¿A qué casa vuelve un inmigrante viajero?

“Narrar un viaje de regreso”
Después de 6 meses en Brasil y uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

Tuve mucho tiempo desconectada de la escritura sentimental, esta que me mueve y que me lleva a hacer que tú/vos vibres y me cuentes qué sentiste con este montón de palabras que tiro acá en el blog.

Al menos es mi intensión.

Para reconectarme con esta maravilla que es el papel y el lápiz o el teclado y los dedos, revisé mi última lección del taller de escritura de viajes con Norte de Papel. En realidad, terminó hace unas semanas (me parece que un mes), pero yo no le quería dar fin. En mi escritorio de la computadora, veía el PDF pidiendo a gritos ser leído y yo lo ignoraba abriendo Google Chrome.

Hasta que en estos días, lo leí y ¿a que no saben de qué hablaba? 

“Narrar un viaje de regreso”

Vibré.

Ya sabía que había algo extraño en este nuevo regreso a Uruguay. Fueron 6 meses curtiendo otras tierras, masajeando otra moneda, oliendo otros vientos.

¿Cómo narramos un viaje de regreso? Dicen que el alma tarda muchos días en volver. El cuerpo llega a Estambul y siente una especie de delicia en las mezquitas y en las formas a contraluz pero el alma es rebelde. Ella sigue en el departamento de cortinas rojas en Roma(…)

Siento un cosquilleo desde los dedos hasta la punta del cabello. Y a medida de leía, me daba cuenta de que en realidad mi alma no había regresado del todo a Uruguay. Como que estaba llegando fragmentada.

Descubro.

¿Dónde está mi alma? ¿Cuándo regresé? ¿Qué siento?

***

Tengo un defecto: no hago planes. Puede ser que muchos lo vean como la mejor forma de vivir la vida y estar a plenitud, pero en realidad, esta fase solo funciona cuando perteneces a un país normal que te recibe con la casa de tus padres esperándote puertas abiertas con comida calentita.

Como soy inmigrante, me tocó volver a una casa que no es mía, a un país que tampoco es mío en un momento que quizás era -o no-el adecuado.

Después de 6 meses en Brasil y  uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

De Brasil a Venezuela, de Venezuela a Brasil

¡Puaj!

Tenía 2 años sin volver a Venezuela hice un post con todo el detalle de lo que sentí al volver, pero me parece necesario repasar esa emoción de nuevo.

Después de que te vas de tu país, dejas un poco de “ser” y te transformas de una mezcla entre lo que eras y tu nuevo yo. El proceso de adaptación te hace ver otras cosas. Cuando eres inmigrante y Venezolano la vida se pone un poco complicada, hermosa, tormentosa, dramática, nostálgica, increíble. Vives cada momento como algo totalmente nuevo, es un cambio radical de vida. En mi caso, lo mejor que puede pasar.

La nostalgia siempre está, el verbo extrañar se pasa de vez en cuando para sacarte algunas lágrimas. Y cuando llega el momento de volver a esa vida que dejaste…  resulta que es

in-cre-í-ble-men-te difícil.

Porque cuando lo enfrentas, la emoción del reencuentro dura unos pocos días. Después que pasa el furor de la fiesta de bienvenida y todos vuelven a sus vidas y tareas cotidianas, te despiertas de la realidad y observas que nada cambió.

Todos siguen haciendo lo mismo, tu “casa” está igual, tus padres, tus amigos, tus vecinos. Algún que otro cambio táctico de casamientos, hijos, etc., y tú ahí siendo testigo de este acontecimiento que es la nada. Con una mochila de historias, personajes, viajes, comidas, cuentos y sentimientos que quieres cantar a vox populi, pero no lo haces, porque: a nadie le importa, es delicado y, sobre todo ¿cómo lo explicas?

Tu casa, siempre va a ser tu casa. Pero cuando migras y vuelves te preguntas  ¿Dónde estoy? ¿Es esta mi casa de verdad? ¿Dónde esta Uruguay (mi caso)? ¿Dónde están las historias para contar? ¿Por qué no pasa nada nuevo?

Disfrutas a tu antiguo modo, cosntruyes lo que eras. Lo haces con amor y cariño y guardas las vivencias para cuando vuelvas ¿a casa?

***

Volví a São Paulo. Para el final de mi viaje en Caracas (léase que no había vuelto a casa, fue un viaje) ya estaba debatiéndome entre la dicha de la entrega familiar y la duda ante lo nuevo que me esperaba en Brasil.

¿Cuál es el polo opuesto de la zona de confort? Ahí estaba yo.

Volvía de un viaje sagrado, interno y lleno de amor familiar rumbo al desconocimiento.

