¡Hasta luego, Cabo Polonio!

Me voy.

Justo cuando me estaba acostumbrando a despertarme con el trinar de los pájaros, los susurros del viento y los cantos de la mar; justo cuando los caballos ya empezaban a saludarme y los aullidos de los lobos eran el eco del viento; justo cuando empecé a conocer el ritmo del pueblo y la mano no paraba de saludar desde que salía hasta que llegaba a casa; justo cuando ya sentía el concepto “hogar”.

Ya había encontrado mi roca preferida y me estaba acostumbrando a mi propia compañía, sabía vestirme sin luz y a encontrar todas las cosas que necesitaba con tan solo tantear en el cajón las texturas; también encendía velas sin quemarme, aunque nunca pude evitar que se derramara el cebo al apagarlas.

Justo cuando ya no me molestaba hablar conmigo, cuando entendí que los dolores duelen, y que es normal, y que debía acostumbrarme a que los estados de ánimo son extremos en ese lugar: si estas feliz, es MUY feliz, si estás triste, es casi una depresión… Aprendí la técnica de la”neutralidad”.

Justo cuando empezaba a acostumbrarme a las historias polonienses, al tono, a los colores, a los panes del Bunker, a los sábados de Estación Central, a las tardes de capuchino en Si Supieras, a las tortas fritas de Mary, al cafecito con Nela, a los gritos del Panky, los vinitos de Jhonny y a caminar a ciegas en noches de luna nueva sin caerme.

Justo cuando encontré la calma entre la espuma de las olas y descubrí el silencio entre los soplidos del viento. Justo, cuando ya le estaba tomando cariño a la gente, y haces amigxs que provoca tener cerca más que una temporada de verano.

Justo,

me voy.

Y me choqué contra el sonido del motor del bus durante 5 horas de viaje, contra las luces blancas del Terminal de Tres Cruces con música de fondo y miles de olores que te estimulaban entre el hambre, la sed, las ganas de comprar ropa y las de salir corriendo.

Y corrí. Y me choqué contra una muralla de autos, el sonido de sus frenos, del arranque, de la bocina, de la campanita de la bici que iban de costado y de la puteada del dueño del auto, que no le gustan las bicis.

Ahora entiendo a la gente del interior, cuando dice que Montevideo es rápido.

Rápido, pero necesario.

Porque del otro lado, hay un sol radiante, túneles de árboles que te arropan, una rambla te saluda, amigos que te reciben, un mate recién echo, un café, un amigo que tiene una muestra, una exposición, una palabra, arte. Un parte, una cerveza, un plan.

De la nada al todo… ¿O del todo, a la nada?

¿Cómo volvieron de cabo?

NOCTILUCAS en Cabo Polonio, uno de los tantos fenómenos que explican el #UruguayTeQuiero

Buen día,

Me gustaría hacer una reserva para una habitación doble, pero antes quería saber si es posible que me digan cuándo habrá noctilucas, pues mi novia nunca las ha visto y me gustaría darle la sorpresa.

Gracias,

Fulano de tal.


Después de haber hecho una caminata magistral desde la playa norte a la sur, atravesando las dunas y bordeando el bosque de Cabo Polonio, vuelvo al pueblo sobre el atardecer y,  justo cuando estaba entrando a la Av. Ppal, veo una figurita menuda girando la cabeza cual ventilador, con los ojos desorbitados y la sonrisa congelada… Era M. 

M., es un personaje menudo y fino como una varita de terciopelo que camina como flotando, siempre con una mochilita a la espalda.  De esas personas que cada vez que las vez tienen una nueva lista de reproducción de palabras suburbanas y cuentos increíbles. 

Era la primera vez venía al cabo y había comenzado con el pie derecho al haber tomado el mejor puesto de todos: arriba del camión, en la esquina. Le hago señas con la mano desde la colina del puente de los gemidos y sin más que un par de miradas a distancia ya nos habíamos ubicado.

¿Qué se podía hacer en Cabo Polonio a las 5.30pm con una persona que nunca había venido?

Ir al sillón de la sur.

El “Sillón de la Sur”, es una formación natural de rocas que para ser un sofá solo le falta el acolchado y un par de almohadones. Es el living natural de la playa, que cuenta con vista HD al atardecer más increíble, brillante y colorido que vas a ver alguna vez en la vida… También tiene otras funciones, algunos suelen sentarse a ver la puesta de sol, beber, charlar y, dependiendo de la hora, el tipo de charla y la bebida, se presta para encuentros más carnales.

Y si te invita un poloniense, es el truco para enamorar a cualquier turista.

En nuestro caso, solo íbamos a ver el atardecer.

Como guía turística me muero de hambre, pero me encanta hacer el show e intentarlo, aún cuando sé que siempre me olvido de cómo llegar al lugar o cómo se llama… Menos mal que entre la búsqueda del sillón, M. Linn, la autora de la foto de este post, escuchó mi voz y saltó de la nada con un “¡qué haces Sina!” y no quedé tan desubicada.

La tormenta del día anterior había dejado el mar impetuoso, fuerte. Me sorprendió la cantidad de agua que sostenían las olas para formarse y la espuma que soltaban al romper, que por cierto estaba blanquísima, y quedaba regada por toda la zona rocosa como dientes de león entre el barro.

