¿A qué casa vuelve un inmigrante viajero?

“Narrar un viaje de regreso”
Después de 6 meses en Brasil y uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

Tuve mucho tiempo desconectada de la escritura sentimental, esta que me mueve y que me lleva a hacer que tú/vos vibres y me cuentes qué sentiste con este montón de palabras que tiro acá en el blog.

Al menos es mi intensión.

Para reconectarme con esta maravilla que es el papel y el lápiz o el teclado y los dedos, revisé mi última lección del taller de escritura de viajes con Norte de Papel. En realidad, terminó hace unas semanas (me parece que un mes), pero yo no le quería dar fin. En mi escritorio de la computadora, veía el PDF pidiendo a gritos ser leído y yo lo ignoraba abriendo Google Chrome.

Hasta que en estos días, lo leí y ¿a que no saben de qué hablaba? 

“Narrar un viaje de regreso”

Vibré.

Ya sabía que había algo extraño en este nuevo regreso a Uruguay. Fueron 6 meses curtiendo otras tierras, masajeando otra moneda, oliendo otros vientos.

¿Cómo narramos un viaje de regreso? Dicen que el alma tarda muchos días en volver. El cuerpo llega a Estambul y siente una especie de delicia en las mezquitas y en las formas a contraluz pero el alma es rebelde. Ella sigue en el departamento de cortinas rojas en Roma(…)

Siento un cosquilleo desde los dedos hasta la punta del cabello. Y a medida de leía, me daba cuenta de que en realidad mi alma no había regresado del todo a Uruguay. Como que estaba llegando fragmentada.

Descubro.

¿Dónde está mi alma? ¿Cuándo regresé? ¿Qué siento?

***

Tengo un defecto: no hago planes. Puede ser que muchos lo vean como la mejor forma de vivir la vida y estar a plenitud, pero en realidad, esta fase solo funciona cuando perteneces a un país normal que te recibe con la casa de tus padres esperándote puertas abiertas con comida calentita.

Como soy inmigrante, me tocó volver a una casa que no es mía, a un país que tampoco es mío en un momento que quizás era -o no-el adecuado.

Después de 6 meses en Brasil y  uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

De Brasil a Venezuela, de Venezuela a Brasil

¡Puaj!

Tenía 2 años sin volver a Venezuela hice un post con todo el detalle de lo que sentí al volver, pero me parece necesario repasar esa emoción de nuevo.

Después de que te vas de tu país, dejas un poco de “ser” y te transformas de una mezcla entre lo que eras y tu nuevo yo. El proceso de adaptación te hace ver otras cosas. Cuando eres inmigrante y Venezolano la vida se pone un poco complicada, hermosa, tormentosa, dramática, nostálgica, increíble. Vives cada momento como algo totalmente nuevo, es un cambio radical de vida. En mi caso, lo mejor que puede pasar.

La nostalgia siempre está, el verbo extrañar se pasa de vez en cuando para sacarte algunas lágrimas. Y cuando llega el momento de volver a esa vida que dejaste…  resulta que es

in-cre-í-ble-men-te difícil.

Porque cuando lo enfrentas, la emoción del reencuentro dura unos pocos días. Después que pasa el furor de la fiesta de bienvenida y todos vuelven a sus vidas y tareas cotidianas, te despiertas de la realidad y observas que nada cambió.

Todos siguen haciendo lo mismo, tu “casa” está igual, tus padres, tus amigos, tus vecinos. Algún que otro cambio táctico de casamientos, hijos, etc., y tú ahí siendo testigo de este acontecimiento que es la nada. Con una mochila de historias, personajes, viajes, comidas, cuentos y sentimientos que quieres cantar a vox populi, pero no lo haces, porque: a nadie le importa, es delicado y, sobre todo ¿cómo lo explicas?

Tu casa, siempre va a ser tu casa. Pero cuando migras y vuelves te preguntas  ¿Dónde estoy? ¿Es esta mi casa de verdad? ¿Dónde esta Uruguay (mi caso)? ¿Dónde están las historias para contar? ¿Por qué no pasa nada nuevo?

Disfrutas a tu antiguo modo, cosntruyes lo que eras. Lo haces con amor y cariño y guardas las vivencias para cuando vuelvas ¿a casa?

***

Volví a São Paulo. Para el final de mi viaje en Caracas (léase que no había vuelto a casa, fue un viaje) ya estaba debatiéndome entre la dicha de la entrega familiar y la duda ante lo nuevo que me esperaba en Brasil.

¿Cuál es el polo opuesto de la zona de confort? Ahí estaba yo.

Volvía de un viaje sagrado, interno y lleno de amor familiar rumbo al desconocimiento.

Me arriesgué.

