Hacerse la vista gorda, nivel “Embajadas de Venezuela”

Una micro historia de lo que me pasó cuando me robaron en Mendoza, Argentina y sobre a ayuda que me dio la Embajada de Venezuela.

 

Les contaré una historia de otra venezolana (porque no creo que sea la única) que quedó sin respaldo por parte de una embajada que “se supone” debe Defender los derechos e intereses de sus conciudadanos (+ info acá).

No quiero que esto sea una excusa más para decir que “Venezuela es una mierda”, yo solo quiero sacarme de la garganta esta impotencia de haberme sentido desolada, y observarme a mí misma en esta situación para saber cuál es la postura que voy a tener de ahora en adelante.

Les haré la historia corta:

Viajé.

Me robaron hasta los documentos cuando llegué a Mendoza, Argentina.

Llamé a la embajada de Venezuela en Buenos Aires:

Me pasó esto, les dije.

Bueno, nosotros lo que podemos hacer es ofrecerte un “vale por un viaje” a Venezuela.

Yo no vivo en Venezuela desde hace 3 años, ¿pueden ayudarme a volver a Uruguay?

No, no podemos.

¿No me pueden dar un pasaporte temporal?

No, nosotros no hacemos eso. Si quieres el pasaporte, tendrías que esperar por lo menos 90 días. Y tampoco sacamos la cédula.

A ver, ¿no tienen alguna forma de ayudarme a volver?

No.

Y, a continuación, la frase más prepotente escuchada jamás:

Que resuelva Uruguay, ¿no vives allá pues?

Y con esa respuesta me fui al consulado de Uruguay en Mendoza. Allá, me dieron un papel que es SOLO PARA URUGUAYOS, pero como tengo residencia, decidieron intentarlo. Me atendió el mismo cónsul, me tomaron la foto tipo carné, se dieron el tiempo de escuchar mi historia y me dijeron que todo iba a estar bien. Me fui con un vale por un viaje de vuelta a al paisito.

Uruguay resolvió.

 

¿POR QUÉ CUENTO ESTO?

Porque me sentí MAL.

Mi familia entera está en Venezuela, vivo en Uruguay sola, me encontré en una situación bastante violenta, había perdido todo; con ayuda de mis amigos (a los cuales agradezco profundamente) pude sobrevivir y volví como una reina.

Pero quiero que analicen la situación de esta forma:

Estaba en medio de una tempestad. Mi casa estaba muy lejos así que decido ir a la casa de mis padres. Toqué el timbre, porque ya no tengo la llave para entrar. Me abren y siento el olor de un guisito con arroz blanco y arepitas. Muerta de frío, y con el estómago vacío, les digo que me dejen pasar la noche y me ayuden a volver a casa, porque perdí la cartera.

Y me dicen “dile a al que te alquiló la casa que te ayude, ¿No te fuiste a vivir sola pues? Resuelve” y me tiran la puerta en la cara.

Que resuelva el otro, que nada que ver.

 

Desde hace un mes tenía el sabor amargo de quien se toma un café recalentado de hace 3 días, tenía esta historia en la garganta como un nudo que me estaba atravesando hasta el corazón. Los detesté tanto y amé (y amo) tanto a Uruguay, que pienso que, en definitiva, el hogar está donde uno se siente mejor.

Venezuela no me ayuda sentirme mejor, por lo tanto no lo siento mi hogar, ni siquiera a distancia ¿Está mal que me sienta así?

Pero familia es familia, y cariño es cariño. Como dice la canción

Amor y control

Confío que un día esas voces de ministerio serán voces de verdad y justicia. Que ayuden, que funcionen y que hagan su trabajo con amor, porque me da la sensación de que eso es lo que les falta, amor.

Gracias Uruguay, por hacerte cargo. Gracias amigos por ayudarme. Gracias querida mujer con voz de ministerio, por ayudarme a ver lo que no quiero ser.

Veracidade o ver a cidade?

Se llama Mauro Neri da Silva. Es graffitero. No lo conocí en persona, pero conocí sus trazos, que dejan huella en todos los rincones de Sampa.
Veracidade y ver a cidade. Su invitación informal a la observción, a prestar atención y ser buenas personas, ¿volver a los valores?

Unas mujeres que yo llamo “sus negritas” acompañan su VER y su VERACIDAD. Ellas siempre con la mirada hacia arriba, ¿será que tenemos que comenzar a dejar de ver el suelo y comenzar a ver las caras, a dejar las pantallas por las bocas?

Quién sabe.

Mauro, ni siquiera me conoce, pero sin saberlo, ya me enseñó mucho.
Ver, verdad, veracidad, ver la ciudad. Amarla, cuidarla, valorarla y sentirla.

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Miss Venezuela: La casa de la involución femenina

 Este texto es de una amiga, colega y compañera venezolana que se cansó del típico cliché de mujercita riquita operada y mente hueca que han impulsado las empresas de belleza y que ha comercializado la publicidad para definir a la mujer

Miss Venezuela -Mujer florero

Confieso que, en años anteriores, religiosamente me sentaba a ver el certamen de la belleza más visto y esperado en el país, con mi mamá y mi abuela. Comentábamos los vestidos –“¡Qué bello ese!” o “terrible ese, qué mal gusto” – las producciones musicales, las actuaciones de los artistas internacionales y, sobre todo, el mensaje que dejaba el evento ese año.

Por mensaje me refiero a si se elegía a la muchacha más preparada, inteligente y desenvuelta como representación total de la mujer venezolana, que para mi sigue siendo BELLEZA, TALENTO E INGENIO; pero, sobre todo, esas últimas dos.

Se puede apreciar visiblemente la decadencia a la que ha llegado este autollamado “magno evento de belleza”, que no es más que una pobre muestra de jóvenes hermosas – sí, hermosas –  que en general reflejan ese estereotipo de mujer florero; perfecta, que dice solamente lo que le indican y como se lo indican; que se esfuerza de manera sobrehumana para llegar a un peso y una talla ideal por el altísimo estándar de belleza que es ser, mínimo, 90-60-90.

El Miss Venezuela dejó de ser, hace muchísimo tiempo, el concurso de belleza que representa a una mujer venezolana promedio. Y ojo, que quede claro que una venezolana promedio es un ser extraordinariamente rico en viveza, perseverancia y picardía; eso somos.

Podemos tener la mayor fuerza de voluntad, levantarnos más temprano que cualquiera, hacer ejercicio, arreglarnos y estar listas y pulcras, como si fuésemos a ver a nuestra peor enemiga; comernos una Reina Pepeada y tomarnos una cerveza mientras vemos el Caracas – Magallanes. Eso somos, las mujeres venezolanas, las de verdad, somos más que el Miss Venezuela.

Por María Fernanda Montilla