Me arriesgué.

***

Salí un día nublado de Vila Mariana en São Paulo. Me despedí con una felicidad dudosa, como incompleta. Todavía no me había aburrido del “Bom dia” al levantarme; aún no me había cansado de ver la amplitud de la Av. Paulista, ni me había tapado las orejas al escuchar “Bom dia moça! Você precisa de alguma coisa? Todo a um real, todo a 1 real!!!” de los vendedores de la feria de los miércoles.

¿Por qué me tenía que ir? Aún mi cuerpo no tenía tanta celulitis como para dejar de comer pastel  de feira ni pão de queijo; el

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Sao Paulo vista desde el Edif. Italia

smog no había saturado tanto mi nariz ni mis ojos. ¿Y si se me olvida cómo se ve SP desde el Edif. Italia? Déjenme ver otra vez esa selva de cemento desde las alturas, al menos para reiterar por qué me voy.

 

Hasta hace unos días me ardía el cuerpo de aquellos domingos de Rodas do Samba en Vila Madalena, ahora que recuerdo, se me enfría la mano creyendo que aún sostengo la cerveza Original de medio litro, la que bebí de a pico un día y un señor me dijo que eso “estaba mal visto, porque solo lo hacían las personas ebrias o las putas”.

No me dijo “putas”, pero casi.

En mi pueblo, se toma de a pico ‘e botella, señor. Lo siento.

Camino por Palermo y aún siento la presencia de los edificios de 20 pisos de alto, a pesar de estar rodeada de casas viejas increíbles. A veces me asomo a la puerta de casa y siento que ahí va a estar el árbol de flores de primavera que tenía en mi “casa” en SP, el de flores moradas radiantes que estaba apresado entre una cerca, un cableado eléctrico que hacía arder la vista de solo mirar y el edificio de ventanas minúsculas.

Aún me pregunto por qué la gente vivía en aquel edificio nefasto, ni siquiera podían asomar la cabeza en la ventana.

Pero ese árbol, le daba vida a toda la calle.

A veces, me levanto y escucho la voz de An. hablándome de su hija, de su nieto que está criando, de su madre desaparecida, de ella, del café que había hecho R. “Nossa que ruim que esta este café!”

Ahora tengo la bici y tengo sed de recorrer el Ibirapuera, aunque lo hice a pie. Pero no es lo mismo.

¿Qué habrá sido de todas las caipirinhas que no me tomé? ¿Y de los millones de lugares que nunca visité? ¿Me estarán esperando? ¿Querré ir?

Ahora voy en el ómnibus vía La Unión en Montevideo. A través de la ventana veo la calle, toda gris, con los árboles secos y “palúos”, la gente con capas de abrigos, a pesar de que no hace tanto frío y la nadie misma en las aceras, porque somos 1 millón y medio en la ciudad.

Me da gracia, porque esta imagen también me lleva a mis días en el Metro de São Paulo, y me doy cuenta de que el metro no lo extraño ni un poco, qué triste ir de un lugar a otro sin poder ver por la ventana.

Lo que sí extraño es el contenido: el olor a café con leche y pão de queijo (tengo una obsesión), la diversidad de culturas, idiomas, colores de piel, de géneros, estilos y formas.

Me encantaba ver a las chicas con labial violeta, azul o verde a plena luz del día. Las cabezas con cortes radicales, rapados, diseños, y colores diversos. Pero sobre todo, me encantaba ver a la gente tocándose sin miedo. Amaba cuando los homosexuales se besaban y se arrecostaban todo en medio de las puertas de salida y ni una mirada extrañada subía la ceja.

Impensable en Caracas. Impensable en Montevideo.

Éramos todos fantasmas, en una sociedad de 20 millones de habitantes.

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Fantasma de S. en Vila Madalena

Ahora que el bus pasa por un shopping, agradezco no haber invertido tiempo en los de SP. Era como entrar a una ciudad dentro de otra ciudad. Como matrioska.

¿A dónde se fueron los graffittis? ¿Dónde están esas tipografías valiosísimas que dan identidad a la ciudad? ¿Y la saturación de color? ¿Dónde está el arte abarrotado por todas las esquinas? ¿Y el amor?

Me levanto.

¿Por qué todos me ven? Y recuerdo haber atravesado mil almas apresuradas en aquella ciudad furiosa, sin mirarnos, sin sentir al otro, sin observar.

¿Extraño?

Recuerdo que mientras estaba en SP pasé horas, días, momentos, pensando en La Rambla, en mis amigos/familia, en CreativeMornings, en la tranquilidad, en la vida que había construido acá, en la naturaleza, en la magia de Montevideo.

