reencuentro en Venezuela, ¿y qué escuchas? Música Brasilera.

Vuelvo a Brasil, ¿qué estás escuchando? Música venezolana.

Estoy aquí, y quiero estar allá, estoy allá, quiero estar aquí. Y no termino de estar en alguna parte.

***

Y así pasamos la vida, reconociéndonos en otros lugares, empapándonos de todo y buscándonos.

Queremos recordarnos, sentir lo mismo que sentimos en ese momento único que ya tuvimos. Nos gusta husmear en el pasado, y darle “play” tantas hasta gastar la aguja del disco.

Los sentidos tienen memoria, por eso cada vez que nos perdemos buscamos entre ellas algo que nos reencuentre: un olor, una canción, un sabor, una cosa, un color, un detalle que nos confirme ¡Sí! Sigues siendo tu, el de esa vez, y el de ahora.

¿Eras tú el mismo de aquella vez? ¿Seguro?

Y dejamos el presente, para después.

***

Dejo para ustedes una canción, linda, que me llenó de amor cuando estuve en Uruguay, que me recordó a Brasil cuando estuve en Venezuela y que, ahora que estoy en São Paulo, tengo tiempo sin escuchar.

¿Ya ustedes tienen la suya?

Sobre cómo sobreviví un mes con ‎€ 50 en Brasil

El dinero no es más una excusa para viajar, conocer y hacer lo que quieres. Acá cuento mi experiencia.

Las líneas entre países están cada vez más difuminadas, el mundo se moviliza, las personas salen de sus casas, la mente quiere expandirse y los viajeros, cada vez somos más.

Del otro lado, las plataformas colaborativas se fortalecen, la confianza en el otro resurge después de aquella nefasta época individualista del ser humano, los residentes reciben viajeros en sus casas y vuelve el trueque o intercambio como nueva forma de pago.

Las plataformas colaborativas superan las espectativas del mercado tradicional, Uber, Airbnb, couchsurfing y otros “malestares” del capital, se plantan para evolucionar las relaciones humanas.

Estamos a un clic para viajar, a otro para contactar a otra persona que viva en el país que queremos conocer, a otro de encontrar una forma de intercambio que permita gastar la menor cantidad de dinero posible, y a una compra de pasaje para hacer todo realidad.

Las difusas líneas fronterizas se llevan el dinero con ellas:

¿Qué tienes para ofrecer que le interese a la otra persona? ¿Cuántos idiomas hablas? ¿Cuántos mates preparas? ¿Cuántas harinas para arepas puedes llevar? ¿Das clases de Forró? ¡Recuerda traerme un chocolate!

Básico: Si tú tienes algo para compartir, siempre habrá una persona lo necesita.

***

En Venezuela, nos enseñan a que nunca tenemos dinero. Para nuestra sociedad, el dinero es como una herramienta que, a pesar de buscarla, de tenerla en la mano y de usarla, jamás va a funcionar bien.

Nuestras cuentas pueden tener muchos ceros, pero la respuesta ante el viaje o ante el placer de comprar algo es: no tengo mucha plata.

Para viajar necesitamos mínimo quién sabe cuántos miles de dólares, porque quién sabe qué puede pasar, quién sabe cuánto cuesta eso. Hay que llevar pal’ mercado, pa’ comprarse la ropita y pa’ el por si acaso.

También te llevas un poquito más por si te provoca come’te un dulce, otro poquito más por si tienes sobrepeso en la maleta, otro poco más pal’ perro, pal’ estacionamiento y pal’ guardia que seguro te va a parar antes de llegar al aeropuerto (quizás lo último sí lo deban tener en cuenta).

Es que en Venezuela, uno nunca sabe. Es mejor prevenir.

Y nunca falta el amigo que te dice “¡Nooo papá! eso no te va al alcanza’ pa’ na’, yo que te lo digo (adjunten un individuo que jamás fue al país al que tú vas), tengo una conocida que fue, y se devolvió a los dos días”.

De antemano, una recomendación sin experiencia personal, no hay que tomarla en cuenta. Porque:

Probablemente, era una tipa que al llegar a ese país, se tomó todas las birras, comió en los restaurantes más caros, se compró ropa, pagó tours y hasta se fue a cortar el pelo.

Mire señor/ señora, amig@:

Si usted tiene el pasaje ¡VÁYASE! ¿Qué estás esperando?

