BRASIL| El banquito de Tatuí, los músicos inmortales y el amor

La Capital de la Música

Me fui en bus desde São Paulo capital hasta Tatuí, como siempre, en el asiento que va junto a la ventana.

¡Qué espectáculo de fotogramas!

En 3 horas, observas cómo los edificios multicolores y lujosos van desapareciendo y se hacen más pequeños, los muros se transforman en árboles, el smog blanco se difumina hasta ser casi imperceptible y, de repente, el cambo aparece y el horizonte de cemento se reemplaza en una extensión de verdes… Y para mi deleite, me complacen con un atardecer naranja profundo.

Casi nadie conoce Tatuí, pero es parte uno de los municipios que componen el gran São Paulo.

Es un pueblo chico, que  cuenta con el mayor conservatorio de música de América Latina y 115 mil personas estimuladas por las campanas de las iglesias, y las presentaciones, formales o no, de los estudiantes de música. No hay bares, hay lugares para comer. Se baila en casa y se bebe en la plaza.

Pasamos de la contaminación lumínica, a la iluminación estrellada.

Fui al encuentro con un amor, de esos que quedan inconclusos y que te mueven kilómetros con tal de cerrar un ciclo.

Hay que ver que el amor mueve montañas.

Lo más placentero de ir a ese lugar, además de resolver muchas cosas emocionales fue sentarme a solas en el banquito de la plaza, que está frente al Museo Paulo Setúbal, con mi libreta.

Y ver a esos músicos.

Un grupo de hombres inmortalizados en estatuas están allí parados a la sombra de un árbol que los protege de un calor insoportable. Tienen un semblante contento y las bocas abiertas de cantos, goces y risas, los ojos cerrados de inspiración y hasta una pasión que no había sentido en mucho tiempo.

No sé cuánto tiempo me quedé allí sentada observándolos con sus instrumentos, su disposición en el espacio y sus posturas detenidas en movimientos tan reales que podría decir que casi los escuchaba cantando.

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Foto de http://tatui.sp.gov.br/

¿Estaré loca? ¿ O eso es lo que se siente cuando ves una excelente obra de arte?

Entre esos hombres, el árbol y la sombra, las florecitas que revoloteaban por ahí, el calor, las poquísimas personas que pasaban por el lugar, el silencio frente a  mi concierto personal y ese propósito mío de amor, me preguntaba:

¿En qué ando?

Había dejado una ciudad insomne, llena de adrenalina, prisa y marchas robóticas. Allá, había quedado el agite, el movimiento, los colores, el “hacer algo”, las bicis, la Paulista, las luces, los mendigos, los tacones, la publicidad, la hiper-realidad.

Y, lentamente estaba en medio del silencio.

La calma.

Lo verde.

Nada.

Y al mismo tiempo, reflexioné que en 3 horas había saltado de la diversidad a la homogeneidad, a lo tradicional.

Pasé de la furia, a la serenidad.

De la viveza a la ingenuidad

Pasé de São Paulo Capital, a su interior.

De tenerlo todo, a imaginarme escuchar estatuas.

Bienvenidos a Tatuí,

el que yo vi,

el que viví.

¿Cómo lo vivis(te) tú?

Hacerse la vista gorda, nivel “Embajadas de Venezuela”

Una micro historia de lo que me pasó cuando me robaron en Mendoza, Argentina y sobre a ayuda que me dio la Embajada de Venezuela.

 

Les contaré una historia de otra venezolana (porque no creo que sea la única) que quedó sin respaldo por parte de una embajada que “se supone” debe Defender los derechos e intereses de sus conciudadanos (+ info acá).

No quiero que esto sea una excusa más para decir que “Venezuela es una mierda”, yo solo quiero sacarme de la garganta esta impotencia de haberme sentido desolada, y observarme a mí misma en esta situación para saber cuál es la postura que voy a tener de ahora en adelante.

Les haré la historia corta:

Viajé.

Me robaron hasta los documentos cuando llegué a Mendoza, Argentina.

Llamé a la embajada de Venezuela en Buenos Aires:

Me pasó esto, les dije.

Bueno, nosotros lo que podemos hacer es ofrecerte un “vale por un viaje” a Venezuela.

Yo no vivo en Venezuela desde hace 3 años, ¿pueden ayudarme a volver a Uruguay?

No, no podemos.

¿No me pueden dar un pasaporte temporal?

No, nosotros no hacemos eso. Si quieres el pasaporte, tendrías que esperar por lo menos 90 días. Y tampoco sacamos la cédula.

A ver, ¿no tienen alguna forma de ayudarme a volver?

No.

Y, a continuación, la frase más prepotente escuchada jamás:

Que resuelva Uruguay, ¿no vives allá pues?