***

Salí un día nublado de Vila Mariana en São Paulo. Me despedí con una felicidad dudosa, como incompleta. Todavía no me había aburrido del “Bom dia” al levantarme; aún no me había cansado de ver la amplitud de la Av. Paulista, ni me había tapado las orejas al escuchar “Bom dia moça! Você precisa de alguma coisa? Todo a um real, todo a 1 real!!!” de los vendedores de la feria de los miércoles.

¿Por qué me tenía que ir? Aún mi cuerpo no tenía tanta celulitis como para dejar de comer pastel  de feira ni pão de queijo; el

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Sao Paulo vista desde el Edif. Italia

smog no había saturado tanto mi nariz ni mis ojos. ¿Y si se me olvida cómo se ve SP desde el Edif. Italia? Déjenme ver otra vez esa selva de cemento desde las alturas, al menos para reiterar por qué me voy.

 

Hasta hace unos días me ardía el cuerpo de aquellos domingos de Rodas do Samba en Vila Madalena, ahora que recuerdo, se me enfría la mano creyendo que aún sostengo la cerveza Original de medio litro, la que bebí de a pico un día y un señor me dijo que eso “estaba mal visto, porque solo lo hacían las personas ebrias o las putas”.

No me dijo “putas”, pero casi.

En mi pueblo, se toma de a pico ‘e botella, señor. Lo siento.

Camino por Palermo y aún siento la presencia de los edificios de 20 pisos de alto, a pesar de estar rodeada de casas viejas increíbles. A veces me asomo a la puerta de casa y siento que ahí va a estar el árbol de flores de primavera que tenía en mi “casa” en SP, el de flores moradas radiantes que estaba apresado entre una cerca, un cableado eléctrico que hacía arder la vista de solo mirar y el edificio de ventanas minúsculas.

Aún me pregunto por qué la gente vivía en aquel edificio nefasto, ni siquiera podían asomar la cabeza en la ventana.

Pero ese árbol, le daba vida a toda la calle.

A veces, me levanto y escucho la voz de An. hablándome de su hija, de su nieto que está criando, de su madre desaparecida, de ella, del café que había hecho R. “Nossa que ruim que esta este café!”

Ahora tengo la bici y tengo sed de recorrer el Ibirapuera, aunque lo hice a pie. Pero no es lo mismo.

¿Qué habrá sido de todas las caipirinhas que no me tomé? ¿Y de los millones de lugares que nunca visité? ¿Me estarán esperando? ¿Querré ir?

Ahora voy en el ómnibus vía La Unión en Montevideo. A través de la ventana veo la calle, toda gris, con los árboles secos y “palúos”, la gente con capas de abrigos, a pesar de que no hace tanto frío y la nadie misma en las aceras, porque somos 1 millón y medio en la ciudad.

Me da gracia, porque esta imagen también me lleva a mis días en el Metro de São Paulo, y me doy cuenta de que el metro no lo extraño ni un poco, qué triste ir de un lugar a otro sin poder ver por la ventana.

Lo que sí extraño es el contenido: el olor a café con leche y pão de queijo (tengo una obsesión), la diversidad de culturas, idiomas, colores de piel, de géneros, estilos y formas.

Me encantaba ver a las chicas con labial violeta, azul o verde a plena luz del día. Las cabezas con cortes radicales, rapados, diseños, y colores diversos. Pero sobre todo, me encantaba ver a la gente tocándose sin miedo. Amaba cuando los homosexuales se besaban y se arrecostaban todo en medio de las puertas de salida y ni una mirada extrañada subía la ceja.

Impensable en Caracas. Impensable en Montevideo.

Éramos todos fantasmas, en una sociedad de 20 millones de habitantes.

Polaroid CUBE
Fantasma de S. en Vila Madalena

Ahora que el bus pasa por un shopping, agradezco no haber invertido tiempo en los de SP. Era como entrar a una ciudad dentro de otra ciudad. Como matrioska.

¿A dónde se fueron los graffittis? ¿Dónde están esas tipografías valiosísimas que dan identidad a la ciudad? ¿Y la saturación de color? ¿Dónde está el arte abarrotado por todas las esquinas? ¿Y el amor?

Me levanto.

¿Por qué todos me ven? Y recuerdo haber atravesado mil almas apresuradas en aquella ciudad furiosa, sin mirarnos, sin sentir al otro, sin observar.

¿Extraño?

Recuerdo que mientras estaba en SP pasé horas, días, momentos, pensando en La Rambla, en mis amigos/familia, en CreativeMornings, en la tranquilidad, en la vida que había construido acá, en la naturaleza, en la magia de Montevideo.

Me fui de Brasil un día nublado y regreso a Uruguay un día de lluvia constante, la que limpia la tierra y el cuerpo. El paisaje de cemento ahora era un campo de futbol natural con vacas.

