El problema de la ciudad es que no la queremos

¿Cuándo vamos a dejar de ver el patio del vecino? Un manifiesto para volver a querer nuestras ciudades y adueñarnos de las calles

¿Cuándo vamos a dejar de ver el patio del vecino para darnos cuenta de que nuestra mata de mango está cargadita, o que tenemos flores nuevas?

Que la lavanda está de ensueño, y larga tanto olor que ni siquiera nos dimos cuenta de que el aromatizante de casa ya se había acabado.

Observamos de reojo, aquellas naranjas del árbol de Juan, y nos olvidamos que hace unos meses tiramos unas semillas de calabaza y dieron fruto.

Pasamos los días viendo Instagram, viajando a través de las fotos de otros, pensando cuándo será el día que visitemos tal o cual lugar, leyendo blogs inspiradores. Buscamos planes para ir a tomarnos una caipirinha frente a las playas de Brasil, atravesar el desierto del Sahara, sentir el olor de los pinos del bosque canadiense y cazar la luz boreal Noruega.

No es que esté mal, pero se nos olvida…

En la búsqueda de la aurora boreal, se nos olvidan la posición de las estrellas de nuestro cielo, pensando en la caipirinha, dejamos de saborear bien el ron, pensando en el té inglés con croissant, no le prestamos atención a la arepita con queso blanco y el café recién hecho que tenemos en frente.

Pensando en lugares civilizados y más limpios, tiramos la basura en la calle, o si la vemos, no levantamos ni una cajita de jugo. Pero nos encanta criticar la ciudad. Vivimos para decir que está todo mal y que queremos…

Quiero

Quiero

Quiero

Tú /Él/ella/ustedes, tienen

Y los pronombres en primera persona se conjugan con el verbo “Querer”.

… ¿Y qué tenemos?

¿Qué hacemos para que eso sea mejor?

La ciudad

Me fui a la base, la definición ¿Qué es ciudad?

Busqué en Wikipedia (una búsqueda muy precaria):

Una ciudad es un espacio urbano con alta densidad de población, en la que predomina el comercio, la industria y los servicios.

Aburridooo.

Pero continuo…

En el concepto religioso, tanto en la Alta Edad Media como en otros periodos como el Renacimiento y anteriormente al siglo XII, solo era ciudad la que dentro de sus murallas tuviera una catedral donde un obispo ostentase su propia cátedra...

Esto va cada vez peor.

Acá va otra

Una aglomeración de hombres más o menos considerable, densa y permanente, con un elevado grado de organización social: generalmente independiente para su alimentación del territorio sobre el cual se desarrolla, e implicando por su sistema una vida de relaciones activas, necesarias para el sostenimiento de su industria, de su comercio y de sus funciones.

Según Sinay, como el monte:

La ciudad, es un espacio amplio que refugia e identifica a una comunidad con valores e intereses comunes, que tienen la posibilidad de transformarlo para su bienestar colectivo, de manera que juntos habiten un lugar que les permita vivir en armonía entre ellos y su entorno.

La ciudad no es religión, ni son hombres, ni está totalmente apartada de la actividad agrícola. La ciudad  es de TODOS, pero nadie nos lo dice, a todos nos enseñan que le pertenece al Estado (¿con mayúscula?), así que nos convertimos en espectadores de un lugar que -se supone -nadie más conoce mejor que nosotros.

Y lo desconocemos.

Nadie nos dijo que podíamos hacer cosas por nuestra ciudad, no nos llegó el mensaje de la botella, el que decía que prestáramos atención, que agradeciéramos, que HICIÉRAMOS,  que pensáramos en nuestro entorno.

Nos pintaron el pasto amarillo, para que en vez de regarlo y cuidarlo, le diéramos atención al patio del vecino, porque está un poco más verde que el de nosotros, pero las rosas, están medio tristes. Pero como las nuestras están lindas, hacemos caso omiso al asunto y nos enfocamos en lo que NO TENEMOS: el pasto.

Total, rosas tengo.

Tener

Yo me enfoco en esto, porque me pasó a mí. Pasé años buscando más allá sin siquiera ver a mi alrededor las herramientas que se me  estaban presentando para mejorar.

