¿A qué casa vuelve un inmigrante viajero?

“Narrar un viaje de regreso”
Después de 6 meses en Brasil y uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

Tuve mucho tiempo desconectada de la escritura sentimental, esta que me mueve y que me lleva a hacer que tú/vos vibres y me cuentes qué sentiste con este montón de palabras que tiro acá en el blog.

Al menos es mi intensión.

Para reconectarme con esta maravilla que es el papel y el lápiz o el teclado y los dedos, revisé mi última lección del taller de escritura de viajes con Norte de Papel. En realidad, terminó hace unas semanas (me parece que un mes), pero yo no le quería dar fin. En mi escritorio de la computadora, veía el PDF pidiendo a gritos ser leído y yo lo ignoraba abriendo Google Chrome.

Hasta que en estos días, lo leí y ¿a que no saben de qué hablaba? 

“Narrar un viaje de regreso”

Vibré.

Ya sabía que había algo extraño en este nuevo regreso a Uruguay. Fueron 6 meses curtiendo otras tierras, masajeando otra moneda, oliendo otros vientos.

¿Cómo narramos un viaje de regreso? Dicen que el alma tarda muchos días en volver. El cuerpo llega a Estambul y siente una especie de delicia en las mezquitas y en las formas a contraluz pero el alma es rebelde. Ella sigue en el departamento de cortinas rojas en Roma(…)

Siento un cosquilleo desde los dedos hasta la punta del cabello. Y a medida de leía, me daba cuenta de que en realidad mi alma no había regresado del todo a Uruguay. Como que estaba llegando fragmentada.

Descubro.

¿Dónde está mi alma? ¿Cuándo regresé? ¿Qué siento?

***

Tengo un defecto: no hago planes. Puede ser que muchos lo vean como la mejor forma de vivir la vida y estar a plenitud, pero en realidad, esta fase solo funciona cuando perteneces a un país normal que te recibe con la casa de tus padres esperándote puertas abiertas con comida calentita.

Como soy inmigrante, me tocó volver a una casa que no es mía, a un país que tampoco es mío en un momento que quizás era -o no-el adecuado.

Después de 6 meses en Brasil y  uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

De Brasil a Venezuela, de Venezuela a Brasil

¡Puaj!

Tenía 2 años sin volver a Venezuela hice un post con todo el detalle de lo que sentí al volver, pero me parece necesario repasar esa emoción de nuevo.

Después de que te vas de tu país, dejas un poco de “ser” y te transformas de una mezcla entre lo que eras y tu nuevo yo. El proceso de adaptación te hace ver otras cosas. Cuando eres inmigrante y Venezolano la vida se pone un poco complicada, hermosa, tormentosa, dramática, nostálgica, increíble. Vives cada momento como algo totalmente nuevo, es un cambio radical de vida. En mi caso, lo mejor que puede pasar.

La nostalgia siempre está, el verbo extrañar se pasa de vez en cuando para sacarte algunas lágrimas. Y cuando llega el momento de volver a esa vida que dejaste…  resulta que es

in-cre-í-ble-men-te difícil.

Porque cuando lo enfrentas, la emoción del reencuentro dura unos pocos días. Después que pasa el furor de la fiesta de bienvenida y todos vuelven a sus vidas y tareas cotidianas, te despiertas de la realidad y observas que nada cambió.

Todos siguen haciendo lo mismo, tu “casa” está igual, tus padres, tus amigos, tus vecinos. Algún que otro cambio táctico de casamientos, hijos, etc., y tú ahí siendo testigo de este acontecimiento que es la nada. Con una mochila de historias, personajes, viajes, comidas, cuentos y sentimientos que quieres cantar a vox populi, pero no lo haces, porque: a nadie le importa, es delicado y, sobre todo ¿cómo lo explicas?

Tu casa, siempre va a ser tu casa. Pero cuando migras y vuelves te preguntas  ¿Dónde estoy? ¿Es esta mi casa de verdad? ¿Dónde esta Uruguay (mi caso)? ¿Dónde están las historias para contar? ¿Por qué no pasa nada nuevo?

Disfrutas a tu antiguo modo, cosntruyes lo que eras. Lo haces con amor y cariño y guardas las vivencias para cuando vuelvas ¿a casa?

***

Volví a São Paulo. Para el final de mi viaje en Caracas (léase que no había vuelto a casa, fue un viaje) ya estaba debatiéndome entre la dicha de la entrega familiar y la duda ante lo nuevo que me esperaba en Brasil.

¿Cuál es el polo opuesto de la zona de confort? Ahí estaba yo.

Volvía de un viaje sagrado, interno y lleno de amor familiar rumbo al desconocimiento.

Me arriesgué.

***

Salí un día nublado de Vila Mariana en São Paulo. Me despedí con una felicidad dudosa, como incompleta. Todavía no me había aburrido del “Bom dia” al levantarme; aún no me había cansado de ver la amplitud de la Av. Paulista, ni me había tapado las orejas al escuchar “Bom dia moça! Você precisa de alguma coisa? Todo a um real, todo a 1 real!!!” de los vendedores de la feria de los miércoles.

¿Por qué me tenía que ir? Aún mi cuerpo no tenía tanta celulitis como para dejar de comer pastel  de feira ni pão de queijo; el

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Sao Paulo vista desde el Edif. Italia

smog no había saturado tanto mi nariz ni mis ojos. ¿Y si se me olvida cómo se ve SP desde el Edif. Italia? Déjenme ver otra vez esa selva de cemento desde las alturas, al menos para reiterar por qué me voy.

 

Hasta hace unos días me ardía el cuerpo de aquellos domingos de Rodas do Samba en Vila Madalena, ahora que recuerdo, se me enfría la mano creyendo que aún sostengo la cerveza Original de medio litro, la que bebí de a pico un día y un señor me dijo que eso “estaba mal visto, porque solo lo hacían las personas ebrias o las putas”.

No me dijo “putas”, pero casi.

En mi pueblo, se toma de a pico ‘e botella, señor. Lo siento.

