El centro, el barrio, el miedo y las maravillas

La Plaza Francia de Altamira era mi destino predilecto para los encuentros. Recuerdo que mientras vivía en Caracas, iba desde Caricuao hasta Altamira en el metro, subía por las escaleras que dan a la plaza, y me sentaba siempre en el mismo banquito. El de la salida a mano derecha, bien cerca del heladero haitiano que siempre estaba sentadito guardándose un poco del sol. O de las señoras que venden tortas en las tardes.

Siempre había tráfico. También había gente esperando el Metrobús, adolescentes besándose, el grupo de obreros en medio de su tiempo libre viendo a las muchachas pasando, los dos restaurantes árabes, uno al lado del otro y algún que otro personaje bien al estilo Drag queen dando de qué hablar en entre esa sociedad machista.

Este banquito era importante. En él, se dio una historia de amor, me reí a carcajadas, conocí personas, me tomé fotos y también le tomé fotos a los demás, me encontré con amigos, también vi amigos durmiendo en otros banquitos, escribí, leí mi libro favorito -“La palabra más hermosa” de Margaret Mazzantini, por si les interesa- y me comí unos cuantos perros calientes.

Ahí sentada percibí que mi cuerpo se dividía entre El Ávila y La Av. Francisco de Miranda. Por tanto, la mitad de mi visión estaba destinada a admirar los verdes de la montaña que bordea toda Caracas, y que nos cuida de no ahogarnos con el Mar Caribe. Ahí también tenía el obelisco, la bandera ondeando a todo dar y el jardincito al fondo de la plaza. Esa mitad de mi cuerpo respiraba profundo, y siempre olía trópico, selva, naturaleza, a que lo bueno estaba por venir, a contentura, a calorcito.

Del otro lado, lo que respiraba era el humo de las camioneticas por puesto y los carros viejos y mal arreglados que pasaban por la avenida, el perfume de las mujeres de clase media que se sentaban a charlar por aquellos lados y el aroma del shawarma del restaurante árabe que les comenté. A veces pasaba algún pedido de Burger King y otras veces, olía a sudor de deportistas o skaters.

Y justo delante de mí, el Caracas Palace. Siempre resplandeciente, blanco como una perla en medio del caos y super chic. Siempre pensé que sólo los famosos se quedaban ahí, pero nunca reconocí a ninguna de las personas que llegaban o salían de ese lugar.

Volviendo al banquito, este era bien simple. Echo de cemento y piedritas color beige. Ahora que lo veo de lejos, me pregunto ¿Cuántas historias tendrá ese banquito? ¿Qué cosas vio que nunca se atrevió a decir? ¿Cuántas palabras de amor habrá escuchado? ¿Cuántas palabras hirientes se pronunciaron sobre él? ¿Cuántos reencuentros? ¿Cuántas botellas de Santa Teresa se bebió?

Ya quisiera averiguarlo.

Respiro profundo. A pesar del caos, yo sentía una tranquilidad inexplicable cuando me sentaba ahí. La montaña me lo permitía, me lo recordaba.

Inhala… Exhala.

¡Qué lugar! Cierro los ojos ahora y siento los rayos del sol cálido entre mis piernas… Siento la brisa fresca, casi imperceptible, las voces de los peatones que salen del metro y las risas de los hippies que venden a la salida de la estación.

El banquito también recopila horas de mi vida sentada esperando a J. para ir hasta su casa. En Palo Verde.

Voy a cambiar la vibra, ¿ok?

Palo verde, es la estación terminal de la línea 1 del Metro de Caracas, es bien cerca del barrio ( favela). Recuerdo que apenas ponía un pie fuera de la estación ya comenzaba a sentir el ambiente hostil. Recuerdo el olor del carrito de Perro Caliente (hot dog), recuerdo las decenas de personas vendiendo cosas en la acera, llena de basura y aceite. También recuerdo la señora decentísima que vendía cachapas de queso de telita y jamón; recuerdo las paradas de los carritos que suben hasta el barrio. Nosotros íbamos hasta la penúltima parada, la que tenía la menor cantidad de carritos y la mayor fila de personas. Evitábamos las horas pico, así que, por lo general llegábamos a las 10:00pm, cuando el peligro reinaba, la fila era más corta y casi no quedaban cachapas.