Me fui de Brasil un día nublado y regreso a Uruguay un día de lluvia constante, la que limpia la tierra y el cuerpo. El paisaje de cemento ahora era un campo de futbol natural con vacas.

Vuelvo a un lugar que conozco bien, que siento mío, pero no lo es ¿o sí?

De nuevo, vuelvo a un país que no es mío, a una casa que no es mía, a una nueva vida inmigrante.

Siempre he sido inmigrante.

***

Regresé y veo aquellos restos de lo que fui, escucho las risas que compartí y seco lágrimas que derramé quién sabe por qué, por quién o cuándo.

Me observo en la ciudad, la siento y la saboreo.

Me gusta encontrarme en esas esquinas conocidas y tomar una pieza de lo que fui para juntarla con lo que soy para recordarme.

Como decía M., en Norte de Papel: cuando vuelves, hay que hacerlo despacio, hay que comer liviano y dejar que el cuerpo arranque cuando pueda. Sin forzar nada.

Hay que dejar que pasen algunos días, cerrar los ojos, respirar, sentir el aire y el nuevo lugar que ahora te rodea.

Yo sé que volví, pero no sé si volví a casa, no sé si tengo una o tengo muchas. No sé si algún día voy a regresar, porque en mi intento de “volver a casa”, siempre vuelvo a lugares ajenos. Conocidos, sí, pero ajenos.

Y cuando ya siento a MVD como mía, me toca irme de nuevo.

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Cabo Polonio, Uruguay

¿Será que algunos nacimos para ser eternos inmigrantes?

Quiero leer sus regresos.

 


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Amor en Sampa

No sé si soy amor o me rodee tanto de él en São Paulo que me transformé en el.

El recordatorio es latente, está en casa, en las aceras, cabinas telefónicas, ómnibus, calles, muros, postes; en los abrazos que ves de lejos y en los que te dan a diario (o cada 3 días); en las lágrimas de la muchacha que estaba llorando en la plaza y en las tuyas cuando tienes el verbo “extrañar” en mayúscula; en el pão de queijo que te comes y en el pan que hice yo.

El amor.

Por supuesto que a veces te invaden otros sentimientos, pero apenas volteas a cualquier costado, recuerdas, amor. Ahí está. Escuchas los latidos, lo sientes, te sientes, ahí, del lado izquierdo en tu pecho. Tú. Amor.

São Paulo, ciudad de furia, ciudad de amor.

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Beco do Batman, Vila Madalena -São Paulo

 

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Veracidade o ver a cidade?

Se llama Mauro Neri da Silva. Es graffitero. No lo conocí en persona, pero conocí sus trazos, que dejan huella en todos los rincones de Sampa.
Veracidade y ver a cidade. Su invitación informal a la observción, a prestar atención y ser buenas personas, ¿volver a los valores?

Unas mujeres que yo llamo “sus negritas” acompañan su VER y su VERACIDAD. Ellas siempre con la mirada hacia arriba, ¿será que tenemos que comenzar a dejar de ver el suelo y comenzar a ver las caras, a dejar las pantallas por las bocas?

Quién sabe.

Mauro, ni siquiera me conoce, pero sin saberlo, ya me enseñó mucho.
Ver, verdad, veracidad, ver la ciudad. Amarla, cuidarla, valorarla y sentirla.

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Ya vengo, me voy a perder

¿Qué probabilidades tiene una venezolana común de estar São Paulo y tener una amiga de Curitiba?

¿Que probabilidades tiene esta venezolana de fumar con su amiga e ir a vender Palha Italiana y #Negritas en  la Av. Paulista?

¿Qué probabilidades hay de que la venezolana vaya hasta la Av. más importante de Brasil, se siente en el piso de la acera y dedique 3 horas de su día a estar ahí?

***

Debe haber más de 5000 filtros de cigarro en la Av. Paulista de SP. Pareciera que el mantenimiento gubernamental solo barriera las hojas de los árboles.
Así la ciudad se ve menos parque.
Con este sol, las medias azules con estrellas blancas de la Mishi me dan calor.


¡Y hambre! Aunque no tiene nada que ver. De todas formas ya me arrepentí de haberme puesto zapatos negros.


Dos chicos bien vestidos (y parecidos) se acaban de detener a pegar sus diseños en la pared de Bradesco justo en nuestra frente.


¡Dios, qué sol!


Desde que nos sentamos en la acera, han pasado 635 personas. 325 están vistiendo jeans, 100 están de shorts y el resto creo que son menores de edad. Sin contar, lo bien vestidos que están los chicos que están pegando sus diseños en la pared, bonitos -los diseños-.