Crecí convencida de haber estado en el tercer mundo, cuando ni siquiera sabía muy bien por qué lo calificaba así.

Me hicieron creer que no valía la pena aportar un granito de arena a un mar enfurecido.

Vi siempre para el otro lado del charco, vi siempre por el ojo mágico cómo le crecía el jardín al vecino en vez de invertir ese tiempo en ponerle agua a mis plantas.

Conjugué mucho tiempo el verbo “querer”.

Hay que volver a creer

Hay que volver a amar lo propio

Hay que hacer que nos duela

Y ver el patio del vecino, decirle los lindas que están sus plantas y no olvidar mostrarle las nuestras

Propongo

Sustituir el querer por el tener.

Hacer y luego evaluar

Y ver lo que tiene el vecino

Pedirle ayuda

Y HACER juntos.

Para vivir en esa ciudad nuestra, o la que elegimos para vivir.

Da igual, pero vuelve a querer tu ciudad.

¡Hola Buenos Aires!

Confiezo que estaba negada. Cuando veía al cielo solo me encontraba con edificios, ventanas, ropa colgada, algunas plantas, cajas de aires acondicionados, todo cerrado y tonalidad sepia.

Buenos Aires puede parecer un tanto agresivo viniendo de lugares como Cabo Polonio o mismo de Montevideo, debo advertirles que, si pasan de Uruguay a Argentina, tengan cuidado con el shock.

Ya me habían comentado, lo veía venir apenas salí del barco de Colonia Express, estaba todo como muy lindo allá en Uruguay… Las hojas de otoño cayendo en cámara lenta, la Rambla de Colonia brillante a más no poder, el pasto verde saturado, pajaritos cantando y niños en bici guiados por los padres.

Y, apenas sales del barco en “Capital”,  BOOM! 

El elevado de una autopista pasando justo encima de tu cabeza, una calle de dos vías al frente, un cruce que lleva a un lugar desconocido y oscuro. Ninguna parada de bondi. Ninguna señalización que diera alguna esperanza de una plaza cercana. Ni siquiera la cara del amigo que había quedado en esperarme estaba ahí.

Y mi modo venezolano se prendió:

“Sinay, tienes que poner cara de c*l0 ya. No estás en en Uruguay”, susurraba mi conciencia.

Así que fruncí el ceño, caminé a cualquier lugar con el corazón en la garganta, pensando que tenía demasiada cara de turista, que si la mochila, que si la cara de la gente…  Y a media cuadra, me di cuenta que estaba la sala de espera de la terminal. Entré.

Cuando llega la persona que estabas esperando, algo en todo tu ser hace FIUFFF! y te vuelve la confianza, dejas de sudar y tu sonrisa empieza a asomarse. Lo bueno de la emigración venezolana es que es probable que ahora tengas conocidos en cada ciudad del mundo.

***

Edificios a la deriva, Buenos Aires, Arg

Confieso que estaba negada. Cuando veía al cielo solo me encontraba con edificios, ventanas, ropa colgada, algunas plantas, cajas de aires acondicionados, todo cerrado y tonalidad sepia.

Caminaba y miles de personas corrían, tratando de llegar al subte o tomar el bus, millones de celulares en las manos, ojos perdidos, caras de conductores cansados de la rutina, bofetadas de bocinas, tráfico, semáforos, rápido, express, ya.

Ahí estaba yo, con mi lentitud de siempre en medio del caos, el cemento y las recalcadas madres que los parieron, como me dijo el tipo del almacén.

Respiro, extiendo mi mente, abro mi cabeza y junto a mis sentidos empiezo a buscar las cosas lindas y las encontré:

Vi los rieles del tren con las hojas de otoño haciendo un túnel natural, vi personas disfrutando de su tiempo libre en el parque, las lucesitas de colores de Plaza Serrano, sus tarantines de feria y el cambio drástico de los bares que prestan sus espacios, se transforman en tiendas y amplían las opciones del evento.

