Mendoza, la pesadilla más hermosa que viví [Parte 1]

Mendoza, fue el contraste real entre vivir un sueño hecho realidad y una pesadilla. Fue la experiencia más difícil pero, seguramente, la que definirá el camino de mis próximos años de vida

Mi experiencia en Mendoza es muy difícil de explicar con palabras. Fue un viaje de ilusiones y pesadillas, un sueño cumplido a medias, una emoción nostálgica.

He tratado de escribir lo que viví en esa ciudad muchas veces, y por más que lo intento, hay una presión en la boca del estómago que me impide que fluyan las palabras, es todo cuerpo, todo situación pechística.

Han pasado 3 meses desde la última vez que nos soñamos, Mendoza.

Intento #1

Todo iba normal hasta que, desde el bus que venía de Córdoba, vi a lo lejos una montaña con nieve. Nunca había visto nada si quiera parecido. Yo venía de la selva y el verde, el color blanco era de película.

Colapsé de emoción.

De repente me sentí los ojos llenos de lágrimas, y por dentro, un grito que estaba germinando desde las entrañas. Lo sentí desde que nació, percibí su recorrido por el estómago, su caminar al pecho y sus vueltas por el corazón; subió hasta el cuello y justo antes de que saliera al exterior, mis manos temblorosas y sudadas cubrieron mis labios. Y me frené ahí, en ese momento.

Viajar sola tiene sus puntos débiles y este es uno de ellos: no poder compartir la emoción.

Llamé a mis padres e intenté explicarles lo inexplicable: ¿Cómo les cuentas a alguien la emoción de un sueño cumplido? ¿Cómo le explicas que tu corazón está a punto de estallar, que no puedes dejar de observar ese momento, que la sonrisa te da vuelta la cara y que sientes plenitud?  (Deje su mensaje acá para próximos viajes)

Paréntesis

Un caraqueño sabe lo que implica ir a un terminal de buses. Crecimos sabiendo que podías estar en cualquier lugar, menos en una terminal. Eso era poner en juego tu suerte.

Intento #2

Llegué alrededor de las 10h y mi host de couchsurfing no salía del trabajo hasta las 14h, así que apenas llegué al terminal pensé que lo mejor era salir. Así que busqué el McDonald’s más cercano para desayunar, almorzar y esperar el mensaje que indicara cuándo podía llegar a casa e instalarme.

Paréntesis

Apenas me compré el café, me robaron en el McDonald’s.

Si, me robaron

Yo sé, no se entiende

Todo, me quitaron todo

Menos el café, mi libretita y el celular

No, no fue forzado

Sobreviví

Intento #3

Pasé del estado de éxtasis al bajón más profundo de mi ser.

Imagínense que están en medio de su graduación y les digan que atropellaron a su abuelo o padres.

¡Ajá! , ya conectamos con la emoción.

Recuerdo el momento exacto que pasé de la vida color rosa y aventurera al miedo, la ira, tristeza y resignación.

Es impresionante cómo, cualquiera de esas emociones, te llevan a olvidar por completo cualquier sentimiento lindo, amable, bueno (inserte aquí+sinónimos). En segundos ya me había olvidado de la nieve, de las montañas y de mi propósito, del viaje.

Pasé mi primer medio día en Mendoza junto a la policía. Llorando.

Descubrí varias cosas:

(tips para venezolanos viajeros inexpertos)

  1. Las terminales son seguras en el sur, es mejor quedarse ahí que salir a la calle.
  2. Estaba en el McDonald’s mas peligroso de la ciudad, pero como uno es turista, no parecía. Volver al punto 1.
  3. En Mendoza roban tanto a los turistas, que tuvieron que abrir una comisión especial dedicada sólo a ellos, nosotros, los que viajan,
  4. … Mientras estaba declaraba, hubo 3 casos más de robos.
  5. Tuvieron todo para descubrir a los ladrones, solo había que seguirlos en auto, y no fueron, porque “siempre pasa”. (Volver a punto 1)

Siempre, pasa

SIEMPRE PASA

Eso sí, me trataron bien y con respeto. Y ofrecieron llevarme a lugares para hacer trámites.

Obvio, no siempre podían llevarme.

Ya saben cómo es esta movida latina.

Intentó #4

Caminé todo el día bajo una nube gris y con un velo negro para no ver los colores. Tomé un baño lagrimeado, intenté dormir para descansar, salí a caminar sin rumbo, me encontré con un amigo de Cabo Polonio (eso fue una situación muy loca, que alguien me grite en Mendoza ¡Sinay! me hizo sentir mejor).

Y entonces…

Resultó que tuve el mejor host del mundo. Estaba en un lugar increíble, con vista a la pre cordillera, cerca de parques y hasta azotea.