El sol bajaba tranquilo, marcando el paso del tiempo sin apuros, perfecto para disfrutar a plenitud de su despedida. Vimos con claridad cómo esa bola de fuego inclemente, de repente perdía la intensidad, y el amarillo se tornaba naranja, y el naranja en rosa eléctrico -para ese punto podíamos ver la silueta del sol perfecta-, para luego desaparecer.

En contraste, el cielo pasaba de azul a violeta. Vimos el rayo verde de Cortázar, pero no nos enamoramos de nadie. Vimos las nubes naranjas nítidas navegando cual barcos flotantes. Y, de un momento a otro, ya veíamos chispear las primeras estrellas.

M., no había visto un atardecer en un par de meses así que en el proceso enmudeció y ahí nos quedamos en silencio, sentadas en el mejor lugar del Cabo, observando y apreciando el momento sin siquiera mover un dedo ¡qué lindo poder ver este fenómeno sin pensar en el celular, y qué importante que es vivirlo!

Quedamos ahí, mutando, quién sabe por cuánto tiempo, para cuando reaccionamos, Linn ya se había ido. 

De repente, un rayo flúo azul apareció entre la ola.

¡Marica, NOCTILUCAS! Grité. No, no. No puede ser, me respondí. Seguro es una linterna que justo hizo reflejo y se vió así.

1 min después. Otra chispa flúo.

M., dice ¿viste eso? ¿Esas son noctilucas?

No sé, le respondí. Ya había visto noctilucas, pero nunca las vi tan cerca, tan iluminadas, nítidas y tan sorpresivamente.

Observo directo al mar, justo donde se formaba la ola, me voy al detalle:

Vi cómo el agua se juntaba para formar una masa corpulenta, altísima y masisa. Minusiosamente detallé ese instante en que la gran masa, pasó a tener forma de ola y formaba un tunel de agua natural. (¿¡cómo me había perdido antes de este proceso tan hermoso!?) y ahí, entre medio del cuerpo de la ola y la cresta de espuma, allí entre la nada y el todo, apareció una serie de luces azul flujo que permanecieron prendidas hasta que la gravedad y la fuerza del mar hicieron que rompiera. 

¡SON NOCTULUCAS, SON NOCTILUCAS! gritábamos.

Las noctilucas son dinoflagelados (una especie de alga), organismos unicelulares que miden alrededor de un milímetro y que se alimentan de plancton vegetal. Como la mayoría de los organismos bioluminiscentes, emiten brillo como resultado de una reacción bioquímica: el oxígeno oxida una proteína llamada luciferina y el ATP (adenosín trifosfato) proporciona energía para una reacción que produce agua y luz.

Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no lloré. El impacto y la adrenalina  me provocaron dar un salto y junto a M., comenzamos a saltar sin parar abrazadas, girando sobre nuestro propio eje, riendo a carcajadas, felices, incrédulas.

Reparé que ni siquiera era totalmente de noche, la luna estaba creciente y con tanta luz que veíamos nuestra sombra,  y aún así seguíamos viendo aquellas lucecitas flúo nacer entre la cresta de la ola.

Para cuando volteo la mirada hacia la costa, las cientos de olas que iban a reventar a la orilla, iban cabalgando campantes con sus crestas azules en movimiento. 

¿Somos las únicas que estamos viendo esto? Preguntó M.

Algunas familias habían salido de sus ranchos para averiguar el por qué de los gritos, pero estaban tan encandilados por la luz de sus casas que los veíamos salir y entrar de nuevo sin entender nada de lo que estaba pasando.

Parece que sí, dije. 

El motivo por el que estos organismos gastan su energía en producir luz es aún desconocido. No poseen órganos sensibles a la luz, por lo que no pueden percibirla como una señal. Existe una hipótesis según la cual se iluminan para exponer a sus depredadores a la vista de peces más grandes y así deshacerse de ellos.

Foto de Guzman Infanzon.
Foto de Guzman Infanzon.

Estábamos en medio de un cuento de hadas, éramos las sirenas entre las rocas, rodeadas de un fenómeno que nunca se sabe cuándo va a pasar, que no está en cualquier parte del mundo y que, además estaba sucediendo con luna y al final del atardecer.

¡Nos sentimos tan afortunadas! ¿Sabes cuántas personas ni siquiera han visto el mar? Quienes lean este post seguro que hasta estarán aburridos de hacerlo, pero somos minoría. Y además, ver el mar junto con este fenómeno galáctico, es… Galáctico, mismo. 


El mail de Fulano de tal, llegó un día antes de que aparecieran las noctilucas. Cuando la recepcionista nos contó, reímos todos a carcajadas, ¡era imposible saber eso! 

Pudimos haberle mentido en juego diciéndole que al día siguiente iba a poder ver las noctilucas, pudimos haberle dicho que viniera igual, que nunca se sabe, si Fulano no hubiese dudado, pudo haberle dado la sorpresa a su novia.

Pero Uruguay es así, una incertidumbre. Una caja de pandora que va revelando sus misterios cuando quiere, no cuando lo buscas. Por eso hay que tener los ojos abiertos, estar atentos y no esperar nada, porque las cosas increíbles de este paícito llegan solas.