Vi gritos de amor en algunas calles, ruedas de la fortuna brillando en centros comerciales, personas besándose a orillas del Delta de Tigre. Vi abrazos a costados de los árboles, a mis amigos sonriendo al recibirme tratando de buscar lugares que puedan gustarme.

Vi muestras de arte plasmadas en camisas, escuché el poder de las percusiones de La Bomba del Tiempo mezclándose entre el rock argentino y la vida africana. Escuché la pasión por el fútbol entre indicaciones para dar una dirección.

Me perdí muchas veces, pagué dos veces el mismo bondi sin darme cuenta. Caminé con la seguridad de quien va a un lugar desconocido. Escuché a los vendedores ambulantes de trenes que pasan de un vagón a otro respetando los tiempos entre sus compañeros y repitiendo el mismo discurso para ganarse la vida.

Se me acabó el saldo de la SUBE a mitad de la noche y tarde en encontrar un lugar para recargarla. Admiré la belleza de la librería El Ateneo y el ruido del centro comercial grafiteado que no recuerdo cómo se llama.

Me vi caminando en la ciudad de la furia, sin tango, sin paseos turísticos. Voy entre los mortales porteños, como una más entre la multitud.

¿Quiénes somos en ciudades furiosas?

Nosotros

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Y si llueve, ¿qué hago en Cabo Polonio?

Recuerdo charlar con varios clientes que, entre cara larga, me comentaban que habían escogido el peor día para visitar el lugar y me pedían recomendaciones para hacer “algo” entretenido a pesar de la lluvia, porque las opciones son pocas y la playa, para ellos, solo era posible con sol (continua)

Yo trabajaba casi todo el día y parte de la noche en Cabo Polonio, mis distracciones estaban enfocadas en lavar tazas, vasos, levantar desayuno tipo bufete, atender al público, limpiar, charlar, leer el horóscopo los lunes, tomar mis horas de descanso para dormir o leer y quizás, de noche, dependiendo de la lluvia, salir a tomar algo después del trabajo. Daba igual si era soleado, nublado o lluvioso.

Recuerdo charlar con varios clientes que, entre cara larga, me comentaban que habían escogido el peor día para visitar el lugar y me pedían recomendaciones para hacer “algo” entretenido a pesar de la lluvia, porque las opciones son pocas y la playa, para ellos, solo era posible con sol.

Sinceramente, nunca tuve una respuesta convincente ante las quejas, pero insisto, la lluvia es muy disfrutable.

  1. Razones banales: Te recuerdo que eres de los pocos que tienen el privilegio de estar en ese lugar (porque es caro e inaccesible para muchos), y además, te convertirás en alguien más exclusivo ¿Por qué? Porque a todos les tocó el sol… Pero tú, tú caminaste entre las dunas sin que se te hundiera el pie, te metiste en la playa y te mojaste el doble, ya  el mar alborotado de olas y no necesitaste de sombrilla y un bloqueador para disfrutar. A ti no se te quemó la piel del sol, ni te encandiló el brillo del mar.
  2. Razón verdadera: ¿Qué hay de malo con la lluvia? Al final, la idea de “vacacionar” es el descanso.

La magia de la lluvia, es que puedes tomar hábitos que tenías olvidados desde hace un tiempo, ¿desde cuándo tienes el libro dando vueltas en tu mochila sin leerlo? ¿Desde cuándo no te tomas un café o un té viendo el mar? ¿Desde cuándo no tienes una buena charla con el soundtrack de gotas de lluvia?

Olvidemos un poco ese ideal que nos fue impuesto, ese que tiene que ver con sombrilla, el bloqueador, sombrero, cerveza y lentes de sol, sugiero que los amoldes de acuerdo a la realidad. Y si llueve, sustituye la sombrilla por el living de casa, el sombrero por la ventana por la que verás el paisaje, la cerveza por un café o un vino y los lentes de sol por el libro que habíamos hablado, o mejor aún, ¿por qué no cerrar los ojos y soñar?

*Por cierto, ¿anotaste tu último sueño?*

Si vas por un día, puedes tomarte algo en Lo de Dany (aceptan tarjeta), a La Perla, si quieres comer algo increíble y tener una experiencia cómoda, o en Si Supieras, si quieres que te atiendan bien y comer comida casera, sana y deliciosa… No desperdicies las tardes de té.

