NOCTILUCAS en Cabo Polonio, uno de los tantos fenómenos que explican el #UruguayTeQuiero

Buen día,

Me gustaría hacer una reserva para una habitación doble, pero antes quería saber si es posible que me digan cuándo habrá noctilucas, pues mi novia nunca las ha visto y me gustaría darle la sorpresa.

Gracias,

Fulano de tal.


Después de haber hecho una caminata magistral desde la playa norte a la sur, atravesando las dunas y bordeando el bosque de Cabo Polonio, vuelvo al pueblo sobre el atardecer y,  justo cuando estaba entrando a la Av. Ppal, veo una figurita menuda girando la cabeza cual ventilador, con los ojos desorbitados y la sonrisa congelada… Era M. 

M., es un personaje menudo y fino como una varita de terciopelo que camina como flotando, siempre con una mochilita a la espalda.  De esas personas que cada vez que las vez tienen una nueva lista de reproducción de palabras suburbanas y cuentos increíbles. 

Era la primera vez venía al cabo y había comenzado con el pie derecho al haber tomado el mejor puesto de todos: arriba del camión, en la esquina. Le hago señas con la mano desde la colina del puente de los gemidos y sin más que un par de miradas a distancia ya nos habíamos ubicado.

¿Qué se podía hacer en Cabo Polonio a las 5.30pm con una persona que nunca había venido?

Ir al sillón de la sur.

El “Sillón de la Sur”, es una formación natural de rocas que para ser un sofá solo le falta el acolchado y un par de almohadones. Es el living natural de la playa, que cuenta con vista HD al atardecer más increíble, brillante y colorido que vas a ver alguna vez en la vida… También tiene otras funciones, algunos suelen sentarse a ver la puesta de sol, beber, charlar y, dependiendo de la hora, el tipo de charla y la bebida, se presta para encuentros más carnales.

Y si te invita un poloniense, es el truco para enamorar a cualquier turista.

En nuestro caso, solo íbamos a ver el atardecer.

Como guía turística me muero de hambre, pero me encanta hacer el show e intentarlo, aún cuando sé que siempre me olvido de cómo llegar al lugar o cómo se llama… Menos mal que entre la búsqueda del sillón, M. Linn, la autora de la foto de este post, escuchó mi voz y saltó de la nada con un “¡qué haces Sina!” y no quedé tan desubicada.

La tormenta del día anterior había dejado el mar impetuoso, fuerte. Me sorprendió la cantidad de agua que sostenían las olas para formarse y la espuma que soltaban al romper, que por cierto estaba blanquísima, y quedaba regada por toda la zona rocosa como dientes de león entre el barro.

El sol bajaba tranquilo, marcando el paso del tiempo sin apuros, perfecto para disfrutar a plenitud de su despedida. Vimos con claridad cómo esa bola de fuego inclemente, de repente perdía la intensidad, y el amarillo se tornaba naranja, y el naranja en rosa eléctrico -para ese punto podíamos ver la silueta del sol perfecta-, para luego desaparecer.

En contraste, el cielo pasaba de azul a violeta. Vimos el rayo verde de Cortázar, pero no nos enamoramos de nadie. Vimos las nubes naranjas nítidas navegando cual barcos flotantes. Y, de un momento a otro, ya veíamos chispear las primeras estrellas.

M., no había visto un atardecer en un par de meses así que en el proceso enmudeció y ahí nos quedamos en silencio, sentadas en el mejor lugar del Cabo, observando y apreciando el momento sin siquiera mover un dedo ¡qué lindo poder ver este fenómeno sin pensar en el celular, y qué importante que es vivirlo!

Quedamos ahí, mutando, quién sabe por cuánto tiempo, para cuando reaccionamos, Linn ya se había ido. 

De repente, un rayo flúo azul apareció entre la ola.

¡Marica, NOCTILUCAS! Grité. No, no. No puede ser, me respondí. Seguro es una linterna que justo hizo reflejo y se vió así.

1 min después. Otra chispa flúo.

M., dice ¿viste eso? ¿Esas son noctilucas?

No sé, le respondí. Ya había visto noctilucas, pero nunca las vi tan cerca, tan iluminadas, nítidas y tan sorpresivamente.

Observo directo al mar, justo donde se formaba la ola, me voy al detalle:

Vi cómo el agua se juntaba para formar una masa corpulenta, altísima y masisa. Minusiosamente detallé ese instante en que la gran masa, pasó a tener forma de ola y formaba un tunel de agua natural. (¿¡cómo me había perdido antes de este proceso tan hermoso!?) y ahí, entre medio del cuerpo de la ola y la cresta de espuma, allí entre la nada y el todo, apareció una serie de luces azul flujo que permanecieron prendidas hasta que la gravedad y la fuerza del mar hicieron que rompiera. 

¡SON NOCTULUCAS, SON NOCTILUCAS! gritábamos.