Y con esa respuesta me fui al consulado de Uruguay en Mendoza. Allá, me dieron un papel que es SOLO PARA URUGUAYOS, pero como tengo residencia, decidieron intentarlo. Me atendió el mismo cónsul, me tomaron la foto tipo carné, se dieron el tiempo de escuchar mi historia y me dijeron que todo iba a estar bien. Me fui con un vale por un viaje de vuelta a al paisito.

Uruguay resolvió.

 

¿POR QUÉ CUENTO ESTO?

Porque me sentí MAL.

Mi familia entera está en Venezuela, vivo en Uruguay sola, me encontré en una situación bastante violenta, había perdido todo; con ayuda de mis amigos (a los cuales agradezco profundamente) pude sobrevivir y volví como una reina.

Pero quiero que analicen la situación de esta forma:

Estaba en medio de una tempestad. Mi casa estaba muy lejos así que decido ir a la casa de mis padres. Toqué el timbre, porque ya no tengo la llave para entrar. Me abren y siento el olor de un guisito con arroz blanco y arepitas. Muerta de frío, y con el estómago vacío, les digo que me dejen pasar la noche y me ayuden a volver a casa, porque perdí la cartera.

Y me dicen “dile a al que te alquiló la casa que te ayude, ¿No te fuiste a vivir sola pues? Resuelve” y me tiran la puerta en la cara.

Que resuelva el otro, que nada que ver.

 

Desde hace un mes tenía el sabor amargo de quien se toma un café recalentado de hace 3 días, tenía esta historia en la garganta como un nudo que me estaba atravesando hasta el corazón. Los detesté tanto y amé (y amo) tanto a Uruguay, que pienso que, en definitiva, el hogar está donde uno se siente mejor.

Venezuela no me ayuda sentirme mejor, por lo tanto no lo siento mi hogar, ni siquiera a distancia ¿Está mal que me sienta así?

Pero familia es familia, y cariño es cariño. Como dice la canción

Amor y control

Confío que un día esas voces de ministerio serán voces de verdad y justicia. Que ayuden, que funcionen y que hagan su trabajo con amor, porque me da la sensación de que eso es lo que les falta, amor.

Gracias Uruguay, por hacerte cargo. Gracias amigos por ayudarme. Gracias querida mujer con voz de ministerio, por ayudarme a ver lo que no quiero ser.

18 horas en tren

Hablemos de los no-lugares, del presente, de las experiencias en tren y lo que pasa en 18 horas.

Andar en cualquier medio de transporte es raro, porque una sabe muy bien de dónde viene y a dónde va, pero no queda claro dónde estamos en el momento exacto que alguien pregunta… Para cuando respondes se está en otro lugar.

Hablamos de los no-lugares en el curso de escritura de viajes, pero ¿que es un no-lugar?

Es el espacio que divide el pasado y el futuro, el trayecto de un lugar a otro, es la transición, es estar en el medio del todo… O la nada.

Es mal uso del verbo ¨estar¨.

El no lugar, es este tren que va desde Buenos Aires a Córdoba, ese espacio donde estuve durante 18 h.


Es la primera vez que viajo en tren.

B. y F., me acompañaron hasta la estación Retiro de Buenos Aires, ninguno de los 3 teníamos muy claro cómo iba a ser mi despedida, pero para resumirles, me vi entrando por un portal negro de alrededor de 3m de alto que tenían el número 8 centrado en la parte superior junto a la bandera argentina que decoraba cada portal. Del otro lado, un tren azul celeste larguísimo estaba aguardando a los pasajeros.

¿Te vas a Hogwarts? me dijo B.

Estación Retiro, Buenos Aires, Argentina

Solo me faltó la lechuza, un carrito de supermercado y pasar a través de un muro para que la visión fuera exacta. La estación Retiro, es como entrar en otro mundo.

Cuando me despedí, me di cuenta de la desventaja de viajar sola. No podía expresar mis pensamientos como quería, sufrí del síndrome de la emoción no compartida. Tenía el gritito de colapso (de felicidad) en la punta de la garganta y lo único que me sirvió de desahogo fue abrir más los ojos, esbozar una sonrisa y tener a mano mi libreta y lápiz.

Para mí, viajar en tren es vivir aquello que siempre viste en TV.

Implica escuchar el sonido de la campanilla cuando el tren está a punto de salir, dormir con el sonido de rieles, admirar muchos paisajes a través de las ventanas grandes, entender que los pueblos siguen, que las praderas se extienden y que las personas avanzan mientras tu estás sentado, medio incómodo (caso de trenes argentinos) sin muchas distracciones alrededor, pero contento.

Vas al baño sin bajar la cabeza ni agarrarte de los asientos. Se camina cómodo, tranquilo, sin movimientos bruscos a causa de frenos o bocinas. No hay tráfico, no hay semáforos.

Solo hay paisaje, pueblos y la estación Rosario a mitad de camino.

Había una cantina y, a pesar de que no tenía ganas de tomar café, lo compré igual. Me senté en una de las mesas, al lado de la ventana mientras el paisaje iba de volada, admiré mi alrededor.