Camino por Palermo y aún siento la presencia de los edificios de 20 pisos de alto, a pesar de estar rodeada de casas viejas increíbles. A veces me asomo a la puerta de casa y siento que ahí va a estar el árbol de flores de primavera que tenía en mi “casa” en SP, el de flores moradas radiantes que estaba apresado entre una cerca, un cableado eléctrico que hacía arder la vista de solo mirar y el edificio de ventanas minúsculas.

Aún me pregunto por qué la gente vivía en aquel edificio nefasto, ni siquiera podían asomar la cabeza en la ventana.

Pero ese árbol, le daba vida a toda la calle.

A veces, me levanto y escucho la voz de An. hablándome de su hija, de su nieto que está criando, de su madre desaparecida, de ella, del café que había hecho R. “Nossa que ruim que esta este café!”

Ahora tengo la bici y tengo sed de recorrer el Ibirapuera, aunque lo hice a pie. Pero no es lo mismo.

¿Qué habrá sido de todas las caipirinhas que no me tomé? ¿Y de los millones de lugares que nunca visité? ¿Me estarán esperando? ¿Querré ir?

Ahora voy en el ómnibus vía La Unión en Montevideo. A través de la ventana veo la calle, toda gris, con los árboles secos y “palúos”, la gente con capas de abrigos, a pesar de que no hace tanto frío y la nadie misma en las aceras, porque somos 1 millón y medio en la ciudad.

Me da gracia, porque esta imagen también me lleva a mis días en el Metro de São Paulo, y me doy cuenta de que el metro no lo extraño ni un poco, qué triste ir de un lugar a otro sin poder ver por la ventana.

Lo que sí extraño es el contenido: el olor a café con leche y pão de queijo (tengo una obsesión), la diversidad de culturas, idiomas, colores de piel, de géneros, estilos y formas.

Me encantaba ver a las chicas con labial violeta, azul o verde a plena luz del día. Las cabezas con cortes radicales, rapados, diseños, y colores diversos. Pero sobre todo, me encantaba ver a la gente tocándose sin miedo. Amaba cuando los homosexuales se besaban y se arrecostaban todo en medio de las puertas de salida y ni una mirada extrañada subía la ceja.

Impensable en Caracas. Impensable en Montevideo.

Éramos todos fantasmas, en una sociedad de 20 millones de habitantes.

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Fantasma de S. en Vila Madalena

Ahora que el bus pasa por un shopping, agradezco no haber invertido tiempo en los de SP. Era como entrar a una ciudad dentro de otra ciudad. Como matrioska.

¿A dónde se fueron los graffittis? ¿Dónde están esas tipografías valiosísimas que dan identidad a la ciudad? ¿Y la saturación de color? ¿Dónde está el arte abarrotado por todas las esquinas? ¿Y el amor?

Me levanto.

¿Por qué todos me ven? Y recuerdo haber atravesado mil almas apresuradas en aquella ciudad furiosa, sin mirarnos, sin sentir al otro, sin observar.

¿Extraño?

Recuerdo que mientras estaba en SP pasé horas, días, momentos, pensando en La Rambla, en mis amigos/familia, en CreativeMornings, en la tranquilidad, en la vida que había construido acá, en la naturaleza, en la magia de Montevideo.

Me fui de Brasil un día nublado y regreso a Uruguay un día de lluvia constante, la que limpia la tierra y el cuerpo. El paisaje de cemento ahora era un campo de futbol natural con vacas.

Vuelvo a un lugar que conozco bien, que siento mío, pero no lo es ¿o sí?

De nuevo, vuelvo a un país que no es mío, a una casa que no es mía, a una nueva vida inmigrante.

Siempre he sido inmigrante.

***

Regresé y veo aquellos restos de lo que fui, escucho las risas que compartí y seco lágrimas que derramé quién sabe por qué, por quién o cuándo.

Me observo en la ciudad, la siento y la saboreo.

Me gusta encontrarme en esas esquinas conocidas y tomar una pieza de lo que fui para juntarla con lo que soy para recordarme.

Como decía M., en Norte de Papel: cuando vuelves, hay que hacerlo despacio, hay que comer liviano y dejar que el cuerpo arranque cuando pueda. Sin forzar nada.

Hay que dejar que pasen algunos días, cerrar los ojos, respirar, sentir el aire y el nuevo lugar que ahora te rodea.

Yo sé que volví, pero no sé si volví a casa, no sé si tengo una o tengo muchas. No sé si algún día voy a regresar, porque en mi intento de “volver a casa”, siempre vuelvo a lugares ajenos. Conocidos, sí, pero ajenos.

Y cuando ya siento a MVD como mía, me toca irme de nuevo.

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Cabo Polonio, Uruguay

¿Será que algunos nacimos para ser eternos inmigrantes?

Quiero leer sus regresos.

 


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APACHE: EL HOMBRE Y EL NIÑO DETRÁS DEL REFERENTE DE HIP HOP VENEZOLANO

Los videos de Youtube se disipan, la máscara de artista se borra, la distancia entre los famosos y los mortales se acorta, el hip hop venezolano tiñe de azul caribe el frío de Montevideo, y se junta con el evento de amor y aceptación más grande de la ciudad: la Marcha por la Diversidad.
El amor mueve, transforma, hace vibrar, da esperanza, acredita, acepta, observa, es libre y diverso. Es el abrazo a todos los valores.

Larry, prende inciensos y palos santos en el ensayo de su show. Va despacio, piensa, observa. De vez en cuando detiene sus movimientos y se puede apreciar cómo se toma el tiempo para pensar cada cosa. No hay prisas, no hay malos tratos, hay tiempo, hay despreocupación entre las preocupaciones.

Entre la sencillez de Montevideo, su vestimenta, sus tatuajes, negritud, equipo y su esposa dan a entender a leguas que vienen de lejos, pero pocos saben de dónde.

La entrevista está pautada en el bar Buena Costumbre de Bv. España. Ellos iban en taxi, yo me adelanté en bici para más o menos llegar al mismo tiempo. El auto gana. Y para cuando llegué, ellos acaban de descubrir que habían dejado los equipos en el taxi.

¡A correr!

la adrenalina venezolana se siente. Corretean todos los taxis, llaman al 141, no cae, vuelven a llamar, no cae. No encuentran al tipo.

