Hacerse la vista gorda, nivel “Embajadas de Venezuela”

Una micro historia de lo que me pasó cuando me robaron en Mendoza, Argentina y sobre a ayuda que me dio la Embajada de Venezuela.

 

Les contaré una historia de otra venezolana (porque no creo que sea la única) que quedó sin respaldo por parte de una embajada que “se supone” debe Defender los derechos e intereses de sus conciudadanos (+ info acá).

No quiero que esto sea una excusa más para decir que “Venezuela es una mierda”, yo solo quiero sacarme de la garganta esta impotencia de haberme sentido desolada, y observarme a mí misma en esta situación para saber cuál es la postura que voy a tener de ahora en adelante.

Les haré la historia corta:

Viajé.

Me robaron hasta los documentos cuando llegué a Mendoza, Argentina.

Llamé a la embajada de Venezuela en Buenos Aires:

Me pasó esto, les dije.

Bueno, nosotros lo que podemos hacer es ofrecerte un “vale por un viaje” a Venezuela.

Yo no vivo en Venezuela desde hace 3 años, ¿pueden ayudarme a volver a Uruguay?

No, no podemos.

¿No me pueden dar un pasaporte temporal?

No, nosotros no hacemos eso. Si quieres el pasaporte, tendrías que esperar por lo menos 90 días. Y tampoco sacamos la cédula.

A ver, ¿no tienen alguna forma de ayudarme a volver?

No.

Y, a continuación, la frase más prepotente escuchada jamás:

Que resuelva Uruguay, ¿no vives allá pues?

Y con esa respuesta me fui al consulado de Uruguay en Mendoza. Allá, me dieron un papel que es SOLO PARA URUGUAYOS, pero como tengo residencia, decidieron intentarlo. Me atendió el mismo cónsul, me tomaron la foto tipo carné, se dieron el tiempo de escuchar mi historia y me dijeron que todo iba a estar bien. Me fui con un vale por un viaje de vuelta a al paisito.

Uruguay resolvió.

 

¿POR QUÉ CUENTO ESTO?

Porque me sentí MAL.

Mi familia entera está en Venezuela, vivo en Uruguay sola, me encontré en una situación bastante violenta, había perdido todo; con ayuda de mis amigos (a los cuales agradezco profundamente) pude sobrevivir y volví como una reina.

Pero quiero que analicen la situación de esta forma:

Estaba en medio de una tempestad. Mi casa estaba muy lejos así que decido ir a la casa de mis padres. Toqué el timbre, porque ya no tengo la llave para entrar. Me abren y siento el olor de un guisito con arroz blanco y arepitas. Muerta de frío, y con el estómago vacío, les digo que me dejen pasar la noche y me ayuden a volver a casa, porque perdí la cartera.

Y me dicen “dile a al que te alquiló la casa que te ayude, ¿No te fuiste a vivir sola pues? Resuelve” y me tiran la puerta en la cara.

Que resuelva el otro, que nada que ver.

 

Desde hace un mes tenía el sabor amargo de quien se toma un café recalentado de hace 3 días, tenía esta historia en la garganta como un nudo que me estaba atravesando hasta el corazón. Los detesté tanto y amé (y amo) tanto a Uruguay, que pienso que, en definitiva, el hogar está donde uno se siente mejor.

Venezuela no me ayuda sentirme mejor, por lo tanto no lo siento mi hogar, ni siquiera a distancia ¿Está mal que me sienta así?

Pero familia es familia, y cariño es cariño. Como dice la canción

Amor y control

Confío que un día esas voces de ministerio serán voces de verdad y justicia. Que ayuden, que funcionen y que hagan su trabajo con amor, porque me da la sensación de que eso es lo que les falta, amor.

Gracias Uruguay, por hacerte cargo. Gracias amigos por ayudarme. Gracias querida mujer con voz de ministerio, por ayudarme a ver lo que no quiero ser.

¿A qué casa vuelve un inmigrante viajero?

“Narrar un viaje de regreso”
Después de 6 meses en Brasil y uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

Tuve mucho tiempo desconectada de la escritura sentimental, esta que me mueve y que me lleva a hacer que tú/vos vibres y me cuentes qué sentiste con este montón de palabras que tiro acá en el blog.

Al menos es mi intensión.

Para reconectarme con esta maravilla que es el papel y el lápiz o el teclado y los dedos, revisé mi última lección del taller de escritura de viajes con Norte de Papel. En realidad, terminó hace unas semanas (me parece que un mes), pero yo no le quería dar fin. En mi escritorio de la computadora, veía el PDF pidiendo a gritos ser leído y yo lo ignoraba abriendo Google Chrome.

Hasta que en estos días, lo leí y ¿a que no saben de qué hablaba? 

“Narrar un viaje de regreso”

Vibré.

Ya sabía que había algo extraño en este nuevo regreso a Uruguay. Fueron 6 meses curtiendo otras tierras, masajeando otra moneda, oliendo otros vientos.

¿Cómo narramos un viaje de regreso? Dicen que el alma tarda muchos días en volver. El cuerpo llega a Estambul y siente una especie de delicia en las mezquitas y en las formas a contraluz pero el alma es rebelde. Ella sigue en el departamento de cortinas rojas en Roma(…)

Siento un cosquilleo desde los dedos hasta la punta del cabello. Y a medida de leía, me daba cuenta de que en realidad mi alma no había regresado del todo a Uruguay. Como que estaba llegando fragmentada.

Descubro.

¿Dónde está mi alma? ¿Cuándo regresé? ¿Qué siento?

***

Tengo un defecto: no hago planes. Puede ser que muchos lo vean como la mejor forma de vivir la vida y estar a plenitud, pero en realidad, esta fase solo funciona cuando perteneces a un país normal que te recibe con la casa de tus padres esperándote puertas abiertas con comida calentita.

Como soy inmigrante, me tocó volver a una casa que no es mía, a un país que tampoco es mío en un momento que quizás era -o no-el adecuado.

Después de 6 meses en Brasil y  uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

De Brasil a Venezuela, de Venezuela a Brasil

¡Puaj!