Me acuerdo a la pareja de señores que discutían sobre qué hacer en Córdoba, el olor de  las medialunas -que no compré -recién salidas del horno, el sonido de la máquina de café sabiendo que el que salía era para mí, la carpa de circo que vi entre el paisaje, que por cierto me recordó al hermano de N., que nada que ver.

Me reí sola por ese recuerdo, pensé en enviarle un mensaje, pero no venía al caso. Así que sostuve la cabeza con el brazo apoyado a la mesa y agradecí al señor por haberme traído el café.

Estaba  malísimo, pero te sientes tan bien que el sabor es lo de menos (¿eso último tiene sentido?).

El primer sorbo lo brindé por la primera vez que me tomaba un café en un tren, me sentí que había acumulado una experiencia más a mi vida. El resto de los tragos, me hicieron olvidar al bebé que lloró toda la noche, la conversación de los hippies que hablaban de fumar marihuana en los baños a todo gañote y las zancadas del niño que estaba practicando su nueva habilidad de correr de un lado para otro.

También agradecí, por estar en ese lugar, por cumplir uno de mis objetivos e ir en el trayecto rumbo a una ciudad desconocida.

No sé si viajaría muchas veces en ese tren, pero sí que me hubiese arrepentido de no haberlo hecho.

Mesas del cafetín del tren que va de Córdoba a Argentina

#GraciasArgentina, por la experiencia.

PD. No se olviden de hacer un playlist para viajar. Yo no fui prudente y pasé 18h sin música. Aún no tengo un playlist de viajes, pero me encontré con este disco que me parece que es lindo para compartir.

***

¡Soy toda oídos y corazón!
Escríbeme en caso de que tengas alguna consulta, si quieres comentarme algo o si tienes ganas de compartir tu experiencia. Trataré de responderte lo más pronto que pueda :)

 

NOCTILUCAS en Cabo Polonio, uno de los tantos fenómenos que explican el #UruguayTeQuiero

Las noctilucas, un fenómeno de luces que vale la pena vivir en Uruguay.

Buen día,

Me gustaría hacer una reserva para una habitación doble, pero antes quería saber si es posible que me digan cuándo habrá noctilucas, pues mi novia nunca las ha visto y me gustaría darle la sorpresa.

Gracias,

Fulano de tal.


Después de haber hecho una caminata magistral desde la playa norte a la sur, atravesando las dunas y bordeando el bosque de Cabo Polonio, vuelvo al pueblo sobre el atardecer y,  justo cuando estaba entrando a la Av. Ppal, veo una figurita menuda girando la cabeza cual ventilador, con los ojos desorbitados y la sonrisa congelada… Era M. 

M., es un personaje menudo y fino como una varita de terciopelo que camina como flotando, siempre con una mochilita a la espalda.  De esas personas que cada vez que las vez tienen una nueva lista de reproducción de palabras suburbanas y cuentos increíbles. 

Era la primera vez venía al cabo y había comenzado con el pie derecho al haber tomado el mejor puesto de todos: arriba del camión, en la esquina. Le hago señas con la mano desde la colina del puente de los gemidos y sin más que un par de miradas a distancia ya nos habíamos ubicado.

¿Qué se podía hacer en Cabo Polonio a las 5.30pm con una persona que nunca había venido?

Ir al sillón de la sur.

El “Sillón de la Sur”, es una formación natural de rocas que para ser un sofá solo le falta el acolchado y un par de almohadones. Es el living natural de la playa, que cuenta con vista HD al atardecer más increíble, brillante y colorido que vas a ver alguna vez en la vida… También tiene otras funciones, algunos suelen sentarse a ver la puesta de sol, beber, charlar y, dependiendo de la hora, el tipo de charla y la bebida, se presta para encuentros más carnales.

Y si te invita un poloniense, es el truco para enamorar a cualquier turista.

En nuestro caso, solo íbamos a ver el atardecer.

Como guía turística me muero de hambre, pero me encanta hacer el show e intentarlo, aún cuando sé que siempre me olvido de cómo llegar al lugar o cómo se llama… Menos mal que entre la búsqueda del sillón, M. Linn, la autora de la foto de este post, escuchó mi voz y saltó de la nada con un “¡qué haces Sina!” y no quedé tan desubicada.

La tormenta del día anterior había dejado el mar impetuoso, fuerte. Me sorprendió la cantidad de agua que sostenían las olas para formarse y la espuma que soltaban al romper, que por cierto estaba blanquísima, y quedaba regada por toda la zona rocosa como dientes de león entre el barro.

El sol bajaba tranquilo, marcando el paso del tiempo sin apuros, perfecto para disfrutar a plenitud de su despedida. Vimos con claridad cómo esa bola de fuego inclemente, de repente perdía la intensidad, y el amarillo se tornaba naranja, y el naranja en rosa eléctrico -para ese punto podíamos ver la silueta del sol perfecta-, para luego desaparecer.