Agatha, esposa de Apache, me dice: “el tipo no atiende, seguro se llevó todos los equipos, me siento culpable, yo también me olvidé. Cinco personas en el auto y todos nos olvidamos”

“Confiemos que no se va a fugar. Seguro lo están tratando de ubicar, tranquila, el tipo va a volver”

La tensión debió durar otros 5 minutos, justo cuando Psycho y mctemático iban camino a la estación de policía más cercana, el taxista los vió y exclamó ¡Dejaron sus cosas acá!

Punto para Uruguay.

***

Entre tanto esperaban la pizza para comer, Apache me dice ¿Quieres aprovechar de hacer la entrevista?

¿No quieres comer primero?, le digo.

No vale, vamos a hacerla de una vez.

Saco mi libreta:

-Hablemos de la transformación… ¿Qué es la transformación para ti?

¡Verga! (no es la misma que en Uruguay. Es una expresión venezolana que quiere decir ¡PA!)

Existen varios tipos de transformaciones pues… En mi caso, está la transformación espiritual que es la que he tenido a gran escala. También está la transformación musical, y bueno, dentro de ella la evolución, porque de una u otra forma me ha tocado evolucionar y cuando esta se presenta, la aprovecho. Evoluciono y me transformo.

¿Qué cosas te han transformado?

Ser padre es la mayor transformación que tuve, tanto interna como externa.

Hacer yoga también transformó mi vida. Llevo practicando desde hace 6 años y eso me ayudó a adentrarme más en el plano espiritual, que antes no lo tenía en cuenta. Me aportó muchísimo en mi carrera. La gente cree que porque eres artista y tal, todo lo tienes fácil… No es así.

Aprendí a meditar, a trabajar mejor la respiración, a cuidar mi templo, mi cuerpo. También aprendí a trabajar con Reiki, que es la sanación a través de la imposición de manos. Aprendí energía Chi/Qi, en fin.

Todo ese acercamiento espiritual fue lo que me ayudó a transformar mi vida personal, musical, laboral.

¿Cómo era Apache de niño?

Estudioso y respetuoso con mis padres. La familia.

Jugaba al llanero solitario. Pedía de regalo las pistolitas de vaquero para jugar. Practiqué béisbol gracias a mi padre.

Las fechas: carnavales, diciembre, semana santa… porque nos íbamos -vamos- a la costas zuliana donde están los pueblos de Bobure, Caja seca, San Antonio, de donde es mi mamá. O si no, nos íbamos a casa de la familia de mi papá en Barlovento. Tengo esa mezcolanza.

¿Que llevas ahora de ese niño?

Crecí con los tambores, con la música en la sangre. Mi papá es salsero. La música me mueve.

Llevo a mi familia, el respeto y la disciplina dondequiera que vaya. Soy obsesionado por el orden por culpa de mi mamá.

Mira, veo esto así y hago esto…

Comienza a mover las cosas de la mesa, los manteles derechitos con respecto a la mesa, la botella de cerveza a mi derecha, su vaso de agua a la izquierda, la vela que nos alumbraba en el centro, la movió hacia un lado -así, para que no nos estorbe-.Ve la otra mesa, “y esto que está aquí, va… Así” dice alineando el pañito de mesa de al lado.

¿Qué te daba miedo de niño?

Que me dejaran solo. A los perros, a las películas de terror… Pero ya pasó, porque ahora tengo perros y me encantan las películas de terror -se ríe -.

¿A qué le tienes miedo ahora?

A la soledad. Cuando me separé de mi esposa y mi hija sentía que me faltaba una pieza, pero fue necesario. Tenía que trabajar en otras cosas.

Pero, creo que más que miedo, son otras cosas… Aprendizaje.

Hablando de tu hija y esposa, siempre tienes a las figuras femeninas bien presentes en tus videos, en tus letras ¿Qué simboliza?

Me crié entre mujeres. Me cuidó mi hermana, me criaron mis tías y como que siempre estuve rodeado de mujeres. Y bueno, después tuve una hija, niña.

En este nuevo disco tenemos un par de canciones en homenaje, uno junto a otro artista colombiano que se llama Stan, e hicimos otro tema que se llama “bonitos sentimientos” con el Pollo Brito. Siempre le rindo tributo a la mujer, siento que le debemos mucho a ustedes.

¿Cómo eran los sonidos de tu infancia?

Salsa, tambores, el sonido de la lluvia, el sonido de las hojas de los árboles moviéndose con la brisa, el sonido de los pajaritos. Siempre conexión con mi bella naturaleza, siempre me ha gustado.

Me gusta estirarme, acostarme, sentir la madre tierra.

Habla pausado, tranquilo. Se toma su tiempo. Respira, piensa.

¿Qué te atrapó de la música?

“El pum, pum, pum”, dice moviendo las manos al ritmo de la canción que suena de fondo. Eso que tiene el hip hop. Los ritmos.

Cuando mi vecino me llevó a Los Próceres y comencé a adentrarme en ese mundo fue como que ¡Waao! ¿Dónde estaba esto vale? ¿Por qué yo no sabía?

Y cuando empecé a hacer rap, mis padres no estaban muy convencidos con, pero al año cuando estaba en Cuarto Poder y vieron que nos estaban llamando para comerciales de TV, novelas y tal, cambiaron de parecer.

¿Tu playlist de niño?

Escuchaba merengue y burda (mucho) de vallenato. Nos íbamos pa’ Valencia y hacíamos tremenda rumbas con un vecino que era dominicano. Siempre me crié con música alrededor.

En el barrio también se escucha mucha champeta.

Y de más grande escucho más reggae, me gusta también Alicia Keys, Lauryn Hill…

¿Cuál es el aporte que tienes para enriquecer el género en Venezuela?

LLevar alegría y bombo ahí en mis temas.

(Suspira)

Llevar motivación… Alguna señal de esperanza… Y que esa esperanza de fuerza también.

Soy vocero de mi barrio y trato de llevar esa realidad de que vivo en el barrio a todas las demás partes de mi país y demostrarles que coye, aunque suene trillado, sí se puede.

Hay personas que me ven como ejemplo en la cultura, hemos abierto un camino para músicos que vienen después de nosotros… Y me hace sentir orgulloso que me tomen como referente en el género, de ahí me agarró para seguir plasmando y marcando mensajes.