Si ya tienes la plata EN LA MANO. Es momento de agarrar tus cositas, e irte. 

Allá vemos cómo resolvemos.

***

Si leyeron sobre mi proceso para trabajar en São Paulo, se habrán dado cuenta que cuando tomé la desición de viajar a Brasil, en realidad ni siquiera tenía dinero para comprarme un litro de leche. Pero por cosas de la vida, cuando comencé a pensar en formas de intercambio y de trabajo, el universo y sus cosas maravillosas, abrieron un portal inmenso de oportunidades para mí.

Y conseguí lo que quería, hacer intercambio de trabajo por alojamiento.

Si ya leíste el post anterior, te cuento lo que pasó después de que trabajé en Ô de casa hostel.

Salté al agua

Fui para Venezuela a visitar a mi familia después de no haberlos visto en 2 años. INVERTÍ todo el dinero que tenía en pasajes. Bueno, no todo (ahí afloró la mala costumbre venezolana), en realidad me quedé con ese monto pal’ por si acaso.

¡Menos mal que lo tenía!, porque perdí un vuelo y tuve que pagar una multa. De no haber sido así, me hubiese quedado varada en mi escala en Bogotá.

En fin, eso solo le pasa a personas que viven en la Luna, si vives en allá,
llévate dinero por sia. Si no, ignora todo y arriésgate.

En fin, quedé con 50 euros en la mano y unos 100 reales, que equivalen a 30 USD y monedas.

Ta, son más de 50 euros, cierto. 

***

Existe una plataforma brasilera llamada World packers, ellos son un intermediaro entre tus habilidades vs un montón de hostels que están buscando voluntarios como tú.

Funciona en muchos países del mundo, puedes investigar.

Te puedes registrar gratis. Sin embargo para comenzar a hacer uso del site y asegurar un lugar, necesitas tarjeta de crédito internacional. Si un hostel te acepta, ellos retiran/debitan USD $60 de tu tarjeta.

Yo no tengo tarjeta, y tampoco quiero que me debiten USD 60, solo por que un hostel me aceptó para trabajar por intercambio.

Gracias WP, pero no. Entonces, ¿qué hizo Sinay, como el monte?

Usé WP como intermediario para encontrar hostels que necesitaran colaboradores en el área de recepción, abrí el Facebook, me hice fan de los que me gustaban, agarré los emails y comencé a enviar a cada uno mi CV con una breve historia sobre quién era, qué hacía, qué cosas podía compartir con ellos y mi disponibilidad de hacer intercambio.

Me respondieron varios, pero Nomade In Arte Hostel ganó mi corazón.

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Equipo Nõmade In Arte Hostel

Ellos me dan alojamiento y una canasta básica de mercado. Yo, trabajo 4h y 30min por día. 6 días a la semana. Horario rotativo.

En promedio, me estoy ahorrando unos 500 dólares (o más) mensuales.

¡Yei!

Mi caso es un tanto extraño, porque estoy en una etapa de transcición… Ni soy viajera, ni quiero quedarme. Estoy viviendo el momento, a ver qué pasa.

Sin embargo, imagina una persona que va a viajar por placer y tenga la posibilidad de ahorrarse esa grana… Nada que envidiar a Alicia y sus maravillas.

Además, este tipo de intercambios, abre posibilidades para conocer personas locales, para vivir la ciudad al máximo, aprender, crear, en fin…

Y los que buscan quedarse por mucho tiempo, no se preocupen. Hay hostels que no tienen problema con que trabajes mucho tiempo, a ellos les conviene, pero tampoco recomiendo que les digas de una vez.

Juega un poco, observa bien el lugar, busca acuerdos.

Primero da el paso. Lo demás lo resolvemos luego.

***

¡Sobreviví!

Tengo la suerte de que dentro del hostel podía vender comidita, así que comencé a hacer brownies (vendí todos), pero la ganancia era muy muy poca.

Luego, da la casualidad de que un amigo estaba viviendo acá, nos juntamos y conseguimos vender arepas.

Invertí TODO el dinero (esta vez, en serio, me quedé sin UN REAL). Por suerte, la comida es bien recibida en todos lados… Ganamos el doble de la inversión.