En contraste, el cielo pasaba de azul a violeta. Vimos el rayo verde de Cortázar, pero no nos enamoramos de nadie. Vimos las nubes naranjas nítidas navegando cual barcos flotantes. Y, de un momento a otro, ya veíamos chispear las primeras estrellas.

M., no había visto un atardecer en un par de meses así que en el proceso enmudeció y ahí nos quedamos en silencio, sentadas en el mejor lugar del Cabo, observando y apreciando el momento sin siquiera mover un dedo ¡qué lindo poder ver este fenómeno sin pensar en el celular, y qué importante que es vivirlo!

Quedamos ahí, mutando, quién sabe por cuánto tiempo, para cuando reaccionamos, Linn ya se había ido. 

De repente, un rayo flúo azul apareció entre la ola.

¡Marica, NOCTILUCAS! Grité. No, no. No puede ser, me respondí. Seguro es una linterna que justo hizo reflejo y se vió así.

1 min después. Otra chispa flúo.

M., dice ¿viste eso? ¿Esas son noctilucas?

No sé, le respondí. Ya había visto noctilucas, pero nunca las vi tan cerca, tan iluminadas, nítidas y tan sorpresivamente.

Observo directo al mar, justo donde se formaba la ola, me voy al detalle:

Vi cómo el agua se juntaba para formar una masa corpulenta, altísima y masisa. Minusiosamente detallé ese instante en que la gran masa, pasó a tener forma de ola y formaba un tunel de agua natural. (¿¡cómo me había perdido antes de este proceso tan hermoso!?) y ahí, entre medio del cuerpo de la ola y la cresta de espuma, allí entre la nada y el todo, apareció una serie de luces azul flujo que permanecieron prendidas hasta que la gravedad y la fuerza del mar hicieron que rompiera. 

¡SON NOCTULUCAS, SON NOCTILUCAS! gritábamos.

Las noctilucas son dinoflagelados (una especie de alga), organismos unicelulares que miden alrededor de un milímetro y que se alimentan de plancton vegetal. Como la mayoría de los organismos bioluminiscentes, emiten brillo como resultado de una reacción bioquímica: el oxígeno oxida una proteína llamada luciferina y el ATP (adenosín trifosfato) proporciona energía para una reacción que produce agua y luz.

Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no lloré. El impacto y la adrenalina  me provocaron dar un salto y junto a M., comenzamos a saltar sin parar abrazadas, girando sobre nuestro propio eje, riendo a carcajadas, felices, incrédulas.

Reparé que ni siquiera era totalmente de noche, la luna estaba creciente y con tanta luz que veíamos nuestra sombra,  y aún así seguíamos viendo aquellas lucecitas flúo nacer entre la cresta de la ola.

Para cuando volteo la mirada hacia la costa, las cientos de olas que iban a reventar a la orilla, iban cabalgando campantes con sus crestas azules en movimiento. 

¿Somos las únicas que estamos viendo esto? Preguntó M.

Algunas familias habían salido de sus ranchos para averiguar el por qué de los gritos, pero estaban tan encandilados por la luz de sus casas que los veíamos salir y entrar de nuevo sin entender nada de lo que estaba pasando.

Parece que sí, dije. 

El motivo por el que estos organismos gastan su energía en producir luz es aún desconocido. No poseen órganos sensibles a la luz, por lo que no pueden percibirla como una señal. Existe una hipótesis según la cual se iluminan para exponer a sus depredadores a la vista de peces más grandes y así deshacerse de ellos.

Foto de Guzman Infanzon.
Foto de Guzman Infanzon.

Estábamos en medio de un cuento de hadas, éramos las sirenas entre las rocas, rodeadas de un fenómeno que nunca se sabe cuándo va a pasar, que no está en cualquier parte del mundo y que, además estaba sucediendo con luna y al final del atardecer.

¡Nos sentimos tan afortunadas! ¿Sabes cuántas personas ni siquiera han visto el mar? Quienes lean este post seguro que hasta estarán aburridos de hacerlo, pero somos minoría. Y además, ver el mar junto con este fenómeno galáctico, es… Galáctico, mismo. 


El mail de Fulano de tal, llegó un día antes de que aparecieran las noctilucas. Cuando la recepcionista nos contó, reímos todos a carcajadas, ¡era imposible saber eso! 

Pudimos haberle mentido en juego diciéndole que al día siguiente iba a poder ver las noctilucas, pudimos haberle dicho que viniera igual, que nunca se sabe, si Fulano no hubiese dudado, pudo haberle dado la sorpresa a su novia.

Pero Uruguay es así, una incertidumbre. Una caja de pandora que va revelando sus misterios cuando quiere, no cuando lo buscas. Por eso hay que tener los ojos abiertos, estar atentos y no esperar nada, porque las cosas increíbles de este paícito llegan solas.