Si te quedas en un hostel, aprovecha y conoce gente nueva, prende una estufa, conecta, colabora, pregunta las leyendas del lugar.

Si estás en un rancho solo, retoma y valora el tiempo contigo mismx, descansa, aprovecha el día libre.

Si estás acompañado por amigos, disfrútense. Rían, beban, coman y amen.

Si estás con tu pareja, practiquen para lograr la mejor cucharita que puedan.

Es simple:

No hagas nada.

¿Desde cuándo no lo haces?

Y si quieres hacer algo, te dejo esta frase del libro Voces del Desierto que dice:

La mayoría [de los humanos] se muere sin saber qué se siente al estar desnudo bajo la lluvia.

Cuando llovió, yo hice esto y sobreviví.

También puedes leer la historia completa sobre ese día.

 

P.D.: Si ya fuiste al cabo, deja un comentario y sugiérenos algo, ¿qué hiciste/harías en un día de lluvia? Me encantaría que compartiéramos sugerencias :)

¿Cuando fue la última vez que viste un atardecer con los ojos cerrados? 

Te invito a ver tu primer atardecer con los ojos cerrados ¿Qué ves? ¿A quien ves? ¿Qué observa tu cuerpo?

Playa Sur, Cabo Polonio- Uruguay

Atardecer

Ya vienen los últimos suspiros del sol, el azul del mar se va cambiando a tonos rojos y naranjas, las nubes hacen fiesta alrededor del sol y hacen del horizonte su pista de baile… Está sereno, las olas se balancean como bailando un bolero y la espuma rabiosa de las olas desaparece,  porque el día se despide.

Mis pies, aferrados a la orilla de la playa, sienten el roce de las olas que ahora se encompinchan con la arena de para hacerme cosquillas. Los grumos saltarines que surgen del contacto mar-tierra me da gracia y me hunden poco a poco para que no me mueva.

Ahora tengo los pies enterrados, la piel húmeda, el culo mojado porque recién acabé de orinar y sensible, porque estoy menstruando.

Hay una brisa que se viene levemente para envolverme con una manta anti humedad y lo agradezco.

¡Ah! El sol.

Ahí está, frente a mi. Lo sé porque siento su reflejo y su calor, lo se porque entre mis párpados cerrados hay un color rojo intenso, ¿será que la ceguera tiene color?

Observo el atardecer desde la piel y con el viento de verano que me arropa, lo observó desde mis pies enterrados en la arena recibiendo golpecitos de agua caliente del Atlántico ¡qué placer!

Observó el atardecer escuchando el vaivén del agua,  también escucho los murmullos de los turistas que están detrás de mí, escucho risas a lo lejos, a un chico tocando una guitarra en el fondo, el sonido de haber destapado un termo de mate para cebar la ronda el chapoteo mal encarado de alguien que acaba de clavarse al agua.

Suspiro.

Abro los ojos, una nube se interpone en el horizonte y marca una nueva puesta de sol. El cielo ahora es violeta y veo la silueta de dos humanos haciendo Kayak, típica postal de verano.

Cierro los ojos.

Me llevo los brazos a la cabeza y entrelazo los dedos de las manos justo en la nuca, arqueo la espalda y me estiro junto con una bocanada de respiración profunda.

Hay un silencio colectivo, con excepción del mar, que siempre tiene algo para decir. Siento que el frío se incrementa y que el sol debe estar por irse… ¿Me veré muy ridícula viendo un atardecer con los ojos cerrados?  No los puedo abrir, no quiero.

Amaría que mi familia estuviera conmigo, me lo imagino, los veo sentados en la arena riéndose y tocando maracas, sonrío.

Mis párpados ahora ven colores opacos, abro los ojos. El sol ya no está…

Y mi familia tampoco.

Bueno, cada uno ve el atardecer que quiere ¿Cuál es el tuyo?

¿A qué casa vuelve un inmigrante viajero?