Y buscar, siempre. Trato de rescatar los valores, los detalles que, aunque a veces lo veamos como si fuera cualquier cosa, importan. Y traer de vuelta ese “buen ciudadano” en mis letras.

¿Cómo te describirías ante una persona que no te conoce?

Una persona sencilla, pasiva, observadora, paciente. Una persona que comete errores y que trata de aprender de ellos, a pesar de que a veces los vuelva a cometer.

Alegre, casero, familiar, melómano.

¿Y si tú fueras tu fan, qué dirías de él -o de ti-?

Tendría que escuchar al fan primero.

¿Qué es Venezuela para ti?

Mi casa.

¿Y las Minas City?

¡Nahhh! Las Minas es ¡imagínate!, mi cueva.

Si fueras un cantante venezolano…

Sería Oscar D’ León.

Llega la pizzeta, la especialidad de Buena Costumbres -buen provecho man dice para su equipo, buen provecho mami-.

¿Te sentiste frustrado alguna vez? ¿Cómo lo afrontaste?

Cuando estaba separado de mi esposa. Y lo resolví bajando el orgullo.

Me dije: “deja tu ego y tu orgullo y anda pa’llá”

Debe ser difícil dejar el orgulloso cuando eres artista…

¡Sí!, por eso digo que lo espiritual fue lo que me ayudó a ver todas esas cosas. La humildad por delante. Siempre una sola cara.

¿Qué es ser negro para ti?

Para mí, lo es todo. Ser negro es lo mejor que me ha pasado en la vida.

¿Sufriste de racismo en Venezuela?

Bueno, en la escuela me decían “Cirilo, negro mojino…” Los típicos insultos.

Maltripeaba (la pasaba mal), pero tampoco fue que sufrí. Ahí uno se inventaba también otras cosas.

¿Tu primer viaje de la vida?

Con Cuarto Poder a Cuba.

Me acuerdo que cuando llegamos, la ciudad estaba como gris. Pero lo que más me sorprendió fue el festival de La Habana, cuando vi como 5 mil negros ahí escuchándonos sin emitir un gesto cuando cantábamos. Ellos estaban adelantados a todo lo que estábamos cantando, son super cultos, estaban muy avanzados para el momento. De hecho, cuando volvimos a Venezuela tuvimos que cambiar tooodo el disco que íbamos a sacar y creamos “Sin afinar mucho”.

¿Probaste mate?

Sí, en chile.

Eso no es mate…

Pero era mate argentino…

Eso tampoco es mate -digo riendo-

Bueno, Uruguayo aún no.

***

Ya en el Centro Cultural Tractatus, la expectativa por el show de Apache iba en aumento.

Aquí somos los que somos y aquí estamos los que estamos, cuando yo diga Las Minas, ustedes dicen Welcome. Las Minas-welcome-Las Minas -Welcome.

Comienza el show con “Pónmela en el aire”. El espíritu de Canserbero revive a través de la energía que Apache transmite, su voz quedó en la tecnología, la piel se pone de gallina y alguien comenta “¡Marica! qué fuerte que la voz de Can quede de fondo”

No podía faltar el incienso a un costado de la tarima, la espiritualidad de Apache te salta en la cara, de transporta y te transmite. Hay un concepto de armonía que te recuerda que “va a estar todo bien”.

Agatha, le hace el coro, cantan a dúo, se miran, se brillantean los ojos, se gozan. Ella era bailarina, así que no puede evitar que se le bambolee el cuerpo con el bajo “pum, pum” de Apache.

Hay banderas de Venezuela, gente que nunca lo vió pero fue porque quiere apoyar, hay otros que son fanáticos desde siempre.

Apache canta, habla con la gente, les agarra el celular y se graba él mismo, les canta a los amigos, deja que el equipo de presente, da espacios, va sin prisa, piensa, tiene tiempo. Salta, hace que el público salte con él, hace silencios, pausa, piensa de nuevo… Matemático suelta la pista y vuelve con todo.

Hace honor a Can, hace honor a su hija, a su esposa, a su equipo a sus amigos, y a Venezuela.

“Tenemos que rescatar los valores y llevar lo mejor que tenemos a todos los rincones del mundo”, dijo para terminar.

Así se gozó hasta las 4:30am. Que se fue de tarima directo para Mar del Plata, Argentina… Donde estaría tocando esa misma noche.

¡Que viva el amor!

 

Imagen portada: Apache en Tractatus – Viernes 30 de Setiembre 2016 – Fotos: Jero López

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El centro, el barrio, el miedo y las maravillas

La Plaza Francia de Altamira era mi destino predilecto para los encuentros. Recuerdo que mientras vivía en Caracas, iba desde Caricuao hasta Altamira en el metro, subía por las escaleras que dan a la plaza, y me sentaba siempre en el mismo banquito. El de la salida a mano derecha, bien cerca del heladero haitiano que siempre estaba sentadito guardándose un poco del sol. O de las señoras que venden tortas en las tardes.

Siempre había tráfico. También había gente esperando el Metrobús, adolescentes besándose, el grupo de obreros en medio de su tiempo libre viendo a las muchachas pasando, los dos restaurantes árabes, uno al lado del otro y algún que otro personaje bien al estilo Drag queen dando de qué hablar en entre esa sociedad machista.

Este banquito era importante. En él, se dio una historia de amor, me reí a carcajadas, conocí personas, me tomé fotos y también le tomé fotos a los demás, me encontré con amigos, también vi amigos durmiendo en otros banquitos, escribí, leí mi libro favorito -“La palabra más hermosa” de Margaret Mazzantini, por si les interesa- y me comí unos cuantos perros calientes.

Ahí sentada percibí que mi cuerpo se dividía entre El Ávila y La Av. Francisco de Miranda. Por tanto, la mitad de mi visión estaba destinada a admirar los verdes de la montaña que bordea toda Caracas, y que nos cuida de no ahogarnos con el Mar Caribe. Ahí también tenía el obelisco, la bandera ondeando a todo dar y el jardincito al fondo de la plaza. Esa mitad de mi cuerpo respiraba profundo, y siempre olía trópico, selva, naturaleza, a que lo bueno estaba por venir, a contentura, a calorcito.