Nunca duden. 

#GraciasUruguay, te quiero. 

Foto de Guzman. Cabo Polonio. Luces de mar, Valizas y Punta del Diablo.
Foto de Guzman Infanzon. Cabo Polonio.

* Los datos sobre las noctilucas los copié de acá

¿A qué casa vuelve un inmigrante viajero?

“Narrar un viaje de regreso”
Después de 6 meses en Brasil y uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

Tuve mucho tiempo desconectada de la escritura sentimental, esta que me mueve y que me lleva a hacer que tú/vos vibres y me cuentes qué sentiste con este montón de palabras que tiro acá en el blog.

Al menos es mi intensión.

Para reconectarme con esta maravilla que es el papel y el lápiz o el teclado y los dedos, revisé mi última lección del taller de escritura de viajes con Norte de Papel. En realidad, terminó hace unas semanas (me parece que un mes), pero yo no le quería dar fin. En mi escritorio de la computadora, veía el PDF pidiendo a gritos ser leído y yo lo ignoraba abriendo Google Chrome.

Hasta que en estos días, lo leí y ¿a que no saben de qué hablaba? 

“Narrar un viaje de regreso”

Vibré.

Ya sabía que había algo extraño en este nuevo regreso a Uruguay. Fueron 6 meses curtiendo otras tierras, masajeando otra moneda, oliendo otros vientos.

¿Cómo narramos un viaje de regreso? Dicen que el alma tarda muchos días en volver. El cuerpo llega a Estambul y siente una especie de delicia en las mezquitas y en las formas a contraluz pero el alma es rebelde. Ella sigue en el departamento de cortinas rojas en Roma(…)

Siento un cosquilleo desde los dedos hasta la punta del cabello. Y a medida de leía, me daba cuenta de que en realidad mi alma no había regresado del todo a Uruguay. Como que estaba llegando fragmentada.

Descubro.

¿Dónde está mi alma? ¿Cuándo regresé? ¿Qué siento?

***

Tengo un defecto: no hago planes. Puede ser que muchos lo vean como la mejor forma de vivir la vida y estar a plenitud, pero en realidad, esta fase solo funciona cuando perteneces a un país normal que te recibe con la casa de tus padres esperándote puertas abiertas con comida calentita.

Como soy inmigrante, me tocó volver a una casa que no es mía, a un país que tampoco es mío en un momento que quizás era -o no-el adecuado.

Después de 6 meses en Brasil y  uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

De Brasil a Venezuela, de Venezuela a Brasil

¡Puaj!

Tenía 2 años sin volver a Venezuela hice un post con todo el detalle de lo que sentí al volver, pero me parece necesario repasar esa emoción de nuevo.

Después de que te vas de tu país, dejas un poco de “ser” y te transformas de una mezcla entre lo que eras y tu nuevo yo. El proceso de adaptación te hace ver otras cosas. Cuando eres inmigrante y Venezolano la vida se pone un poco complicada, hermosa, tormentosa, dramática, nostálgica, increíble. Vives cada momento como algo totalmente nuevo, es un cambio radical de vida. En mi caso, lo mejor que puede pasar.

La nostalgia siempre está, el verbo extrañar se pasa de vez en cuando para sacarte algunas lágrimas. Y cuando llega el momento de volver a esa vida que dejaste…  resulta que es

in-cre-í-ble-men-te difícil.

Porque cuando lo enfrentas, la emoción del reencuentro dura unos pocos días. Después que pasa el furor de la fiesta de bienvenida y todos vuelven a sus vidas y tareas cotidianas, te despiertas de la realidad y observas que nada cambió.

Todos siguen haciendo lo mismo, tu “casa” está igual, tus padres, tus amigos, tus vecinos. Algún que otro cambio táctico de casamientos, hijos, etc., y tú ahí siendo testigo de este acontecimiento que es la nada. Con una mochila de historias, personajes, viajes, comidas, cuentos y sentimientos que quieres cantar a vox populi, pero no lo haces, porque: a nadie le importa, es delicado y, sobre todo ¿cómo lo explicas?

Tu casa, siempre va a ser tu casa. Pero cuando migras y vuelves te preguntas  ¿Dónde estoy? ¿Es esta mi casa de verdad? ¿Dónde esta Uruguay (mi caso)? ¿Dónde están las historias para contar? ¿Por qué no pasa nada nuevo?

Disfrutas a tu antiguo modo, cosntruyes lo que eras. Lo haces con amor y cariño y guardas las vivencias para cuando vuelvas ¿a casa?

***

Volví a São Paulo. Para el final de mi viaje en Caracas (léase que no había vuelto a casa, fue un viaje) ya estaba debatiéndome entre la dicha de la entrega familiar y la duda ante lo nuevo que me esperaba en Brasil.

¿Cuál es el polo opuesto de la zona de confort? Ahí estaba yo.