Tenía 2 años sin volver a Venezuela hice un post con todo el detalle de lo que sentí al volver, pero me parece necesario repasar esa emoción de nuevo.

Después de que te vas de tu país, dejas un poco de “ser” y te transformas de una mezcla entre lo que eras y tu nuevo yo. El proceso de adaptación te hace ver otras cosas. Cuando eres inmigrante y Venezolano la vida se pone un poco complicada, hermosa, tormentosa, dramática, nostálgica, increíble. Vives cada momento como algo totalmente nuevo, es un cambio radical de vida. En mi caso, lo mejor que puede pasar.

La nostalgia siempre está, el verbo extrañar se pasa de vez en cuando para sacarte algunas lágrimas. Y cuando llega el momento de volver a esa vida que dejaste…  resulta que es

in-cre-í-ble-men-te difícil.

Porque cuando lo enfrentas, la emoción del reencuentro dura unos pocos días. Después que pasa el furor de la fiesta de bienvenida y todos vuelven a sus vidas y tareas cotidianas, te despiertas de la realidad y observas que nada cambió.

Todos siguen haciendo lo mismo, tu “casa” está igual, tus padres, tus amigos, tus vecinos. Algún que otro cambio táctico de casamientos, hijos, etc., y tú ahí siendo testigo de este acontecimiento que es la nada. Con una mochila de historias, personajes, viajes, comidas, cuentos y sentimientos que quieres cantar a vox populi, pero no lo haces, porque: a nadie le importa, es delicado y, sobre todo ¿cómo lo explicas?

Tu casa, siempre va a ser tu casa. Pero cuando migras y vuelves te preguntas  ¿Dónde estoy? ¿Es esta mi casa de verdad? ¿Dónde esta Uruguay (mi caso)? ¿Dónde están las historias para contar? ¿Por qué no pasa nada nuevo?

Disfrutas a tu antiguo modo, cosntruyes lo que eras. Lo haces con amor y cariño y guardas las vivencias para cuando vuelvas ¿a casa?

***

Volví a São Paulo. Para el final de mi viaje en Caracas (léase que no había vuelto a casa, fue un viaje) ya estaba debatiéndome entre la dicha de la entrega familiar y la duda ante lo nuevo que me esperaba en Brasil.

¿Cuál es el polo opuesto de la zona de confort? Ahí estaba yo.

Volvía de un viaje sagrado, interno y lleno de amor familiar rumbo al desconocimiento.

Me arriesgué.

***

Salí un día nublado de Vila Mariana en São Paulo. Me despedí con una felicidad dudosa, como incompleta. Todavía no me había aburrido del “Bom dia” al levantarme; aún no me había cansado de ver la amplitud de la Av. Paulista, ni me había tapado las orejas al escuchar “Bom dia moça! Você precisa de alguma coisa? Todo a um real, todo a 1 real!!!” de los vendedores de la feria de los miércoles.

¿Por qué me tenía que ir? Aún mi cuerpo no tenía tanta celulitis como para dejar de comer pastel  de feira ni pão de queijo; el

Polaroid CUBE
Sao Paulo vista desde el Edif. Italia

smog no había saturado tanto mi nariz ni mis ojos. ¿Y si se me olvida cómo se ve SP desde el Edif. Italia? Déjenme ver otra vez esa selva de cemento desde las alturas, al menos para reiterar por qué me voy.

 

Hasta hace unos días me ardía el cuerpo de aquellos domingos de Rodas do Samba en Vila Madalena, ahora que recuerdo, se me enfría la mano creyendo que aún sostengo la cerveza Original de medio litro, la que bebí de a pico un día y un señor me dijo que eso “estaba mal visto, porque solo lo hacían las personas ebrias o las putas”.

No me dijo “putas”, pero casi.

En mi pueblo, se toma de a pico ‘e botella, señor. Lo siento.

Camino por Palermo y aún siento la presencia de los edificios de 20 pisos de alto, a pesar de estar rodeada de casas viejas increíbles. A veces me asomo a la puerta de casa y siento que ahí va a estar el árbol de flores de primavera que tenía en mi “casa” en SP, el de flores moradas radiantes que estaba apresado entre una cerca, un cableado eléctrico que hacía arder la vista de solo mirar y el edificio de ventanas minúsculas.

Aún me pregunto por qué la gente vivía en aquel edificio nefasto, ni siquiera podían asomar la cabeza en la ventana.

Pero ese árbol, le daba vida a toda la calle.

A veces, me levanto y escucho la voz de An. hablándome de su hija, de su nieto que está criando, de su madre desaparecida, de ella, del café que había hecho R. “Nossa que ruim que esta este café!”

Ahora tengo la bici y tengo sed de recorrer el Ibirapuera, aunque lo hice a pie. Pero no es lo mismo.

¿Qué habrá sido de todas las caipirinhas que no me tomé? ¿Y de los millones de lugares que nunca visité? ¿Me estarán esperando? ¿Querré ir?

Ahora voy en el ómnibus vía La Unión en Montevideo. A través de la ventana veo la calle, toda gris, con los árboles secos y “palúos”, la gente con capas de abrigos, a pesar de que no hace tanto frío y la nadie misma en las aceras, porque somos 1 millón y medio en la ciudad.

Me da gracia, porque esta imagen también me lleva a mis días en el Metro de São Paulo, y me doy cuenta de que el metro no lo extraño ni un poco, qué triste ir de un lugar a otro sin poder ver por la ventana.

Lo que sí extraño es el contenido: el olor a café con leche y pão de queijo (tengo una obsesión), la diversidad de culturas, idiomas, colores de piel, de géneros, estilos y formas.

Me encantaba ver a las chicas con labial violeta, azul o verde a plena luz del día. Las cabezas con cortes radicales, rapados, diseños, y colores diversos. Pero sobre todo, me encantaba ver a la gente tocándose sin miedo. Amaba cuando los homosexuales se besaban y se arrecostaban todo en medio de las puertas de salida y ni una mirada extrañada subía la ceja.

Impensable en Caracas. Impensable en Montevideo.

Éramos todos fantasmas, en una sociedad de 20 millones de habitantes.