Tengo para respirar

En Uruguay, tuve (y tengo) la suerte de formar parte de una iniciativa llamada CreativeMornings, una serie de charlas gratuitas e inspiradoras dirigidas a la comunidad creativa. Estas funcionan bajo un tema global, que +150 ciudades del mundo bajan a tierra con el orador y el concepto que más se apega a su contexto. Es todo VOLUNTARIO.

Yo soy parte del equipo en Montevideo, y cuando llegué a SP un amigo me comentó que acá también había un capitulo. Contacté con los realizadores, asistí a un evento, conocí gente increíble.

De nuevo, el dinerillo se venía acabando, y ya justo en el momento de crisis, una de las host de #CM SP escribe en su muro de FB: personas, estoy buscando gente para trabajar, ¿quién quiere?

¡YO!

Trabajé en el Forum De Finanças Socias e Negócios De Impacto 2016, haciendo producción operativa del evento durante 2 días. Gané 200 USD.

Y todo empezó con 50 euros. No morí, todavía.

***

Si no tienes ni un contacto que puedas localizar en el lugar donde vas, ni te preocupes por nada

SIEMPRE

SIEMPRE

SIEMPRE

hay bares, restaurantes y trabajos de ese estilo, disponibles. No importa que seas extranjero, no importa que no tengas papeles, no importa nada. Trabajo sí hay.

Para finalizar

Gente linda, si quieren viajar busquen en Internet. Hay muchísimas plataformas para viajar y gastar poco dinero, o ninguno.

Eliminen la frase es que no tengo dinero, por favor. El universo (de nuevo yo, con mis misticismos) te da lo que crees. Si dices que no tienes dinero, pues no lo vas a tener. Mi abuela diría,

La magia del verbo.

Crea un perfil en la plataforma que más te guste, busca un lugar, júntate con personas que aporten, co crea con ellos, colabora, ayuda, voluntarea, teje tu red de contactos y vas a ver cómo se te va abriendo un mundo de posibilidades.

Es dificil, sí.

Si quieres viajar, la dificultad es parte de ese camino que escogiste al decidir que ya no querías estar más en tu zona de confort.

Hay que arriesgarse, quizás vas a pasar un poquito de hambre algunos días (solo en caso de que quieras quedarte en el país), pero todo se resuelve y el hambre no será mucha, lo prometo.

Se amable, haz amigos y sobre todo RESPETA OTRAS CULTURAS Y FORMAS DE PENSAR. Recuerda que después de que te vas, ya no eres más de tu país, eres de TODOS los países, de la tierra misma.

¡Salú!

Celebro, porque a partir de ahora sé que vas a dar el paso. Lo demás, lo resolveremos luego.

Lo que sentí cuando visité #Venezuela

Después de 2 años sin visitar a mi familia, esto fue lo que me pasó.

Me fui de Venezuela hace 2 años, y esto fue lo que me pasó cuando fui de visita.

El primer año que pasé afuera, ni siquiera quería pensar en volver,  no me hacía falta, capaz que ni tenía el coraje de visitar, quería seguir estando ciega ante la desgracia.

Pero este año, llegó de sopetón la oportunidad de comprar un pasaje más barato,  y se removieron todos los sentimientos reprimidos por 730 días. El verbo EXTRAÑAR se vino en mayúscula y a gritos, el dinero estaba disponible y de repente me hallé comprando pasaje y tomando el avión.

¡Qué miedo!

¿Pero para qué vas a venir? Fue lo que comentó mi papá cuando le dije que iba. “Aquí no hay nada para ti, no vale la pena. Esto está horrible”.

Yo no iba por oportunidades, ni por viaje de placer. Algo dentro de mí me decía que debía que hacerlo, por reencontrarme con mi familia, y conmigo.

Bienvenidos a Venezuela

El avión arribó. Las letras que un día daban la bienvenida al “AEROPUERTO INTERNACIONAL blah, blah” ya no estaban, quedaba solo la silueta sucia y empolvada de dolor y quiebre.

La montaña estaba SECA, las casas del barrio tenían los techos de zinc repletos de tierra (seca, insisto) y por ahí se divisaban un par de aviones, además del que yo venía.

Polaroid CUBE
Mar Caribe, Venezuela

El mar, no puedo negarlo, resplandece. Es el primero que te da la bienvenida con todo el color caribe y el sabor que recuerdas de esa Venezuela.

El mar es la ilusión de lo que un día fue, es la esperanza y el escape. La utopía.

Desde arriba, el azul se levanta, se vive y se hace contemplar. 