Nunca duden. 

#GraciasUruguay, te quiero. 

Foto de Guzman. Cabo Polonio. Luces de mar, Valizas y Punta del Diablo.
Foto de Guzman Infanzon. Cabo Polonio.

* Los datos sobre las noctilucas los copié de acá

Una excusa para contarles sobre mi nuevo hogar

Quería instalarme, quería una vida normal. Después de mi viaje a Brasil volví a Uruguay con la intención de tener aquel trabajo anhelado de 8h, un cuarto para alquilar y mis vacaciones por 15 días anuales.

Y me llamaron para trabajar en Cabo Polonio.

***

Quién diría que iban a encontrarse un catalán, un mendocino, un cordobés, una argentina, una paraguaya-uruguaya, una venezolana y 4 uruguayos para compartir un mismo techo en el recóndito pueblo de Cabo Polonio.

Si no fuera porque Q, escuchó que una huésped del hostel donde trabajaba comentó que en el restaurante estaban buscando un ayudante de cocina,

Si no fuera porque J., un día vino al Polonio y se encontró con que su amigo era jefe del restaurante y justo necesitaban gente,

Si no fuera porque W. recomendó a A. para que viniera a trabajar,

Si no fuera porque la cocinera estrella no podía, y recomendó a un amigo y ese amigo tampoco podía,  y justo P. buscaba una aventura, 

Si no fuera porque T., recomendó a su amigo para que viniera,

Si no fuera porque E. dijo “eu fazo tudo”,

Si no fuera porque llamé a una amiga y le dije “Bo, ¿qué onda el Cabo? ¿Me das un mail para mandar mi CV y trabajar la temporada?

… El Poderoso sería otro.

***

Una vez, mientras me estaba cambiando de ropa en el rancho después de trabajar escuché que alguien le preguntaba a A.: Disculpá ¿vivís acá?, sí, respondió A. ¡Qué de más! ¡Está increíiiible este rancho! Parece uno de los castillos de Miyazaki, ¡En cualquier momento saca unos cohetes y despega, qué viaje!

En ese momento, me di cuenta en dónde estaba viviendo.


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El Poderoso es el único rancho en Cabo Polonio que tiene dibujitos hechos a mano por una brasilera, el único que se construyó teniendo como base un container que terminaron botando, pero que entre tabla y tabla, terminó siendo una obra de arte de muchas manos, muchos clavos y muchos tragos.

Durante el invierno se transforma en el bar de los amigos, un espacio recreativo que le permite al dueño y sus secuaces hacer lo que se les cante, por eso montan una barra para los tragos, ponen un cable de electricidad de 20 metros para poder escuchar música y se cubren del frío y la humedad.

Dice la leyenda, que las noches de invierno son tan agitadas en este lugar, que cuando se limpia la primera vez en verano puedes sacar de entre las paredes y tablas del suelo almas viejas, alcoholizadas y drogadas. Y si tienes suerte, hasta puede que resucite un panky.

Durante el verano es un hogar modesto de trabajadores, un lecho. Cuando hay viento, nos mece cual bebés en la cuna y cuando hay sol nos tuesta con su techo de zinc.

Si llueve, el metal del techo amplifica cada gota de agua en una batería moderna, si la lluvia es constante no podemos hablar entre nosotros,  porque hay tanto ruido que no nos escuchamos.

El Poderoso es la típica casa de cuentos de hadas: es madera oscura, tejado triangular, dos puertas de menos de 2 metros de altura, escaleras exteriores que te obligan a concentrarte bien después de una noche de copas y unas ventanitas de vidrio que permanecen siempre abiertas, no porque querramos, sino porque algunos cuadritos de vidrio están rotos.

¿Será por el bar?

No hay electricidad. Nos alumbran las velas ( cuando recordamos prenderlas) y un poco nuestras almas y las risas.

Huele a humedad de casa vieja con oleadas de perfumitos, desodorantes de aerosol y agua de mar. Sabe a café frío de la mañana.

No se puede estirar mucho los brazos cuando estás de pie. Se escucha todo, pero no se ve nada.

Vivimos a la antigua:

Lo niños duermen abajo y las niñas en el piso de arriba, pero nos escuchamos hasta los suspiros. Nos llamamos sin vernos, nos escuchamos mientras nos vestimos, dormimos mientras los otros caminan y si a las niñas se les ocurre barrer,  la arena cae entre la ranura del suelo de madera y abajo caen los restos de un día de playa.

Si el día está gris, El Poderoso se transforma en nuestra guarida especial. Nos juntamos uno al lado del otro sentados en círculo, hacemos ronda de mate, contamos historias, leemos en voz alta y si estamos muy místicos, filosofamos.

Escuchamos la lluvia, nos inundamos (literalmente), secamos, invitamos al silencio a sentarse con nosotros a veces, sin incomodarnos, lo escuchamos y nos concentramos en el sonido del último sorbo del mate.