Las plataformas colaborativas funcionan, agradezco por haber caído ahí, con ellos y su buena onda.

Nada podía estar mal después de haber pasado algo totalmente triste y luego recibir naturaleza, amor, cariño y empatía.

Lo material se recupera, pero ¿cómo recuperas las oportunidades?

Terminé el primer día, tomando cerveza artesanal con mi host. En el bar de un amigo de él.

Ya estaba en Mendoza, debía aprovecharla.

Pre cordillera, desde la casa de mi host. Mendoza, Argentina
Pre cordillera, desde la casa de mi host. Mendoza, Argentina

Gente que nunca pensé…

Aprovecho para agradecer.

Después de mi situación nefasta y desafortunada, hice una publicación en Facebook que, hasta el día de hoy, me sorprende… La cantidad de personas que me enviaron mensajes de fuerza, aliento, de “Vamo arriba” y “marik que arrecha eres”, me cambió. Aunque suene absurdo y medio cliché, me dio fuerza pa’ afrontar eso que me pasó.

Y, aunque no pedí ayuda de forma explícita, la recibí.

Y quiero que sepan que no me alcanzará el corazón pa’ agradecer todos los gestos que tuvieron conmigo. Gracias a USTEDES, estos seguidores/lectores/amigos/conocidos/desconocidos pude tener un cierre de viaje increíble.

TODOS formaron parte de esta increíble experiencia que me cambió la vida. Sin su apoyo, sin sus palabras y sin sus manifestaciones de cariño, la historia sería otra.

GRACIAS

Continuará…

“Volveré a Viajar”, lo prometo.

BRASIL| El banquito de Tatuí, los músicos inmortales y el amor

La Capital de la Música

Me fui en bus desde São Paulo capital hasta Tatuí, como siempre, en el asiento que va junto a la ventana.

¡Qué espectáculo de fotogramas!

En 3 horas, observas cómo los edificios multicolores y lujosos van desapareciendo y se hacen más pequeños, los muros se transforman en árboles, el smog blanco se difumina hasta ser casi imperceptible y, de repente, el cambo aparece y el horizonte de cemento se reemplaza en una extensión de verdes… Y para mi deleite, me complacen con un atardecer naranja profundo.

Casi nadie conoce Tatuí, pero es parte uno de los municipios que componen el gran São Paulo.

Es un pueblo chico, que  cuenta con el mayor conservatorio de música de América Latina y 115 mil personas estimuladas por las campanas de las iglesias, y las presentaciones, formales o no, de los estudiantes de música. No hay bares, hay lugares para comer. Se baila en casa y se bebe en la plaza.

Pasamos de la contaminación lumínica, a la iluminación estrellada.

Fui al encuentro con un amor, de esos que quedan inconclusos y que te mueven kilómetros con tal de cerrar un ciclo.

Hay que ver que el amor mueve montañas.

Lo más placentero de ir a ese lugar, además de resolver muchas cosas emocionales fue sentarme a solas en el banquito de la plaza, que está frente al Museo Paulo Setúbal, con mi libreta.

Y ver a esos músicos.

Un grupo de hombres inmortalizados en estatuas están allí parados a la sombra de un árbol que los protege de un calor insoportable. Tienen un semblante contento y las bocas abiertas de cantos, goces y risas, los ojos cerrados de inspiración y hasta una pasión que no había sentido en mucho tiempo.

No sé cuánto tiempo me quedé allí sentada observándolos con sus instrumentos, su disposición en el espacio y sus posturas detenidas en movimientos tan reales que podría decir que casi los escuchaba cantando.

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Foto de http://tatui.sp.gov.br/

¿Estaré loca? ¿ O eso es lo que se siente cuando ves una excelente obra de arte?

Entre esos hombres, el árbol y la sombra, las florecitas que revoloteaban por ahí, el calor, las poquísimas personas que pasaban por el lugar, el silencio frente a  mi concierto personal y ese propósito mío de amor, me preguntaba:

¿En qué ando?

Había dejado una ciudad insomne, llena de adrenalina, prisa y marchas robóticas. Allá, había quedado el agite, el movimiento, los colores, el “hacer algo”, las bicis, la Paulista, las luces, los mendigos, los tacones, la publicidad, la hiper-realidad.

Y, lentamente estaba en medio del silencio.

La calma.

Lo verde.

Nada.

Y al mismo tiempo, reflexioné que en 3 horas había saltado de la diversidad a la homogeneidad, a lo tradicional.

Pasé de la furia, a la serenidad.

De la viveza a la ingenuidad

Pasé de São Paulo Capital, a su interior.

De tenerlo todo, a imaginarme escuchar estatuas.

Bienvenidos a Tatuí,

el que yo vi,

el que viví.

¿Cómo lo vivis(te) tú?