Volvía de un viaje sagrado, interno y lleno de amor familiar rumbo al desconocimiento.

Me arriesgué.

***

Salí un día nublado de Vila Mariana en São Paulo. Me despedí con una felicidad dudosa, como incompleta. Todavía no me había aburrido del “Bom dia” al levantarme; aún no me había cansado de ver la amplitud de la Av. Paulista, ni me había tapado las orejas al escuchar “Bom dia moça! Você precisa de alguma coisa? Todo a um real, todo a 1 real!!!” de los vendedores de la feria de los miércoles.

¿Por qué me tenía que ir? Aún mi cuerpo no tenía tanta celulitis como para dejar de comer pastel  de feira ni pão de queijo; el

Polaroid CUBE
Sao Paulo vista desde el Edif. Italia

smog no había saturado tanto mi nariz ni mis ojos. ¿Y si se me olvida cómo se ve SP desde el Edif. Italia? Déjenme ver otra vez esa selva de cemento desde las alturas, al menos para reiterar por qué me voy.

 

Hasta hace unos días me ardía el cuerpo de aquellos domingos de Rodas do Samba en Vila Madalena, ahora que recuerdo, se me enfría la mano creyendo que aún sostengo la cerveza Original de medio litro, la que bebí de a pico un día y un señor me dijo que eso “estaba mal visto, porque solo lo hacían las personas ebrias o las putas”.

No me dijo “putas”, pero casi.

En mi pueblo, se toma de a pico ‘e botella, señor. Lo siento.

Camino por Palermo y aún siento la presencia de los edificios de 20 pisos de alto, a pesar de estar rodeada de casas viejas increíbles. A veces me asomo a la puerta de casa y siento que ahí va a estar el árbol de flores de primavera que tenía en mi “casa” en SP, el de flores moradas radiantes que estaba apresado entre una cerca, un cableado eléctrico que hacía arder la vista de solo mirar y el edificio de ventanas minúsculas.

Aún me pregunto por qué la gente vivía en aquel edificio nefasto, ni siquiera podían asomar la cabeza en la ventana.

Pero ese árbol, le daba vida a toda la calle.

A veces, me levanto y escucho la voz de An. hablándome de su hija, de su nieto que está criando, de su madre desaparecida, de ella, del café que había hecho R. “Nossa que ruim que esta este café!”

Ahora tengo la bici y tengo sed de recorrer el Ibirapuera, aunque lo hice a pie. Pero no es lo mismo.

¿Qué habrá sido de todas las caipirinhas que no me tomé? ¿Y de los millones de lugares que nunca visité? ¿Me estarán esperando? ¿Querré ir?

Ahora voy en el ómnibus vía La Unión en Montevideo. A través de la ventana veo la calle, toda gris, con los árboles secos y “palúos”, la gente con capas de abrigos, a pesar de que no hace tanto frío y la nadie misma en las aceras, porque somos 1 millón y medio en la ciudad.

Me da gracia, porque esta imagen también me lleva a mis días en el Metro de São Paulo, y me doy cuenta de que el metro no lo extraño ni un poco, qué triste ir de un lugar a otro sin poder ver por la ventana.

Lo que sí extraño es el contenido: el olor a café con leche y pão de queijo (tengo una obsesión), la diversidad de culturas, idiomas, colores de piel, de géneros, estilos y formas.

Me encantaba ver a las chicas con labial violeta, azul o verde a plena luz del día. Las cabezas con cortes radicales, rapados, diseños, y colores diversos. Pero sobre todo, me encantaba ver a la gente tocándose sin miedo. Amaba cuando los homosexuales se besaban y se arrecostaban todo en medio de las puertas de salida y ni una mirada extrañada subía la ceja.

Impensable en Caracas. Impensable en Montevideo.

Éramos todos fantasmas, en una sociedad de 20 millones de habitantes.

Polaroid CUBE
Fantasma de S. en Vila Madalena

Ahora que el bus pasa por un shopping, agradezco no haber invertido tiempo en los de SP. Era como entrar a una ciudad dentro de otra ciudad. Como matrioska.

¿A dónde se fueron los graffittis? ¿Dónde están esas tipografías valiosísimas que dan identidad a la ciudad? ¿Y la saturación de color? ¿Dónde está el arte abarrotado por todas las esquinas? ¿Y el amor?

Me levanto.

¿Por qué todos me ven? Y recuerdo haber atravesado mil almas apresuradas en aquella ciudad furiosa, sin mirarnos, sin sentir al otro, sin observar.

¿Extraño?

Recuerdo que mientras estaba en SP pasé horas, días, momentos, pensando en La Rambla, en mis amigos/familia, en CreativeMornings, en la tranquilidad, en la vida que había construido acá, en la naturaleza, en la magia de Montevideo.