Las noctilucas son dinoflagelados (una especie de alga), organismos unicelulares que miden alrededor de un milímetro y que se alimentan de plancton vegetal. Como la mayoría de los organismos bioluminiscentes, emiten brillo como resultado de una reacción bioquímica: el oxígeno oxida una proteína llamada luciferina y el ATP (adenosín trifosfato) proporciona energía para una reacción que produce agua y luz.

Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no lloré. El impacto y la adrenalina  me provocaron dar un salto y junto a M., comenzamos a saltar sin parar abrazadas, girando sobre nuestro propio eje, riendo a carcajadas, felices, incrédulas.

Reparé que ni siquiera era totalmente de noche, la luna estaba creciente y con tanta luz que veíamos nuestra sombra,  y aún así seguíamos viendo aquellas lucecitas flúo nacer entre la cresta de la ola.

Para cuando volteo la mirada hacia la costa, las cientos de olas que iban a reventar a la orilla, iban cabalgando campantes con sus crestas azules en movimiento. 

¿Somos las únicas que estamos viendo esto? Preguntó M.

Algunas familias habían salido de sus ranchos para averiguar el por qué de los gritos, pero estaban tan encandilados por la luz de sus casas que los veíamos salir y entrar de nuevo sin entender nada de lo que estaba pasando.

Parece que sí, dije. 

El motivo por el que estos organismos gastan su energía en producir luz es aún desconocido. No poseen órganos sensibles a la luz, por lo que no pueden percibirla como una señal. Existe una hipótesis según la cual se iluminan para exponer a sus depredadores a la vista de peces más grandes y así deshacerse de ellos.

Foto de Guzman Infanzon.
Foto de Guzman Infanzon.

Estábamos en medio de un cuento de hadas, éramos las sirenas entre las rocas, rodeadas de un fenómeno que nunca se sabe cuándo va a pasar, que no está en cualquier parte del mundo y que, además estaba sucediendo con luna y al final del atardecer.

¡Nos sentimos tan afortunadas! ¿Sabes cuántas personas ni siquiera han visto el mar? Quienes lean este post seguro que hasta estarán aburridos de hacerlo, pero somos minoría. Y además, ver el mar junto con este fenómeno galáctico, es… Galáctico, mismo. 


El mail de Fulano de tal, llegó un día antes de que aparecieran las noctilucas. Cuando la recepcionista nos contó, reímos todos a carcajadas, ¡era imposible saber eso! 

Pudimos haberle mentido en juego diciéndole que al día siguiente iba a poder ver las noctilucas, pudimos haberle dicho que viniera igual, que nunca se sabe, si Fulano no hubiese dudado, pudo haberle dado la sorpresa a su novia.

Pero Uruguay es así, una incertidumbre. Una caja de pandora que va revelando sus misterios cuando quiere, no cuando lo buscas. Por eso hay que tener los ojos abiertos, estar atentos y no esperar nada, porque las cosas increíbles de este paícito llegan solas.

Nunca duden. 

#GraciasUruguay, te quiero. 

Foto de Guzman. Cabo Polonio. Luces de mar, Valizas y Punta del Diablo.
Foto de Guzman Infanzon. Cabo Polonio.

* Los datos sobre las noctilucas los copié de acá

¿A qué casa vuelve un inmigrante viajero?

Tuve mucho tiempo desconectada de la escritura sentimental, esta que me mueve y que me lleva a hacer que tú/vos vibres y me cuentes qué sentiste con este montón de palabras que tiro acá en el blog.

Al menos es mi intensión.

Para reconectarme con esta maravilla que es el papel y el lápiz o el teclado y los dedos, revisé mi última lección del taller de escritura de viajes con Norte de Papel. En realidad, terminó hace unas semanas (me parece que un mes), pero yo no le quería dar fin. En mi escritorio de la computadora, veía el PDF pidiendo a gritos ser leído y yo lo ignoraba abriendo Google Chrome.

Hasta que en estos días, lo leí y ¿a que no saben de qué hablaba? 

“Narrar un viaje de regreso”

Vibré.

Ya sabía que había algo extraño en este nuevo regreso a Uruguay. Fueron 6 meses curtiendo otras tierras, masajeando otra moneda, oliendo otros vientos.

¿Cómo narramos un viaje de regreso? Dicen que el alma tarda muchos días en volver. El cuerpo llega a Estambul y siente una especie de delicia en las mezquitas y en las formas a contraluz pero el alma es rebelde. Ella sigue en el departamento de cortinas rojas en Roma(…)

Siento un cosquilleo desde los dedos hasta la punta del cabello. Y a medida de leía, me daba cuenta de que en realidad mi alma no había regresado del todo a Uruguay. Como que estaba llegando fragmentada.

Descubro.

¿Dónde está mi alma? ¿Cuándo regresé? ¿Qué siento?