Polaroid CUBE
Fantasma de S. en Vila Madalena

Ahora que el bus pasa por un shopping, agradezco no haber invertido tiempo en los de SP. Era como entrar a una ciudad dentro de otra ciudad. Como matrioska.

¿A dónde se fueron los graffittis? ¿Dónde están esas tipografías valiosísimas que dan identidad a la ciudad? ¿Y la saturación de color? ¿Dónde está el arte abarrotado por todas las esquinas? ¿Y el amor?

Me levanto.

¿Por qué todos me ven? Y recuerdo haber atravesado mil almas apresuradas en aquella ciudad furiosa, sin mirarnos, sin sentir al otro, sin observar.

¿Extraño?

Recuerdo que mientras estaba en SP pasé horas, días, momentos, pensando en La Rambla, en mis amigos/familia, en CreativeMornings, en la tranquilidad, en la vida que había construido acá, en la naturaleza, en la magia de Montevideo.

Me fui de Brasil un día nublado y regreso a Uruguay un día de lluvia constante, la que limpia la tierra y el cuerpo. El paisaje de cemento ahora era un campo de futbol natural con vacas.

Vuelvo a un lugar que conozco bien, que siento mío, pero no lo es ¿o sí?

De nuevo, vuelvo a un país que no es mío, a una casa que no es mía, a una nueva vida inmigrante.

Siempre he sido inmigrante.

***

Regresé y veo aquellos restos de lo que fui, escucho las risas que compartí y seco lágrimas que derramé quién sabe por qué, por quién o cuándo.

Me observo en la ciudad, la siento y la saboreo.

Me gusta encontrarme en esas esquinas conocidas y tomar una pieza de lo que fui para juntarla con lo que soy para recordarme.

Como decía M., en Norte de Papel: cuando vuelves, hay que hacerlo despacio, hay que comer liviano y dejar que el cuerpo arranque cuando pueda. Sin forzar nada.

Hay que dejar que pasen algunos días, cerrar los ojos, respirar, sentir el aire y el nuevo lugar que ahora te rodea.

Yo sé que volví, pero no sé si volví a casa, no sé si tengo una o tengo muchas. No sé si algún día voy a regresar, porque en mi intento de “volver a casa”, siempre vuelvo a lugares ajenos. Conocidos, sí, pero ajenos.

Y cuando ya siento a MVD como mía, me toca irme de nuevo.

DSC04005
Cabo Polonio, Uruguay

¿Será que algunos nacimos para ser eternos inmigrantes?

Quiero leer sus regresos.

 


¿Te gustó?  Sucríbete al blog y de vez en cuando te llegarán cartas a tu mail.

 

 

 

APACHE: EL HOMBRE Y EL NIÑO DETRÁS DEL REFERENTE DE HIP HOP VENEZOLANO

Los videos de Youtube se disipan, la máscara de artista se borra, la distancia entre los famosos y los mortales se acorta, el hip hop venezolano tiñe de azul caribe el frío de Montevideo, y se junta con el evento de amor y aceptación más grande de la ciudad: la Marcha por la Diversidad.
El amor mueve, transforma, hace vibrar, da esperanza, acredita, acepta, observa, es libre y diverso. Es el abrazo a todos los valores.

Larry, prende inciensos y palos santos en el ensayo de su show. Va despacio, piensa, observa. De vez en cuando detiene sus movimientos y se puede apreciar cómo se toma el tiempo para pensar cada cosa. No hay prisas, no hay malos tratos, hay tiempo, hay despreocupación entre las preocupaciones.

Entre la sencillez de Montevideo, su vestimenta, sus tatuajes, negritud, equipo y su esposa dan a entender a leguas que vienen de lejos, pero pocos saben de dónde.

La entrevista está pautada en el bar Buena Costumbre de Bv. España. Ellos iban en taxi, yo me adelanté en bici para más o menos llegar al mismo tiempo. El auto gana. Y para cuando llegué, ellos acaban de descubrir que habían dejado los equipos en el taxi.

¡A correr!

la adrenalina venezolana se siente. Corretean todos los taxis, llaman al 141, no cae, vuelven a llamar, no cae. No encuentran al tipo.

Agatha, esposa de Apache, me dice: “el tipo no atiende, seguro se llevó todos los equipos, me siento culpable, yo también me olvidé. Cinco personas en el auto y todos nos olvidamos”

“Confiemos que no se va a fugar. Seguro lo están tratando de ubicar, tranquila, el tipo va a volver”

La tensión debió durar otros 5 minutos, justo cuando Psycho y mctemático iban camino a la estación de policía más cercana, el taxista los vió y exclamó ¡Dejaron sus cosas acá!

Punto para Uruguay.

***

Entre tanto esperaban la pizza para comer, Apache me dice ¿Quieres aprovechar de hacer la entrevista?

¿No quieres comer primero?, le digo.

No vale, vamos a hacerla de una vez.

Saco mi libreta:

-Hablemos de la transformación… ¿Qué es la transformación para ti?

¡Verga! (no es la misma que en Uruguay. Es una expresión venezolana que quiere decir ¡PA!)

Existen varios tipos de transformaciones pues… En mi caso, está la transformación espiritual que es la que he tenido a gran escala. También está la transformación musical, y bueno, dentro de ella la evolución, porque de una u otra forma me ha tocado evolucionar y cuando esta se presenta, la aprovecho. Evoluciono y me transformo.

¿Qué cosas te han transformado?

Ser padre es la mayor transformación que tuve, tanto interna como externa.

Hacer yoga también transformó mi vida. Llevo practicando desde hace 6 años y eso me ayudó a adentrarme más en el plano espiritual, que antes no lo tenía en cuenta. Me aportó muchísimo en mi carrera. La gente cree que porque eres artista y tal, todo lo tienes fácil… No es así.

Aprendí a meditar, a trabajar mejor la respiración, a cuidar mi templo, mi cuerpo. También aprendí a trabajar con Reiki, que es la sanación a través de la imposición de manos. Aprendí energía Chi/Qi, en fin.

Todo ese acercamiento espiritual fue lo que me ayudó a transformar mi vida personal, musical, laboral.

¿Cómo era Apache de niño?