El sueño americano

El Poderoso, Cabo Polonio- Uruguay
El Poderoso, Cabo Polonio- Uruguay

Vivo en una casa de madera rústica, rodeada de pasto, caballos, sapos, hongos en la tierra, arena y mar; vivo en una cabaña que me mece, me acurruca y me regala ratos de silencio, en un hogar que ahora comparto con personas de distintas partes del mundo, personas a las que llamo, familia.

Vivo en un lugar que sabe a café (frío, pero café al fin), que tiene ventanas con mira al mar, al atardecer o a la galaxia, que se hizo a mano y que tiene un nombre enérgico: El Poderoso.

En cualquier momento, me voy volando. 

Pero, ¿cómo pude pensar que trabajar 8h era mejor que vivir en este lugar?

¡Que sigan los viajes!

¿A qué casa vuelve un inmigrante viajero?

Tuve mucho tiempo desconectada de la escritura sentimental, esta que me mueve y que me lleva a hacer que tú/vos vibres y me cuentes qué sentiste con este montón de palabras que tiro acá en el blog.

Al menos es mi intensión.

Para reconectarme con esta maravilla que es el papel y el lápiz o el teclado y los dedos, revisé mi última lección del taller de escritura de viajes con Norte de Papel. En realidad, terminó hace unas semanas (me parece que un mes), pero yo no le quería dar fin. En mi escritorio de la computadora, veía el PDF pidiendo a gritos ser leído y yo lo ignoraba abriendo Google Chrome.

Hasta que en estos días, lo leí y ¿a que no saben de qué hablaba? 

“Narrar un viaje de regreso”

Vibré.

Ya sabía que había algo extraño en este nuevo regreso a Uruguay. Fueron 6 meses curtiendo otras tierras, masajeando otra moneda, oliendo otros vientos.

¿Cómo narramos un viaje de regreso? Dicen que el alma tarda muchos días en volver. El cuerpo llega a Estambul y siente una especie de delicia en las mezquitas y en las formas a contraluz pero el alma es rebelde. Ella sigue en el departamento de cortinas rojas en Roma(…)

Siento un cosquilleo desde los dedos hasta la punta del cabello. Y a medida de leía, me daba cuenta de que en realidad mi alma no había regresado del todo a Uruguay. Como que estaba llegando fragmentada.

Descubro.

¿Dónde está mi alma? ¿Cuándo regresé? ¿Qué siento?

***

Tengo un defecto: no hago planes. Puede ser que muchos lo vean como la mejor forma de vivir la vida y estar a plenitud, pero en realidad, esta fase solo funciona cuando perteneces a un país normal que te recibe con la casa de tus padres esperándote puertas abiertas con comida calentita.

Como soy inmigrante, me tocó volver a una casa que no es mía, a un país que tampoco es mío en un momento que quizás era -o no-el adecuado.

Después de 6 meses en Brasil y  uno en Venezuela, volví a Uruguay con la incertidumbre en la mochila, con miedo y ansias de reencuentros, con 3 días usando la misma ropa, con un olor a Caribe que no se me quitaba y mascando un chicle en portugués.

De Brasil a Venezuela, de Venezuela a Brasil

¡Puaj!

Tenía 2 años sin volver a Venezuela hice un post con todo el detalle de lo que sentí al volver, pero me parece necesario repasar esa emoción de nuevo.

Después de que te vas de tu país, dejas un poco de “ser” y te transformas de una mezcla entre lo que eras y tu nuevo yo. El proceso de adaptación te hace ver otras cosas. Cuando eres inmigrante y Venezolano la vida se pone un poco complicada, hermosa, tormentosa, dramática, nostálgica, increíble. Vives cada momento como algo totalmente nuevo, es un cambio radical de vida. En mi caso, lo mejor que puede pasar.

La nostalgia siempre está, el verbo extrañar se pasa de vez en cuando para sacarte algunas lágrimas. Y cuando llega el momento de volver a esa vida que dejaste…  resulta que es

in-cre-í-ble-men-te difícil.

Porque cuando lo enfrentas, la emoción del reencuentro dura unos pocos días. Después que pasa el furor de la fiesta de bienvenida y todos vuelven a sus vidas y tareas cotidianas, te despiertas de la realidad y observas que nada cambió.

Todos siguen haciendo lo mismo, tu “casa” está igual, tus padres, tus amigos, tus vecinos. Algún que otro cambio táctico de casamientos, hijos, etc., y tú ahí siendo testigo de este acontecimiento que es la nada. Con una mochila de historias, personajes, viajes, comidas, cuentos y sentimientos que quieres cantar a vox populi, pero no lo haces, porque: a nadie le importa, es delicado y, sobre todo ¿cómo lo explicas?

Tu casa, siempre va a ser tu casa. Pero cuando migras y vuelves te preguntas  ¿Dónde estoy? ¿Es esta mi casa de verdad? ¿Dónde esta Uruguay (mi caso)? ¿Dónde están las historias para contar? ¿Por qué no pasa nada nuevo?

Disfrutas a tu antiguo modo, cosntruyes lo que eras. Lo haces con amor y cariño y guardas las vivencias para cuando vuelvas ¿a casa?

***

Volví a São Paulo. Para el final de mi viaje en Caracas (léase que no había vuelto a casa, fue un viaje) ya estaba debatiéndome entre la dicha de la entrega familiar y la duda ante lo nuevo que me esperaba en Brasil.