“Narrar un viaje de regreso”
Después de 6 meses en Brasil y uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

Tuve mucho tiempo desconectada de la escritura sentimental, esta que me mueve y que me lleva a hacer que tú/vos vibres y me cuentes qué sentiste con este montón de palabras que tiro acá en el blog.

Al menos es mi intensión.

Para reconectarme con esta maravilla que es el papel y el lápiz o el teclado y los dedos, revisé mi última lección del taller de escritura de viajes con Norte de Papel. En realidad, terminó hace unas semanas (me parece que un mes), pero yo no le quería dar fin. En mi escritorio de la computadora, veía el PDF pidiendo a gritos ser leído y yo lo ignoraba abriendo Google Chrome.

Hasta que en estos días, lo leí y ¿a que no saben de qué hablaba? 

“Narrar un viaje de regreso”

Vibré.

Ya sabía que había algo extraño en este nuevo regreso a Uruguay. Fueron 6 meses curtiendo otras tierras, masajeando otra moneda, oliendo otros vientos.

¿Cómo narramos un viaje de regreso? Dicen que el alma tarda muchos días en volver. El cuerpo llega a Estambul y siente una especie de delicia en las mezquitas y en las formas a contraluz pero el alma es rebelde. Ella sigue en el departamento de cortinas rojas en Roma(…)

Siento un cosquilleo desde los dedos hasta la punta del cabello. Y a medida de leía, me daba cuenta de que en realidad mi alma no había regresado del todo a Uruguay. Como que estaba llegando fragmentada.

Descubro.

¿Dónde está mi alma? ¿Cuándo regresé? ¿Qué siento?

***

Tengo un defecto: no hago planes. Puede ser que muchos lo vean como la mejor forma de vivir la vida y estar a plenitud, pero en realidad, esta fase solo funciona cuando perteneces a un país normal que te recibe con la casa de tus padres esperándote puertas abiertas con comida calentita.

Como soy inmigrante, me tocó volver a una casa que no es mía, a un país que tampoco es mío en un momento que quizás era -o no-el adecuado.

Después de 6 meses en Brasil y  uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

De Brasil a Venezuela, de Venezuela a Brasil

¡Puaj!

Tenía 2 años sin volver a Venezuela hice un post con todo el detalle de lo que sentí al volver, pero me parece necesario repasar esa emoción de nuevo.

Después de que te vas de tu país, dejas un poco de “ser” y te transformas de una mezcla entre lo que eras y tu nuevo yo. El proceso de adaptación te hace ver otras cosas. Cuando eres inmigrante y Venezolano la vida se pone un poco complicada, hermosa, tormentosa, dramática, nostálgica, increíble. Vives cada momento como algo totalmente nuevo, es un cambio radical de vida. En mi caso, lo mejor que puede pasar.

La nostalgia siempre está, el verbo extrañar se pasa de vez en cuando para sacarte algunas lágrimas. Y cuando llega el momento de volver a esa vida que dejaste…  resulta que es

in-cre-í-ble-men-te difícil.

Porque cuando lo enfrentas, la emoción del reencuentro dura unos pocos días. Después que pasa el furor de la fiesta de bienvenida y todos vuelven a sus vidas y tareas cotidianas, te despiertas de la realidad y observas que nada cambió.

Todos siguen haciendo lo mismo, tu “casa” está igual, tus padres, tus amigos, tus vecinos. Algún que otro cambio táctico de casamientos, hijos, etc., y tú ahí siendo testigo de este acontecimiento que es la nada. Con una mochila de historias, personajes, viajes, comidas, cuentos y sentimientos que quieres cantar a vox populi, pero no lo haces, porque: a nadie le importa, es delicado y, sobre todo ¿cómo lo explicas?

Tu casa, siempre va a ser tu casa. Pero cuando migras y vuelves te preguntas  ¿Dónde estoy? ¿Es esta mi casa de verdad? ¿Dónde esta Uruguay (mi caso)? ¿Dónde están las historias para contar? ¿Por qué no pasa nada nuevo?