Estudioso y respetuoso con mis padres. La familia.

Jugaba al llanero solitario. Pedía de regalo las pistolitas de vaquero para jugar. Practiqué béisbol gracias a mi padre.

Las fechas: carnavales, diciembre, semana santa… porque nos íbamos -vamos- a la costas zuliana donde están los pueblos de Bobure, Caja seca, San Antonio, de donde es mi mamá. O si no, nos íbamos a casa de la familia de mi papá en Barlovento. Tengo esa mezcolanza.

¿Que llevas ahora de ese niño?

Crecí con los tambores, con la música en la sangre. Mi papá es salsero. La música me mueve.

Llevo a mi familia, el respeto y la disciplina dondequiera que vaya. Soy obsesionado por el orden por culpa de mi mamá.

Mira, veo esto así y hago esto…

Comienza a mover las cosas de la mesa, los manteles derechitos con respecto a la mesa, la botella de cerveza a mi derecha, su vaso de agua a la izquierda, la vela que nos alumbraba en el centro, la movió hacia un lado -así, para que no nos estorbe-.Ve la otra mesa, “y esto que está aquí, va… Así” dice alineando el pañito de mesa de al lado.

¿Qué te daba miedo de niño?

Que me dejaran solo. A los perros, a las películas de terror… Pero ya pasó, porque ahora tengo perros y me encantan las películas de terror -se ríe -.

¿A qué le tienes miedo ahora?

A la soledad. Cuando me separé de mi esposa y mi hija sentía que me faltaba una pieza, pero fue necesario. Tenía que trabajar en otras cosas.

Pero, creo que más que miedo, son otras cosas… Aprendizaje.

Hablando de tu hija y esposa, siempre tienes a las figuras femeninas bien presentes en tus videos, en tus letras ¿Qué simboliza?

Me crié entre mujeres. Me cuidó mi hermana, me criaron mis tías y como que siempre estuve rodeado de mujeres. Y bueno, después tuve una hija, niña.

En este nuevo disco tenemos un par de canciones en homenaje, uno junto a otro artista colombiano que se llama Stan, e hicimos otro tema que se llama “bonitos sentimientos” con el Pollo Brito. Siempre le rindo tributo a la mujer, siento que le debemos mucho a ustedes.

¿Cómo eran los sonidos de tu infancia?

Salsa, tambores, el sonido de la lluvia, el sonido de las hojas de los árboles moviéndose con la brisa, el sonido de los pajaritos. Siempre conexión con mi bella naturaleza, siempre me ha gustado.

Me gusta estirarme, acostarme, sentir la madre tierra.

Habla pausado, tranquilo. Se toma su tiempo. Respira, piensa.

¿Qué te atrapó de la música?

“El pum, pum, pum”, dice moviendo las manos al ritmo de la canción que suena de fondo. Eso que tiene el hip hop. Los ritmos.

Cuando mi vecino me llevó a Los Próceres y comencé a adentrarme en ese mundo fue como que ¡Waao! ¿Dónde estaba esto vale? ¿Por qué yo no sabía?

Y cuando empecé a hacer rap, mis padres no estaban muy convencidos con, pero al año cuando estaba en Cuarto Poder y vieron que nos estaban llamando para comerciales de TV, novelas y tal, cambiaron de parecer.

¿Tu playlist de niño?

Escuchaba merengue y burda (mucho) de vallenato. Nos íbamos pa’ Valencia y hacíamos tremenda rumbas con un vecino que era dominicano. Siempre me crié con música alrededor.

En el barrio también se escucha mucha champeta.

Y de más grande escucho más reggae, me gusta también Alicia Keys, Lauryn Hill…

¿Cuál es el aporte que tienes para enriquecer el género en Venezuela?

LLevar alegría y bombo ahí en mis temas.

(Suspira)

Llevar motivación… Alguna señal de esperanza… Y que esa esperanza de fuerza también.

Soy vocero de mi barrio y trato de llevar esa realidad de que vivo en el barrio a todas las demás partes de mi país y demostrarles que coye, aunque suene trillado, sí se puede.

Hay personas que me ven como ejemplo en la cultura, hemos abierto un camino para músicos que vienen después de nosotros… Y me hace sentir orgulloso que me tomen como referente en el género, de ahí me agarró para seguir plasmando y marcando mensajes.

Y buscar, siempre. Trato de rescatar los valores, los detalles que, aunque a veces lo veamos como si fuera cualquier cosa, importan. Y traer de vuelta ese “buen ciudadano” en mis letras.

¿Cómo te describirías ante una persona que no te conoce?

Una persona sencilla, pasiva, observadora, paciente. Una persona que comete errores y que trata de aprender de ellos, a pesar de que a veces los vuelva a cometer.

Alegre, casero, familiar, melómano.

¿Y si tú fueras tu fan, qué dirías de él -o de ti-?

Tendría que escuchar al fan primero.

¿Qué es Venezuela para ti?

Mi casa.

¿Y las Minas City?

¡Nahhh! Las Minas es ¡imagínate!, mi cueva.

Si fueras un cantante venezolano…

Sería Oscar D’ León.

Llega la pizzeta, la especialidad de Buena Costumbres -buen provecho man dice para su equipo, buen provecho mami-.

¿Te sentiste frustrado alguna vez? ¿Cómo lo afrontaste?

Cuando estaba separado de mi esposa. Y lo resolví bajando el orgullo.

Me dije: “deja tu ego y tu orgullo y anda pa’llá”

Debe ser difícil dejar el orgulloso cuando eres artista…

¡Sí!, por eso digo que lo espiritual fue lo que me ayudó a ver todas esas cosas. La humildad por delante. Siempre una sola cara.

¿Qué es ser negro para ti?

Para mí, lo es todo. Ser negro es lo mejor que me ha pasado en la vida.

¿Sufriste de racismo en Venezuela?

Bueno, en la escuela me decían “Cirilo, negro mojino…” Los típicos insultos.

Maltripeaba (la pasaba mal), pero tampoco fue que sufrí. Ahí uno se inventaba también otras cosas.

¿Tu primer viaje de la vida?

Con Cuarto Poder a Cuba.