Del otro lado, lo que respiraba era el humo de las camioneticas por puesto y los carros viejos y mal arreglados que pasaban por la avenida, el perfume de las mujeres de clase media que se sentaban a charlar por aquellos lados y el aroma del shawarma del restaurante árabe que les comenté. A veces pasaba algún pedido de Burger King y otras veces, olía a sudor de deportistas o skaters.

Y justo delante de mí, el Caracas Palace. Siempre resplandeciente, blanco como una perla en medio del caos y super chic. Siempre pensé que sólo los famosos se quedaban ahí, pero nunca reconocí a ninguna de las personas que llegaban o salían de ese lugar.

Volviendo al banquito, este era bien simple. Echo de cemento y piedritas color beige. Ahora que lo veo de lejos, me pregunto ¿Cuántas historias tendrá ese banquito? ¿Qué cosas vio que nunca se atrevió a decir? ¿Cuántas palabras de amor habrá escuchado? ¿Cuántas palabras hirientes se pronunciaron sobre él? ¿Cuántos reencuentros? ¿Cuántas botellas de Santa Teresa se bebió?

Ya quisiera averiguarlo.

Respiro profundo. A pesar del caos, yo sentía una tranquilidad inexplicable cuando me sentaba ahí. La montaña me lo permitía, me lo recordaba.

Inhala… Exhala.

¡Qué lugar! Cierro los ojos ahora y siento los rayos del sol cálido entre mis piernas… Siento la brisa fresca, casi imperceptible, las voces de los peatones que salen del metro y las risas de los hippies que venden a la salida de la estación.

El banquito también recopila horas de mi vida sentada esperando a J. para ir hasta su casa. En Palo Verde.

Voy a cambiar la vibra, ¿ok?

Palo verde, es la estación terminal de la línea 1 del Metro de Caracas, es bien cerca del barrio ( favela). Recuerdo que apenas ponía un pie fuera de la estación ya comenzaba a sentir el ambiente hostil. Recuerdo el olor del carrito de Perro Caliente (hot dog), recuerdo las decenas de personas vendiendo cosas en la acera, llena de basura y aceite. También recuerdo la señora decentísima que vendía cachapas de queso de telita y jamón; recuerdo las paradas de los carritos que suben hasta el barrio. Nosotros íbamos hasta la penúltima parada, la que tenía la menor cantidad de carritos y la mayor fila de personas. Evitábamos las horas pico, así que, por lo general llegábamos a las 10:00pm, cuando el peligro reinaba, la fila era más corta y casi no quedaban cachapas.

Me recuerdo siempre medio asustada, llena de adrenalina, aprentando la mano de J., porque nunca se sabía lo que podía pasar, no sabías quién iba a estar al lado, no sabías si ibas a seguir viviendo, si te iban a robar, o si ibas a estar en medio de alguna plomamentazón.

Así que para olvidar el contexto, yo me sentaba siempre cerca de la ventana. Porque desde ahí podía ver los edificios de lujo, lindos, bien mantenidos de Palo Verde. También vi parte de Petare, el barrio más grande de Venezuela y el más peligroso. Curioso que desde esa zona hostil, veías la paz de Caracas a lo lejos, ella en todo su esplendor, como un pesebre a las faldas de la gran Ávila, como una caja de luces de navidad recién compradas.

El choque era inmediato, el barrio se te enfrentaba de pronto, con sus millones de casas, casitas, casotas, abastos, kioscos, licorerías, gente tomando la calle, música a todo volumen, motos, motos, MOTOS, mujeres en shorts bien apretados, hombres con bolsitos de lado y sin camisa, niños corriendo, niños abrazando las piernas de las madres que jugaban dominó y muchas cervezas en hombres, mujeres y niños.

“Salú, el mío”

Y yo, ahí sentada viendo a través del vidrio del carrito, como una niña que descubre algo nuevo. Nunca dejé de maravillarme por el contraste, nunca dejé de tener miedo, nunca dejé de mirar por la ventana.

A veces, de soundtrack había un reggaetón puyuo, otras veces salsa baúl, de esa bien lentica que te bailas arrecostándolo todo en la pareja, moviendo todo el cuerpo, mejilla con mejilla, cachete con cachete, boca con boca. Otras veces (raras) estaba el señor que escuchaba rock gringo, y te lanzaba un Aerosmith, Beatles y hasta The Doors.

Olía siempre a basura, recuerdo. Y me daba una mezcla de nostalgia y rabia que fuera así, porque no había saneamiento, porque a las personas no les importaba llenar de mierda los cantos de la montaña, porque nadie nos dijo que estaba mal, porque tampoco le puedes decir y así es el barrio.

Y entonces, después de 30 minutos de subidas y curvas, el carrito me dejaba justo en frente de la casa de J., ni siquiera era necesario cruzar.

“Pana, cóbrate dos ahí. Si va, gracias hermano, que tenga buenas noches. ¡Vayalo!”

Respiro. Me alivio. Llegué a casa.

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Lo que sentí cuando visité #Venezuela

Después de 2 años sin visitar a mi familia, esto fue lo que me pasó.

Me fui de Venezuela hace 2 años, y esto fue lo que me pasó cuando fui de visita.

El primer año que pasé afuera, ni siquiera quería pensar en volver,  no me hacía falta, capaz que ni tenía el coraje de visitar, quería seguir estando ciega ante la desgracia.

Pero este año, llegó de sopetón la oportunidad de comprar un pasaje más barato,  y se removieron todos los sentimientos reprimidos por 730 días. El verbo EXTRAÑAR se vino en mayúscula y a gritos, el dinero estaba disponible y de repente me hallé comprando pasaje y tomando el avión.

¡Qué miedo!

¿Pero para qué vas a venir? Fue lo que comentó mi papá cuando le dije que iba. “Aquí no hay nada para ti, no vale la pena. Esto está horrible”.

Yo no iba por oportunidades, ni por viaje de placer. Algo dentro de mí me decía que debía que hacerlo, por reencontrarme con mi familia, y conmigo.

Bienvenidos a Venezuela

El avión arribó. Las letras que un día daban la bienvenida al “AEROPUERTO INTERNACIONAL blah, blah” ya no estaban, quedaba solo la silueta sucia y empolvada de dolor y quiebre.