¿Cuál es el polo opuesto de la zona de confort? Ahí estaba yo.

Volvía de un viaje sagrado, interno y lleno de amor familiar rumbo al desconocimiento.

Me arriesgué.

***

Salí un día nublado de Vila Mariana en São Paulo. Me despedí con una felicidad dudosa, como incompleta. Todavía no me había aburrido del “Bom dia” al levantarme; aún no me había cansado de ver la amplitud de la Av. Paulista, ni me había tapado las orejas al escuchar “Bom dia moça! Você precisa de alguma coisa? Todo a um real, todo a 1 real!!!” de los vendedores de la feria de los miércoles.

¿Por qué me tenía que ir? Aún mi cuerpo no tenía tanta celulitis como para dejar de comer pastel  de feira ni pão de queijo; el

Polaroid CUBE
Sao Paulo vista desde el Edif. Italia

smog no había saturado tanto mi nariz ni mis ojos. ¿Y si se me olvida cómo se ve SP desde el Edif. Italia? Déjenme ver otra vez esa selva de cemento desde las alturas, al menos para reiterar por qué me voy.

 

Hasta hace unos días me ardía el cuerpo de aquellos domingos de Rodas do Samba en Vila Madalena, ahora que recuerdo, se me enfría la mano creyendo que aún sostengo la cerveza Original de medio litro, la que bebí de a pico un día y un señor me dijo que eso “estaba mal visto, porque solo lo hacían las personas ebrias o las putas”.

No me dijo “putas”, pero casi.

En mi pueblo, se toma de a pico ‘e botella, señor. Lo siento.

Camino por Palermo y aún siento la presencia de los edificios de 20 pisos de alto, a pesar de estar rodeada de casas viejas increíbles. A veces me asomo a la puerta de casa y siento que ahí va a estar el árbol de flores de primavera que tenía en mi “casa” en SP, el de flores moradas radiantes que estaba apresado entre una cerca, un cableado eléctrico que hacía arder la vista de solo mirar y el edificio de ventanas minúsculas.

Aún me pregunto por qué la gente vivía en aquel edificio nefasto, ni siquiera podían asomar la cabeza en la ventana.

Pero ese árbol, le daba vida a toda la calle.

A veces, me levanto y escucho la voz de An. hablándome de su hija, de su nieto que está criando, de su madre desaparecida, de ella, del café que había hecho R. “Nossa que ruim que esta este café!”

Ahora tengo la bici y tengo sed de recorrer el Ibirapuera, aunque lo hice a pie. Pero no es lo mismo.

¿Qué habrá sido de todas las caipirinhas que no me tomé? ¿Y de los millones de lugares que nunca visité? ¿Me estarán esperando? ¿Querré ir?

Ahora voy en el ómnibus vía La Unión en Montevideo. A través de la ventana veo la calle, toda gris, con los árboles secos y “palúos”, la gente con capas de abrigos, a pesar de que no hace tanto frío y la nadie misma en las aceras, porque somos 1 millón y medio en la ciudad.

Me da gracia, porque esta imagen también me lleva a mis días en el Metro de São Paulo, y me doy cuenta de que el metro no lo extraño ni un poco, qué triste ir de un lugar a otro sin poder ver por la ventana.

Lo que sí extraño es el contenido: el olor a café con leche y pão de queijo (tengo una obsesión), la diversidad de culturas, idiomas, colores de piel, de géneros, estilos y formas.

Me encantaba ver a las chicas con labial violeta, azul o verde a plena luz del día. Las cabezas con cortes radicales, rapados, diseños, y colores diversos. Pero sobre todo, me encantaba ver a la gente tocándose sin miedo. Amaba cuando los homosexuales se besaban y se arrecostaban todo en medio de las puertas de salida y ni una mirada extrañada subía la ceja.

Impensable en Caracas. Impensable en Montevideo.

Éramos todos fantasmas, en una sociedad de 20 millones de habitantes.

Polaroid CUBE
Fantasma de S. en Vila Madalena

Ahora que el bus pasa por un shopping, agradezco no haber invertido tiempo en los de SP. Era como entrar a una ciudad dentro de otra ciudad. Como matrioska.

¿A dónde se fueron los graffittis? ¿Dónde están esas tipografías valiosísimas que dan identidad a la ciudad? ¿Y la saturación de color? ¿Dónde está el arte abarrotado por todas las esquinas? ¿Y el amor?

Me levanto.

¿Por qué todos me ven? Y recuerdo haber atravesado mil almas apresuradas en aquella ciudad furiosa, sin mirarnos, sin sentir al otro, sin observar.

¿Extraño?

Recuerdo que mientras estaba en SP pasé horas, días, momentos, pensando en La Rambla, en mis amigos/familia, en CreativeMornings, en la tranquilidad, en la vida que había construido acá, en la naturaleza, en la magia de Montevideo.

Me fui de Brasil un día nublado y regreso a Uruguay un día de lluvia constante, la que limpia la tierra y el cuerpo. El paisaje de cemento ahora era un campo de futbol natural con vacas.

Vuelvo a un lugar que conozco bien, que siento mío, pero no lo es ¿o sí?