Me acuerdo que cuando llegamos, la ciudad estaba como gris. Pero lo que más me sorprendió fue el festival de La Habana, cuando vi como 5 mil negros ahí escuchándonos sin emitir un gesto cuando cantábamos. Ellos estaban adelantados a todo lo que estábamos cantando, son super cultos, estaban muy avanzados para el momento. De hecho, cuando volvimos a Venezuela tuvimos que cambiar tooodo el disco que íbamos a sacar y creamos “Sin afinar mucho”.

¿Probaste mate?

Sí, en chile.

Eso no es mate…

Pero era mate argentino…

Eso tampoco es mate -digo riendo-

Bueno, Uruguayo aún no.

***

Ya en el Centro Cultural Tractatus, la expectativa por el show de Apache iba en aumento.

Aquí somos los que somos y aquí estamos los que estamos, cuando yo diga Las Minas, ustedes dicen Welcome. Las Minas-welcome-Las Minas -Welcome.

Comienza el show con “Pónmela en el aire”. El espíritu de Canserbero revive a través de la energía que Apache transmite, su voz quedó en la tecnología, la piel se pone de gallina y alguien comenta “¡Marica! qué fuerte que la voz de Can quede de fondo”

No podía faltar el incienso a un costado de la tarima, la espiritualidad de Apache te salta en la cara, de transporta y te transmite. Hay un concepto de armonía que te recuerda que “va a estar todo bien”.

Agatha, le hace el coro, cantan a dúo, se miran, se brillantean los ojos, se gozan. Ella era bailarina, así que no puede evitar que se le bambolee el cuerpo con el bajo “pum, pum” de Apache.

Hay banderas de Venezuela, gente que nunca lo vió pero fue porque quiere apoyar, hay otros que son fanáticos desde siempre.

Apache canta, habla con la gente, les agarra el celular y se graba él mismo, les canta a los amigos, deja que el equipo de presente, da espacios, va sin prisa, piensa, tiene tiempo. Salta, hace que el público salte con él, hace silencios, pausa, piensa de nuevo… Matemático suelta la pista y vuelve con todo.

Hace honor a Can, hace honor a su hija, a su esposa, a su equipo a sus amigos, y a Venezuela.

“Tenemos que rescatar los valores y llevar lo mejor que tenemos a todos los rincones del mundo”, dijo para terminar.

Así se gozó hasta las 4:30am. Que se fue de tarima directo para Mar del Plata, Argentina… Donde estaría tocando esa misma noche.

¡Que viva el amor!

 

Imagen portada: Apache en Tractatus – Viernes 30 de Setiembre 2016 – Fotos: Jero López

También pueden leer la nota aquí

El centro, el barrio, el miedo y las maravillas

La Plaza Francia de Altamira era mi destino predilecto para los encuentros. Recuerdo que mientras vivía en Caracas, iba desde Caricuao hasta Altamira en el metro, subía por las escaleras que dan a la plaza, y me sentaba siempre en el mismo banquito. El de la salida a mano derecha, bien cerca del heladero haitiano que siempre estaba sentadito guardándose un poco del sol. O de las señoras que venden tortas en las tardes.

Siempre había tráfico. También había gente esperando el Metrobús, adolescentes besándose, el grupo de obreros en medio de su tiempo libre viendo a las muchachas pasando, los dos restaurantes árabes, uno al lado del otro y algún que otro personaje bien al estilo Drag queen dando de qué hablar en entre esa sociedad machista.

Este banquito era importante. En él, se dio una historia de amor, me reí a carcajadas, conocí personas, me tomé fotos y también le tomé fotos a los demás, me encontré con amigos, también vi amigos durmiendo en otros banquitos, escribí, leí mi libro favorito -“La palabra más hermosa” de Margaret Mazzantini, por si les interesa- y me comí unos cuantos perros calientes.

Ahí sentada percibí que mi cuerpo se dividía entre El Ávila y La Av. Francisco de Miranda. Por tanto, la mitad de mi visión estaba destinada a admirar los verdes de la montaña que bordea toda Caracas, y que nos cuida de no ahogarnos con el Mar Caribe. Ahí también tenía el obelisco, la bandera ondeando a todo dar y el jardincito al fondo de la plaza. Esa mitad de mi cuerpo respiraba profundo, y siempre olía trópico, selva, naturaleza, a que lo bueno estaba por venir, a contentura, a calorcito.

Del otro lado, lo que respiraba era el humo de las camioneticas por puesto y los carros viejos y mal arreglados que pasaban por la avenida, el perfume de las mujeres de clase media que se sentaban a charlar por aquellos lados y el aroma del shawarma del restaurante árabe que les comenté. A veces pasaba algún pedido de Burger King y otras veces, olía a sudor de deportistas o skaters.

Y justo delante de mí, el Caracas Palace. Siempre resplandeciente, blanco como una perla en medio del caos y super chic. Siempre pensé que sólo los famosos se quedaban ahí, pero nunca reconocí a ninguna de las personas que llegaban o salían de ese lugar.

Volviendo al banquito, este era bien simple. Echo de cemento y piedritas color beige. Ahora que lo veo de lejos, me pregunto ¿Cuántas historias tendrá ese banquito? ¿Qué cosas vio que nunca se atrevió a decir? ¿Cuántas palabras de amor habrá escuchado? ¿Cuántas palabras hirientes se pronunciaron sobre él? ¿Cuántos reencuentros? ¿Cuántas botellas de Santa Teresa se bebió?

Ya quisiera averiguarlo.

Respiro profundo. A pesar del caos, yo sentía una tranquilidad inexplicable cuando me sentaba ahí. La montaña me lo permitía, me lo recordaba.

Inhala… Exhala.

¡Qué lugar! Cierro los ojos ahora y siento los rayos del sol cálido entre mis piernas… Siento la brisa fresca, casi imperceptible, las voces de los peatones que salen del metro y las risas de los hippies que venden a la salida de la estación.

El banquito también recopila horas de mi vida sentada esperando a J. para ir hasta su casa. En Palo Verde.

Voy a cambiar la vibra, ¿ok?