Me recuerdo siempre medio asustada, llena de adrenalina, aprentando la mano de J., porque nunca se sabía lo que podía pasar, no sabías quién iba a estar al lado, no sabías si ibas a seguir viviendo, si te iban a robar, o si ibas a estar en medio de alguna plomamentazón.

Así que para olvidar el contexto, yo me sentaba siempre cerca de la ventana. Porque desde ahí podía ver los edificios de lujo, lindos, bien mantenidos de Palo Verde. También vi parte de Petare, el barrio más grande de Venezuela y el más peligroso. Curioso que desde esa zona hostil, veías la paz de Caracas a lo lejos, ella en todo su esplendor, como un pesebre a las faldas de la gran Ávila, como una caja de luces de navidad recién compradas.

El choque era inmediato, el barrio se te enfrentaba de pronto, con sus millones de casas, casitas, casotas, abastos, kioscos, licorerías, gente tomando la calle, música a todo volumen, motos, motos, MOTOS, mujeres en shorts bien apretados, hombres con bolsitos de lado y sin camisa, niños corriendo, niños abrazando las piernas de las madres que jugaban dominó y muchas cervezas en hombres, mujeres y niños.

“Salú, el mío”

Y yo, ahí sentada viendo a través del vidrio del carrito, como una niña que descubre algo nuevo. Nunca dejé de maravillarme por el contraste, nunca dejé de tener miedo, nunca dejé de mirar por la ventana.

A veces, de soundtrack había un reggaetón puyuo, otras veces salsa baúl, de esa bien lentica que te bailas arrecostándolo todo en la pareja, moviendo todo el cuerpo, mejilla con mejilla, cachete con cachete, boca con boca. Otras veces (raras) estaba el señor que escuchaba rock gringo, y te lanzaba un Aerosmith, Beatles y hasta The Doors.

Olía siempre a basura, recuerdo. Y me daba una mezcla de nostalgia y rabia que fuera así, porque no había saneamiento, porque a las personas no les importaba llenar de mierda los cantos de la montaña, porque nadie nos dijo que estaba mal, porque tampoco le puedes decir y así es el barrio.

Y entonces, después de 30 minutos de subidas y curvas, el carrito me dejaba justo en frente de la casa de J., ni siquiera era necesario cruzar.

“Pana, cóbrate dos ahí. Si va, gracias hermano, que tenga buenas noches. ¡Vayalo!”

Respiro. Me alivio. Llegué a casa.

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Lo que sentí cuando visité #Venezuela

Me fui de Venezuela hace 2 años, y esto fue lo que me pasó cuando fui de visita.

El primer año que pasé afuera, ni siquiera quería pensar en volver,  no me hacía falta, capaz que ni tenía el coraje de visitar, quería seguir estando ciega ante la desgracia.

Pero este año, llegó de sopetón la oportunidad de comprar un pasaje más barato,  y se removieron todos los sentimientos reprimidos por 730 días. El verbo EXTRAÑAR se vino en mayúscula y a gritos, el dinero estaba disponible y de repente me hallé comprando pasaje y tomando el avión.

¡Qué miedo!

¿Pero para qué vas a venir? Fue lo que comentó mi papá cuando le dije que iba. “Aquí no hay nada para ti, no vale la pena. Esto está horrible”.

Yo no iba por oportunidades, ni por viaje de placer. Algo dentro de mí me decía que debía que hacerlo, por reencontrarme con mi familia, y conmigo.

Bienvenidos a Venezuela

El avión arribó. Las letras que un día daban la bienvenida al “AEROPUERTO INTERNACIONAL blah, blah” ya no estaban, quedaba solo la silueta sucia y empolvada de dolor y quiebre.

La montaña estaba SECA, las casas del barrio tenían los techos de zinc repletos de tierra (seca, insisto) y por ahí se divisaban un par de aviones, además del que yo venía.

Polaroid CUBE
Mar Caribe, Venezuela

El mar, no puedo negarlo, resplandece. Es el primero que te da la bienvenida con todo el color caribe y el sabor que recuerdas de esa Venezuela.

El mar es la ilusión de lo que un día fue, es la esperanza y el escape. La utopía.

Desde arriba, el azul se levanta, se vive y se hace contemplar. 

Ahí entiendes que #ElCaribeTeLoDa.