Disfrutas a tu antiguo modo, cosntruyes lo que eras. Lo haces con amor y cariño y guardas las vivencias para cuando vuelvas ¿a casa?

***

Volví a São Paulo. Para el final de mi viaje en Caracas (léase que no había vuelto a casa, fue un viaje) ya estaba debatiéndome entre la dicha de la entrega familiar y la duda ante lo nuevo que me esperaba en Brasil.

¿Cuál es el polo opuesto de la zona de confort? Ahí estaba yo.

Volvía de un viaje sagrado, interno y lleno de amor familiar rumbo al desconocimiento.

Me arriesgué.

***

Salí un día nublado de Vila Mariana en São Paulo. Me despedí con una felicidad dudosa, como incompleta. Todavía no me había aburrido del “Bom dia” al levantarme; aún no me había cansado de ver la amplitud de la Av. Paulista, ni me había tapado las orejas al escuchar “Bom dia moça! Você precisa de alguma coisa? Todo a um real, todo a 1 real!!!” de los vendedores de la feria de los miércoles.

¿Por qué me tenía que ir? Aún mi cuerpo no tenía tanta celulitis como para dejar de comer pastel  de feira ni pão de queijo; el

Polaroid CUBE
Sao Paulo vista desde el Edif. Italia

smog no había saturado tanto mi nariz ni mis ojos. ¿Y si se me olvida cómo se ve SP desde el Edif. Italia? Déjenme ver otra vez esa selva de cemento desde las alturas, al menos para reiterar por qué me voy.

 

Hasta hace unos días me ardía el cuerpo de aquellos domingos de Rodas do Samba en Vila Madalena, ahora que recuerdo, se me enfría la mano creyendo que aún sostengo la cerveza Original de medio litro, la que bebí de a pico un día y un señor me dijo que eso “estaba mal visto, porque solo lo hacían las personas ebrias o las putas”.

No me dijo “putas”, pero casi.

En mi pueblo, se toma de a pico ‘e botella, señor. Lo siento.

Camino por Palermo y aún siento la presencia de los edificios de 20 pisos de alto, a pesar de estar rodeada de casas viejas increíbles. A veces me asomo a la puerta de casa y siento que ahí va a estar el árbol de flores de primavera que tenía en mi “casa” en SP, el de flores moradas radiantes que estaba apresado entre una cerca, un cableado eléctrico que hacía arder la vista de solo mirar y el edificio de ventanas minúsculas.

Aún me pregunto por qué la gente vivía en aquel edificio nefasto, ni siquiera podían asomar la cabeza en la ventana.

Pero ese árbol, le daba vida a toda la calle.

A veces, me levanto y escucho la voz de An. hablándome de su hija, de su nieto que está criando, de su madre desaparecida, de ella, del café que había hecho R. “Nossa que ruim que esta este café!”

Ahora tengo la bici y tengo sed de recorrer el Ibirapuera, aunque lo hice a pie. Pero no es lo mismo.

¿Qué habrá sido de todas las caipirinhas que no me tomé? ¿Y de los millones de lugares que nunca visité? ¿Me estarán esperando? ¿Querré ir?

Ahora voy en el ómnibus vía La Unión en Montevideo. A través de la ventana veo la calle, toda gris, con los árboles secos y “palúos”, la gente con capas de abrigos, a pesar de que no hace tanto frío y la nadie misma en las aceras, porque somos 1 millón y medio en la ciudad.

Me da gracia, porque esta imagen también me lleva a mis días en el Metro de São Paulo, y me doy cuenta de que el metro no lo extraño ni un poco, qué triste ir de un lugar a otro sin poder ver por la ventana.

Lo que sí extraño es el contenido: el olor a café con leche y pão de queijo (tengo una obsesión), la diversidad de culturas, idiomas, colores de piel, de géneros, estilos y formas.

Me encantaba ver a las chicas con labial violeta, azul o verde a plena luz del día. Las cabezas con cortes radicales, rapados, diseños, y colores diversos. Pero sobre todo, me encantaba ver a la gente tocándose sin miedo. Amaba cuando los homosexuales se besaban y se arrecostaban todo en medio de las puertas de salida y ni una mirada extrañada subía la ceja.