El problema de la ciudad es que no la queremos

¿Cuándo vamos a dejar de ver el patio del vecino? Un manifiesto para volver a querer nuestras ciudades y adueñarnos de las calles

¿Cuándo vamos a dejar de ver el patio del vecino para darnos cuenta de que nuestra mata de mango está cargadita, o que tenemos flores nuevas?

Que la lavanda está de ensueño, y larga tanto olor que ni siquiera nos dimos cuenta de que el aromatizante de casa ya se había acabado.

Observamos de reojo, aquellas naranjas del árbol de Juan, y nos olvidamos que hace unos meses tiramos unas semillas de calabaza y dieron fruto.

Pasamos los días viendo Instagram, viajando a través de las fotos de otros, pensando cuándo será el día que visitemos tal o cual lugar, leyendo blogs inspiradores. Buscamos planes para ir a tomarnos una caipirinha frente a las playas de Brasil, atravesar el desierto del Sahara, sentir el olor de los pinos del bosque canadiense y cazar la luz boreal Noruega.

No es que esté mal, pero se nos olvida…

En la búsqueda de la aurora boreal, se nos olvidan la posición de las estrellas de nuestro cielo, pensando en la caipirinha, dejamos de saborear bien el ron, pensando en el té inglés con croissant, no le prestamos atención a la arepita con queso blanco y el café recién hecho que tenemos en frente.

Pensando en lugares civilizados y más limpios, tiramos la basura en la calle, o si la vemos, no levantamos ni una cajita de jugo. Pero nos encanta criticar la ciudad. Vivimos para decir que está todo mal y que queremos…

Quiero

Quiero

Quiero

Tú /Él/ella/ustedes, tienen

Y los pronombres en primera persona se conjugan con el verbo “Querer”.

… ¿Y qué tenemos?

¿Qué hacemos para que eso sea mejor?

La ciudad

Me fui a la base, la definición ¿Qué es ciudad?

Busqué en Wikipedia (una búsqueda muy precaria):

Una ciudad es un espacio urbano con alta densidad de población, en la que predomina el comercio, la industria y los servicios.

Aburridooo.

Pero continuo…

En el concepto religioso, tanto en la Alta Edad Media como en otros periodos como el Renacimiento y anteriormente al siglo XII, solo era ciudad la que dentro de sus murallas tuviera una catedral donde un obispo ostentase su propia cátedra...

Esto va cada vez peor.

Acá va otra

Una aglomeración de hombres más o menos considerable, densa y permanente, con un elevado grado de organización social: generalmente independiente para su alimentación del territorio sobre el cual se desarrolla, e implicando por su sistema una vida de relaciones activas, necesarias para el sostenimiento de su industria, de su comercio y de sus funciones.

Según Sinay, como el monte:

La ciudad, es un espacio amplio que refugia e identifica a una comunidad con valores e intereses comunes, que tienen la posibilidad de transformarlo para su bienestar colectivo, de manera que juntos habiten un lugar que les permita vivir en armonía entre ellos y su entorno.

La ciudad no es religión, ni son hombres, ni está totalmente apartada de la actividad agrícola. La ciudad  es de TODOS, pero nadie nos lo dice, a todos nos enseñan que le pertenece al Estado (¿con mayúscula?), así que nos convertimos en espectadores de un lugar que -se supone -nadie más conoce mejor que nosotros.

Y lo desconocemos.

Nadie nos dijo que podíamos hacer cosas por nuestra ciudad, no nos llegó el mensaje de la botella, el que decía que prestáramos atención, que agradeciéramos, que HICIÉRAMOS,  que pensáramos en nuestro entorno.

Nos pintaron el pasto amarillo, para que en vez de regarlo y cuidarlo, le diéramos atención al patio del vecino, porque está un poco más verde que el de nosotros, pero las rosas, están medio tristes. Pero como las nuestras están lindas, hacemos caso omiso al asunto y nos enfocamos en lo que NO TENEMOS: el pasto.

Total, rosas tengo.

Tener

Yo me enfoco en esto, porque me pasó a mí. Pasé años buscando más allá sin siquiera ver a mi alrededor las herramientas que se me  estaban presentando para mejorar.

Crecí convencida de haber estado en el tercer mundo, cuando ni siquiera sabía muy bien por qué lo calificaba así.

Me hicieron creer que no valía la pena aportar un granito de arena a un mar enfurecido.

Vi siempre para el otro lado del charco, vi siempre por el ojo mágico cómo le crecía el jardín al vecino en vez de invertir ese tiempo en ponerle agua a mis plantas.

Conjugué mucho tiempo el verbo “querer”.

Hay que volver a creer

Hay que volver a amar lo propio

Hay que hacer que nos duela

Y ver el patio del vecino, decirle los lindas que están sus plantas y no olvidar mostrarle las nuestras

Propongo

Sustituir el querer por el tener.