De nuevo, vuelvo a un país que no es mío, a una casa que no es mía, a una nueva vida inmigrante.

Siempre he sido inmigrante.

***

Regresé y veo aquellos restos de lo que fui, escucho las risas que compartí y seco lágrimas que derramé quién sabe por qué, por quién o cuándo.

Me observo en la ciudad, la siento y la saboreo.

Me gusta encontrarme en esas esquinas conocidas y tomar una pieza de lo que fui para juntarla con lo que soy para recordarme.

Como decía M., en Norte de Papel: cuando vuelves, hay que hacerlo despacio, hay que comer liviano y dejar que el cuerpo arranque cuando pueda. Sin forzar nada.

Hay que dejar que pasen algunos días, cerrar los ojos, respirar, sentir el aire y el nuevo lugar que ahora te rodea.

Yo sé que volví, pero no sé si volví a casa, no sé si tengo una o tengo muchas. No sé si algún día voy a regresar, porque en mi intento de “volver a casa”, siempre vuelvo a lugares ajenos. Conocidos, sí, pero ajenos.

Y cuando ya siento a MVD como mía, me toca irme de nuevo.

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Cabo Polonio, Uruguay

¿Será que algunos nacimos para ser eternos inmigrantes?

Quiero leer sus regresos.

 


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APACHE: EL HOMBRE Y EL NIÑO DETRÁS DEL REFERENTE DE HIP HOP VENEZOLANO

Los videos de Youtube se disipan, la máscara de artista se borra, la distancia entre los famosos y los mortales se acorta, el hip hop venezolano tiñe de azul caribe el frío de Montevideo, y se junta con el evento de amor y aceptación más grande de la ciudad: la Marcha por la Diversidad.
El amor mueve, transforma, hace vibrar, da esperanza, acredita, acepta, observa, es libre y diverso. Es el abrazo a todos los valores.

Larry, prende inciensos y palos santos en el ensayo de su show. Va despacio, piensa, observa. De vez en cuando detiene sus movimientos y se puede apreciar cómo se toma el tiempo para pensar cada cosa. No hay prisas, no hay malos tratos, hay tiempo, hay despreocupación entre las preocupaciones.

Entre la sencillez de Montevideo, su vestimenta, sus tatuajes, negritud, equipo y su esposa dan a entender a leguas que vienen de lejos, pero pocos saben de dónde.

La entrevista está pautada en el bar Buena Costumbre de Bv. España. Ellos iban en taxi, yo me adelanté en bici para más o menos llegar al mismo tiempo. El auto gana. Y para cuando llegué, ellos acaban de descubrir que habían dejado los equipos en el taxi.

¡A correr!

la adrenalina venezolana se siente. Corretean todos los taxis, llaman al 141, no cae, vuelven a llamar, no cae. No encuentran al tipo.

Agatha, esposa de Apache, me dice: “el tipo no atiende, seguro se llevó todos los equipos, me siento culpable, yo también me olvidé. Cinco personas en el auto y todos nos olvidamos”

“Confiemos que no se va a fugar. Seguro lo están tratando de ubicar, tranquila, el tipo va a volver”

La tensión debió durar otros 5 minutos, justo cuando Psycho y mctemático iban camino a la estación de policía más cercana, el taxista los vió y exclamó ¡Dejaron sus cosas acá!

Punto para Uruguay.

***

Entre tanto esperaban la pizza para comer, Apache me dice ¿Quieres aprovechar de hacer la entrevista?

¿No quieres comer primero?, le digo.

No vale, vamos a hacerla de una vez.

Saco mi libreta:

-Hablemos de la transformación… ¿Qué es la transformación para ti?

¡Verga! (no es la misma que en Uruguay. Es una expresión venezolana que quiere decir ¡PA!)

Existen varios tipos de transformaciones pues… En mi caso, está la transformación espiritual que es la que he tenido a gran escala. También está la transformación musical, y bueno, dentro de ella la evolución, porque de una u otra forma me ha tocado evolucionar y cuando esta se presenta, la aprovecho. Evoluciono y me transformo.

¿Qué cosas te han transformado?

Ser padre es la mayor transformación que tuve, tanto interna como externa.

Hacer yoga también transformó mi vida. Llevo practicando desde hace 6 años y eso me ayudó a adentrarme más en el plano espiritual, que antes no lo tenía en cuenta. Me aportó muchísimo en mi carrera. La gente cree que porque eres artista y tal, todo lo tienes fácil… No es así.

Aprendí a meditar, a trabajar mejor la respiración, a cuidar mi templo, mi cuerpo. También aprendí a trabajar con Reiki, que es la sanación a través de la imposición de manos. Aprendí energía Chi/Qi, en fin.

Todo ese acercamiento espiritual fue lo que me ayudó a transformar mi vida personal, musical, laboral.

¿Cómo era Apache de niño?

Estudioso y respetuoso con mis padres. La familia.

Jugaba al llanero solitario. Pedía de regalo las pistolitas de vaquero para jugar. Practiqué béisbol gracias a mi padre.

Las fechas: carnavales, diciembre, semana santa… porque nos íbamos -vamos- a la costas zuliana donde están los pueblos de Bobure, Caja seca, San Antonio, de donde es mi mamá. O si no, nos íbamos a casa de la familia de mi papá en Barlovento. Tengo esa mezcolanza.