Del otro lado de la calle, una chica conecta un parlante y comienza a cantar What a wonderfull world acompañada de su guitarra y el pum pum del cajón peruano que está tocando su amiga ¿Serán amigas o novias? ¿Por qué dije amiga? ¡Yo qué sé!.


Mmm… Acaba de llegar un olor a pan con canela y azúcar que me levantó hasta lo que no fue. En mi pueblo, ese olor sería de Cinnamon o rollitos de canela.


Ahí van 2 hombres, 1 señora y 20 adolescentes jugando Pokemon Go. Lo sé, porque caminan guiados por el instinto automático y la mirada fija en la pantalladel celular. Casi se tropiezan entre ellos por intentar cazar uno.


También pasó una japonesa de lentes, y recuerdo la enseñanza de un amigo “São Paulo es la ciudad con la mayor colonia japonesa en Brasil”


Fumé marihuana hace un rato, estoy sensible. Escucho el taconeo de la señora, el “obrigado” de la cantante al otro lado de la acera, el sonido de la tapa de la alcantarilla que acaba de pisar el muchacho de camisa amarilla y las campanillas de las bicis que van por la ciclo vía.

¡Cuántas “illas” en un mismo párrafo”!


Hace 2 minutos, un vagabundo se detuvo frente a mí, supongo que le llamó la atención verme escribiendo en plena furia citadina, y preguntó “Cadê a caneta?”
Mi cara reflejó un perfecto “no entendí” y Mishi levanta su lápiz.


“Ah! Ai está a caneta!” . Suelta una carcajada, me ve, extiende la mano, yo le doy mi mano también, y dice “O cor, né?, somos do mesmo cor?”


Nos veo.

“Somos, sim”.

***

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De tarde el reencuentro es inminente.

El Ibirapuerra nos da la bienvenida con un árbol repleto de flores color rosa fuerte, casi con luminaria natural. Una muchacha con audífonos puestos coloca sus manos en el tronco del árbol, y como si lo estuviera empujando baja la cabeza entre los brazos, cierra los ojos y se queda ahí, quieta. Ni se inmuta ante nuestras miradas.

Ella es, junto con el árbol.

¡Ta lotado de pessoas! dice mi amigo.

Descubrimos el estado de tranquilidad de los patos recibiendo el atardecer nadando en el lago, y nuestra tranquilidad al verlos. También que el GPS interno de los chicos no estaba funcionando bien y dimos más vueltas de las necesarias para poder encontrar tomar un lugar para tomar café.

¡La música es tan necesaria en los espacios públicos! La diferencia entre caminar con música de ambiente en mute, y la transición emocional al escuchar una batería y un saxo en pleno camino, te cambia el tumba’o.Caminas con ritmo y hasta con sonrisa.

Pasamos por el puente sobre el lago y el sol nos bañó de amarillo, nos calentó y nos recargó.

¡Foto, foto!

Descubrimos que la chica que nos atendió, le encanta que le digan que su café es buenísimo y tengo la sensación de que va a lanzarse a un emprendimiento. Ella se lo cree, nosotros somos sinceros con ella.

Ya de noche las calles se nos perdieron y nos encontramos en las desconocidas… Ellos viejos encontrando lo nuevo en su propia ciudad, yo nueva, entre lo nuevo.

Callejones, arte, árboles de mora, casas de ensueño en alquiler, el Instituto de Biología y su arquitectura de terror, la calentura de la noche en pleno invierno, nosotros en la caminata, mi emoción, la emoción de ellos. Nuestro reencuentro, con nosotros y con la ciudad.

Compramos un vino, cocinamos burguis de lentejas “Não fale de burgui, Hamburguesa é uma palavra linda”, escuchamos música, mía y de ellos.

Recordamos el pasado, agradecimos el presente y en el futuro quedamos para ir a costa paulista.

¿Recuerdas qué sentiste la última vez que te perdiste?

20 sonidos que escuché en São Paulo

Una lista de 20 cosas que he escuchado, mientras vivo en una de las ciudades más activas de Sudamérica.

Estoy comenzando un curso de Escritura de viajes con Norte de Papel. Me encantó esta práctica, así que la comparto con ustedes con la esperanza de que, a partir de ahora, abran sus sentidos y recuerden todas esas cosas que olieron, tocaron, escucharon u observaron en su ciudad y las compartan, con ustedes, o conmigo si quieren :)