Impensable en Caracas. Impensable en Montevideo.

Éramos todos fantasmas, en una sociedad de 20 millones de habitantes.

Polaroid CUBE
Fantasma de S. en Vila Madalena

Ahora que el bus pasa por un shopping, agradezco no haber invertido tiempo en los de SP. Era como entrar a una ciudad dentro de otra ciudad. Como matrioska.

¿A dónde se fueron los graffittis? ¿Dónde están esas tipografías valiosísimas que dan identidad a la ciudad? ¿Y la saturación de color? ¿Dónde está el arte abarrotado por todas las esquinas? ¿Y el amor?

Me levanto.

¿Por qué todos me ven? Y recuerdo haber atravesado mil almas apresuradas en aquella ciudad furiosa, sin mirarnos, sin sentir al otro, sin observar.

¿Extraño?

Recuerdo que mientras estaba en SP pasé horas, días, momentos, pensando en La Rambla, en mis amigos/familia, en CreativeMornings, en la tranquilidad, en la vida que había construido acá, en la naturaleza, en la magia de Montevideo.

Me fui de Brasil un día nublado y regreso a Uruguay un día de lluvia constante, la que limpia la tierra y el cuerpo. El paisaje de cemento ahora era un campo de futbol natural con vacas.

Vuelvo a un lugar que conozco bien, que siento mío, pero no lo es ¿o sí?

De nuevo, vuelvo a un país que no es mío, a una casa que no es mía, a una nueva vida inmigrante.

Siempre he sido inmigrante.

***

Regresé y veo aquellos restos de lo que fui, escucho las risas que compartí y seco lágrimas que derramé quién sabe por qué, por quién o cuándo.

Me observo en la ciudad, la siento y la saboreo.

Me gusta encontrarme en esas esquinas conocidas y tomar una pieza de lo que fui para juntarla con lo que soy para recordarme.

Como decía M., en Norte de Papel: cuando vuelves, hay que hacerlo despacio, hay que comer liviano y dejar que el cuerpo arranque cuando pueda. Sin forzar nada.

Hay que dejar que pasen algunos días, cerrar los ojos, respirar, sentir el aire y el nuevo lugar que ahora te rodea.

Yo sé que volví, pero no sé si volví a casa, no sé si tengo una o tengo muchas. No sé si algún día voy a regresar, porque en mi intento de “volver a casa”, siempre vuelvo a lugares ajenos. Conocidos, sí, pero ajenos.

Y cuando ya siento a MVD como mía, me toca irme de nuevo.

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Cabo Polonio, Uruguay

¿Será que algunos nacimos para ser eternos inmigrantes?

Quiero leer sus regresos.

 


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2 años esperando volver a Venezuela y perdí el vuelo

En mi taller de Escritura de Viajes hablamos de los No-Lugares.

¿Qué es un No Lugar? Un espacio por donde transitas. Es el estar, pero no.

2 años pasaron desde que no veía a mi familia y cuando tomé la decisión de volver a verlos, perdí el vuelo y me quedé varada en el Aeropuerto Intercancional El Dorado en Bogotá.

Por suerte, tuve la desgracia de sentirme tan mal que lloré a cántaros, desconsolada, privada, avergonzada de lo que acababa de pasar, porque ya mi familia estaba en el aeropuerto esperándome. Y digo “por suerte”, porque yo era uno de los personajes que dan vida a los no-lugares, sin duda.

Me vi. Me vi llorando en cámara cenital con luces pálidas y miradas de condolencia a mi alrededor.

Me vi reflejada en los ojos azul celeste de la señora que estaba detrás de la ventanilla de Avianca, tratando de hacerme entender que no podían hacer nada, que debía volver a pagar para salir de esa pesadilla.

Me vi en los ojos de la señora de al lado de la ventanilla, que me observaban con discreción y pena, porque mi boca exclamaba que eran los últimos 100usd que tenía en el bolsillo.

Me escuché en el “acabas de perder el vuelo” de la aeromoza que anunciaba otro vuelo.