Luego que bajas del avión y entras al aeropuerto para esperar la maleta, todo ese azul Caribe se queda sin contraste. El gris es el favorito.

Ves gente con la cara baja, triste. Ojos llenos de dolor y rabia. Lo ves, no es algo que esté inventando.

El dolor está ahí.

Y te preguntas, ¿qué es lo que está pasando?

“Dios, por qué no forré la maleta, lo hubiese echo, ¿y si me roban todo? Es lo único que tengo, qué miedo. No, no me van a robar, va a estar todo bien, Sinay, relájate… Qué miedo 2 años que no venía, ¿qué se sentirá ver a mis padres de nuevo? ¡La maleta!, ¿por qué coño no sale? Aww, mi hermana debe estar gigante. ¿Por qué ese señor me ve así?, me voy a mover…”

Y el cerebro se vuelve un disparate.

730 días de espera para el reecuentro y no acreditas que está sucediedo. Tu gente traspasa la pantalla, quiebra el Skype, vacila la tecnología.

Ves a tu gente viva ¡y puedes tocarlos! (se me pone la piel de gallina del recuerdo) ¡Por fin una alegría en el aeropuerto!

Tatuaje, Gracias.
¡Gracias!

El corazón se pone a mil, las lágrimas de la felicidad se te salen solas y sientes que NECESITAS que ese momento dure para siempre.

 

Los abrazas, se salen las lágrimas, vuelves a abrazarlos, los besas, se te corre el labial, no te importa, los besas.

Y entonces, el color Caribe eres tú. Venezuela sigue toda gris.

¡Qué calor mi hermano!… Mi padre destapa una cerveza para mí, me la muestra y con una sonrisa a medias, me dice “Esta no se consigue, tuve que ir hasta Ocumare del Tuy para comprarla”

Y así comienzan mis infinitos 2 meses en Caracas.

La parte mala

De camino a casa, me entero de inevitable: “Mami, en casa no hay agua, espero que lleguemos y haya, para que te puedas dar un bañito. ¡Qué verguenza! -decía mi mamá-, no te podemos ni garantizar un buen baño”

INCREÍBLE que todo siga exactamente en el mismo lugar donde lo dejaste> tus vecinos, tus muebles, el edificio, el cuarto, los cuentos, todo.

¿Y cómo estás? ¿Cómo fue todo?

Y  antes de que hables, empiezan a florecer miles de historias en tu mente y todas las lecciones que aprendiste viviendo sola, empiezas a obviar los cuentos que tienen que ver con el supermercado, con las salidas en bici de noche, de las veces que fumaste marihuana, de las que volviste sola un día a las 3:00am caminando, de las casas de cambio, de la samba, de las veces que te quedaste sin plata y tuviste que rebuscarte, etc.

Quieres contarlo TODO, pero contexto Venezuela te lo impide y escupes: “Bien, chévere todo lindo allá” Y te sale una sonrisa más falsa que el saludo de la Reina Isabel.

La primera semana es de ensueño, todo el mundo quiere verte, pasan por casa, fiestas, reuniones, amigos, etc.

La segunda semana es la realidad. Empiezas a ver que falta la comida en casa, que los gabinetes no están llenos como antes, que tu vecina no tiene arroz desde hace tiempo y está buscando cambiar comida, que los niños del barrio están delgados, que tu abuela salió a hacer una cola de 12 horas para conseguir Harina PAN porque tú llegaste y ahora le duelen las piernas.

Y yo:  “Por qué boté ese arroz aquella vez, por qué en vez de ropa no me traje una maleta llena de productos para ayudar, por qué vine, estoy gastando su comida, por qué, por qué, por qué”

Escuchas disparos, escuchas que robaron a alguien en la esquina, no entiendes las pacas de dinero con la que tienes que andar para poder salir a dar una vuelta, ya va, NO EXISTE SALIR A DAR UNA VUELTA.

Y te da miedo.

Te da miedo salir, te da miedo hablar porque ya no sabes ni qué acento tienes, te da miedo leer la noticia, porque puedes encontrarte con que la nueva forma de secuestro en Venezuela tiene que ver con los familiares en el extranjeros, pues ahora son ellos quienes pagan la fianza del rescate. Te da miedo que tus padres salgan a trabajar porque pueden no llegar, te da miedo que toquen la puerta, te da miedo quedarte a las 8:00pm en la calle, miedo, MIedo, MIEDo, MIEDO.

