18 horas en tren

Hablemos de los no-lugares, del presente, de las experiencias en tren y lo que pasa en 18 horas.

Andar en cualquier medio de transporte es raro, porque una sabe muy bien de dónde viene y a dónde va, pero no queda claro dónde estamos en el momento exacto que alguien pregunta… Para cuando respondes se está en otro lugar.

Hablamos de los no-lugares en el curso de escritura de viajes, pero ¿que es un no-lugar?

Es el espacio que divide el pasado y el futuro, el trayecto de un lugar a otro, es la transición, es estar en el medio del todo… O la nada.

Es mal uso del verbo ¨estar¨.

El no lugar, es este tren que va desde Buenos Aires a Córdoba, ese espacio donde estuve durante 18 h.


Es la primera vez que viajo en tren.

B. y F., me acompañaron hasta la estación Retiro de Buenos Aires, ninguno de los 3 teníamos muy claro cómo iba a ser mi despedida, pero para resumirles, me vi entrando por un portal negro de alrededor de 3m de alto que tenían el número 8 centrado en la parte superior junto a la bandera argentina que decoraba cada portal. Del otro lado, un tren azul celeste larguísimo estaba aguardando a los pasajeros.

¿Te vas a Hogwarts? me dijo B.

Estación Retiro, Buenos Aires, Argentina

Solo me faltó la lechuza, un carrito de supermercado y pasar a través de un muro para que la visión fuera exacta. La estación Retiro, es como entrar en otro mundo.

Cuando me despedí, me di cuenta de la desventaja de viajar sola. No podía expresar mis pensamientos como quería, sufrí del síndrome de la emoción no compartida. Tenía el gritito de colapso (de felicidad) en la punta de la garganta y lo único que me sirvió de desahogo fue abrir más los ojos, esbozar una sonrisa y tener a mano mi libreta y lápiz.

Para mí, viajar en tren es vivir aquello que siempre viste en TV.

Implica escuchar el sonido de la campanilla cuando el tren está a punto de salir, dormir con el sonido de rieles, admirar muchos paisajes a través de las ventanas grandes, entender que los pueblos siguen, que las praderas se extienden y que las personas avanzan mientras tu estás sentado, medio incómodo (caso de trenes argentinos) sin muchas distracciones alrededor, pero contento.

Vas al baño sin bajar la cabeza ni agarrarte de los asientos. Se camina cómodo, tranquilo, sin movimientos bruscos a causa de frenos o bocinas. No hay tráfico, no hay semáforos.

Solo hay paisaje, pueblos y la estación Rosario a mitad de camino.

Había una cantina y, a pesar de que no tenía ganas de tomar café, lo compré igual. Me senté en una de las mesas, al lado de la ventana mientras el paisaje iba de volada, admiré mi alrededor.

Me acuerdo a la pareja de señores que discutían sobre qué hacer en Córdoba, el olor de  las medialunas -que no compré -recién salidas del horno, el sonido de la máquina de café sabiendo que el que salía era para mí, la carpa de circo que vi entre el paisaje, que por cierto me recordó al hermano de N., que nada que ver.

Me reí sola por ese recuerdo, pensé en enviarle un mensaje, pero no venía al caso. Así que sostuve la cabeza con el brazo apoyado a la mesa y agradecí al señor por haberme traído el café.

Estaba  malísimo, pero te sientes tan bien que el sabor es lo de menos (¿eso último tiene sentido?).

El primer sorbo lo brindé por la primera vez que me tomaba un café en un tren, me sentí que había acumulado una experiencia más a mi vida. El resto de los tragos, me hicieron olvidar al bebé que lloró toda la noche, la conversación de los hippies que hablaban de fumar marihuana en los baños a todo gañote y las zancadas del niño que estaba practicando su nueva habilidad de correr de un lado para otro.

También agradecí, por estar en ese lugar, por cumplir uno de mis objetivos e ir en el trayecto rumbo a una ciudad desconocida.

No sé si viajaría muchas veces en ese tren, pero sí que me hubiese arrepentido de no haberlo hecho.