***

Tengo un defecto: no hago planes. Puede ser que muchos lo vean como la mejor forma de vivir la vida y estar a plenitud, pero en realidad, esta fase solo funciona cuando perteneces a un país normal que te recibe con la casa de tus padres esperándote puertas abiertas con comida calentita.

Como soy inmigrante, me tocó volver a una casa que no es mía, a un país que tampoco es mío en un momento que quizás era -o no-el adecuado.

Después de 6 meses en Brasil y  uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

De Brasil a Venezuela, de Venezuela a Brasil

¡Puaj!

Tenía 2 años sin volver a Venezuela hice un post con todo el detalle de lo que sentí al volver, pero me parece necesario repasar esa emoción de nuevo.

Después de que te vas de tu país, dejas un poco de “ser” y te transformas de una mezcla entre lo que eras y tu nuevo yo. El proceso de adaptación te hace ver otras cosas. Cuando eres inmigrante y Venezolano la vida se pone un poco complicada, hermosa, tormentosa, dramática, nostálgica, increíble. Vives cada momento como algo totalmente nuevo, es un cambio radical de vida. En mi caso, lo mejor que puede pasar.

La nostalgia siempre está, el verbo extrañar se pasa de vez en cuando para sacarte algunas lágrimas. Y cuando llega el momento de volver a esa vida que dejaste…  resulta que es

in-cre-í-ble-men-te difícil.

Porque cuando lo enfrentas, la emoción del reencuentro dura unos pocos días. Después que pasa el furor de la fiesta de bienvenida y todos vuelven a sus vidas y tareas cotidianas, te despiertas de la realidad y observas que nada cambió.

Todos siguen haciendo lo mismo, tu “casa” está igual, tus padres, tus amigos, tus vecinos. Algún que otro cambio táctico de casamientos, hijos, etc., y tú ahí siendo testigo de este acontecimiento que es la nada. Con una mochila de historias, personajes, viajes, comidas, cuentos y sentimientos que quieres cantar a vox populi, pero no lo haces, porque: a nadie le importa, es delicado y, sobre todo ¿cómo lo explicas?

Tu casa, siempre va a ser tu casa. Pero cuando migras y vuelves te preguntas  ¿Dónde estoy? ¿Es esta mi casa de verdad? ¿Dónde esta Uruguay (mi caso)? ¿Dónde están las historias para contar? ¿Por qué no pasa nada nuevo?

Disfrutas a tu antiguo modo, cosntruyes lo que eras. Lo haces con amor y cariño y guardas las vivencias para cuando vuelvas ¿a casa?

***

Volví a São Paulo. Para el final de mi viaje en Caracas (léase que no había vuelto a casa, fue un viaje) ya estaba debatiéndome entre la dicha de la entrega familiar y la duda ante lo nuevo que me esperaba en Brasil.

¿Cuál es el polo opuesto de la zona de confort? Ahí estaba yo.

Volvía de un viaje sagrado, interno y lleno de amor familiar rumbo al desconocimiento.

Me arriesgué.

***

Salí un día nublado de Vila Mariana en São Paulo. Me despedí con una felicidad dudosa, como incompleta. Todavía no me había aburrido del “Bom dia” al levantarme; aún no me había cansado de ver la amplitud de la Av. Paulista, ni me había tapado las orejas al escuchar “Bom dia moça! Você precisa de alguma coisa? Todo a um real, todo a 1 real!!!” de los vendedores de la feria de los miércoles.

¿Por qué me tenía que ir? Aún mi cuerpo no tenía tanta celulitis como para dejar de comer pastel  de feira ni pão de queijo; el

Polaroid CUBE
Sao Paulo vista desde el Edif. Italia

smog no había saturado tanto mi nariz ni mis ojos. ¿Y si se me olvida cómo se ve SP desde el Edif. Italia? Déjenme ver otra vez esa selva de cemento desde las alturas, al menos para reiterar por qué me voy.

 

Hasta hace unos días me ardía el cuerpo de aquellos domingos de Rodas do Samba en Vila Madalena, ahora que recuerdo, se me enfría la mano creyendo que aún sostengo la cerveza Original de medio litro, la que bebí de a pico un día y un señor me dijo que eso “estaba mal visto, porque solo lo hacían las personas ebrias o las putas”.

No me dijo “putas”, pero casi.

En mi pueblo, se toma de a pico ‘e botella, señor. Lo siento.

Camino por Palermo y aún siento la presencia de los edificios de 20 pisos de alto, a pesar de estar rodeada de casas viejas increíbles. A veces me asomo a la puerta de casa y siento que ahí va a estar el árbol de flores de primavera que tenía en mi “casa” en SP, el de flores moradas radiantes que estaba apresado entre una cerca, un cableado eléctrico que hacía arder la vista de solo mirar y el edificio de ventanas minúsculas.

Aún me pregunto por qué la gente vivía en aquel edificio nefasto, ni siquiera podían asomar la cabeza en la ventana.

Pero ese árbol, le daba vida a toda la calle.