¿Que llevas ahora de ese niño?

Crecí con los tambores, con la música en la sangre. Mi papá es salsero. La música me mueve.

Llevo a mi familia, el respeto y la disciplina dondequiera que vaya. Soy obsesionado por el orden por culpa de mi mamá.

Mira, veo esto así y hago esto…

Comienza a mover las cosas de la mesa, los manteles derechitos con respecto a la mesa, la botella de cerveza a mi derecha, su vaso de agua a la izquierda, la vela que nos alumbraba en el centro, la movió hacia un lado -así, para que no nos estorbe-.Ve la otra mesa, “y esto que está aquí, va… Así” dice alineando el pañito de mesa de al lado.

¿Qué te daba miedo de niño?

Que me dejaran solo. A los perros, a las películas de terror… Pero ya pasó, porque ahora tengo perros y me encantan las películas de terror -se ríe -.

¿A qué le tienes miedo ahora?

A la soledad. Cuando me separé de mi esposa y mi hija sentía que me faltaba una pieza, pero fue necesario. Tenía que trabajar en otras cosas.

Pero, creo que más que miedo, son otras cosas… Aprendizaje.

Hablando de tu hija y esposa, siempre tienes a las figuras femeninas bien presentes en tus videos, en tus letras ¿Qué simboliza?

Me crié entre mujeres. Me cuidó mi hermana, me criaron mis tías y como que siempre estuve rodeado de mujeres. Y bueno, después tuve una hija, niña.

En este nuevo disco tenemos un par de canciones en homenaje, uno junto a otro artista colombiano que se llama Stan, e hicimos otro tema que se llama “bonitos sentimientos” con el Pollo Brito. Siempre le rindo tributo a la mujer, siento que le debemos mucho a ustedes.

¿Cómo eran los sonidos de tu infancia?

Salsa, tambores, el sonido de la lluvia, el sonido de las hojas de los árboles moviéndose con la brisa, el sonido de los pajaritos. Siempre conexión con mi bella naturaleza, siempre me ha gustado.

Me gusta estirarme, acostarme, sentir la madre tierra.

Habla pausado, tranquilo. Se toma su tiempo. Respira, piensa.

¿Qué te atrapó de la música?

“El pum, pum, pum”, dice moviendo las manos al ritmo de la canción que suena de fondo. Eso que tiene el hip hop. Los ritmos.

Cuando mi vecino me llevó a Los Próceres y comencé a adentrarme en ese mundo fue como que ¡Waao! ¿Dónde estaba esto vale? ¿Por qué yo no sabía?

Y cuando empecé a hacer rap, mis padres no estaban muy convencidos con, pero al año cuando estaba en Cuarto Poder y vieron que nos estaban llamando para comerciales de TV, novelas y tal, cambiaron de parecer.

¿Tu playlist de niño?

Escuchaba merengue y burda (mucho) de vallenato. Nos íbamos pa’ Valencia y hacíamos tremenda rumbas con un vecino que era dominicano. Siempre me crié con música alrededor.

En el barrio también se escucha mucha champeta.

Y de más grande escucho más reggae, me gusta también Alicia Keys, Lauryn Hill…

¿Cuál es el aporte que tienes para enriquecer el género en Venezuela?

LLevar alegría y bombo ahí en mis temas.

(Suspira)

Llevar motivación… Alguna señal de esperanza… Y que esa esperanza de fuerza también.

Soy vocero de mi barrio y trato de llevar esa realidad de que vivo en el barrio a todas las demás partes de mi país y demostrarles que coye, aunque suene trillado, sí se puede.

Hay personas que me ven como ejemplo en la cultura, hemos abierto un camino para músicos que vienen después de nosotros… Y me hace sentir orgulloso que me tomen como referente en el género, de ahí me agarró para seguir plasmando y marcando mensajes.

Y buscar, siempre. Trato de rescatar los valores, los detalles que, aunque a veces lo veamos como si fuera cualquier cosa, importan. Y traer de vuelta ese “buen ciudadano” en mis letras.

¿Cómo te describirías ante una persona que no te conoce?

Una persona sencilla, pasiva, observadora, paciente. Una persona que comete errores y que trata de aprender de ellos, a pesar de que a veces los vuelva a cometer.

Alegre, casero, familiar, melómano.

¿Y si tú fueras tu fan, qué dirías de él -o de ti-?

Tendría que escuchar al fan primero.

¿Qué es Venezuela para ti?

Mi casa.

¿Y las Minas City?

¡Nahhh! Las Minas es ¡imagínate!, mi cueva.

Si fueras un cantante venezolano…

Sería Oscar D’ León.

Llega la pizzeta, la especialidad de Buena Costumbres -buen provecho man dice para su equipo, buen provecho mami-.

¿Te sentiste frustrado alguna vez? ¿Cómo lo afrontaste?

Cuando estaba separado de mi esposa. Y lo resolví bajando el orgullo.

Me dije: “deja tu ego y tu orgullo y anda pa’llá”

Debe ser difícil dejar el orgulloso cuando eres artista…

¡Sí!, por eso digo que lo espiritual fue lo que me ayudó a ver todas esas cosas. La humildad por delante. Siempre una sola cara.

