[12] Sonidos de Cabo Polonio

Si pudiera definir mi infancia diría que mis mayores influencias son mi madre, mi padre, mi abuela y un trombón bajo.

Tengo recuerdos nítidos de momentos en que escuchaba el trombón como soundtrack de mis sueños. Recuerdo muchas mañanas que, recién levantada, salía de mi cuardo en la búsqueda del sonido y veía a mi padre tocando en la sala de mi casa, en short y sin camisa; sentado en la silla más cercana a la puerta de casa, con el paral negro atajando las hojas sueltas de las partituras y los libritos medio roídos de esos que ni se podían ver, porque quien los perdiera se metía en un lío grande, y unas hojas de periódico en el piso que atajaban la saliva que se acumulaba en la vara del instrumento… Cuando llegaba a la entrada de la sala, me miraba de reojo, terminaba la sinfonía que estaba prácticando, soplaba y escurría la vara sobre el periódico, y mientras me sacaba el sueño de los ojos me decía ¡Mami!, ¿cafecito?

Y un, dos, tres y.


En Cabo Polonio no hay silencio.

La naturaleza también aturde si no hay un equilibrio. El mar, habla. El viento, habla. El bosque, habla. Los animales, hablan. El corazón, habla.

Hay costa al norte, sur y este del pueblo. Si el mar está agitado, se escuchan las olas del mar rompiendo sobre la orilla, si la mar ‘ta serena, se escucha el meneo del baile, el vaivén de la marea, y siempre, siempre se escuchan las olas rompiendo sobre las rocas… Una y otra y otra vez.

Y sobre las rocas, aullidos de lobos marinos. Este fenómeno es raro y tiene un parecido a la leyenda del silbón venezolana: si estás cerca de los lobos el aullido se escucha lejísimo, pero si estás lejos se escucha tan fuerte como si los tuvieras al lado.

El viento norte trae los quejidos de las riñas, estos pueden ser por causa de la toma de una roca, por los piropos de los machos de la isla queriendo conquistar a la loba hembra para procrear, pueden ser suspiros al viento, o lamentos de quienes pierden las peleas en la isla y quedan renegados a este lado de la tierra con el único fin de ser la foto perfecta y la postal del turista.

A la media noche, entre el silencio aparente, escuchas el crujir de los pasos entre la arena como si caminaras sobre mil paquetitos de galletas crujientes, escuchas a los grillos y los sapos candando ópera, escuchas tu respiración, inhalas, exhalas, tragas saliva, pasa por la garganta…baja. Ahí está el pálpito del corazón que retumba cuando ya estás sobre la cama soltando el último suspiro del día y el primero del sueño.

¿Escuchaste el suspiro también?

Escuchas el motor de los botes de los pescadores cuando salen a pescar por la mañana, escuchas las ruedas de la carretilla arrastrando la lancha por la arena, las olas retumbando entre los costados del bote, el primer chapoteo de los hombres al agua, el encendido del motor, el gruñido de los pescadores cuando se dirigen la palabra y el eco cuando están alejándose.

Por ahí escuchas las gaviotas, las golondrinas haciéndole pelea a los gatos, los teros gritando cada vez que alguien (o algo) pasa cerca del nido, escuchas a los jauría de perros que van jugando por toda la costa, el relinchar de los caballos antes de una tormenta y las chicharras que nos cuentan cuándo será la próxima lluvia.

El viento es un sonido constante, perseverante y a veces es el amigo que habla de más. Una vecina dice que el viento vuelve loca a la gente, porque habla, y mucho. Quién sabe todo lo que tendrá que decir a este pueblo el pobre viento, que no se cansa, no para ni un minuto de susurrar (o gritar).


Los primeros 15 días de Enero los sonidos cambian.

Los camiones empiezan a escupir personas sin vuelta atrás, escuchas los clics de las cámaras, los cierres de las mochilas que abren y cierran en búsqueda del efectivo, las rueditas de las maletas de avión, el motor de los camiones y el palabrerío de la multitud. Risas, llanto de bebés, hombres a las risotadas, mujeres abriendo el compacto con espejo, los vendedores contando el dinero y el pos de la tarjeta que suena piiii cuando aprueban la transacción.