Me fui de Brasil un día nublado y regreso a Uruguay un día de lluvia constante, la que limpia la tierra y el cuerpo. El paisaje de cemento ahora era un campo de futbol natural con vacas.

Vuelvo a un lugar que conozco bien, que siento mío, pero no lo es ¿o sí?

De nuevo, vuelvo a un país que no es mío, a una casa que no es mía, a una nueva vida inmigrante.

Siempre he sido inmigrante.

***

Regresé y veo aquellos restos de lo que fui, escucho las risas que compartí y seco lágrimas que derramé quién sabe por qué, por quién o cuándo.

Me observo en la ciudad, la siento y la saboreo.

Me gusta encontrarme en esas esquinas conocidas y tomar una pieza de lo que fui para juntarla con lo que soy para recordarme.

Como decía M., en Norte de Papel: cuando vuelves, hay que hacerlo despacio, hay que comer liviano y dejar que el cuerpo arranque cuando pueda. Sin forzar nada.

Hay que dejar que pasen algunos días, cerrar los ojos, respirar, sentir el aire y el nuevo lugar que ahora te rodea.

Yo sé que volví, pero no sé si volví a casa, no sé si tengo una o tengo muchas. No sé si algún día voy a regresar, porque en mi intento de “volver a casa”, siempre vuelvo a lugares ajenos. Conocidos, sí, pero ajenos.

Y cuando ya siento a MVD como mía, me toca irme de nuevo.

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Cabo Polonio, Uruguay

¿Será que algunos nacimos para ser eternos inmigrantes?

Quiero leer sus regresos.

 


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El centro, el barrio, el miedo y las maravillas

La Plaza Francia de Altamira era mi destino predilecto para los encuentros. Recuerdo que mientras vivía en Caracas, iba desde Caricuao hasta Altamira en el metro, subía por las escaleras que dan a la plaza, y me sentaba siempre en el mismo banquito. El de la salida a mano derecha, bien cerca del heladero haitiano que siempre estaba sentadito guardándose un poco del sol. O de las señoras que venden tortas en las tardes.

Siempre había tráfico. También había gente esperando el Metrobús, adolescentes besándose, el grupo de obreros en medio de su tiempo libre viendo a las muchachas pasando, los dos restaurantes árabes, uno al lado del otro y algún que otro personaje bien al estilo Drag queen dando de qué hablar en entre esa sociedad machista.

Este banquito era importante. En él, se dio una historia de amor, me reí a carcajadas, conocí personas, me tomé fotos y también le tomé fotos a los demás, me encontré con amigos, también vi amigos durmiendo en otros banquitos, escribí, leí mi libro favorito -“La palabra más hermosa” de Margaret Mazzantini, por si les interesa- y me comí unos cuantos perros calientes.

Ahí sentada percibí que mi cuerpo se dividía entre El Ávila y La Av. Francisco de Miranda. Por tanto, la mitad de mi visión estaba destinada a admirar los verdes de la montaña que bordea toda Caracas, y que nos cuida de no ahogarnos con el Mar Caribe. Ahí también tenía el obelisco, la bandera ondeando a todo dar y el jardincito al fondo de la plaza. Esa mitad de mi cuerpo respiraba profundo, y siempre olía trópico, selva, naturaleza, a que lo bueno estaba por venir, a contentura, a calorcito.

Del otro lado, lo que respiraba era el humo de las camioneticas por puesto y los carros viejos y mal arreglados que pasaban por la avenida, el perfume de las mujeres de clase media que se sentaban a charlar por aquellos lados y el aroma del shawarma del restaurante árabe que les comenté. A veces pasaba algún pedido de Burger King y otras veces, olía a sudor de deportistas o skaters.

Y justo delante de mí, el Caracas Palace. Siempre resplandeciente, blanco como una perla en medio del caos y super chic. Siempre pensé que sólo los famosos se quedaban ahí, pero nunca reconocí a ninguna de las personas que llegaban o salían de ese lugar.

Volviendo al banquito, este era bien simple. Echo de cemento y piedritas color beige. Ahora que lo veo de lejos, me pregunto ¿Cuántas historias tendrá ese banquito? ¿Qué cosas vio que nunca se atrevió a decir? ¿Cuántas palabras de amor habrá escuchado? ¿Cuántas palabras hirientes se pronunciaron sobre él? ¿Cuántos reencuentros? ¿Cuántas botellas de Santa Teresa se bebió?

Ya quisiera averiguarlo.

Respiro profundo. A pesar del caos, yo sentía una tranquilidad inexplicable cuando me sentaba ahí. La montaña me lo permitía, me lo recordaba.

Inhala… Exhala.

¡Qué lugar! Cierro los ojos ahora y siento los rayos del sol cálido entre mis piernas… Siento la brisa fresca, casi imperceptible, las voces de los peatones que salen del metro y las risas de los hippies que venden a la salida de la estación.

El banquito también recopila horas de mi vida sentada esperando a J. para ir hasta su casa. En Palo Verde.