Ahí entiendes que #ElCaribeTeLoDa.

Luego que bajas del avión y entras al aeropuerto para esperar la maleta, todo ese azul Caribe se queda sin contraste. El gris es el favorito.

Ves gente con la cara baja, triste. Ojos llenos de dolor y rabia. Lo ves, no es algo que esté inventando.

El dolor está ahí.

Y te preguntas, ¿qué es lo que está pasando?

“Dios, por qué no forré la maleta, lo hubiese echo, ¿y si me roban todo? Es lo único que tengo, qué miedo. No, no me van a robar, va a estar todo bien, Sinay, relájate… Qué miedo 2 años que no venía, ¿qué se sentirá ver a mis padres de nuevo? ¡La maleta!, ¿por qué coño no sale? Aww, mi hermana debe estar gigante. ¿Por qué ese señor me ve así?, me voy a mover…”

Y el cerebro se vuelve un disparate.

730 días de espera para el reecuentro y no acreditas que está sucediedo. Tu gente traspasa la pantalla, quiebra el Skype, vacila la tecnología.

Ves a tu gente viva ¡y puedes tocarlos! (se me pone la piel de gallina del recuerdo) ¡Por fin una alegría en el aeropuerto!

Tatuaje, Gracias.
¡Gracias!

El corazón se pone a mil, las lágrimas de la felicidad se te salen solas y sientes que NECESITAS que ese momento dure para siempre.

 

Los abrazas, se salen las lágrimas, vuelves a abrazarlos, los besas, se te corre el labial, no te importa, los besas.

Y entonces, el color Caribe eres tú. Venezuela sigue toda gris.

¡Qué calor mi hermano!… Mi padre destapa una cerveza para mí, me la muestra y con una sonrisa a medias, me dice “Esta no se consigue, tuve que ir hasta Ocumare del Tuy para comprarla”

Y así comienzan mis infinitos 2 meses en Caracas.

La parte mala

De camino a casa, me entero de inevitable: “Mami, en casa no hay agua, espero que lleguemos y haya, para que te puedas dar un bañito. ¡Qué verguenza! -decía mi mamá-, no te podemos ni garantizar un buen baño”

INCREÍBLE que todo siga exactamente en el mismo lugar donde lo dejaste> tus vecinos, tus muebles, el edificio, el cuarto, los cuentos, todo.

¿Y cómo estás? ¿Cómo fue todo?

Y  antes de que hables, empiezan a florecer miles de historias en tu mente y todas las lecciones que aprendiste viviendo sola, empiezas a obviar los cuentos que tienen que ver con el supermercado, con las salidas en bici de noche, de las veces que fumaste marihuana, de las que volviste sola un día a las 3:00am caminando, de las casas de cambio, de la samba, de las veces que te quedaste sin plata y tuviste que rebuscarte, etc.

Quieres contarlo TODO, pero contexto Venezuela te lo impide y escupes: “Bien, chévere todo lindo allá” Y te sale una sonrisa más falsa que el saludo de la Reina Isabel.

La primera semana es de ensueño, todo el mundo quiere verte, pasan por casa, fiestas, reuniones, amigos, etc.

La segunda semana es la realidad. Empiezas a ver que falta la comida en casa, que los gabinetes no están llenos como antes, que tu vecina no tiene arroz desde hace tiempo y está buscando cambiar comida, que los niños del barrio están delgados, que tu abuela salió a hacer una cola de 12 horas para conseguir Harina PAN porque tú llegaste y ahora le duelen las piernas.

Y yo:  “Por qué boté ese arroz aquella vez, por qué en vez de ropa no me traje una maleta llena de productos para ayudar, por qué vine, estoy gastando su comida, por qué, por qué, por qué”

Escuchas disparos, escuchas que robaron a alguien en la esquina, no entiendes las pacas de dinero con la que tienes que andar para poder salir a dar una vuelta, ya va, NO EXISTE SALIR A DAR UNA VUELTA.

Y te da miedo.

Te da miedo salir, te da miedo hablar porque ya no sabes ni qué acento tienes, te da miedo leer la noticia, porque puedes encontrarte con que la nueva forma de secuestro en Venezuela tiene que ver con los familiares en el extranjeros, pues ahora son ellos quienes pagan la fianza del rescate. Te da miedo que tus padres salgan a trabajar porque pueden no llegar, te da miedo que toquen la puerta, te da miedo quedarte a las 8:00pm en la calle, miedo, MIedo, MIEDo, MIEDO.