¿Qué es ser negro para ti?

Para mí, lo es todo. Ser negro es lo mejor que me ha pasado en la vida.

¿Sufriste de racismo en Venezuela?

Bueno, en la escuela me decían “Cirilo, negro mojino…” Los típicos insultos.

Maltripeaba (la pasaba mal), pero tampoco fue que sufrí. Ahí uno se inventaba también otras cosas.

¿Tu primer viaje de la vida?

Con Cuarto Poder a Cuba.

Me acuerdo que cuando llegamos, la ciudad estaba como gris. Pero lo que más me sorprendió fue el festival de La Habana, cuando vi como 5 mil negros ahí escuchándonos sin emitir un gesto cuando cantábamos. Ellos estaban adelantados a todo lo que estábamos cantando, son super cultos, estaban muy avanzados para el momento. De hecho, cuando volvimos a Venezuela tuvimos que cambiar tooodo el disco que íbamos a sacar y creamos “Sin afinar mucho”.

¿Probaste mate?

Sí, en chile.

Eso no es mate…

Pero era mate argentino…

Eso tampoco es mate -digo riendo-

Bueno, Uruguayo aún no.

***

Ya en el Centro Cultural Tractatus, la expectativa por el show de Apache iba en aumento.

Aquí somos los que somos y aquí estamos los que estamos, cuando yo diga Las Minas, ustedes dicen Welcome. Las Minas-welcome-Las Minas -Welcome.

Comienza el show con “Pónmela en el aire”. El espíritu de Canserbero revive a través de la energía que Apache transmite, su voz quedó en la tecnología, la piel se pone de gallina y alguien comenta “¡Marica! qué fuerte que la voz de Can quede de fondo”

No podía faltar el incienso a un costado de la tarima, la espiritualidad de Apache te salta en la cara, de transporta y te transmite. Hay un concepto de armonía que te recuerda que “va a estar todo bien”.

Agatha, le hace el coro, cantan a dúo, se miran, se brillantean los ojos, se gozan. Ella era bailarina, así que no puede evitar que se le bambolee el cuerpo con el bajo “pum, pum” de Apache.

Hay banderas de Venezuela, gente que nunca lo vió pero fue porque quiere apoyar, hay otros que son fanáticos desde siempre.

Apache canta, habla con la gente, les agarra el celular y se graba él mismo, les canta a los amigos, deja que el equipo de presente, da espacios, va sin prisa, piensa, tiene tiempo. Salta, hace que el público salte con él, hace silencios, pausa, piensa de nuevo… Matemático suelta la pista y vuelve con todo.

Hace honor a Can, hace honor a su hija, a su esposa, a su equipo a sus amigos, y a Venezuela.

“Tenemos que rescatar los valores y llevar lo mejor que tenemos a todos los rincones del mundo”, dijo para terminar.

Así se gozó hasta las 4:30am. Que se fue de tarima directo para Mar del Plata, Argentina… Donde estaría tocando esa misma noche.

¡Que viva el amor!

 

Imagen portada: Apache en Tractatus – Viernes 30 de Setiembre 2016 – Fotos: Jero López

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Amor en Sampa

No sé si soy amor o me rodee tanto de él en São Paulo que me transformé en el.

El recordatorio es latente, está en casa, en las aceras, cabinas telefónicas, ómnibus, calles, muros, postes; en los abrazos que ves de lejos y en los que te dan a diario (o cada 3 días); en las lágrimas de la muchacha que estaba llorando en la plaza y en las tuyas cuando tienes el verbo “extrañar” en mayúscula; en el pão de queijo que te comes y en el pan que hice yo.

El amor.

Por supuesto que a veces te invaden otros sentimientos, pero apenas volteas a cualquier costado, recuerdas, amor. Ahí está. Escuchas los latidos, lo sientes, te sientes, ahí, del lado izquierdo en tu pecho. Tú. Amor.

São Paulo, ciudad de furia, ciudad de amor.

Polaroid CUBE
Beco do Batman, Vila Madalena -São Paulo

 

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Libreta de viajes #1

Mientras me estoy tomando un café en el deck del hostel -con leche y poca azúcar- hubo un choque.

Una camioneta negra contra una ambulancia del hospital que está diagonal a mi ubicación. Se escuchó el golpe de quiebre seco, la vereda quedó en mute, los conductores se bajan y charlan.

Dos perritos sacan la cabeza por la ventana de la camioneta con la lengua afuera, graciosos.

Sonrío a los perros, como si ellos me vieran. Me tomo otro sorbo de café, sigo observando.

Dos hombres toman nota, fotos, charlan… La escena se difumina y mi atención se posa en aquel árbol del edificio de enfrente. Encerrado, entre rejas, con cables eléctricos a su alrededor, luces, ventanas, un edificio al lado. Y sus hojas, antes violetas, ahora son marrón.

Otro sorbo de café. Saco mi libretita, y lo dibujo.

Y sin darme cuenta, nos vi. A él, encerrado ahí. Y a mí, encerrada justo al frente, con un portón que me “asegura la vida”.

Naturaleza presa.