Tuve una conversación con São Paulo y esto fue lo que escuché>

  1. ¡Oí mosa! ¿Posso ajudar em aguma coisa? ¡Bom dia, bom dia meu bem! ¡Oí flor! y otros saludos de decenas de vendedores de la feria de los miércoles. Pasas entre ellos recibiendo todas esos flashes y clics fotográficos verbales como quien va entrando al salón de la fama.
  2. Los pasos de cientos de personas caminando por la Av. Paulista. Si eliminamos el resto de los sonidos de ese lugar, cada pie se transformaría en el eco de un tambor en plenas fiestas de San Juán de la costa caribeña.
  3. Los susurros dentro de la sala de exposiciones del MASPI (Museo de Arte de São Paulo), cual aviones volando en los cielos tratando no dejar mal a la parvada intelectual.
  4. El narrador de las olimpiadas de basket que, gracias a la falla de los parlantes de la tele, se le pegó el acento robótico.
  5. La chica que me habló a través del micrófono de la taquilla, a pesar de sus intentos de sonar “normal”, tuvo la gran desilusión de escucharse de nuevo en su RE nasal. Aún latecnología no encuentra una fórmula para evitar el sonido modo: nariz tupida.
  6. El agua caliente cuando cae para colar el café, es como si abrieras el grifo de las mañanas.
  7. Los roses de la ropa con otras personas en el metro, como miles de sábanas sintiéndose culpables de hacer ruido justo cuando todos están durmiendo a las 3am.
  8. El pitido de la máquina de la tarjeta de crédito, la alarma despertadora de los bancos.
  9. Los patos nadando en la laguna del Parque Ibirapuerra, como bailarinas de Dios danzando en aguas calmas. Como diría un amigo “líbrame de las aguas mansas que de las turbias me encargo yo”.
  10. Las músicas que suenan en 10 locales de la calle Aspicuelta de Vila Madalena a todo volumen, es como tratar de tener una conversación por Skype y que 2 de tus amigos tengan delay.
  11. El rumor de la ciudad desde el Edificio Italia, la previa del rugido del león.
  12. La mujer que acaba de exclamar NOSSA! en el supermercado, el drama de María la del Barrio, se quedó corto.
  13. Marcelo, ensayando con su teclado en la sala de casa, melodías que te hacen pensar que todo va a estar bien a pesar de que ibas a la playa y amaneció lloviendo.
  14. La señora que está barriendo la acera, la escoba bailando de un lado para otro haciéndole cosquillas al piso.
  15. El sonido de las cámaras fotográficas en el Beco do Batman, un callejón que reúne los trabajos de algunos de los mejores grafiteros de la ciudad, plagado de mosquitos en pleno verano a las 6pm.
  16. Baianá, Baianá que suena en Nossa Casa, la canción que te lleva a olvidar la Selva de Cemento y te traslada a la orilla de cualquier playa de la costa nordestina de Brasil, con luna llena, fogata, inciensos, sudor, baile y mucha sensualidad.
  17. La expresión Alan se escoñetó del hermano de Alan, que está aprendiendo español. El acento brasilero tratando de dar un giro caribeño, con un éxito más gracioso que aceptable.
  18. El sonido del rodillo que paso para entintar mi grabado sobre madera, si te acercas bien, suena como una marcha de ositos de gomita. Aunque ahora que lo pienso, para los románticos podrían ser muchos besos sonando <3
  19. Cuando voltearon la carne del churrasco (parrilla/ asado) que se hizo en casa,la carne sonaba ¡tsss, tsss, tsss! como el llamado de un amigo cuando tiene un secreto para contar urgente.
  20. Yo, practicando la pronunciación de Avó e Avô (abuela y abuelo), como si pronunciara “banco y banco”. Misma palabra, significados diferentes y una frustración lingüística invernal.

Por cierto, ya te preguntaste ¿Cómo escuchas a tu ciudad?

 

Sobre cómo sobreviví un mes con ‎€ 50 en Brasil

El dinero no es más una excusa para viajar, conocer y hacer lo que quieres. Acá cuento mi experiencia.

Las líneas entre países están cada vez más difuminadas, el mundo se moviliza, las personas salen de sus casas, la mente quiere expandirse y los viajeros, cada vez somos más.

Del otro lado, las plataformas colaborativas se fortalecen, la confianza en el otro resurge después de aquella nefasta época individualista del ser humano, los residentes reciben viajeros en sus casas y vuelve el trueque o intercambio como nueva forma de pago.

Las plataformas colaborativas superan las espectativas del mercado tradicional, Uber, Airbnb, couchsurfing y otros “malestares” del capital, se plantan para evolucionar las relaciones humanas.

Estamos a un clic para viajar, a otro para contactar a otra persona que viva en el país que queremos conocer, a otro de encontrar una forma de intercambio que permita gastar la menor cantidad de dinero posible, y a una compra de pasaje para hacer todo realidad.

Las difusas líneas fronterizas se llevan el dinero con ellas:

¿Qué tienes para ofrecer que le interese a la otra persona? ¿Cuántos idiomas hablas? ¿Cuántos mates preparas? ¿Cuántas harinas para arepas puedes llevar? ¿Das clases de Forró? ¡Recuerda traerme un chocolate!