A veces, me levanto y escucho la voz de An. hablándome de su hija, de su nieto que está criando, de su madre desaparecida, de ella, del café que había hecho R. “Nossa que ruim que esta este café!”

Ahora tengo la bici y tengo sed de recorrer el Ibirapuera, aunque lo hice a pie. Pero no es lo mismo.

¿Qué habrá sido de todas las caipirinhas que no me tomé? ¿Y de los millones de lugares que nunca visité? ¿Me estarán esperando? ¿Querré ir?

Ahora voy en el ómnibus vía La Unión en Montevideo. A través de la ventana veo la calle, toda gris, con los árboles secos y “palúos”, la gente con capas de abrigos, a pesar de que no hace tanto frío y la nadie misma en las aceras, porque somos 1 millón y medio en la ciudad.

Me da gracia, porque esta imagen también me lleva a mis días en el Metro de São Paulo, y me doy cuenta de que el metro no lo extraño ni un poco, qué triste ir de un lugar a otro sin poder ver por la ventana.

Lo que sí extraño es el contenido: el olor a café con leche y pão de queijo (tengo una obsesión), la diversidad de culturas, idiomas, colores de piel, de géneros, estilos y formas.

Me encantaba ver a las chicas con labial violeta, azul o verde a plena luz del día. Las cabezas con cortes radicales, rapados, diseños, y colores diversos. Pero sobre todo, me encantaba ver a la gente tocándose sin miedo. Amaba cuando los homosexuales se besaban y se arrecostaban todo en medio de las puertas de salida y ni una mirada extrañada subía la ceja.

Impensable en Caracas. Impensable en Montevideo.

Éramos todos fantasmas, en una sociedad de 20 millones de habitantes.

Polaroid CUBE
Fantasma de S. en Vila Madalena

Ahora que el bus pasa por un shopping, agradezco no haber invertido tiempo en los de SP. Era como entrar a una ciudad dentro de otra ciudad. Como matrioska.

¿A dónde se fueron los graffittis? ¿Dónde están esas tipografías valiosísimas que dan identidad a la ciudad? ¿Y la saturación de color? ¿Dónde está el arte abarrotado por todas las esquinas? ¿Y el amor?

Me levanto.

¿Por qué todos me ven? Y recuerdo haber atravesado mil almas apresuradas en aquella ciudad furiosa, sin mirarnos, sin sentir al otro, sin observar.

¿Extraño?

Recuerdo que mientras estaba en SP pasé horas, días, momentos, pensando en La Rambla, en mis amigos/familia, en CreativeMornings, en la tranquilidad, en la vida que había construido acá, en la naturaleza, en la magia de Montevideo.

Me fui de Brasil un día nublado y regreso a Uruguay un día de lluvia constante, la que limpia la tierra y el cuerpo. El paisaje de cemento ahora era un campo de futbol natural con vacas.

Vuelvo a un lugar que conozco bien, que siento mío, pero no lo es ¿o sí?

De nuevo, vuelvo a un país que no es mío, a una casa que no es mía, a una nueva vida inmigrante.

Siempre he sido inmigrante.

***

Regresé y veo aquellos restos de lo que fui, escucho las risas que compartí y seco lágrimas que derramé quién sabe por qué, por quién o cuándo.

Me observo en la ciudad, la siento y la saboreo.

Me gusta encontrarme en esas esquinas conocidas y tomar una pieza de lo que fui para juntarla con lo que soy para recordarme.

Como decía M., en Norte de Papel: cuando vuelves, hay que hacerlo despacio, hay que comer liviano y dejar que el cuerpo arranque cuando pueda. Sin forzar nada.

Hay que dejar que pasen algunos días, cerrar los ojos, respirar, sentir el aire y el nuevo lugar que ahora te rodea.

Yo sé que volví, pero no sé si volví a casa, no sé si tengo una o tengo muchas. No sé si algún día voy a regresar, porque en mi intento de “volver a casa”, siempre vuelvo a lugares ajenos. Conocidos, sí, pero ajenos.

Y cuando ya siento a MVD como mía, me toca irme de nuevo.

DSC04005
Cabo Polonio, Uruguay

¿Será que algunos nacimos para ser eternos inmigrantes?

Quiero leer sus regresos.

 


¿Te gustó?  Sucríbete al blog y de vez en cuando te llegarán cartas a tu mail.

 

 

 

El centro, el barrio, el miedo y las maravillas

La Plaza Francia de Altamira era mi destino predilecto para los encuentros. Recuerdo que mientras vivía en Caracas, iba desde Caricuao hasta Altamira en el metro, subía por las escaleras que dan a la plaza, y me sentaba siempre en el mismo banquito. El de la salida a mano derecha, bien cerca del heladero haitiano que siempre estaba sentadito guardándose un poco del sol. O de las señoras que venden tortas en las tardes.