Hacer y luego evaluar

Y ver lo que tiene el vecino

Pedirle ayuda

Y HACER juntos.

Para vivir en esa ciudad nuestra, o la que elegimos para vivir.

Da igual, pero vuelve a querer tu ciudad.

¡Hola Buenos Aires!

Confiezo que estaba negada. Cuando veía al cielo solo me encontraba con edificios, ventanas, ropa colgada, algunas plantas, cajas de aires acondicionados, todo cerrado y tonalidad sepia.

Buenos Aires puede parecer un tanto agresivo viniendo de lugares como Cabo Polonio o mismo de Montevideo, debo advertirles que, si pasan de Uruguay a Argentina, tengan cuidado con el shock.

Ya me habían comentado, lo veía venir apenas salí del barco de Colonia Express, estaba todo como muy lindo allá en Uruguay… Las hojas de otoño cayendo en cámara lenta, la Rambla de Colonia brillante a más no poder, el pasto verde saturado, pajaritos cantando y niños en bici guiados por los padres.

Y, apenas sales del barco en “Capital”,  BOOM! 

El elevado de una autopista pasando justo encima de tu cabeza, una calle de dos vías al frente, un cruce que lleva a un lugar desconocido y oscuro. Ninguna parada de bondi. Ninguna señalización que diera alguna esperanza de una plaza cercana. Ni siquiera la cara del amigo que había quedado en esperarme estaba ahí.

Y mi modo venezolano se prendió:

“Sinay, tienes que poner cara de c*l0 ya. No estás en en Uruguay”, susurraba mi conciencia.

Así que fruncí el ceño, caminé a cualquier lugar con el corazón en la garganta, pensando que tenía demasiada cara de turista, que si la mochila, que si la cara de la gente…  Y a media cuadra, me di cuenta que estaba la sala de espera de la terminal. Entré.

Cuando llega la persona que estabas esperando, algo en todo tu ser hace FIUFFF! y te vuelve la confianza, dejas de sudar y tu sonrisa empieza a asomarse. Lo bueno de la emigración venezolana es que es probable que ahora tengas conocidos en cada ciudad del mundo.

***

Edificios a la deriva, Buenos Aires, Arg

Confieso que estaba negada. Cuando veía al cielo solo me encontraba con edificios, ventanas, ropa colgada, algunas plantas, cajas de aires acondicionados, todo cerrado y tonalidad sepia.

Caminaba y miles de personas corrían, tratando de llegar al subte o tomar el bus, millones de celulares en las manos, ojos perdidos, caras de conductores cansados de la rutina, bofetadas de bocinas, tráfico, semáforos, rápido, express, ya.

Ahí estaba yo, con mi lentitud de siempre en medio del caos, el cemento y las recalcadas madres que los parieron, como me dijo el tipo del almacén.

Respiro, extiendo mi mente, abro mi cabeza y junto a mis sentidos empiezo a buscar las cosas lindas y las encontré:

Vi los rieles del tren con las hojas de otoño haciendo un túnel natural, vi personas disfrutando de su tiempo libre en el parque, las lucesitas de colores de Plaza Serrano, sus tarantines de feria y el cambio drástico de los bares que prestan sus espacios, se transforman en tiendas y amplían las opciones del evento.

Vi gritos de amor en algunas calles, ruedas de la fortuna brillando en centros comerciales, personas besándose a orillas del Delta de Tigre. Vi abrazos a costados de los árboles, a mis amigos sonriendo al recibirme tratando de buscar lugares que puedan gustarme.

Vi muestras de arte plasmadas en camisas, escuché el poder de las percusiones de La Bomba del Tiempo mezclándose entre el rock argentino y la vida africana. Escuché la pasión por el fútbol entre indicaciones para dar una dirección.

Me perdí muchas veces, pagué dos veces el mismo bondi sin darme cuenta. Caminé con la seguridad de quien va a un lugar desconocido. Escuché a los vendedores ambulantes de trenes que pasan de un vagón a otro respetando los tiempos entre sus compañeros y repitiendo el mismo discurso para ganarse la vida.

Se me acabó el saldo de la SUBE a mitad de la noche y tarde en encontrar un lugar para recargarla. Admiré la belleza de la librería El Ateneo y el ruido del centro comercial grafiteado que no recuerdo cómo se llama.

Me vi caminando en la ciudad de la furia, sin tango, sin paseos turísticos. Voy entre los mortales porteños, como una más entre la multitud.

¿Quiénes somos en ciudades furiosas?

Nosotros

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NOCTILUCAS en Cabo Polonio, uno de los tantos fenómenos que explican el #UruguayTeQuiero

Las noctilucas, un fenómeno de luces que vale la pena vivir en Uruguay.