La montaña estaba SECA, las casas del barrio tenían los techos de zinc repletos de tierra (seca, insisto) y por ahí se divisaban un par de aviones, además del que yo venía.

Polaroid CUBE
Mar Caribe, Venezuela

El mar, no puedo negarlo, resplandece. Es el primero que te da la bienvenida con todo el color caribe y el sabor que recuerdas de esa Venezuela.

El mar es la ilusión de lo que un día fue, es la esperanza y el escape. La utopía.

Desde arriba, el azul se levanta, se vive y se hace contemplar. 

Ahí entiendes que #ElCaribeTeLoDa.

Luego que bajas del avión y entras al aeropuerto para esperar la maleta, todo ese azul Caribe se queda sin contraste. El gris es el favorito.

Ves gente con la cara baja, triste. Ojos llenos de dolor y rabia. Lo ves, no es algo que esté inventando.

El dolor está ahí.

Y te preguntas, ¿qué es lo que está pasando?

“Dios, por qué no forré la maleta, lo hubiese echo, ¿y si me roban todo? Es lo único que tengo, qué miedo. No, no me van a robar, va a estar todo bien, Sinay, relájate… Qué miedo 2 años que no venía, ¿qué se sentirá ver a mis padres de nuevo? ¡La maleta!, ¿por qué coño no sale? Aww, mi hermana debe estar gigante. ¿Por qué ese señor me ve así?, me voy a mover…”

Y el cerebro se vuelve un disparate.

730 días de espera para el reecuentro y no acreditas que está sucediedo. Tu gente traspasa la pantalla, quiebra el Skype, vacila la tecnología.

Ves a tu gente viva ¡y puedes tocarlos! (se me pone la piel de gallina del recuerdo) ¡Por fin una alegría en el aeropuerto!

Tatuaje, Gracias.
¡Gracias!

El corazón se pone a mil, las lágrimas de la felicidad se te salen solas y sientes que NECESITAS que ese momento dure para siempre.

 

Los abrazas, se salen las lágrimas, vuelves a abrazarlos, los besas, se te corre el labial, no te importa, los besas.

Y entonces, el color Caribe eres tú. Venezuela sigue toda gris.

¡Qué calor mi hermano!… Mi padre destapa una cerveza para mí, me la muestra y con una sonrisa a medias, me dice “Esta no se consigue, tuve que ir hasta Ocumare del Tuy para comprarla”

Y así comienzan mis infinitos 2 meses en Caracas.

La parte mala

De camino a casa, me entero de inevitable: “Mami, en casa no hay agua, espero que lleguemos y haya, para que te puedas dar un bañito. ¡Qué verguenza! -decía mi mamá-, no te podemos ni garantizar un buen baño”

INCREÍBLE que todo siga exactamente en el mismo lugar donde lo dejaste> tus vecinos, tus muebles, el edificio, el cuarto, los cuentos, todo.

¿Y cómo estás? ¿Cómo fue todo?

Y  antes de que hables, empiezan a florecer miles de historias en tu mente y todas las lecciones que aprendiste viviendo sola, empiezas a obviar los cuentos que tienen que ver con el supermercado, con las salidas en bici de noche, de las veces que fumaste marihuana, de las que volviste sola un día a las 3:00am caminando, de las casas de cambio, de la samba, de las veces que te quedaste sin plata y tuviste que rebuscarte, etc.

Quieres contarlo TODO, pero contexto Venezuela te lo impide y escupes: “Bien, chévere todo lindo allá” Y te sale una sonrisa más falsa que el saludo de la Reina Isabel.

La primera semana es de ensueño, todo el mundo quiere verte, pasan por casa, fiestas, reuniones, amigos, etc.

La segunda semana es la realidad. Empiezas a ver que falta la comida en casa, que los gabinetes no están llenos como antes, que tu vecina no tiene arroz desde hace tiempo y está buscando cambiar comida, que los niños del barrio están delgados, que tu abuela salió a hacer una cola de 12 horas para conseguir Harina PAN porque tú llegaste y ahora le duelen las piernas.

Y yo:  “Por qué boté ese arroz aquella vez, por qué en vez de ropa no me traje una maleta llena de productos para ayudar, por qué vine, estoy gastando su comida, por qué, por qué, por qué”

Escuchas disparos, escuchas que robaron a alguien en la esquina, no entiendes las pacas de dinero con la que tienes que andar para poder salir a dar una vuelta, ya va, NO EXISTE SALIR A DAR UNA VUELTA.

Y te da miedo.

Te da miedo salir, te da miedo hablar porque ya no sabes ni qué acento tienes, te da miedo leer la noticia, porque puedes encontrarte con que la nueva forma de secuestro en Venezuela tiene que ver con los familiares en el extranjeros, pues ahora son ellos quienes pagan la fianza del rescate. Te da miedo que tus padres salgan a trabajar porque pueden no llegar, te da miedo que toquen la puerta, te da miedo quedarte a las 8:00pm en la calle, miedo, MIedo, MIEDo, MIEDO.

MI-E-DO de salir, porque es caro, porque no quieres que te roben, porque no quieres morir. Tienes miedo de que alguno de tus vecinos le cuente a alguien incorrecto que vives afuera y cuando llegues en el bus que te deja frente a casa te roben porque piensan que tienes plata.

Y no tienes.

También da rabia. Rabia porque de todos tus amigos solo quedan 2 y uno se va. Rabia porque fuiste a buscar la bolsa de MERCAL y ni siquiera te dejan escoger los productos que quieres, porque ellos son los que te dicen qué comprar. RABIA porque la plata no alcanza, RABIA porque un día mi abuela llamó y dijo que no tenía nada para desayunar, RABIA porque tienes que conformarte con lo que hay, y punto.

… Y pensar que tú solo vas de visita, imagínate los que viven aquí.

“No consigo leche, no consigo arroz, no hay pasta, subió el precio de la harina, no hay harina, no hay, no hay, NO HAY”

Y ahí llega la tristeza… ¡Para qué coño, vine!

La parte buena

Polaroid CUBE
Pabellón Criollo, Venezuela.

Vine, por el amor.