Siempre había tráfico. También había gente esperando el Metrobús, adolescentes besándose, el grupo de obreros en medio de su tiempo libre viendo a las muchachas pasando, los dos restaurantes árabes, uno al lado del otro y algún que otro personaje bien al estilo Drag queen dando de qué hablar en entre esa sociedad machista.

Este banquito era importante. En él, se dio una historia de amor, me reí a carcajadas, conocí personas, me tomé fotos y también le tomé fotos a los demás, me encontré con amigos, también vi amigos durmiendo en otros banquitos, escribí, leí mi libro favorito -“La palabra más hermosa” de Margaret Mazzantini, por si les interesa- y me comí unos cuantos perros calientes.

Ahí sentada percibí que mi cuerpo se dividía entre El Ávila y La Av. Francisco de Miranda. Por tanto, la mitad de mi visión estaba destinada a admirar los verdes de la montaña que bordea toda Caracas, y que nos cuida de no ahogarnos con el Mar Caribe. Ahí también tenía el obelisco, la bandera ondeando a todo dar y el jardincito al fondo de la plaza. Esa mitad de mi cuerpo respiraba profundo, y siempre olía trópico, selva, naturaleza, a que lo bueno estaba por venir, a contentura, a calorcito.

Del otro lado, lo que respiraba era el humo de las camioneticas por puesto y los carros viejos y mal arreglados que pasaban por la avenida, el perfume de las mujeres de clase media que se sentaban a charlar por aquellos lados y el aroma del shawarma del restaurante árabe que les comenté. A veces pasaba algún pedido de Burger King y otras veces, olía a sudor de deportistas o skaters.

Y justo delante de mí, el Caracas Palace. Siempre resplandeciente, blanco como una perla en medio del caos y super chic. Siempre pensé que sólo los famosos se quedaban ahí, pero nunca reconocí a ninguna de las personas que llegaban o salían de ese lugar.

Volviendo al banquito, este era bien simple. Echo de cemento y piedritas color beige. Ahora que lo veo de lejos, me pregunto ¿Cuántas historias tendrá ese banquito? ¿Qué cosas vio que nunca se atrevió a decir? ¿Cuántas palabras de amor habrá escuchado? ¿Cuántas palabras hirientes se pronunciaron sobre él? ¿Cuántos reencuentros? ¿Cuántas botellas de Santa Teresa se bebió?

Ya quisiera averiguarlo.

Respiro profundo. A pesar del caos, yo sentía una tranquilidad inexplicable cuando me sentaba ahí. La montaña me lo permitía, me lo recordaba.

Inhala… Exhala.

¡Qué lugar! Cierro los ojos ahora y siento los rayos del sol cálido entre mis piernas… Siento la brisa fresca, casi imperceptible, las voces de los peatones que salen del metro y las risas de los hippies que venden a la salida de la estación.

El banquito también recopila horas de mi vida sentada esperando a J. para ir hasta su casa. En Palo Verde.

Voy a cambiar la vibra, ¿ok?

Palo verde, es la estación terminal de la línea 1 del Metro de Caracas, es bien cerca del barrio ( favela). Recuerdo que apenas ponía un pie fuera de la estación ya comenzaba a sentir el ambiente hostil. Recuerdo el olor del carrito de Perro Caliente (hot dog), recuerdo las decenas de personas vendiendo cosas en la acera, llena de basura y aceite. También recuerdo la señora decentísima que vendía cachapas de queso de telita y jamón; recuerdo las paradas de los carritos que suben hasta el barrio. Nosotros íbamos hasta la penúltima parada, la que tenía la menor cantidad de carritos y la mayor fila de personas. Evitábamos las horas pico, así que, por lo general llegábamos a las 10:00pm, cuando el peligro reinaba, la fila era más corta y casi no quedaban cachapas.

Me recuerdo siempre medio asustada, llena de adrenalina, aprentando la mano de J., porque nunca se sabía lo que podía pasar, no sabías quién iba a estar al lado, no sabías si ibas a seguir viviendo, si te iban a robar, o si ibas a estar en medio de alguna plomamentazón.

Así que para olvidar el contexto, yo me sentaba siempre cerca de la ventana. Porque desde ahí podía ver los edificios de lujo, lindos, bien mantenidos de Palo Verde. También vi parte de Petare, el barrio más grande de Venezuela y el más peligroso. Curioso que desde esa zona hostil, veías la paz de Caracas a lo lejos, ella en todo su esplendor, como un pesebre a las faldas de la gran Ávila, como una caja de luces de navidad recién compradas.

El choque era inmediato, el barrio se te enfrentaba de pronto, con sus millones de casas, casitas, casotas, abastos, kioscos, licorerías, gente tomando la calle, música a todo volumen, motos, motos, MOTOS, mujeres en shorts bien apretados, hombres con bolsitos de lado y sin camisa, niños corriendo, niños abrazando las piernas de las madres que jugaban dominó y muchas cervezas en hombres, mujeres y niños.