Palo verde, es la estación terminal de la línea 1 del Metro de Caracas, es bien cerca del barrio ( favela). Recuerdo que apenas ponía un pie fuera de la estación ya comenzaba a sentir el ambiente hostil. Recuerdo el olor del carrito de Perro Caliente (hot dog), recuerdo las decenas de personas vendiendo cosas en la acera, llena de basura y aceite. También recuerdo la señora decentísima que vendía cachapas de queso de telita y jamón; recuerdo las paradas de los carritos que suben hasta el barrio. Nosotros íbamos hasta la penúltima parada, la que tenía la menor cantidad de carritos y la mayor fila de personas. Evitábamos las horas pico, así que, por lo general llegábamos a las 10:00pm, cuando el peligro reinaba, la fila era más corta y casi no quedaban cachapas.

Me recuerdo siempre medio asustada, llena de adrenalina, aprentando la mano de J., porque nunca se sabía lo que podía pasar, no sabías quién iba a estar al lado, no sabías si ibas a seguir viviendo, si te iban a robar, o si ibas a estar en medio de alguna plomamentazón.

Así que para olvidar el contexto, yo me sentaba siempre cerca de la ventana. Porque desde ahí podía ver los edificios de lujo, lindos, bien mantenidos de Palo Verde. También vi parte de Petare, el barrio más grande de Venezuela y el más peligroso. Curioso que desde esa zona hostil, veías la paz de Caracas a lo lejos, ella en todo su esplendor, como un pesebre a las faldas de la gran Ávila, como una caja de luces de navidad recién compradas.

El choque era inmediato, el barrio se te enfrentaba de pronto, con sus millones de casas, casitas, casotas, abastos, kioscos, licorerías, gente tomando la calle, música a todo volumen, motos, motos, MOTOS, mujeres en shorts bien apretados, hombres con bolsitos de lado y sin camisa, niños corriendo, niños abrazando las piernas de las madres que jugaban dominó y muchas cervezas en hombres, mujeres y niños.

“Salú, el mío”

Y yo, ahí sentada viendo a través del vidrio del carrito, como una niña que descubre algo nuevo. Nunca dejé de maravillarme por el contraste, nunca dejé de tener miedo, nunca dejé de mirar por la ventana.

A veces, de soundtrack había un reggaetón puyuo, otras veces salsa baúl, de esa bien lentica que te bailas arrecostándolo todo en la pareja, moviendo todo el cuerpo, mejilla con mejilla, cachete con cachete, boca con boca. Otras veces (raras) estaba el señor que escuchaba rock gringo, y te lanzaba un Aerosmith, Beatles y hasta The Doors.

Olía siempre a basura, recuerdo. Y me daba una mezcla de nostalgia y rabia que fuera así, porque no había saneamiento, porque a las personas no les importaba llenar de mierda los cantos de la montaña, porque nadie nos dijo que estaba mal, porque tampoco le puedes decir y así es el barrio.

Y entonces, después de 30 minutos de subidas y curvas, el carrito me dejaba justo en frente de la casa de J., ni siquiera era necesario cruzar.

“Pana, cóbrate dos ahí. Si va, gracias hermano, que tenga buenas noches. ¡Vayalo!”

Respiro. Me alivio. Llegué a casa.

Post también publicado en Medium

13 años antes de irme a Uruguay

Cuando tenía 10 años, vi una noticia sobre Uruguay en la TV. “Papá, ¿qué es Uruguay?, ¿Quién va para allá?¿Qué país es ese? ¡No tiene nada! ¡Qué horror!”

En medio de mi ego, las palabras de mi padre llegaron, sin que yo supiera en ese momento, para quedarse: “Uruguay es un país al sur, bien cerca de Argentina. Tiene playas muy lindas. Es tremendo país”.

“Nunca va a ser como Venezuela”, respondí.

***

Cada vez que alguien me pregunta cómo hacer para irse de Venezuela, respondo que no es muy difícil. Solo hay que abrir el mapa mundi o “Googlemaps” y observar con detalle cada país, sus fronteras, sus límites y sus climas.

Comenzar a sentirse en el lugar, preguntárte qué climas estás buscando, qué aires quieres respirar, qué cosas te motivan de cada región, qué mares vas a admirar y qué comida quieres experimentar.

Mientras el cuerpo y la mente estén bien, la energía fluye y los portales se abren a nuevas oportunidades.

13 años después me encontraba tomando un avión que no solo me trasladaba a un nuevo destino, también iba rumbo a una nueva vida, casualmente, Uruguay iba a convertirse en mi hogar.

Qué ironía de la vida haberme burlado un día de un lugar que tiempo después me abriría las puertas para abrazarme, porque ya mi país no podía hacerlo más.

Entre burlas y burlas, se traga una el agua de nuestra propia tormenta.

¿Nunca les pasó?

Entrada también en Medium

Cuando estoy aquí, estoy allá. Cuando estoy allá, estoy en Yacullá

¡Ya va!, así se escribe Yacuyá?

En mi curso de Escritura de Viajes, me llamó la atención un post de Marina Porquéno:

Paso a dejaros una cancioncita que en Quito me recordaba a Madrid y en Madrid siempre me recuerda a Quito.
¿Estamos escribiendo? ¿Estamos bailando? ¿Estamos queriendo?

Y entonces el cerebro me comienza a enviar mensajes de memorias escondidas que nunca revisé. ¿Acaso no les pasa que cuando están en un lugar, piensan en estar en otro, y cuando ya están en ese otro, quieren volver o cambiar?

Recordé todos mis viajes. Volví a los 18 años, cuando pasé unos meses en Trinidad y Tobago y escuchaba salsa trancada (salsa, genero musical. “Trancada” es un adjetivo personal, sinónimo de salsa dura) por causa de la extrañación. Después de vivir 3 meses allá, cuando volví a Venezuela, lo primero que hice fue un playlist de Socca T&T 2010. Me acuerdo que me reencontré con mis amigos y les regalé un CD de mis grandes éxitos, me parece que fue mi forma hacer que se empaparan del viaje. 

Creo que solo lo escucharon cuando estuvieron conmigo y luego se perdió… Es difícil pasar a otros nuestras experiencias.