Vuelvo a un lugar que conozco bien, que siento mío, pero no lo es ¿o sí?

De nuevo, vuelvo a un país que no es mío, a una casa que no es mía, a una nueva vida inmigrante.

Siempre he sido inmigrante.

***

Regresé y veo aquellos restos de lo que fui, escucho las risas que compartí y seco lágrimas que derramé quién sabe por qué, por quién o cuándo.

Me observo en la ciudad, la siento y la saboreo.

Me gusta encontrarme en esas esquinas conocidas y tomar una pieza de lo que fui para juntarla con lo que soy para recordarme.

Como decía M., en Norte de Papel: cuando vuelves, hay que hacerlo despacio, hay que comer liviano y dejar que el cuerpo arranque cuando pueda. Sin forzar nada.

Hay que dejar que pasen algunos días, cerrar los ojos, respirar, sentir el aire y el nuevo lugar que ahora te rodea.

Yo sé que volví, pero no sé si volví a casa, no sé si tengo una o tengo muchas. No sé si algún día voy a regresar, porque en mi intento de “volver a casa”, siempre vuelvo a lugares ajenos. Conocidos, sí, pero ajenos.

Y cuando ya siento a MVD como mía, me toca irme de nuevo.

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Cabo Polonio, Uruguay

¿Será que algunos nacimos para ser eternos inmigrantes?

Quiero leer sus regresos.

 


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¿Por qué viajo?

De nuevo, el taller Norte de Papel transformando. Y me respondo una de las cuestiones más importantes en esta etapa.

Porque me da miedo.

también alegría,

y tristeza,

y ansiedad

¡Y todo!

Viajo porque me sudan las manos de solo pensar en hacer la maleta,

porque la barriga se prensa y lo que eran mariposas pasan a ser rinocerontes furiosos,

porque antes de viajar, ya estoy viajando.

Viajo, porque los ojos se me ponen brillantes

me da nostalgia

de

dejar.

Me da miedo viajar,

pero mientras más miedo, más coraje.

Viajo, porque mis sentidos se despiertan

y la máquina de sensibilidad ante el mundo se prende a todo vapor.

Viajo, porque quiero escuchar otras lenguas,

y probrarlas también.

Viajo, porque me olvido del dolor de piernas que me da cuando voy sentada en el bus,

también me olvido que no puedo dormir sentada

y que extraño.

Viajo, porque tengo 25, porque tuve 24 y porque, pronto, tendré 26 y en 5 años tendré 30.

Viajo, porque a cada 100 metros veo algo nuevo

Y con cada paso puede haber un falso,

o un café increíble.

Viajo, porque mi corazón late más fuerte

y tengo uno dos, tres o mil amigos.

y un desconocido menos.

Viajo para ir y volver

para escapar y encontrarme

para ser yo y para ser otros.

Viajo,

porque

me

voy.

Y tú, ¿ya te preguntaste por qué viajas?

 

 

Entrada publicada también en Medium

¿Cuánto cuesta viajar a Uruguay?

Si están pensando venir a Uruguay, estas son las cosas que tienes que saber

Uruguay es un país chiquito, pero costoso. Sus 3 millones de habitantes no cubre la oferta del mercado y el demandante presupuesto que implica mantener al estado.

Esto quiere decir que si quieres venir, debes estar preparado a lo que te enfrentas. Así que voy a tratar de responder a todas esas preguntas económicas que uno hace antes de viajar.

Acá daré los gastos mínimos y las recomendaciones necesarias para que ahorres un poco.

Comida, alojamiento y lugares (Montevideo)

IMG_1279Una comida en un restaurante económico, bueno y en una zona céntrica, puede costar alrededor de $400 pesos, máximo. También hay menúes ejecutivos que oscilan $150 y $180 pesos uruguayos, pero en este caso son lugares un poco más pequeños y sin lujos.

Si no quieres comprar, sino que quieres hacerte comida, lo mejor es esperar a las ferias (mercaditos) de los domingos y comprar todas las frutas, verduras y hortalizas allí. Mientras en el supermercado 4 manzanas te cuestan $50 pesos, en las ferias es probable que te lleves 6 u 8 por el mismo precio.

Disco, aunque es uno de los supermercados principales, es de los más costosos, el Ta-Ta o el Multiahorro son de los más económicos.

El alojamiento puede estar entre los $350 y $500 pesos uruguayos en un hostel. Pero este precio es cambiante durante el año: si es verano los precios serán altos,  si es invierno y te dan ganas de ir a la costa, seguro que no gastarás más de $250 pesos por día. Ahora que va entrando el otoño, una habitación en cama compartida en un hostel cuesta alrededor de $400, en invierno puede que esté en unos $300 en Montevideo.