Mesas del cafetín del tren que va de Córdoba a Argentina

#GraciasArgentina, por la experiencia.

PD. No se olviden de hacer un playlist para viajar. Yo no fui prudente y pasé 18h sin música. Aún no tengo un playlist de viajes, pero me encontré con este disco que me parece que es lindo para compartir.

***

¡Soy toda oídos y corazón!
Escríbeme en caso de que tengas alguna consulta, si quieres comentarme algo o si tienes ganas de compartir tu experiencia. Trataré de responderte lo más pronto que pueda :)

 

2 años esperando volver a Venezuela y perdí el vuelo

En mi taller de Escritura de Viajes hablamos de los No-Lugares.

¿Qué es un No Lugar? Un espacio por donde transitas. Es el estar, pero no.

2 años pasaron desde que no veía a mi familia y cuando tomé la decisión de volver a verlos, perdí el vuelo y me quedé varada en el Aeropuerto Intercancional El Dorado en Bogotá.

Por suerte, tuve la desgracia de sentirme tan mal que lloré a cántaros, desconsolada, privada, avergonzada de lo que acababa de pasar, porque ya mi familia estaba en el aeropuerto esperándome. Y digo “por suerte”, porque yo era uno de los personajes que dan vida a los no-lugares, sin duda.

Me vi. Me vi llorando en cámara cenital con luces pálidas y miradas de condolencia a mi alrededor.

Me vi reflejada en los ojos azul celeste de la señora que estaba detrás de la ventanilla de Avianca, tratando de hacerme entender que no podían hacer nada, que debía volver a pagar para salir de esa pesadilla.

Me vi en los ojos de la señora de al lado de la ventanilla, que me observaban con discreción y pena, porque mi boca exclamaba que eran los últimos 100usd que tenía en el bolsillo.

Me escuché en el “acabas de perder el vuelo” de la aeromoza que anunciaba otro vuelo.

Me sentí en sandwich de Subway que me compré, el que pedí vegetariano y me dieron con sabor a dolor, a menos dinero, a miedo.

Me sentí en el aire frío de atardecer en Bogotá. Me sentí en el equipaje pesadísimo que cargaba encima, en las notas de voz de mi mamá que me decía “ya pasó, mañana nos vemos”, en las 24h que faltaban para que yo pudiera verlos de nuevo.

24 horas que pasaron tan lento como 2 años.

Hasta que encontré un pedacito de aeropuerto que se transformó en lugar. Mi lugar. Un rincón que pasaba desapercibido si no girabas a la derecha de la entrada y seguías hasta el final, después de la agencia de viajes. Bien al fondo.

Mi lugar eran 5 sillas que terminaron siendo sala de cine, comedor, cama y tiempo de espera. En ellas percibí todas las facetas del cielo “rolo”, allí vi todos los colores que pasaron entre el azul cielo y el negro noche. Incluyendo los violetas, rojos, naranjas y verdes de entre medio.

El lugar que me decía que estaba entre Colombia y Venezuela. Pero que me mostraba Colombia. El lugar que me calmó la ansiedad con las montañas de enfrente y olor a lluvia. El lugar en el que pasé frío a media noche y el que me dio la bienvenida con el amanecer.

El lugar en el que escuché a otros personajes, como el guardia que habló con su amante y su esposa, prometiéndoles el mismo amor. Y el otro guardia que se reía al ver a la señorita de limpieza.

También me mostró la felicidad de la pareja gringa que fue junta al baño, y el hombre que estaba buscando dónde conectar su teléfono para cargar y me mostró que el aeropuerto no tiene lugar para el “batería baja”

Vi desde ahí, cómo la fila del check-in iba disminuyendo, vi a las señoritas de las aerolíneas bien maquilladas y peinadas, mostrando una sonrisa hasta el final de su turno. Vi las luces encendidas y apagadas, vi el día y la noche, la felicidad y la nostalgia de los que se despiden.

Vi y viví. Hasta que se hizo la hora, bebí un café Juan Valdez increíble que me devolvió el alma y me fui, hasta mi otro próximo lugar.

Polaroid CUBE
Volando Colombia

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