Me sentí en sandwich de Subway que me compré, el que pedí vegetariano y me dieron con sabor a dolor, a menos dinero, a miedo.

Me sentí en el aire frío de atardecer en Bogotá. Me sentí en el equipaje pesadísimo que cargaba encima, en las notas de voz de mi mamá que me decía “ya pasó, mañana nos vemos”, en las 24h que faltaban para que yo pudiera verlos de nuevo.

24 horas que pasaron tan lento como 2 años.

Hasta que encontré un pedacito de aeropuerto que se transformó en lugar. Mi lugar. Un rincón que pasaba desapercibido si no girabas a la derecha de la entrada y seguías hasta el final, después de la agencia de viajes. Bien al fondo.

Mi lugar eran 5 sillas que terminaron siendo sala de cine, comedor, cama y tiempo de espera. En ellas percibí todas las facetas del cielo “rolo”, allí vi todos los colores que pasaron entre el azul cielo y el negro noche. Incluyendo los violetas, rojos, naranjas y verdes de entre medio.

El lugar que me decía que estaba entre Colombia y Venezuela. Pero que me mostraba Colombia. El lugar que me calmó la ansiedad con las montañas de enfrente y olor a lluvia. El lugar en el que pasé frío a media noche y el que me dio la bienvenida con el amanecer.

El lugar en el que escuché a otros personajes, como el guardia que habló con su amante y su esposa, prometiéndoles el mismo amor. Y el otro guardia que se reía al ver a la señorita de limpieza.

También me mostró la felicidad de la pareja gringa que fue junta al baño, y el hombre que estaba buscando dónde conectar su teléfono para cargar y me mostró que el aeropuerto no tiene lugar para el “batería baja”

Vi desde ahí, cómo la fila del check-in iba disminuyendo, vi a las señoritas de las aerolíneas bien maquilladas y peinadas, mostrando una sonrisa hasta el final de su turno. Vi las luces encendidas y apagadas, vi el día y la noche, la felicidad y la nostalgia de los que se despiden.

Vi y viví. Hasta que se hizo la hora, bebí un café Juan Valdez increíble que me devolvió el alma y me fui, hasta mi otro próximo lugar.

Polaroid CUBE
Volando Colombia

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En mi maleta llevo: cotidianidad

Viajamos, pero ¿Qué es lo que conservas de ti? Porque, los lugares cambian y nosotros somos, en esencia, los mismos.

Otra vez mi curso de Escritura de Viajes rompiéndome la cabeza. Esta vez con un ejercicio sobre la cotidianidad en los viajes.

No me voy de la ciudad si no tomo un café en un sucucho.

“Con leche, por favor”.

Observo, busco los puntos en común con los lugares que ya visité, escucho. Veo hacia arriba, mucho. Busco el edificio más alto, la noche más oscura, el cielo más azul, las cortinas cerradas, las ventanas abiertas.

Eso lo hago en mi casa, en la casa del otro y en los otros planetas por los que mi imaginación se pasea.

Busco la puesta de sol así tenga que escalar hasta las nubes. Descalzo los pies con cualquier pedazo de verde, respiro el aire, el humo y la comida.

Siempre me cepillo los dientes de mañana, en la tarde ya me da pereza. Compro el mismo shampoo, no importa dónde esté. Busco el mismo splash de vainilla, porque los olores florales me caen mal. No falta el café con leche casero, la avena ni las berenjenas en mi dieta.

Conservo mi timidez así vaya al lugar más buena onda del mundo, también conservo mi sombrero de paja y mis bolso Jeansport que, aunque cambie de trama, no cambia de forma. Y dentro de él, siempre hay basura.

Si es gratis voy, si no es gratis, debe valer la pena para que vaya.

Voy y vengo siempre en automático, pero entre el “auto” y el “mático” me despierto. Observo, pienso, resuelvo.

Y vuelvo. A caminar despacio, porque no tengo otro ritmo, y a llegar siempre tarde, porque sigo confiando en mi pésimo sentido del uso horario.

Viajamos, pero ¿Qué es lo que conservas de ti? Porque, los lugares cambian y nosotros somos, en esencia, los mismos.

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