“Salú, el mío”

Y yo, ahí sentada viendo a través del vidrio del carrito, como una niña que descubre algo nuevo. Nunca dejé de maravillarme por el contraste, nunca dejé de tener miedo, nunca dejé de mirar por la ventana.

A veces, de soundtrack había un reggaetón puyuo, otras veces salsa baúl, de esa bien lentica que te bailas arrecostándolo todo en la pareja, moviendo todo el cuerpo, mejilla con mejilla, cachete con cachete, boca con boca. Otras veces (raras) estaba el señor que escuchaba rock gringo, y te lanzaba un Aerosmith, Beatles y hasta The Doors.

Olía siempre a basura, recuerdo. Y me daba una mezcla de nostalgia y rabia que fuera así, porque no había saneamiento, porque a las personas no les importaba llenar de mierda los cantos de la montaña, porque nadie nos dijo que estaba mal, porque tampoco le puedes decir y así es el barrio.

Y entonces, después de 30 minutos de subidas y curvas, el carrito me dejaba justo en frente de la casa de J., ni siquiera era necesario cruzar.

“Pana, cóbrate dos ahí. Si va, gracias hermano, que tenga buenas noches. ¡Vayalo!”

Respiro. Me alivio. Llegué a casa.

Post también publicado en Medium

13 años antes de irme a Uruguay

Cuando tenía 10 años, vi una noticia sobre Uruguay en la TV. “Papá, ¿qué es Uruguay?, ¿Quién va para allá?¿Qué país es ese? ¡No tiene nada! ¡Qué horror!”

En medio de mi ego, las palabras de mi padre llegaron, sin que yo supiera en ese momento, para quedarse: “Uruguay es un país al sur, bien cerca de Argentina. Tiene playas muy lindas. Es tremendo país”.

“Nunca va a ser como Venezuela”, respondí.

***

Cada vez que alguien me pregunta cómo hacer para irse de Venezuela, respondo que no es muy difícil. Solo hay que abrir el mapa mundi o “Googlemaps” y observar con detalle cada país, sus fronteras, sus límites y sus climas.

Comenzar a sentirse en el lugar, preguntárte qué climas estás buscando, qué aires quieres respirar, qué cosas te motivan de cada región, qué mares vas a admirar y qué comida quieres experimentar.

Mientras el cuerpo y la mente estén bien, la energía fluye y los portales se abren a nuevas oportunidades.

13 años después me encontraba tomando un avión que no solo me trasladaba a un nuevo destino, también iba rumbo a una nueva vida, casualmente, Uruguay iba a convertirse en mi hogar.

Qué ironía de la vida haberme burlado un día de un lugar que tiempo después me abriría las puertas para abrazarme, porque ya mi país no podía hacerlo más.

Entre burlas y burlas, se traga una el agua de nuestra propia tormenta.

¿Nunca les pasó?

Entrada también en Medium

Sweet Tobago

Resultado de imagen para Tobago beach
Foto extraída de http://www.tobagobeachhouse.com

Lloré.
Mi papá dice que “La felicidad viene en pequeñas dosis”, si esta fue la dosis de felicidad que la vida me dio, tengo dudas. A veces pienso que tomé la dosis errada y abusé de la fortuna que me dió la vida aquel día.
Rentamos un auto para darle la vuelta a completa a Tobago y nos fuimos. “No hay viaje si no pasas roncha”, dirían en mi pueblo. La roncha, es el evento desafortunado, la piedrita que rompe el vidrio, la pierna mal hubicada que te hace tropezar, el cable de la computadora atravesado a mitad de la sala, el infortunio típico de algunos momentos del viaje.
En Trinidad y Tobago los autos son como en inglaterra, el puesto entre el copiloto y piloto están invertidos, por ende, las vías están hechas en sentido izquierdo. Mi amigo no estaba acostumbrado, yo tampoco, ¡Pum! chocamos.
¿Y ahora?
Perdimos más de medio día tratando de arreglar todo para que la empresa no se diera cuenta de lo que había pasado. Corrimos de acá para allá, hablando inglés, pensando en español, sudando lagota gorda en idioma universal y gastando un dinero que teníamos reservado para el placer.
Y llegó. El placer llegó cuando íbamos rodando por las venas artificiales de las montañas y vimos el Mar Caribe a sus pies. Sereno, infinito, poderoso, transparente, compartiendo su color azul turquesa, su virginidad, su magia, su olor a salitre.
Recuerdo que estábamos hablando a todo gañote, riendo, escuchando música a todo volumen, bebiendo cerveza y creyéndonos los dueños, hasta que el show del trópico subió el telón y nos presentó aquel paisaje.
Silencio. Estábamos percibiendo la unión de 3 elementos de la naturaleza, mar, tierra y aire. El corazón latía fuerte, con ganas, con la certeza de que había algo que estaba reconociendo, que amaba y que, probablemente, no vería más por un largo tiempo. Corazones pintándose de azul Caribe, corazones latiendo de amor, y Tobago introduciéndonos en nuestras vidas, para siempre.
Las lágrimas salieron, las palabras se hundieron en ellas y solo quedó espacio para la admiración.