¿Nunca escucharon Socca? Les dejo una muestra de ese poder caribeño (de mi época).

Ya para los 23 años, cuando dejé todo y me fui a Uruguay, en realidad quedé un poco en el limbo. Fue un golpe de transición fuerte, me mudé de país. Así que estuve entre lo nuevo y lo mío.  Entre 5 minutos y nada más y mi salsa, mi música de negros y la música de, para ese entonces, mi novio.

Luego, me empapé tanto de la música uruguaya que conocí el Candombe, el rock uruguayo, conocí las murgas, el hip hop y otros géneros que me hicieron amar tanto Uruguay, que se me fue de las manos mi cultura.

Para ese entonces me mudé, viví con 6 venezolanos y volví a entrar en mi tierra, me acurrucaron y me hicieron recordar. Volvieron el folclore, las danzas, el aguinaldo y hasta el reggaetón.

Entre la transición, un amigo me enseñó a escuchar música brasilera, y ahí me colé un tiempo.

Entonces, en Brasil ¡Hola São Paulo! ¿Cuál es mi playlist? Música uruguaya.

Reencuentro en Venezuela, ¿y qué escuchas? Música Brasilera.

Vuelvo a Brasil, ¿qué estás escuchando? Música venezolana.

Estoy aquí, y quiero estar allá, estoy allá, quiero estar aquí. Y no termino de estar en alguna parte.

***

Y así pasamos la vida, reconociéndonos en otros lugares, empapándonos de todo y buscándonos.

Queremos recordarnos, sentir lo mismo que sentimos en ese momento único que ya tuvimos. Nos gusta husmear en el pasado, y darle “play” tantas hasta gastar la aguja del disco.

Los sentidos tienen memoria, por eso cada vez que nos perdemos buscamos entre ellas algo que nos reencuentre: un olor, una canción, un sabor, una cosa, un color, un detalle que nos confirme ¡Sí! Sigues siendo tu, el de esa vez, y el de ahora.

¿Eras tú el mismo de aquella vez? ¿Seguro?

Y dejamos el presente, para después.

***

Dejo para ustedes una canción, linda, que me llenó de amor cuando estuve en Uruguay, que me recordó a Brasil cuando estuve en Venezuela y que, ahora que estoy en São Paulo, tengo tiempo sin escuchar.

¿Ya ustedes tienen la suya?

Sobre cómo sobreviví un mes con ‎€ 50 en Brasil

El dinero no es más una excusa para viajar, conocer y hacer lo que quieres. Acá cuento mi experiencia.

Las líneas entre países están cada vez más difuminadas, el mundo se moviliza, las personas salen de sus casas, la mente quiere expandirse y los viajeros, cada vez somos más.

Del otro lado, las plataformas colaborativas se fortalecen, la confianza en el otro resurge después de aquella nefasta época individualista del ser humano, los residentes reciben viajeros en sus casas y vuelve el trueque o intercambio como nueva forma de pago.

Las plataformas colaborativas superan las espectativas del mercado tradicional, Uber, Airbnb, couchsurfing y otros “malestares” del capital, se plantan para evolucionar las relaciones humanas.

Estamos a un clic para viajar, a otro para contactar a otra persona que viva en el país que queremos conocer, a otro de encontrar una forma de intercambio que permita gastar la menor cantidad de dinero posible, y a una compra de pasaje para hacer todo realidad.

Las difusas líneas fronterizas se llevan el dinero con ellas:

¿Qué tienes para ofrecer que le interese a la otra persona? ¿Cuántos idiomas hablas? ¿Cuántos mates preparas? ¿Cuántas harinas para arepas puedes llevar? ¿Das clases de Forró? ¡Recuerda traerme un chocolate!

Básico: Si tú tienes algo para compartir, siempre habrá una persona lo necesita.

***

En Venezuela, nos enseñan a que nunca tenemos dinero. Para nuestra sociedad, el dinero es como una herramienta que, a pesar de buscarla, de tenerla en la mano y de usarla, jamás va a funcionar bien.

Nuestras cuentas pueden tener muchos ceros, pero la respuesta ante el viaje o ante el placer de comprar algo es: no tengo mucha plata.

Para viajar necesitamos mínimo quién sabe cuántos miles de dólares, porque quién sabe qué puede pasar, quién sabe cuánto cuesta eso. Hay que llevar pal’ mercado, pa’ comprarse la ropita y pa’ el por si acaso.

También te llevas un poquito más por si te provoca come’te un dulce, otro poquito más por si tienes sobrepeso en la maleta, otro poco más pal’ perro, pal’ estacionamiento y pal’ guardia que seguro te va a parar antes de llegar al aeropuerto (quizás lo último sí lo deban tener en cuenta).

Es que en Venezuela, uno nunca sabe. Es mejor prevenir.

Y nunca falta el amigo que te dice “¡Nooo papá! eso no te va al alcanza’ pa’ na’, yo que te lo digo (adjunten un individuo que jamás fue al país al que tú vas), tengo una conocida que fue, y se devolvió a los dos días”.

De antemano, una recomendación sin experiencia personal, no hay que tomarla en cuenta. Porque:

Probablemente, era una tipa que al llegar a ese país, se tomó todas las birras, comió en los restaurantes más caros, se compró ropa, pagó tours y hasta se fue a cortar el pelo.

Mire señor/ señora, amig@:

Si usted tiene el pasaje ¡VÁYASE! ¿Qué estás esperando?

Si ya tienes la plata EN LA MANO. Es momento de agarrar tus cositas, e irte. 

Allá vemos cómo resolvemos.

***

Si leyeron sobre mi proceso para trabajar en São Paulo, se habrán dado cuenta que cuando tomé la desición de viajar a Brasil, en realidad ni siquiera tenía dinero para comprarme un litro de leche. Pero por cosas de la vida, cuando comencé a pensar en formas de intercambio y de trabajo, el universo y sus cosas maravillosas, abrieron un portal inmenso de oportunidades para mí.

Y conseguí lo que quería, hacer intercambio de trabajo por alojamiento.

Si ya leíste el post anterior, te cuento lo que pasó después de que trabajé en Ô de casa hostel.