Gente, el amor lo puede todo, el amor te construye, te da energía, te da el aguante, te salva.

En Venezuela, cada día es peor que el anterior, pero cada vez que ves a tu familia juntita, cada vez que te das cuenta de que estás tomándote un café con tu madre y hablando de la vida, cada vez que te asomas al cuarto de tu hermana y la ves ahí, viendo TV… El amor surge.

Y todo pasa.

En cada persona que ves, te reencuentras, en cada conversación que tienes con el otro, te escuchas. Pero no ves al “yo actual”, te encuentras con tu “Yo de antes”.

Y ries mucho. Porque las historias del pasado se hacen presentes.

Es que en 2 años pasan tantas cosas, que ya ese que se fuiste, dejó de ser ese, ahora es otro el que habla. Ahora eres Venezuela y eres otro país, eres el “chamo” y el “pibe, vos, majo, amigo, meu, bo,…”

Bahía de Cata. Edo. Aragua, Venezuela
Bahía de Cata. Edo. Aragua, Venezuela

¡Me veo los pies mamá! Fue lo primero que dije cuando fui a la playa, que ahora en pleno fin de semana largo está vacía, y playa sin gente es igual a AZUL CRISTALINO. Y piensas “Ya sé cómo se sienten los extranjeros al ver El Caribe, es maravilloso”.

Te conviertes en turista en tu propia casa, pides permiso para agarrar las cosas, te olvidas de dónde quedaron los cubiertos, te quedas en silencio cuando escuchas un nuevo modismo que no se usaba cuando te fuiste, eres el #foreveralone de la fiesta porque todos se saben la nueva canción de reggaetón, menos tú. Solo te queda subir la mano y reir.

Polaroid CUBE
Vista de Caracas desde Él Ávila

Admiras con más fuerza el Waraira… Porque es la montaña que siempre te cuidó, que te movió, que te quitó los pesares y también la que te los produjo.

La ves ahí quietita como la dejaste, haciendo su trabajo de darte el aire que estás respirando, y te dan ganas de llorar, porque quieres llevártela contigo, a ella, al mar que nos oculta y a todas las buenas personas del país.

A tener en cuenta

Si vuelves a Venezuela, llevate fuerza. Pídesela a tus amigos, compra en Mercadolibre, pídela prestada, mendígala… Porque la vas a necesitar.

Procura ser tu mismo, aunque les duela a todos. Porque ya cuando vuelvas serás otro, alguien con mucha experiencia, con muchas caídas y recuperaciones. Ellos también son otros. Aunque la esencia, sea la misma.

Deja de decirles a quienes están allá lo que tienen que hacer. Estamos grandes, cada quien sabe lo que hace o deshace. Deja a quienes están, quedarse, y a quienes se van, irse. Todos tenemos miedo, y el miedo es lo más democrático que existe.

Polaroid CUBE
Amigos+Waraira= Amor.

Y disfruta, disfrútalos a todos, abrázalos, quiérelos, míralos con los ojos aguarapados, míralos con sonrisas, observa, aprende, aprende y aprende.

Antes de irte, déjales toda la fuerza que te quedó sobrando, ellos la necesitan.

 

Mi primavera veraniega en Uruguay

Pocitos -Montevideo
Pocitos -Montevideo

Después de unos cuantos meses de frío intenso, llegó nuestra preciada y tan esperada amiga, la primavera. La excusa perfecta para comenzar a dejar los abrigos debajo de las camas y empezar a desempolvar nuestra ropa veraniega.

Durante los días de invierno, nuestra mente avistaba la primavera con días cálidos con viento frío, de modo que te imaginabas con un suéter de esos que disimulan tus ganas de andar en topless por la rambla, mientras disfrutas ese calorcito que te va alegrando el día.

Esta vez lo que pasó fue que la primavera no llegó sola, sino que se vino con el verano agarrada de la mano. Sin tarjeta de invitación previa y con un furor de días lindos que no para, este duo llegó para quedarse. En la realidad, cada estación se supone que debería asistir sola a los eventos; Primavera, rompió el pacto y llegó por dos.

La verdad es que después de andar a 7ºC no hay nada mejor que este calor de 30ºC para sacudirse el hielo de los huesos. Pero cuando no te lo esperas es como abrir la puerta de tu casa y de repente salir en el desierto del Sahara. Si estás preparado, lo afrontas con dignidad, si no, quedas con la cara derretida.

Esta será la historia de cómo vivo esta onda de calor y cómo percibo este paisito después de unos días fríos, largos y tristes -No, no fueron tristes, pero hay que exagerar-.

¡Aquí va!

Mi primavera en Montevideo

Desde que pasamos a la temporada de calor en el sur, no he dejado de ver sonrisas, abrazos, amapuches, chicos(as) ansiosos(as) de amores pasajeros, muchas piernas libres, muchas cervezas al aire y, por supuesto, mucho mate.

No les podría explicar todo el cambio que he visto en Montevideo y en su gente desde que el sol se convirtió en nuestro aliado. Si en algún momento les dije que en este lugar todo el mundo es amor puro, no les puedo contar cuánto amor veo en la calle en esta época del año. Ahora que el sol se puso de nuestro lado, la gente anda por allí tan amable como siempre con un extra recargado de color caribeño.

Uruguay está sacando ese lado latino que nunca vi en invierno, está escuchando esa música que nunca escuché y está invirtiendo esa energía que parece que no se detendrá por lo menos hasta la próxima helada.

Las bicis ya andan por ahí dando vueltas por las calles junto a sus queridos dueños sonrientes que viajan de un lado a otro sin costo, con poca ropa, mucha buena onda y una pequeña voz que piensa “en vez de gastarme el pasaje en ómnibus, me tomo algo” disfrazada de conciencia ecológica.

 

Rambla por Parque Rodó
Rambla por Parque Rodó

Los shorts muy muy cortos (valga la redundancia) ya se dejan ver por allí. Hay cierto orgullo en el cuerpo de mostrarse, estuvo mucho tiempo resguardado para la intimidad.

Mientras que en invierno todos peleábamos por sentarnos en un lugar donde el sol nos pegara directamente a los ojos, en primavera pasa que todos buscamos la sombra para que el sol no nos pegue directamente, irónico ¿no?