Básico: Si tú tienes algo para compartir, siempre habrá una persona lo necesita.

***

En Venezuela, nos enseñan a que nunca tenemos dinero. Para nuestra sociedad, el dinero es como una herramienta que, a pesar de buscarla, de tenerla en la mano y de usarla, jamás va a funcionar bien.

Nuestras cuentas pueden tener muchos ceros, pero la respuesta ante el viaje o ante el placer de comprar algo es: no tengo mucha plata.

Para viajar necesitamos mínimo quién sabe cuántos miles de dólares, porque quién sabe qué puede pasar, quién sabe cuánto cuesta eso. Hay que llevar pal’ mercado, pa’ comprarse la ropita y pa’ el por si acaso.

También te llevas un poquito más por si te provoca come’te un dulce, otro poquito más por si tienes sobrepeso en la maleta, otro poco más pal’ perro, pal’ estacionamiento y pal’ guardia que seguro te va a parar antes de llegar al aeropuerto (quizás lo último sí lo deban tener en cuenta).

Es que en Venezuela, uno nunca sabe. Es mejor prevenir.

Y nunca falta el amigo que te dice “¡Nooo papá! eso no te va al alcanza’ pa’ na’, yo que te lo digo (adjunten un individuo que jamás fue al país al que tú vas), tengo una conocida que fue, y se devolvió a los dos días”.

De antemano, una recomendación sin experiencia personal, no hay que tomarla en cuenta. Porque:

Probablemente, era una tipa que al llegar a ese país, se tomó todas las birras, comió en los restaurantes más caros, se compró ropa, pagó tours y hasta se fue a cortar el pelo.

Mire señor/ señora, amig@:

Si usted tiene el pasaje ¡VÁYASE! ¿Qué estás esperando?

Si ya tienes la plata EN LA MANO. Es momento de agarrar tus cositas, e irte. 

Allá vemos cómo resolvemos.

***

Si leyeron sobre mi proceso para trabajar en São Paulo, se habrán dado cuenta que cuando tomé la desición de viajar a Brasil, en realidad ni siquiera tenía dinero para comprarme un litro de leche. Pero por cosas de la vida, cuando comencé a pensar en formas de intercambio y de trabajo, el universo y sus cosas maravillosas, abrieron un portal inmenso de oportunidades para mí.

Y conseguí lo que quería, hacer intercambio de trabajo por alojamiento.

Si ya leíste el post anterior, te cuento lo que pasó después de que trabajé en Ô de casa hostel.

Salté al agua

Fui para Venezuela a visitar a mi familia después de no haberlos visto en 2 años. INVERTÍ todo el dinero que tenía en pasajes. Bueno, no todo (ahí afloró la mala costumbre venezolana), en realidad me quedé con ese monto pal’ por si acaso.

¡Menos mal que lo tenía!, porque perdí un vuelo y tuve que pagar una multa. De no haber sido así, me hubiese quedado varada en mi escala en Bogotá.

En fin, eso solo le pasa a personas que viven en la Luna, si vives en allá,
llévate dinero por sia. Si no, ignora todo y arriésgate.

En fin, quedé con 50 euros en la mano y unos 100 reales, que equivalen a 30 USD y monedas.

Ta, son más de 50 euros, cierto. 

***

Existe una plataforma brasilera llamada World packers, ellos son un intermediaro entre tus habilidades vs un montón de hostels que están buscando voluntarios como tú.

Funciona en muchos países del mundo, puedes investigar.

Te puedes registrar gratis. Sin embargo para comenzar a hacer uso del site y asegurar un lugar, necesitas tarjeta de crédito internacional. Si un hostel te acepta, ellos retiran/debitan USD $60 de tu tarjeta.

Yo no tengo tarjeta, y tampoco quiero que me debiten USD 60, solo por que un hostel me aceptó para trabajar por intercambio.

Gracias WP, pero no. Entonces, ¿qué hizo Sinay, como el monte?

Usé WP como intermediario para encontrar hostels que necesitaran colaboradores en el área de recepción, abrí el Facebook, me hice fan de los que me gustaban, agarré los emails y comencé a enviar a cada uno mi CV con una breve historia sobre quién era, qué hacía, qué cosas podía compartir con ellos y mi disponibilidad de hacer intercambio.

Me respondieron varios, pero Nomade In Arte Hostel ganó mi corazón.

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Equipo Nõmade In Arte Hostel

Ellos me dan alojamiento y una canasta básica de mercado. Yo, trabajo 4h y 30min por día. 6 días a la semana. Horario rotativo.