La gran diferencia de dinero es el contraste entre Montevideo y el interior del país. Mientras más lejos de la ciudad vayas, más económico resulta el viaje.

Los museos y lugares culturales en su mayoría tienen un costo variable: DSC03445

Las obras de teatro, danzas y presentaciones artísticas que requieren un poco más de producción tienen costos máximos de $300 o $400 pesos. También esto varía dependiendo de los luagares: El teatro SODRE o el Teatro Solís serán más costosos que una presentación en el Teatro de Verano, por ejemplo.

Lo bueno, es que siempre puedes ver algo gratis. En Cartelera Montevideo puedes ver qué hay en la semana y los costos.

Movilizarte es económico: el bus cuesta $24 pesos (más o menos 1 USD y un taxi a distancias medio cortas no cuesta más de $120 pesos.

DSC03422Si quieres conocer la ciudad por uno o dos días, lo mejor es rentar una bici. El día puede tener un precio de $400 pesos uruguayos y créeme que vas a conocer hasta los lugares menos esperados y la vas a pasar genial dado vueltas por la rambla.

 Maldonado

IMG_2501En Punta del Este, todo es diferente. Si vienes en verano, cualquier cosa que vayas a pagar te costará el doble, trible o hasta cuatro veces más que el precio que se mantiene en Montevideo. 

Los lugares son mucho más exclusivos, la gente que va a turistear a este lugar tiene un poder adquisitivo importante, por eso verás muchos Ateliers, mansiones con ventanales que exhiben puro arte inmobiliario traído de los lugares más divinos de Europa, restaurantes muy exclusivos y discotecas donde tienes que pagar mínimo $500 pesos por derecho a entrada.

En invierno, todo baja hasta llegar a precios como los de Montevideo.

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Para movilizarte, solo hay 3 vías: ómnibus, taxi y auto.

El ómnibus cuesta alrededor de $36 pesos. Un taxi a cualquier lugar no va a cobrarte menos de $300 pesos uruguayos – se aprovechan e la situación-, debes tener cautela al momento de llegar y ver que te cobren lo correspondiente.

Lo mejor si vienes a este lugar es alquilar un auto. Hay quienes lo rentan en el departamento de Rocha, porque es mucho más barato y de allí en 1 hora ya estás en Punta y puedes recorrer todo.

En Maldonado, las distancias son largas, por lo tanto estar en bici no es muy recomendable que digamos.

Rocha

Este es el departamento más barato de todos y el que cuenta con más lugares alineados con la naturaleza puraDSC03854

Los precios en verano son costosos, como en Montevideo, sin embargo en invierno puedes conseguir verdaderas gangas. El tema es que todo es costa y campo, así que si vienes en invierno vas a pasar mucho frío y frustración, porque verás el mar, sin poder asomarte si quiera a la orilla de tanto vienta que corre.

En el verano todos los pueblitos se llenan de fiestas, locales y música. Pero, generalmente no aceptan tarjeta sino efectivo.

¿Llevar o no dinero en efectivo?

Si quieres venir a ver lo que esconde este país, lo mejor es que traigas efectivo. La tarjeta la aceptan en pocos lugares, las cosas lindas, económicas y que valen la pena las vas a conseguir solo si tienes cash.

Generalmente, las casas de cambio lo único que aceptan son euros, dólares y pesos argentinos, sin embargo, GlobalExchange tiene cambios para otras monedas:

Peso argentino ARS Yen japonés JPY Boliviano BOB
Corona danesa DKK Corona noruega NOK Corona sueca SEK
Dólar australiano AUD Dólar canadiense CAD Dólar neozelandés NZD
Dólar americano USD Euro EUR Franco suizo CHF
Guaraní PYG Libra esterlina GBP Nuevo shequel ILS
Nuevo sol PEN Peso chileno CLP Peso colombiano COP
Peso mexicano MXN Peso uruguayo UYU Rand sudafricano ZAR
Real brasileño BRL Lira turca TRY Dirham marroquí MAD
Dirham de los Emiratos Árabes unidos AED Rublo ruso RUB Yuan chino

Si vienes de estos países, puedes conseguir cambio rápido en el Aeropuerto de Carrasco, en el de Punta del Este y en el Puerto de Montevideo cuando vienes en buque desde Buenos Aires.

Si se te olvidó, puedes cambiar en cualquier casa de cambio. Hay muchas en Montevideo.

Si puedes utilizar ambas herramientas de pago, sería lo mejor, puesto que el gobierno admitió un programa que ofrece descuentos de 22% a los extranjeros. Para los hoteles y hostels, no se aplica, puesto que no aplican el IVA.

De resto, solo queda venir  disfrutar de un buen atardecer, una cerveza y del divino mar uruguayo.

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