Buen día,

Me gustaría hacer una reserva para una habitación doble, pero antes quería saber si es posible que me digan cuándo habrá noctilucas, pues mi novia nunca las ha visto y me gustaría darle la sorpresa.

Gracias,

Fulano de tal.


Después de haber hecho una caminata magistral desde la playa norte a la sur, atravesando las dunas y bordeando el bosque de Cabo Polonio, vuelvo al pueblo sobre el atardecer y,  justo cuando estaba entrando a la Av. Ppal, veo una figurita menuda girando la cabeza cual ventilador, con los ojos desorbitados y la sonrisa congelada… Era M. 

M., es un personaje menudo y fino como una varita de terciopelo que camina como flotando, siempre con una mochilita a la espalda.  De esas personas que cada vez que las vez tienen una nueva lista de reproducción de palabras suburbanas y cuentos increíbles. 

Era la primera vez venía al cabo y había comenzado con el pie derecho al haber tomado el mejor puesto de todos: arriba del camión, en la esquina. Le hago señas con la mano desde la colina del puente de los gemidos y sin más que un par de miradas a distancia ya nos habíamos ubicado.

¿Qué se podía hacer en Cabo Polonio a las 5.30pm con una persona que nunca había venido?

Ir al sillón de la sur.

El “Sillón de la Sur”, es una formación natural de rocas que para ser un sofá solo le falta el acolchado y un par de almohadones. Es el living natural de la playa, que cuenta con vista HD al atardecer más increíble, brillante y colorido que vas a ver alguna vez en la vida… También tiene otras funciones, algunos suelen sentarse a ver la puesta de sol, beber, charlar y, dependiendo de la hora, el tipo de charla y la bebida, se presta para encuentros más carnales.

Y si te invita un poloniense, es el truco para enamorar a cualquier turista.

En nuestro caso, solo íbamos a ver el atardecer.

Como guía turística me muero de hambre, pero me encanta hacer el show e intentarlo, aún cuando sé que siempre me olvido de cómo llegar al lugar o cómo se llama… Menos mal que entre la búsqueda del sillón, M. Linn, la autora de la foto de este post, escuchó mi voz y saltó de la nada con un “¡qué haces Sina!” y no quedé tan desubicada.

La tormenta del día anterior había dejado el mar impetuoso, fuerte. Me sorprendió la cantidad de agua que sostenían las olas para formarse y la espuma que soltaban al romper, que por cierto estaba blanquísima, y quedaba regada por toda la zona rocosa como dientes de león entre el barro.

El sol bajaba tranquilo, marcando el paso del tiempo sin apuros, perfecto para disfrutar a plenitud de su despedida. Vimos con claridad cómo esa bola de fuego inclemente, de repente perdía la intensidad, y el amarillo se tornaba naranja, y el naranja en rosa eléctrico -para ese punto podíamos ver la silueta del sol perfecta-, para luego desaparecer.

En contraste, el cielo pasaba de azul a violeta. Vimos el rayo verde de Cortázar, pero no nos enamoramos de nadie. Vimos las nubes naranjas nítidas navegando cual barcos flotantes. Y, de un momento a otro, ya veíamos chispear las primeras estrellas.

M., no había visto un atardecer en un par de meses así que en el proceso enmudeció y ahí nos quedamos en silencio, sentadas en el mejor lugar del Cabo, observando y apreciando el momento sin siquiera mover un dedo ¡qué lindo poder ver este fenómeno sin pensar en el celular, y qué importante que es vivirlo!

Quedamos ahí, mutando, quién sabe por cuánto tiempo, para cuando reaccionamos, Linn ya se había ido. 

De repente, un rayo flúo azul apareció entre la ola.

¡Marica, NOCTILUCAS! Grité. No, no. No puede ser, me respondí. Seguro es una linterna que justo hizo reflejo y se vió así.

1 min después. Otra chispa flúo.

M., dice ¿viste eso? ¿Esas son noctilucas?

No sé, le respondí. Ya había visto noctilucas, pero nunca las vi tan cerca, tan iluminadas, nítidas y tan sorpresivamente.

Observo directo al mar, justo donde se formaba la ola, me voy al detalle:

Vi cómo el agua se juntaba para formar una masa corpulenta, altísima y masisa. Minusiosamente detallé ese instante en que la gran masa, pasó a tener forma de ola y formaba un tunel de agua natural. (¿¡cómo me había perdido antes de este proceso tan hermoso!?) y ahí, entre medio del cuerpo de la ola y la cresta de espuma, allí entre la nada y el todo, apareció una serie de luces azul flujo que permanecieron prendidas hasta que la gravedad y la fuerza del mar hicieron que rompiera. 

¡SON NOCTULUCAS, SON NOCTILUCAS! gritábamos.