Voy a cambiar la vibra, ¿ok?

Palo verde, es la estación terminal de la línea 1 del Metro de Caracas, es bien cerca del barrio ( favela). Recuerdo que apenas ponía un pie fuera de la estación ya comenzaba a sentir el ambiente hostil. Recuerdo el olor del carrito de Perro Caliente (hot dog), recuerdo las decenas de personas vendiendo cosas en la acera, llena de basura y aceite. También recuerdo la señora decentísima que vendía cachapas de queso de telita y jamón; recuerdo las paradas de los carritos que suben hasta el barrio. Nosotros íbamos hasta la penúltima parada, la que tenía la menor cantidad de carritos y la mayor fila de personas. Evitábamos las horas pico, así que, por lo general llegábamos a las 10:00pm, cuando el peligro reinaba, la fila era más corta y casi no quedaban cachapas.

Me recuerdo siempre medio asustada, llena de adrenalina, aprentando la mano de J., porque nunca se sabía lo que podía pasar, no sabías quién iba a estar al lado, no sabías si ibas a seguir viviendo, si te iban a robar, o si ibas a estar en medio de alguna plomamentazón.

Así que para olvidar el contexto, yo me sentaba siempre cerca de la ventana. Porque desde ahí podía ver los edificios de lujo, lindos, bien mantenidos de Palo Verde. También vi parte de Petare, el barrio más grande de Venezuela y el más peligroso. Curioso que desde esa zona hostil, veías la paz de Caracas a lo lejos, ella en todo su esplendor, como un pesebre a las faldas de la gran Ávila, como una caja de luces de navidad recién compradas.

El choque era inmediato, el barrio se te enfrentaba de pronto, con sus millones de casas, casitas, casotas, abastos, kioscos, licorerías, gente tomando la calle, música a todo volumen, motos, motos, MOTOS, mujeres en shorts bien apretados, hombres con bolsitos de lado y sin camisa, niños corriendo, niños abrazando las piernas de las madres que jugaban dominó y muchas cervezas en hombres, mujeres y niños.

“Salú, el mío”

Y yo, ahí sentada viendo a través del vidrio del carrito, como una niña que descubre algo nuevo. Nunca dejé de maravillarme por el contraste, nunca dejé de tener miedo, nunca dejé de mirar por la ventana.

A veces, de soundtrack había un reggaetón puyuo, otras veces salsa baúl, de esa bien lentica que te bailas arrecostándolo todo en la pareja, moviendo todo el cuerpo, mejilla con mejilla, cachete con cachete, boca con boca. Otras veces (raras) estaba el señor que escuchaba rock gringo, y te lanzaba un Aerosmith, Beatles y hasta The Doors.

Olía siempre a basura, recuerdo. Y me daba una mezcla de nostalgia y rabia que fuera así, porque no había saneamiento, porque a las personas no les importaba llenar de mierda los cantos de la montaña, porque nadie nos dijo que estaba mal, porque tampoco le puedes decir y así es el barrio.

Y entonces, después de 30 minutos de subidas y curvas, el carrito me dejaba justo en frente de la casa de J., ni siquiera era necesario cruzar.

“Pana, cóbrate dos ahí. Si va, gracias hermano, que tenga buenas noches. ¡Vayalo!”

Respiro. Me alivio. Llegué a casa.

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13 años antes de irme a Uruguay

Cuando tenía 10 años, vi una noticia sobre Uruguay en la TV. “Papá, ¿qué es Uruguay?, ¿Quién va para allá?¿Qué país es ese? ¡No tiene nada! ¡Qué horror!”

En medio de mi ego, las palabras de mi padre llegaron, sin que yo supiera en ese momento, para quedarse: “Uruguay es un país al sur, bien cerca de Argentina. Tiene playas muy lindas. Es tremendo país”.

“Nunca va a ser como Venezuela”, respondí.

***

Cada vez que alguien me pregunta cómo hacer para irse de Venezuela, respondo que no es muy difícil. Solo hay que abrir el mapa mundi o “Googlemaps” y observar con detalle cada país, sus fronteras, sus límites y sus climas.

Comenzar a sentirse en el lugar, preguntárte qué climas estás buscando, qué aires quieres respirar, qué cosas te motivan de cada región, qué mares vas a admirar y qué comida quieres experimentar.

Mientras el cuerpo y la mente estén bien, la energía fluye y los portales se abren a nuevas oportunidades.

13 años después me encontraba tomando un avión que no solo me trasladaba a un nuevo destino, también iba rumbo a una nueva vida, casualmente, Uruguay iba a convertirse en mi hogar.

Qué ironía de la vida haberme burlado un día de un lugar que tiempo después me abriría las puertas para abrazarme, porque ya mi país no podía hacerlo más.

Entre burlas y burlas, se traga una el agua de nuestra propia tormenta.

¿Nunca les pasó?

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