Algo muy particular del uruguayo es la necesidad de poner en contacto los pies con el suelo ¡Qué costumbre tan divina! La sensación que da poner los pies sobre la grama sin que nadie te juzgue o te etiquete te hippie es una conducta que ya se me había olvidado. No recordaba lo importante y relajante del acto hasta que lo viví aquí. Ese detalle que a veces pasa desapercibido porque no tenemos el tiempo o porque el país no es el indicado para eso,  dice mucho de nuestra forma de vivir.

Otro factor importante aquí es la música. La guitarra es como ese invitado que nunca puede faltar. Imposible estar en el parque o en La Rambla sin que alguien esté cantando. Yo pensaba que eso era cosa de hippies, pero Montevideo me reveló otra cosa y me dijo “Eso se llama felicidad”.

Ese instante de dedicarte a hacer exactamente lo que te gusta, mientras la brisa de la playa te pega en la cara y cantar sin que te importe quién está al lado, se llama ser feliz.

Rambla Punta Carretas. Atardecer divino
Rambla Punta Carretas. Atardecer divino

“Hacer lo que nos gusta” es la enseñanza de esta temporada. A veces, hace falta sentarse y disfrutar de un buen atardecer ( o amanecer); hace falta ver un poco más allá de nuestra satisfacción monetaria y empezar a andar por la vida como quieres vivirla. Yo no soy precisamente músico, pero me di cuenta que ahora cada vez que puedo me doy el lujo de hacer cosas que Caracas me había hecho olvidar hace tiempo.

La energía que trae consigo el sol y los días lindos es tanta, que es imposible que pasen cosas malas en primavera. Y es mi slogan de ahora: “tranquila nena, es primavera. Nada pasa por mal”. Así de hippie me puse en Uruguay, así de divino es Montevideo.

¡A gozar!

Miss Venezuela: La casa de la involución femenina

 Este texto es de una amiga, colega y compañera venezolana que se cansó del típico cliché de mujercita riquita operada y mente hueca que han impulsado las empresas de belleza y que ha comercializado la publicidad para definir a la mujer

Miss Venezuela -Mujer florero

Confieso que, en años anteriores, religiosamente me sentaba a ver el certamen de la belleza más visto y esperado en el país, con mi mamá y mi abuela. Comentábamos los vestidos –“¡Qué bello ese!” o “terrible ese, qué mal gusto” – las producciones musicales, las actuaciones de los artistas internacionales y, sobre todo, el mensaje que dejaba el evento ese año.

Por mensaje me refiero a si se elegía a la muchacha más preparada, inteligente y desenvuelta como representación total de la mujer venezolana, que para mi sigue siendo BELLEZA, TALENTO E INGENIO; pero, sobre todo, esas últimas dos.

Se puede apreciar visiblemente la decadencia a la que ha llegado este autollamado “magno evento de belleza”, que no es más que una pobre muestra de jóvenes hermosas – sí, hermosas –  que en general reflejan ese estereotipo de mujer florero; perfecta, que dice solamente lo que le indican y como se lo indican; que se esfuerza de manera sobrehumana para llegar a un peso y una talla ideal por el altísimo estándar de belleza que es ser, mínimo, 90-60-90.

El Miss Venezuela dejó de ser, hace muchísimo tiempo, el concurso de belleza que representa a una mujer venezolana promedio. Y ojo, que quede claro que una venezolana promedio es un ser extraordinariamente rico en viveza, perseverancia y picardía; eso somos.

Podemos tener la mayor fuerza de voluntad, levantarnos más temprano que cualquiera, hacer ejercicio, arreglarnos y estar listas y pulcras, como si fuésemos a ver a nuestra peor enemiga; comernos una Reina Pepeada y tomarnos una cerveza mientras vemos el Caracas – Magallanes. Eso somos, las mujeres venezolanas, las de verdad, somos más que el Miss Venezuela.

Por María Fernanda Montilla

 

Caracas, ya no da risa

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A pesar de los días cálidos

De las mujeres hermosas

De lo bien que se ve El Ávila a cualquier hora del día

Y de lo mal que se ve cuando llueve

Caracas es un mar de caras tristes.

 

Dicen que los Venezolanos somos alegres

Que siempre tenemos una sonrisa

Que no hay casa que no invite un buen café

Y que no hay residencia que tenga los portones cerrados.

 

Dicen que somos panas

Que somos chéveres

Que somos amables

Y respetuosos

Pero los adjetivos contrarios te rodean al salir de la casa.

 

¡Qué tiempos aquellos!

 

El caraqueño ha cambiado

Desde la ropa que usa

Hasta la sonrisa que se pone…

Si es que encuentra una sonrisa

O si consigue un motivo para sonreír.

 

 

La harina, el aceite y el papel

Los supermercados llenos

Las calles limpias

Y las tiendas de los centros comerciales fueron motivos de risa

 

Pero perder vidas diarias

El susto de salir en la mañana

En la tarde,

O en la noche

Ya no da risa.

 

Darle permiso a tu hijo para que salga

Y tener miedo de que le pase algo en casa del vecino,

En Altamira

O en Petare

Ya no da risa

 

Ir por la calle y sentir que se te para el corazón cuando te detiene un policía

O un malandro.

Porque ambos son la misma cosa

Ya no da risa

 

 

Ir en el Metro de Caracas viendo las bolsas de mercado de los demás

(Cuando antes eso era de mala educación)

Ver que la persona consiguió leche

Y empezar a amedrentarte a ti mismo por no haber buscado lo suficiente

Porque por tu culpa, tu hijo hoy no tiene leche

Ya no da risa

 

Recordar que antes tu sueldo alcanzaba para pagar todos los gastos

Y darte cuenta que ahora tienes que decidir entre pagar un colegio o hacer mercado

Eso, ya no da risa

 

Quedamos atrapados en la teoría de la felicidad,

De las referencias extranjeras

Y los textos de Wikipedia editados por última vez en el 2002

Quedamos pensando que el venezolano es feliz

Y sales a la calle viendo caras preocupadas,

Miradas ausentes

Eso, ya no da risa

 

Ya los caraqueños no sonríen,

Caracas tiene cara triste.

Y eso, ya no da risa.