En promedio, me estoy ahorrando unos 500 dólares (o más) mensuales.

¡Yei!

Mi caso es un tanto extraño, porque estoy en una etapa de transcición… Ni soy viajera, ni quiero quedarme. Estoy viviendo el momento, a ver qué pasa.

Sin embargo, imagina una persona que va a viajar por placer y tenga la posibilidad de ahorrarse esa grana… Nada que envidiar a Alicia y sus maravillas.

Además, este tipo de intercambios, abre posibilidades para conocer personas locales, para vivir la ciudad al máximo, aprender, crear, en fin…

Y los que buscan quedarse por mucho tiempo, no se preocupen. Hay hostels que no tienen problema con que trabajes mucho tiempo, a ellos les conviene, pero tampoco recomiendo que les digas de una vez.

Juega un poco, observa bien el lugar, busca acuerdos.

Primero da el paso. Lo demás lo resolvemos luego.

***

¡Sobreviví!

Tengo la suerte de que dentro del hostel podía vender comidita, así que comencé a hacer brownies (vendí todos), pero la ganancia era muy muy poca.

Luego, da la casualidad de que un amigo estaba viviendo acá, nos juntamos y conseguimos vender arepas.

Invertí TODO el dinero (esta vez, en serio, me quedé sin UN REAL). Por suerte, la comida es bien recibida en todos lados… Ganamos el doble de la inversión.

Tengo para respirar

En Uruguay, tuve (y tengo) la suerte de formar parte de una iniciativa llamada CreativeMornings, una serie de charlas gratuitas e inspiradoras dirigidas a la comunidad creativa. Estas funcionan bajo un tema global, que +150 ciudades del mundo bajan a tierra con el orador y el concepto que más se apega a su contexto. Es todo VOLUNTARIO.

Yo soy parte del equipo en Montevideo, y cuando llegué a SP un amigo me comentó que acá también había un capitulo. Contacté con los realizadores, asistí a un evento, conocí gente increíble.

De nuevo, el dinerillo se venía acabando, y ya justo en el momento de crisis, una de las host de #CM SP escribe en su muro de FB: personas, estoy buscando gente para trabajar, ¿quién quiere?

¡YO!

Trabajé en el Forum De Finanças Socias e Negócios De Impacto 2016, haciendo producción operativa del evento durante 2 días. Gané 200 USD.

Y todo empezó con 50 euros. No morí, todavía.

***

Si no tienes ni un contacto que puedas localizar en el lugar donde vas, ni te preocupes por nada

SIEMPRE

SIEMPRE

SIEMPRE

hay bares, restaurantes y trabajos de ese estilo, disponibles. No importa que seas extranjero, no importa que no tengas papeles, no importa nada. Trabajo sí hay.

Para finalizar

Gente linda, si quieren viajar busquen en Internet. Hay muchísimas plataformas para viajar y gastar poco dinero, o ninguno.

Eliminen la frase es que no tengo dinero, por favor. El universo (de nuevo yo, con mis misticismos) te da lo que crees. Si dices que no tienes dinero, pues no lo vas a tener. Mi abuela diría,

La magia del verbo.

Crea un perfil en la plataforma que más te guste, busca un lugar, júntate con personas que aporten, co crea con ellos, colabora, ayuda, voluntarea, teje tu red de contactos y vas a ver cómo se te va abriendo un mundo de posibilidades.

Es dificil, sí.

Si quieres viajar, la dificultad es parte de ese camino que escogiste al decidir que ya no querías estar más en tu zona de confort.

Hay que arriesgarse, quizás vas a pasar un poquito de hambre algunos días (solo en caso de que quieras quedarte en el país), pero todo se resuelve y el hambre no será mucha, lo prometo.

Se amable, haz amigos y sobre todo RESPETA OTRAS CULTURAS Y FORMAS DE PENSAR. Recuerda que después de que te vas, ya no eres más de tu país, eres de TODOS los países, de la tierra misma.

¡Salú!

Celebro, porque a partir de ahora sé que vas a dar el paso. Lo demás, lo resolveremos luego.

[Mi] Proceso para trabajar por intercambio en São Paulo

Un día me levanté con ganas de viajar a Brasil y aprender portugués. Sabía sobre la posibilidad de viajar a cambio de trabajar un tiempo en hostels, en plantaciones o cuidando casas, ya había varios avisos en mi Facebook atomizándome con eso. Pero para usar alguna de esas plataformas se precisa tarjeta de crédito y yo, no tengo.

Así que recurrí al viejo método: email.