MI-E-DO de salir, porque es caro, porque no quieres que te roben, porque no quieres morir. Tienes miedo de que alguno de tus vecinos le cuente a alguien incorrecto que vives afuera y cuando llegues en el bus que te deja frente a casa te roben porque piensan que tienes plata.

Y no tienes.

También da rabia. Rabia porque de todos tus amigos solo quedan 2 y uno se va. Rabia porque fuiste a buscar la bolsa de MERCAL y ni siquiera te dejan escoger los productos que quieres, porque ellos son los que te dicen qué comprar. RABIA porque la plata no alcanza, RABIA porque un día mi abuela llamó y dijo que no tenía nada para desayunar, RABIA porque tienes que conformarte con lo que hay, y punto.

… Y pensar que tú solo vas de visita, imagínate los que viven aquí.

“No consigo leche, no consigo arroz, no hay pasta, subió el precio de la harina, no hay harina, no hay, no hay, NO HAY”

Y ahí llega la tristeza… ¡Para qué coño, vine!

La parte buena

Polaroid CUBE
Pabellón Criollo, Venezuela.

Vine, por el amor.

Gente, el amor lo puede todo, el amor te construye, te da energía, te da el aguante, te salva.

En Venezuela, cada día es peor que el anterior, pero cada vez que ves a tu familia juntita, cada vez que te das cuenta de que estás tomándote un café con tu madre y hablando de la vida, cada vez que te asomas al cuarto de tu hermana y la ves ahí, viendo TV… El amor surge.

Y todo pasa.

En cada persona que ves, te reencuentras, en cada conversación que tienes con el otro, te escuchas. Pero no ves al “yo actual”, te encuentras con tu “Yo de antes”.

Y ries mucho. Porque las historias del pasado se hacen presentes.

Es que en 2 años pasan tantas cosas, que ya ese que se fuiste, dejó de ser ese, ahora es otro el que habla. Ahora eres Venezuela y eres otro país, eres el “chamo” y el “pibe, vos, majo, amigo, meu, bo,…”

Bahía de Cata. Edo. Aragua, Venezuela
Bahía de Cata. Edo. Aragua, Venezuela

¡Me veo los pies mamá! Fue lo primero que dije cuando fui a la playa, que ahora en pleno fin de semana largo está vacía, y playa sin gente es igual a AZUL CRISTALINO. Y piensas “Ya sé cómo se sienten los extranjeros al ver El Caribe, es maravilloso”.

Te conviertes en turista en tu propia casa, pides permiso para agarrar las cosas, te olvidas de dónde quedaron los cubiertos, te quedas en silencio cuando escuchas un nuevo modismo que no se usaba cuando te fuiste, eres el #foreveralone de la fiesta porque todos se saben la nueva canción de reggaetón, menos tú. Solo te queda subir la mano y reir.

Polaroid CUBE
Vista de Caracas desde Él Ávila

Admiras con más fuerza el Waraira… Porque es la montaña que siempre te cuidó, que te movió, que te quitó los pesares y también la que te los produjo.

La ves ahí quietita como la dejaste, haciendo su trabajo de darte el aire que estás respirando, y te dan ganas de llorar, porque quieres llevártela contigo, a ella, al mar que nos oculta y a todas las buenas personas del país.

A tener en cuenta

Si vuelves a Venezuela, llevate fuerza. Pídesela a tus amigos, compra en Mercadolibre, pídela prestada, mendígala… Porque la vas a necesitar.

Procura ser tu mismo, aunque les duela a todos. Porque ya cuando vuelvas serás otro, alguien con mucha experiencia, con muchas caídas y recuperaciones. Ellos también son otros. Aunque la esencia, sea la misma.

Deja de decirles a quienes están allá lo que tienen que hacer. Estamos grandes, cada quien sabe lo que hace o deshace. Deja a quienes están, quedarse, y a quienes se van, irse. Todos tenemos miedo, y el miedo es lo más democrático que existe.

Polaroid CUBE
Amigos+Waraira= Amor.

Y disfruta, disfrútalos a todos, abrázalos, quiérelos, míralos con los ojos aguarapados, míralos con sonrisas, observa, aprende, aprende y aprende.

Antes de irte, déjales toda la fuerza que te quedó sobrando, ellos la necesitan.