Hay mucha música mezclada con dolores de ovarios, vas andando por la principal y no sabes si prestarle atención a la música electrónica del León, al mazacote de La Estación, la cumbia en vivo del Lobo, la canción que puso el pibito que iba pasando con el celular o la de mi trabajo en La Perla. Escuchas todo y nada, escuchan lo que dicen los demás y es casi imposible mantener una conversación con un amigo.

¡Mirá una estrella fugaz!, eso también se escucha, mucho.

Escuchas los besos, las risadas, los portazos, las caídas porque pelaron una bajadita, los chamullos imparables (después me extenderé en este punto), los vasos chocando cada vez que gritan ¡salú! y las botellas de vino descorchándose.

Escuchas el motor de los camiones y los pasitos de la gente caminando cuando hacer fila para volver, escuchas las últimas compras del día, las puteadas por no tener post para pasar tarjeta y el resto que se queja por no tener cajeros automáticos.

Y las cámaras haciendo clic hasta el final.


El 16 de Enero, me siento de mañanita y me tomo un café. Escucho por ahí a los turistas andando sin rumbo, preguntando al primero que se encuentren “¿sabes cómo se llega al faro?”

Y el mar chocando contra las rocas y el viento…. Incesante.

Veo a Dejeps comiendo pasto sin parar y escucho cómo el pasto se va despegando de la tierra casi hebra por hebra.

¿Será que el trombón tiene algo que ver?

¿O es que aún no me despierto del sueño?


  1. En ocasiones especiales, como algunos días que tuve, puedes escuchar el nacimiento de una golondrina, el crujir de los huevos cuando ya están listos y sus primeras peticiones de alimento.
  2. El balanceo del rancho cuando hace mucho viento.
  3. Los truenos como ecos de tambores.
  4. El aleteo de una mariposa chocándose con un vidrio.
  5. El acento francés de Piere, del Buena Vista cuando dice ¿tenemos papel para el culo?
  6. El balón de fútbol de los chicos jugando en la canchita del faro.
  7. Al brasilero que pregunta O prato da para duas pessoas? Donde é que fica o farol?
  8. Y el argentino que te dice ¿Ya está el descuento en la factura?
  9. También escucho los martillazos de George, de la selva cada vez que repara algo en el hotel.
  10. Los gritos del Panky a las 3am exclamando ¡SON TODOS PUTOS!
  11. El típico ¡Cachetimbi! Que lanza Jhony después que pasa una chica linda cerca.
  12. Y la típica puteada poloniense: ¡La puta maaaaaaaadre! el Polonio.

 

 

¿Por qué viajo?

De nuevo, el taller Norte de Papel transformando. Y me respondo una de las cuestiones más importantes en esta etapa.

Porque me da miedo.

también alegría,

y tristeza,

y ansiedad

¡Y todo!

Viajo porque me sudan las manos de solo pensar en hacer la maleta,

porque la barriga se prensa y lo que eran mariposas pasan a ser rinocerontes furiosos,

porque antes de viajar, ya estoy viajando.

Viajo, porque los ojos se me ponen brillantes

me da nostalgia

de

dejar.

Me da miedo viajar,

pero mientras más miedo, más coraje.

Viajo, porque mis sentidos se despiertan

y la máquina de sensibilidad ante el mundo se prende a todo vapor.

Viajo, porque quiero escuchar otras lenguas,

y probrarlas también.

Viajo, porque me olvido del dolor de piernas que me da cuando voy sentada en el bus,

también me olvido que no puedo dormir sentada

y que extraño.

Viajo, porque tengo 25, porque tuve 24 y porque, pronto, tendré 26 y en 5 años tendré 30.

Viajo, porque a cada 100 metros veo algo nuevo

Y con cada paso puede haber un falso,

o un café increíble.

Viajo, porque mi corazón late más fuerte

y tengo uno dos, tres o mil amigos.

y un desconocido menos.

Viajo para ir y volver

para escapar y encontrarme

para ser yo y para ser otros.

Viajo,

porque

me

voy.

Y tú, ¿ya te preguntaste por qué viajas?

 

 

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