Las noctilucas son dinoflagelados (una especie de alga), organismos unicelulares que miden alrededor de un milímetro y que se alimentan de plancton vegetal. Como la mayoría de los organismos bioluminiscentes, emiten brillo como resultado de una reacción bioquímica: el oxígeno oxida una proteína llamada luciferina y el ATP (adenosín trifosfato) proporciona energía para una reacción que produce agua y luz.

Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no lloré. El impacto y la adrenalina  me provocaron dar un salto y junto a M., comenzamos a saltar sin parar abrazadas, girando sobre nuestro propio eje, riendo a carcajadas, felices, incrédulas.

Reparé que ni siquiera era totalmente de noche, la luna estaba creciente y con tanta luz que veíamos nuestra sombra,  y aún así seguíamos viendo aquellas lucecitas flúo nacer entre la cresta de la ola.

Para cuando volteo la mirada hacia la costa, las cientos de olas que iban a reventar a la orilla, iban cabalgando campantes con sus crestas azules en movimiento. 

¿Somos las únicas que estamos viendo esto? Preguntó M.

Algunas familias habían salido de sus ranchos para averiguar el por qué de los gritos, pero estaban tan encandilados por la luz de sus casas que los veíamos salir y entrar de nuevo sin entender nada de lo que estaba pasando.

Parece que sí, dije. 

El motivo por el que estos organismos gastan su energía en producir luz es aún desconocido. No poseen órganos sensibles a la luz, por lo que no pueden percibirla como una señal. Existe una hipótesis según la cual se iluminan para exponer a sus depredadores a la vista de peces más grandes y así deshacerse de ellos.

Foto de Guzman Infanzon.
Foto de Guzman Infanzon.

Estábamos en medio de un cuento de hadas, éramos las sirenas entre las rocas, rodeadas de un fenómeno que nunca se sabe cuándo va a pasar, que no está en cualquier parte del mundo y que, además estaba sucediendo con luna y al final del atardecer.

¡Nos sentimos tan afortunadas! ¿Sabes cuántas personas ni siquiera han visto el mar? Quienes lean este post seguro que hasta estarán aburridos de hacerlo, pero somos minoría. Y además, ver el mar junto con este fenómeno galáctico, es… Galáctico, mismo. 


El mail de Fulano de tal, llegó un día antes de que aparecieran las noctilucas. Cuando la recepcionista nos contó, reímos todos a carcajadas, ¡era imposible saber eso! 

Pudimos haberle mentido en juego diciéndole que al día siguiente iba a poder ver las noctilucas, pudimos haberle dicho que viniera igual, que nunca se sabe, si Fulano no hubiese dudado, pudo haberle dado la sorpresa a su novia.

Pero Uruguay es así, una incertidumbre. Una caja de pandora que va revelando sus misterios cuando quiere, no cuando lo buscas. Por eso hay que tener los ojos abiertos, estar atentos y no esperar nada, porque las cosas increíbles de este paícito llegan solas.

Nunca duden. 

#GraciasUruguay, te quiero. 

Foto de Guzman. Cabo Polonio. Luces de mar, Valizas y Punta del Diablo.
Foto de Guzman Infanzon. Cabo Polonio.

* Los datos sobre las noctilucas los copié de acá

[12] Sonidos de Cabo Polonio

Si pudiera definir mi infancia diría que mis mayores influencias son mi madre, mi padre, mi abuela y un trombón bajo.

Tengo recuerdos nítidos de momentos en que escuchaba el trombón como soundtrack de mis sueños. Recuerdo muchas mañanas que, recién levantada, salía de mi cuardo en la búsqueda del sonido y veía a mi padre tocando en la sala de mi casa, en short y sin camisa; sentado en la silla más cercana a la puerta de casa, con el paral negro atajando las hojas sueltas de las partituras y los libritos medio roídos de esos que ni se podían ver, porque quien los perdiera se metía en un lío grande, y unas hojas de periódico en el piso que atajaban la saliva que se acumulaba en la vara del instrumento… Cuando llegaba a la entrada de la sala, me miraba de reojo, terminaba la sinfonía que estaba prácticando, soplaba y escurría la vara sobre el periódico, y mientras me sacaba el sueño de los ojos me decía ¡Mami!, ¿cafecito?

Y un, dos, tres y.


En Cabo Polonio no hay silencio.

La naturaleza también aturde si no hay un equilibrio. El mar, habla. El viento, habla. El bosque, habla. Los animales, hablan. El corazón, habla.

Hay costa al norte, sur y este del pueblo. Si el mar está agitado, se escuchan las olas del mar rompiendo sobre la orilla, si la mar ‘ta serena, se escucha el meneo del baile, el vaivén de la marea, y siempre, siempre se escuchan las olas rompiendo sobre las rocas… Una y otra y otra vez.