Trabajar en hostels es lo mío, busqué algunos en Facebook, así que envié emails a Porto Alegre, Curitiba, São Paulo (SP), Rio de Janeiro, Bahía, Recife, Belo Horizonte y (para entendidos venezolanos) la Colonia Tovar; todo en español, porque es mi idioma natal y no sabía NADA de portugués.

Era febrero de 2016 y yo escribí:

 El próximo mes tengo un viaje pautado para Brasil, tengo posibilidad de trabajar o, intercambiar trabajo por alojamiento y comida.

¿El objetivo? Aprender portugués.

Me respondieron 3 hostels de Sao Paulo y 2 de Porto Alegre. La mayoría con propuestas del tipo:

Nosotros podemos darte alojamiento, a cambio de trabajo por 5 días a la semana durante 8 horas.

¡NO! Eso no es un buen intercambio, si quieren que trabaje así, páguenme. Gracias, besitos :)

Entonces O de casa me escribió,

Usted trabaja 4 días por semana, 8 horas diarias. Nosotros a cambio le damos alojamiento, desayuno y, los días que trabaja, almuerzo. ¿Cuál es la fecha de su viaje?

¡SA-BE-LO! Va pa’ i. Pero no tenía fecha de viaje, ni tenía el dinero, ni el pasaje, ni mochila, ni NADA.

El 7 de marzo estoy ahí.

MENTIRA! Ni sabía qué día caía 7 de marzo. Pero esa mentira DEBÍA convertirse en verdad, ya había dado mi palabra, así que comencé a trabajar.

Llamé a Lucía, mi amiga que vivía en el Chuy (estado fronterizo con Brasil), le pedí que por favor averiguara para comprar el ticket del bus, ella averiguó, yo deposité, ella compró, fin.

Me voy pa’ Brasil. Era un hecho.

Renuncié a mi trabajo en El viajero Hostels, que amaba. Con mi liquidación compré una mochila, me gozé mi última semana en Montevideo con una amiga venezolana que, bien oportuna, me llevó a ver MVD desde la perspectiva de un turista, dejé mi K-sa, me despedí de mi familia, lloré y me fui.

O de casa Hostel

Después de 30 horas en bus,Osmar, un ex huesped brasilero de El Viajero, me dio la bienvenida con la mejor sonrisa paulista del mundo. Me ayudo a llevar una mochila, me enseñó el metro, me ayudó a encontrar la dirección del taxi y me dejó en la puerta del hostel.

¡Gracias hermoso!, nos estamos hablando.

Julie, la japonesa del staff me recibió hablando mitad inglés, mitad portugués. Yo tenía miedo que poderme encontrar con una sorpresa tipo”¿quién eres tú?, no tenemos nada registrado”, pero estaba todo, como diría mi abuela, en orden divino.

 

Y así comenzó mi etapa de viajera por intercambio:

Con difíciles intentos de entender portugués, más aún hablarlo; tratando de no verme muy asombrada a causa de tantos edificios y tanto cemento junto; buscando comprender por qué estaba hí, caminando sola por las calles de una ciudad que guarda 30 millones de personas; buscando el ambiente familiar que no existía, e intentando asimilar la falta de naturaleza.

Ahí estuve un rato… Buscando la similitud de Brasil con Uruguay, después de Brasil con Venezuela. Al final, no busqué más.

¡Bienvenida a Brasil!

Comencé a vivir la ciudad, a hablar portugués en persona y a intentar traducir  y entender lo que querían las personas que llamaban por teléfono para hacer una reserva al hostel. También comencé a escribir mis relatos de turno en portugués, baile, canté, conocí gente, entendí, dibujé, procesé información, celebré cumpleaños y ahora canto “parabéns para voce, nessa data querida. Muitas felicidades, muitos anos de vida”.

Sin querer, viví en Brasil, construí una pequeña familia en Ô y reforcé otras que ya se venían construyendo desde Uruguay.

No recibí dinero por 2 meses. Viví con mis ahorros. Ahorré mis ahorros. Gasté dinero en cultura y aprendí un idioma nuevo.

Fue difícil, pero sin duda, una buena lección -y elección-. Y lo más importante, los objetivos fueron cumplidos.

Si van a SP, mándenle saludos a los chicos de O de Casa, por que después de esta historia, seguro que tienen que quedarse ahí.

Gente, ojo!

Ser voluntario es lindo, es una buena experiencia y te enriquese hasta el alma. Pero es difícil hacerlo, hay que tener paciencia. Es extraño no recibir dinero y entender que el pago es tener una cama, techo y comida cada día.

El mundo no está muy preparado para esto, pero la economía colaborativa tiene sus bondades: yo conocí gente linda, (otras no tanto), aprendí un idioma nuevo, viajé y trabajé.

Eso es intercambio.

Att. Soraya (chiste interno)