MI-E-DO de salir, porque es caro, porque no quieres que te roben, porque no quieres morir. Tienes miedo de que alguno de tus vecinos le cuente a alguien incorrecto que vives afuera y cuando llegues en el bus que te deja frente a casa te roben porque piensan que tienes plata.

Y no tienes.

También da rabia. Rabia porque de todos tus amigos solo quedan 2 y uno se va. Rabia porque fuiste a buscar la bolsa de MERCAL y ni siquiera te dejan escoger los productos que quieres, porque ellos son los que te dicen qué comprar. RABIA porque la plata no alcanza, RABIA porque un día mi abuela llamó y dijo que no tenía nada para desayunar, RABIA porque tienes que conformarte con lo que hay, y punto.

… Y pensar que tú solo vas de visita, imagínate los que viven aquí.

“No consigo leche, no consigo arroz, no hay pasta, subió el precio de la harina, no hay harina, no hay, no hay, NO HAY”

Y ahí llega la tristeza… ¡Para qué coño, vine!

La parte buena

Polaroid CUBE
Pabellón Criollo, Venezuela.

Vine, por el amor.

Gente, el amor lo puede todo, el amor te construye, te da energía, te da el aguante, te salva.

En Venezuela, cada día es peor que el anterior, pero cada vez que ves a tu familia juntita, cada vez que te das cuenta de que estás tomándote un café con tu madre y hablando de la vida, cada vez que te asomas al cuarto de tu hermana y la ves ahí, viendo TV… El amor surge.

Y todo pasa.

En cada persona que ves, te reencuentras, en cada conversación que tienes con el otro, te escuchas. Pero no ves al “yo actual”, te encuentras con tu “Yo de antes”.

Y ries mucho. Porque las historias del pasado se hacen presentes.

Es que en 2 años pasan tantas cosas, que ya ese que se fuiste, dejó de ser ese, ahora es otro el que habla. Ahora eres Venezuela y eres otro país, eres el “chamo” y el “pibe, vos, majo, amigo, meu, bo,…”

Bahía de Cata. Edo. Aragua, Venezuela
Bahía de Cata. Edo. Aragua, Venezuela

¡Me veo los pies mamá! Fue lo primero que dije cuando fui a la playa, que ahora en pleno fin de semana largo está vacía, y playa sin gente es igual a AZUL CRISTALINO. Y piensas “Ya sé cómo se sienten los extranjeros al ver El Caribe, es maravilloso”.

Te conviertes en turista en tu propia casa, pides permiso para agarrar las cosas, te olvidas de dónde quedaron los cubiertos, te quedas en silencio cuando escuchas un nuevo modismo que no se usaba cuando te fuiste, eres el #foreveralone de la fiesta porque todos se saben la nueva canción de reggaetón, menos tú. Solo te queda subir la mano y reir.

Polaroid CUBE
Vista de Caracas desde Él Ávila

Admiras con más fuerza el Waraira… Porque es la montaña que siempre te cuidó, que te movió, que te quitó los pesares y también la que te los produjo.

La ves ahí quietita como la dejaste, haciendo su trabajo de darte el aire que estás respirando, y te dan ganas de llorar, porque quieres llevártela contigo, a ella, al mar que nos oculta y a todas las buenas personas del país.

A tener en cuenta

Si vuelves a Venezuela, llevate fuerza. Pídesela a tus amigos, compra en Mercadolibre, pídela prestada, mendígala… Porque la vas a necesitar.

Procura ser tu mismo, aunque les duela a todos. Porque ya cuando vuelvas serás otro, alguien con mucha experiencia, con muchas caídas y recuperaciones. Ellos también son otros. Aunque la esencia, sea la misma.

Deja de decirles a quienes están allá lo que tienen que hacer. Estamos grandes, cada quien sabe lo que hace o deshace. Deja a quienes están, quedarse, y a quienes se van, irse. Todos tenemos miedo, y el miedo es lo más democrático que existe.

Polaroid CUBE
Amigos+Waraira= Amor.

Y disfruta, disfrútalos a todos, abrázalos, quiérelos, míralos con los ojos aguarapados, míralos con sonrisas, observa, aprende, aprende y aprende.

Antes de irte, déjales toda la fuerza que te quedó sobrando, ellos la necesitan.