Y sobre las rocas, aullidos de lobos marinos. Este fenómeno es raro y tiene un parecido a la leyenda del silbón venezolana: si estás cerca de los lobos el aullido se escucha lejísimo, pero si estás lejos se escucha tan fuerte como si los tuvieras al lado.

El viento norte trae los quejidos de las riñas, estos pueden ser por causa de la toma de una roca, por los piropos de los machos de la isla queriendo conquistar a la loba hembra para procrear, pueden ser suspiros al viento, o lamentos de quienes pierden las peleas en la isla y quedan renegados a este lado de la tierra con el único fin de ser la foto perfecta y la postal del turista.

A la media noche, entre el silencio aparente, escuchas el crujir de los pasos entre la arena como si caminaras sobre mil paquetitos de galletas crujientes, escuchas a los grillos y los sapos candando ópera, escuchas tu respiración, inhalas, exhalas, tragas saliva, pasa por la garganta…baja. Ahí está el pálpito del corazón que retumba cuando ya estás sobre la cama soltando el último suspiro del día y el primero del sueño.

¿Escuchaste el suspiro también?

Escuchas el motor de los botes de los pescadores cuando salen a pescar por la mañana, escuchas las ruedas de la carretilla arrastrando la lancha por la arena, las olas retumbando entre los costados del bote, el primer chapoteo de los hombres al agua, el encendido del motor, el gruñido de los pescadores cuando se dirigen la palabra y el eco cuando están alejándose.

Por ahí escuchas las gaviotas, las golondrinas haciéndole pelea a los gatos, los teros gritando cada vez que alguien (o algo) pasa cerca del nido, escuchas a los jauría de perros que van jugando por toda la costa, el relinchar de los caballos antes de una tormenta y las chicharras que nos cuentan cuándo será la próxima lluvia.

El viento es un sonido constante, perseverante y a veces es el amigo que habla de más. Una vecina dice que el viento vuelve loca a la gente, porque habla, y mucho. Quién sabe todo lo que tendrá que decir a este pueblo el pobre viento, que no se cansa, no para ni un minuto de susurrar (o gritar).


Los primeros 15 días de Enero los sonidos cambian.

Los camiones empiezan a escupir personas sin vuelta atrás, escuchas los clics de las cámaras, los cierres de las mochilas que abren y cierran en búsqueda del efectivo, las rueditas de las maletas de avión, el motor de los camiones y el palabrerío de la multitud. Risas, llanto de bebés, hombres a las risotadas, mujeres abriendo el compacto con espejo, los vendedores contando el dinero y el pos de la tarjeta que suena piiii cuando aprueban la transacción.

Hay mucha música mezclada con dolores de ovarios, vas andando por la principal y no sabes si prestarle atención a la música electrónica del León, al mazacote de La Estación, la cumbia en vivo del Lobo, la canción que puso el pibito que iba pasando con el celular o la de mi trabajo en La Perla. Escuchas todo y nada, escuchan lo que dicen los demás y es casi imposible mantener una conversación con un amigo.

¡Mirá una estrella fugaz!, eso también se escucha, mucho.

Escuchas los besos, las risadas, los portazos, las caídas porque pelaron una bajadita, los chamullos imparables (después me extenderé en este punto), los vasos chocando cada vez que gritan ¡salú! y las botellas de vino descorchándose.

Escuchas el motor de los camiones y los pasitos de la gente caminando cuando hacer fila para volver, escuchas las últimas compras del día, las puteadas por no tener post para pasar tarjeta y el resto que se queja por no tener cajeros automáticos.

Y las cámaras haciendo clic hasta el final.


El 16 de Enero, me siento de mañanita y me tomo un café. Escucho por ahí a los turistas andando sin rumbo, preguntando al primero que se encuentren “¿sabes cómo se llega al faro?”

Y el mar chocando contra las rocas y el viento…. Incesante.

Veo a Dejeps comiendo pasto sin parar y escucho cómo el pasto se va despegando de la tierra casi hebra por hebra.

¿Será que el trombón tiene algo que ver?

¿O es que aún no me despierto del sueño?


  1. En ocasiones especiales, como algunos días que tuve, puedes escuchar el nacimiento de una golondrina, el crujir de los huevos cuando ya están listos y sus primeras peticiones de alimento.
  2. El balanceo del rancho cuando hace mucho viento.
  3. Los truenos como ecos de tambores.
  4. El aleteo de una mariposa chocándose con un vidrio.
  5. El acento francés de Piere, del Buena Vista cuando dice ¿tenemos papel para el culo?
  6. El balón de fútbol de los chicos jugando en la canchita del faro.
  7. Al brasilero que pregunta O prato da para duas pessoas? Donde é que fica o farol?
  8. Y el argentino que te dice ¿Ya está el descuento en la factura?
  9. También escucho los martillazos de George, de la selva cada vez que repara algo en el hotel.
  10. Los gritos del Panky a las 3am exclamando ¡SON TODOS PUTOS!
  11. El típico ¡Cachetimbi! Que lanza Jhony después que pasa una chica linda cerca.
  12. Y la típica puteada poloniense: ¡La puta maaaaaaaadre! el Polonio.