Salté al agua

Fui para Venezuela a visitar a mi familia después de no haberlos visto en 2 años. INVERTÍ todo el dinero que tenía en pasajes. Bueno, no todo (ahí afloró la mala costumbre venezolana), en realidad me quedé con ese monto pal’ por si acaso.

¡Menos mal que lo tenía!, porque perdí un vuelo y tuve que pagar una multa. De no haber sido así, me hubiese quedado varada en mi escala en Bogotá.

En fin, eso solo le pasa a personas que viven en la Luna, si vives en allá,
llévate dinero por sia. Si no, ignora todo y arriésgate.

En fin, quedé con 50 euros en la mano y unos 100 reales, que equivalen a 30 USD y monedas.

Ta, son más de 50 euros, cierto. 

***

Existe una plataforma brasilera llamada World packers, ellos son un intermediaro entre tus habilidades vs un montón de hostels que están buscando voluntarios como tú.

Funciona en muchos países del mundo, puedes investigar.

Te puedes registrar gratis. Sin embargo para comenzar a hacer uso del site y asegurar un lugar, necesitas tarjeta de crédito internacional. Si un hostel te acepta, ellos retiran/debitan USD $60 de tu tarjeta.

Yo no tengo tarjeta, y tampoco quiero que me debiten USD 60, solo por que un hostel me aceptó para trabajar por intercambio.

Gracias WP, pero no. Entonces, ¿qué hizo Sinay, como el monte?

Usé WP como intermediario para encontrar hostels que necesitaran colaboradores en el área de recepción, abrí el Facebook, me hice fan de los que me gustaban, agarré los emails y comencé a enviar a cada uno mi CV con una breve historia sobre quién era, qué hacía, qué cosas podía compartir con ellos y mi disponibilidad de hacer intercambio.

Me respondieron varios, pero Nomade In Arte Hostel ganó mi corazón.

noma
Equipo Nõmade In Arte Hostel

Ellos me dan alojamiento y una canasta básica de mercado. Yo, trabajo 4h y 30min por día. 6 días a la semana. Horario rotativo.

En promedio, me estoy ahorrando unos 500 dólares (o más) mensuales.

¡Yei!

Mi caso es un tanto extraño, porque estoy en una etapa de transcición… Ni soy viajera, ni quiero quedarme. Estoy viviendo el momento, a ver qué pasa.

Sin embargo, imagina una persona que va a viajar por placer y tenga la posibilidad de ahorrarse esa grana… Nada que envidiar a Alicia y sus maravillas.

Además, este tipo de intercambios, abre posibilidades para conocer personas locales, para vivir la ciudad al máximo, aprender, crear, en fin…

Y los que buscan quedarse por mucho tiempo, no se preocupen. Hay hostels que no tienen problema con que trabajes mucho tiempo, a ellos les conviene, pero tampoco recomiendo que les digas de una vez.

Juega un poco, observa bien el lugar, busca acuerdos.

Primero da el paso. Lo demás lo resolvemos luego.

***

¡Sobreviví!

Tengo la suerte de que dentro del hostel podía vender comidita, así que comencé a hacer brownies (vendí todos), pero la ganancia era muy muy poca.

Luego, da la casualidad de que un amigo estaba viviendo acá, nos juntamos y conseguimos vender arepas.

Invertí TODO el dinero (esta vez, en serio, me quedé sin UN REAL). Por suerte, la comida es bien recibida en todos lados… Ganamos el doble de la inversión.

Tengo para respirar

En Uruguay, tuve (y tengo) la suerte de formar parte de una iniciativa llamada CreativeMornings, una serie de charlas gratuitas e inspiradoras dirigidas a la comunidad creativa. Estas funcionan bajo un tema global, que +150 ciudades del mundo bajan a tierra con el orador y el concepto que más se apega a su contexto. Es todo VOLUNTARIO.

Yo soy parte del equipo en Montevideo, y cuando llegué a SP un amigo me comentó que acá también había un capitulo. Contacté con los realizadores, asistí a un evento, conocí gente increíble.

De nuevo, el dinerillo se venía acabando, y ya justo en el momento de crisis, una de las host de #CM SP escribe en su muro de FB: personas, estoy buscando gente para trabajar, ¿quién quiere?

¡YO!

Trabajé en el Forum De Finanças Socias e Negócios De Impacto 2016, haciendo producción operativa del evento durante 2 días. Gané 200 USD.

Y todo empezó con 50 euros. No morí, todavía.

***

Si no tienes ni un contacto que puedas localizar en el lugar donde vas, ni te preocupes por nada

SIEMPRE

SIEMPRE

SIEMPRE

hay bares, restaurantes y trabajos de ese estilo, disponibles. No importa que seas extranjero, no importa que no tengas papeles, no importa nada. Trabajo sí hay.

Para finalizar

Gente linda, si quieren viajar busquen en Internet. Hay muchísimas plataformas para viajar y gastar poco dinero, o ninguno.

Eliminen la frase es que no tengo dinero, por favor. El universo (de nuevo yo, con mis misticismos) te da lo que crees. Si dices que no tienes dinero, pues no lo vas a tener. Mi abuela diría,

La magia del verbo.

Crea un perfil en la plataforma que más te guste, busca un lugar, júntate con personas que aporten, co crea con ellos, colabora, ayuda, voluntarea, teje tu red de contactos y vas a ver cómo se te va abriendo un mundo de posibilidades.

Es dificil, sí.

Si quieres viajar, la dificultad es parte de ese camino que escogiste al decidir que ya no querías estar más en tu zona de confort.

Hay que arriesgarse, quizás vas a pasar un poquito de hambre algunos días (solo en caso de que quieras quedarte en el país), pero todo se resuelve y el hambre no será mucha, lo prometo.

Se amable, haz amigos y sobre todo RESPETA OTRAS CULTURAS Y FORMAS DE PENSAR. Recuerda que después de que te vas, ya no eres más de tu país, eres de TODOS los países, de la tierra misma.

¡Salú!

Celebro, porque a partir de ahora sé que vas a dar el paso. Lo demás, lo resolveremos luego.