Tobago, definitivamente, hay que llorarlo.

Entrada también en Medium

Ya vengo, me voy a perder

¿Qué probabilidades tiene una venezolana común de estar São Paulo y tener una amiga de Curitiba?

¿Que probabilidades tiene esta venezolana de fumar con su amiga e ir a vender Palha Italiana y #Negritas en  la Av. Paulista?

¿Qué probabilidades hay de que la venezolana vaya hasta la Av. más importante de Brasil, se siente en el piso de la acera y dedique 3 horas de su día a estar ahí?

***

Debe haber más de 5000 filtros de cigarro en la Av. Paulista de SP. Pareciera que el mantenimiento gubernamental solo barriera las hojas de los árboles.
Así la ciudad se ve menos parque.
Con este sol, las medias azules con estrellas blancas de la Mishi me dan calor.


¡Y hambre! Aunque no tiene nada que ver. De todas formas ya me arrepentí de haberme puesto zapatos negros.


Dos chicos bien vestidos (y parecidos) se acaban de detener a pegar sus diseños en la pared de Bradesco justo en nuestra frente.


¡Dios, qué sol!


Desde que nos sentamos en la acera, han pasado 635 personas. 325 están vistiendo jeans, 100 están de shorts y el resto creo que son menores de edad. Sin contar, lo bien vestidos que están los chicos que están pegando sus diseños en la pared, bonitos -los diseños-.


Del otro lado de la calle, una chica conecta un parlante y comienza a cantar What a wonderfull world acompañada de su guitarra y el pum pum del cajón peruano que está tocando su amiga ¿Serán amigas o novias? ¿Por qué dije amiga? ¡Yo qué sé!.


Mmm… Acaba de llegar un olor a pan con canela y azúcar que me levantó hasta lo que no fue. En mi pueblo, ese olor sería de Cinnamon o rollitos de canela.


Ahí van 2 hombres, 1 señora y 20 adolescentes jugando Pokemon Go. Lo sé, porque caminan guiados por el instinto automático y la mirada fija en la pantalladel celular. Casi se tropiezan entre ellos por intentar cazar uno.


También pasó una japonesa de lentes, y recuerdo la enseñanza de un amigo “São Paulo es la ciudad con la mayor colonia japonesa en Brasil”


Fumé marihuana hace un rato, estoy sensible. Escucho el taconeo de la señora, el “obrigado” de la cantante al otro lado de la acera, el sonido de la tapa de la alcantarilla que acaba de pisar el muchacho de camisa amarilla y las campanillas de las bicis que van por la ciclo vía.

¡Cuántas “illas” en un mismo párrafo”!


Hace 2 minutos, un vagabundo se detuvo frente a mí, supongo que le llamó la atención verme escribiendo en plena furia citadina, y preguntó “Cadê a caneta?”
Mi cara reflejó un perfecto “no entendí” y Mishi levanta su lápiz.


“Ah! Ai está a caneta!” . Suelta una carcajada, me ve, extiende la mano, yo le doy mi mano también, y dice “O cor, né?, somos do mesmo cor?”


Nos veo.

“Somos, sim”.

***

DSC05338

De tarde el reencuentro es inminente.

El Ibirapuerra nos da la bienvenida con un árbol repleto de flores color rosa fuerte, casi con luminaria natural. Una muchacha con audífonos puestos coloca sus manos en el tronco del árbol, y como si lo estuviera empujando baja la cabeza entre los brazos, cierra los ojos y se queda ahí, quieta. Ni se inmuta ante nuestras miradas.

Ella es, junto con el árbol.

¡Ta lotado de pessoas! dice mi amigo.

Descubrimos el estado de tranquilidad de los patos recibiendo el atardecer nadando en el lago, y nuestra tranquilidad al verlos. También que el GPS interno de los chicos no estaba funcionando bien y dimos más vueltas de las necesarias para poder encontrar tomar un lugar para tomar café.

¡La música es tan necesaria en los espacios públicos! La diferencia entre caminar con música de ambiente en mute, y la transición emocional al escuchar una batería y un saxo en pleno camino, te cambia el tumba’o.Caminas con ritmo y hasta con sonrisa.

Pasamos por el puente sobre el lago y el sol nos bañó de amarillo, nos calentó y nos recargó.

¡Foto, foto!

Descubrimos que la chica que nos atendió, le encanta que le digan que su café es buenísimo y tengo la sensación de que va a lanzarse a un emprendimiento. Ella se lo cree, nosotros somos sinceros con ella.

Ya de noche las calles se nos perdieron y nos encontramos en las desconocidas… Ellos viejos encontrando lo nuevo en su propia ciudad, yo nueva, entre lo nuevo.