 

 

¿Cómo le describirías a alguien que nunca pisó Uruguay, cómo es Cabo Polonio?  

Como explicas a la gente qué es el Cabo y qué no te tomen como hippie.

Esta pregunta me la hizo un amigo después de haberle descrito a mi abuela cómo era el lugar donde estaba viviendo ahora.

Abuela, estoy en un pueblo que está como a 5 h en bus desde la capital de Uruguay. Es rústico, aislado de la rutina de ciudades. En invierno viven 70 personas nada más ¡imagínate!

No tiene electricidad, todo funciona con plantas eléctricas, paneles solares o candelabros y la oscuridad permite ver toda la galaxia. Estrellas al infinito, la noche más oscura o más clara dependiendo de la luna… Por cierto que ¡nunca vi tantas estrellas!  Tampoco vi tantos atardeceres tipo documental de África, ni salidas de la luna por el mar, ni puestas de luna… Es increíble.

Te encantaría estar aquí, hay gallinas, patos, gansos, botes pesqueros, caballos y lobos marinos. Está como para que te orilles* y te tomes algo tranquilita…es más, si vienes te veo viviendo acá, es todo rústico como te gusta, así como la señora del recorte de periódico que tienes en tus libros ¿sabes? la que tenía a sus gallinas y tu decías que algún día querías estar como ella, viviendo con lo que necesitas,  comiendo en platos de peltre y tus 10 gallinas.

Feliz.

“No me convence mucho tu explicación”, me interrumpió mi amigo cuando le conté.

Es que, estoy pensando que cuando vuelva a España, voy a tener que explicarles a todos mis amigos y a mi madre todas las cosas que vivo acá, y no quiero que me hagan preguntas o que me digan que soy un hippie, por las sensaciones que les voy a describir, ¿si me entiendes?  Por ejemplo, el día de la luna llena y vino el lobo marino y tal… ¿Cómo le digo a mi madre que fue mágico? Y que me entienda ¡esa es la parte difícil.

No hay descripción para las sensaciones del Cabo. Sí podes describir que hay noches de luna nueva que te paralizan de tanta oscuridad en la tierra y brillo de estrellas en el cielo. Puedes decirle que este lugar te permite aislarte y concentrarte más en el presente y en el valor que tiene la naturaleza. Puedes hablar sobre los personajes del Cabo, que acá viven solo 70 personas y que esto generó 70 personajes de película, que cada uno se hizo su casa, que tienen las manos grandes y con cayos de tanto trabajar,  que fruncen el ceño y tienen la boca doblada a un lado de tanto gruñir…

No. Porque me va a preguntar por qué la gente es así o que qué es eso de vivir el presente,  o cualquier otra cosa ¿sabes?  Y no quiero responder preguntas. No sé cómo explicarle eso…

Entonces, me parece que lo que tienes que hacer es buscar puntos de comparación con otros países o regiones que tu madre conozca y a partir de eso, empezar a contarle cosas, lugares o emociones con las que tu madre se sienta identificada. Por ejemplo, a mi abuela le gustan las gallinas y los animales, si yo no le digo eso, a ella no le hubiese emocionado el lugar.

Para generar una sensación, busca ese “algo” que le genere emoción al que escucha.

Imaginate un lugar aislado de la ciudad,  donde trabajas en lo que te gusta,  te pagan,  tienes casa y comida asegurada y además te desconectas del ritmo de la ciudad y te rodeas de naturaleza. 

Imaginate un lugar que veas por donde lo veas es playa, dunas, cielo azul saturado y zonas de pasto verde y que tengas acceso a infinitas salidas y puestas de sol y de luna. 

Imaginate, que como no hay electricidad (mejor dicho, hay acceso limitado) puedas mirar el cielo lleno de estrellas con colores y todo… Y que te acuestes en la arena mirándolo y se te acaben los deseos de tantas estrellas fugaces que vas a ver. 

Imaginate, un lugar en el que vives tranquilo, sin apuro y contento, como en un sueño. 

Y cierres los ojos y de noche escuches hasta tu respiración… Y te duermas con el aullido de los lobos marinos, el viento soplando y el mar. 

Como una mezcla entre los atardeceres en el malecón de Choroni, el silencio del Pico Naiguatá de El Ávila, las playas como maracas beach en Trinidad y Tobago y las dunas de Coro. 

Eso en un solo lugar. 

¿Ves? Eso es Cabo Polonio.



Pd. Quiero leer tu descripción.