Callejones, arte, árboles de mora, casas de ensueño en alquiler, el Instituto de Biología y su arquitectura de terror, la calentura de la noche en pleno invierno, nosotros en la caminata, mi emoción, la emoción de ellos. Nuestro reencuentro, con nosotros y con la ciudad.

Compramos un vino, cocinamos burguis de lentejas “Não fale de burgui, Hamburguesa é uma palavra linda”, escuchamos música, mía y de ellos.

Recordamos el pasado, agradecimos el presente y en el futuro quedamos para ir a costa paulista.

¿Recuerdas qué sentiste la última vez que te perdiste?

20 sonidos que escuché en São Paulo

Estoy comenzando un curso de Escritura de viajes con Norte de Papel. Me encantó esta práctica, así que la comparto con ustedes con la esperanza de que, a partir de ahora, abran sus sentidos y recuerden todas esas cosas que olieron, tocaron, escucharon u observaron en su ciudad y las compartan, con ustedes, o conmigo si quieren :)

Tuve una conversación con São Paulo y esto fue lo que escuché>

  1. ¡Oí mosa! ¿Posso ajudar em aguma coisa? ¡Bom dia, bom dia meu bem! ¡Oí flor! y otros saludos de decenas de vendedores de la feria de los miércoles. Pasas entre ellos recibiendo todas esos flashes y clics fotográficos verbales como quien va entrando al salón de la fama.
  2. Los pasos de cientos de personas caminando por la Av. Paulista. Si eliminamos el resto de los sonidos de ese lugar, cada pie se transformaría en el eco de un tambor en plenas fiestas de San Juán de la costa caribeña.
  3. Los susurros dentro de la sala de exposiciones del MASPI (Museo de Arte de São Paulo), cual aviones volando en los cielos tratando no dejar mal a la parvada intelectual.
  4. El narrador de las olimpiadas de basket que, gracias a la falla de los parlantes de la tele, se le pegó el acento robótico.
  5. La chica que me habló a través del micrófono de la taquilla, a pesar de sus intentos de sonar “normal”, tuvo la gran desilusión de escucharse de nuevo en su RE nasal. Aún latecnología no encuentra una fórmula para evitar el sonido modo: nariz tupida.
  6. El agua caliente cuando cae para colar el café, es como si abrieras el grifo de las mañanas.
  7. Los roses de la ropa con otras personas en el metro, como miles de sábanas sintiéndose culpables de hacer ruido justo cuando todos están durmiendo a las 3am.
  8. El pitido de la máquina de la tarjeta de crédito, la alarma despertadora de los bancos.
  9. Los patos nadando en la laguna del Parque Ibirapuerra, como bailarinas de Dios danzando en aguas calmas. Como diría un amigo “líbrame de las aguas mansas que de las turbias me encargo yo”.
  10. Las músicas que suenan en 10 locales de la calle Aspicuelta de Vila Madalena a todo volumen, es como tratar de tener una conversación por Skype y que 2 de tus amigos tengan delay.
  11. El rumor de la ciudad desde el Edificio Italia, la previa del rugido del león.
  12. La mujer que acaba de exclamar NOSSA! en el supermercado, el drama de María la del Barrio, se quedó corto.
  13. Marcelo, ensayando con su teclado en la sala de casa, melodías que te hacen pensar que todo va a estar bien a pesar de que ibas a la playa y amaneció lloviendo.
  14. La señora que está barriendo la acera, la escoba bailando de un lado para otro haciéndole cosquillas al piso.
  15. El sonido de las cámaras fotográficas en el Beco do Batman, un callejón que reúne los trabajos de algunos de los mejores grafiteros de la ciudad, plagado de mosquitos en pleno verano a las 6pm.
  16. Baianá, Baianá que suena en Nossa Casa, la canción que te lleva a olvidar la Selva de Cemento y te traslada a la orilla de cualquier playa de la costa nordestina de Brasil, con luna llena, fogata, inciensos, sudor, baile y mucha sensualidad.
  17. La expresión Alan se escoñetó del hermano de Alan, que está aprendiendo español. El acento brasilero tratando de dar un giro caribeño, con un éxito más gracioso que aceptable.
  18. El sonido del rodillo que paso para entintar mi grabado sobre madera, si te acercas bien, suena como una marcha de ositos de gomita. Aunque ahora que lo pienso, para los románticos podrían ser muchos besos sonando <3
  19. Cuando voltearon la carne del churrasco (parrilla/ asado) que se hizo en casa,la carne sonaba ¡tsss, tsss, tsss! como el llamado de un amigo cuando tiene un secreto para contar urgente.
  20. Yo, practicando la pronunciación de Avó e Avô (abuela y abuelo), como si pronunciara “banco y banco”. Misma palabra, significados diferentes y una frustración lingüística invernal.

Por cierto, ya te preguntaste ¿Cómo escuchas a tu ciudad?